Noam Chomsky |
11 de marzo de 2008
|
SinPermiso
- 2 de marzo de 2008
Terrorismo internacional: la lista de los más buscados
El 13 de febrero pasado fue
asesinado en Damasco Imad Moughniyeh, un veterano dirigente de
Hezbollah. “El mundo es un lugar mejor sin este hombre”, dijo el
portavoz del Departamento de Estado Sean McComarck, y agregó que “de
uno u otro modo, se ha hecho justicia.” Y Mike McConnell,
elDirector de la Inteligencia
Nacional, agregó que Moughniyeh “había sido el terrorista
responsable del mayor número de muertes de norteamericanos e
israelíes después de Osama bin Laden”. Israel también dio rienda
suelta a su alegría: “uno de los hombres más buscados por EEUU e
Israel” habría sido ajusticiado, según informó el London Financial
Times. Bajo el título de “Un
militante buscado en todo el mundo”, se publicó un informe, según el
cual Moughniyeh era el que seguía a Osama bin Laden en la lista de
los más buscados después del 9/11 y, por tanto, se trataba delsegundo
entre los “militantes más buscados en el mundo”.
Noam Chomsky
La terminología es suficientemente
precisa, de acuerdo con las reglas del discurso anglo-americano, que
entiende por “mundo” la clase política de Washington y Londres (y
todos quienes estén de acuerdo con ellos en determinados asuntos).
Así, por ejemplo, es frecuente leer que “el mundo” todo apoyó a
George Bush cuando ordenó el bombardeo de Afganistán. Y esto puede
ser cierto para “el mundo”, pero difícilmente para el mundo, como
tuvo buena ocasión de revelar la agencia internacional de sondeos
Gallup luego de que se anunciara el bombardeo. El apoyo mundial fue
mínimo. El porcentaje de aceptación en una América Latina con amplia
experiencia en las conductas de EEUU osciló entre el 2% de México y
el 16% de Panamá, e incluso ese minúsculo apoyo estaba condicionado
a la previa identificación de los sospechosos (según el FBI, seguían
sin identificar ocho meses después), y a que los blancos civiles
estuvieran a salvo, cosa que no ocurrió. El mundo mostraba una
aplastante preferencia por la vía dipolomático-judicial, pero “el
mundo” la descartó de plano.
Tras el rastro del terror
En el presente caso, si “el mundo”
fuera todo el mundo, podríamos encontrar otros candidatos dignos de
honra como archienemigos más odiados. Y es instructivo preguntarnos
por qué.
El Financial Times informó
que la mayoría de los cargos en contra de Moughniyeh no estaban
probados, pero “una de las pocas veces en las que es posible afirmar
con certeza su participación [es en el] secuestro del avión de la
compañía TWA en 1985, cuando fue asesinado un buzo de la armada
norteamericana”. Esta fue una de las dos atrocidades terroristas
que, según una encuesta entre directores de periódicos, hizo que el
terrorismo en Oriente Medio se convirtiera en la noticia más
importante de 1985; la otra fue el secuestro del buque de línea
Archille Lauro, en el que resultó brutalmente asesinado Leon
Klinghoffer, un inválido norteamericano. Esto refleja el juicio del
“mundo.” Es posible que el mundo viera las cosas de otra manera.
El secuestro del Achille Lauro fue
la represalia por el bombardeo de Túnez, ordenado una semana antes
por el primer ministro israelí Simón Peres. Su fuerza aérea asesinó
a setenta y cinco tunecinos y palestinos con bombas inteligentes que
los destrozaron en mil pedazos, entre otras atrocidades vívidamente
narradas >por el
destacado periodista israelí Amnon Kapeliouk. Washington cooperó,
puesto que omitió advertir a su aliado tunecino que las bombas iban
de camino, y es imposible que la Sexta Flota yla inteligencia norteamericana
no estuvieran al tanto del inminente ataque. George Schultz, el
entonces Secretario de Estado, comunicó al Ministro israelí de
Asuntos Exteriores, Yitzhak Shamir, que en Washington “había
despertado una enorme simpatía la acción israelí”, y la calificó –con aplauso
general— como una “respuesta legítima” a los “ataques terroristas”.
Unos pocos días después, el Consejo de Seguridad de la ONU denunció
unánimemente (con la abstención de EEUU) los bombardeos como un
“acto de agresión armada” . Huelga decir que “agresión” es un crimen
mucho más grave que el de terrorismo internacional. Pero,
concediendo el beneficio de la duda a los EEUU y a Israel, dejemos
que sobre los responsables recaiga sólo el cargo menos grave.
Pocos días antes, Peres fue a
Washington a consultar al principal terrorista internacional del
momento, a Ronald Reagan, quien denunció “el terrible azote del
terrorismo”, de nuevo con el aplauso general del “mundo”.
Los “ataques terroristas” que Shultz y
Peres pretextaron para bombardear Túnez fueron los asesinatos de
tres israelíes en Larnaca, Chipre. Los asesinos, como admitió
Israel, no tenían nada que ver con Túnez, si bien podrían habrían
tenido conexiones con Siria. Sin embargo, Túnez era un blanco más a
propósito. Estaba inerme, a diferencia de Damasco. Y además, ofrecía
un placer adicional: allí podían ser asesinados más palestinos
exiliados.
Por su parte, los asesinatos de
Larnaca fueron considerados una represalia de sus perpetradores: una
respuesta a los sistemáticos secuestros israelíes en aguas
internacionales, que resultaron en los asesinatos de muchas personas
y en el secuestro y consiguiente encarcelamiento de muchas más,
retenidas sin cargos por largos períodos en cárceles israelíes. La
más famosa de éstas fue la prisión/cámara-de-tortura 1391. Hay mucha
información al respecto en la prensa israelí y extranjera. Esos
crímenes sistemáticos , por supuesto, son conocidos por las
redacciones de los periódicos de EEUU, y de vez en vez, se mencionan
de pasada.
El asesinato de Klinghoffer's se
vivió con una verdadera sensación de horror, y es celebérrimo. Se
convirtió en tema de una ópera aclamada y en guión de una película
hecha para la televisión. Pero también causaron horror los
asombrosos comentarios de condena al salvajismo de los palestinos:
“bestias bicéfalas”( según el Primer Ministro Menachen Begin),
“cucarachas drogotas correteando en una botella” (según el Jefe del
Equipo Raful Eitan), “como saltamones, comparados
con nosotros”, seres cuyas cabezas deberían ser “convertidas en
picadillo golpeándolas contra el canto rodado y las paredes” (dijo
el Primer Ministro Yitzhak Shamir). O simplemente, llamados
araboushim, el equivalente de nuestro “judío” o de nuestro “negro”.
Así, luego de una exhibición
particularmente depravada de terror militar y de una intencionada
humillación en la ciudad de Halhul, en la Ribera occidental, en
diciembre de 1982 (¡disgustó hasta a los halcones israelíes!), el
conocido analista militar y político Yoram Peri escribió
consternado: “hoy, uno de los objetivos de nuestro ejército [es]
demoler los derechos de
personas inocentes simplemente porque son araboushim que viven en
territorios que Dios nos ha prometido a nosotros”, tarea, ésta, cada
días más perentoria, y que se lleva a cabo con creciente brutalidad
desde que los araboushim
comenzaron a “levantar cabeza” un par de años atrás.
No es difícil averiguar si los
sentimientos expresados con motivo del asesinato de Klinghoffer
fueron sinceros. Basta investigar la reacción ante los crímenes
israelíes respaldados por los EEUU. Pensemos, por ejemplo, en el
asesinato de dos inválidos palestinos en abril del 2002, Kemal
Zughayer y Jamal Rashid, a manos de las fuerzas israelíes
incursionadas en el campo de refugiados de Jenin, en la Ribera
Occidental. Los periodistas británicos encontraron el cuerpo
aplastado de Zughayer y los restos de su silla de ruedas, junto a
lo que quedaba de una
bandera blanca que sostenía en el momento de ser asesinado, cuando
trataba de huir de los tanques israelíes que se lanzaron sobre él
partiendo su rostro en dos pedazos y seccionándole brazos y piernas.
Jamal Rashid terminó aplastado en su silla de ruedas cuando una de
los enormes palas excavadoras suministradas por EEUU destruyó su
casa en Jenin, con toda la familia dentro. La diferente reacción, o
por mejor decir, la falta absoluta de reacción, es la rutina, y
resulta tan fácil de explicar, que no precisa de mayores
comentarios.
Coche Bomba
Sencillamente, el bombardeo de
Túnez en 1985 fue un crimen terrorista infinitamente más grave que
el secuestro del Achille Lauro, o que el crimen del mismo años en
que la participación de Moughniyeh`s “podía ser establecida con
certeza”. Pero incluso el bombardeo tunecino tiene competidores para
el premio en el concurso de las mayores atrocidades terroristas en
el Oriente Medio del año cumbre que fue 1985.
Uno de los aspirantes fue el coche
bomba colocado en Beirut a la salida de una Mezquita y programado
para que explotara cuando los devotos se retiraban de su plegaria
del viernes. La bomba mató a 80 personas e hirió a 256. La mayoría
de los muertos eran niñas y mujeres que salían de la Mezquita,
aunque la ferocidad de la onda expansiva “carbonizó a bebés en sus
cunas”, “mató a una novia que estaba comprando su ajuar”, e “hizo
volar por los aires a tres niños que regresaban a casa desde la
Mezquita”. También devastó la calle principal del suburbio
densamente poblado de Beirut oeste, como informó hace tres años Nora
Boustany en el Washington Post.
El objetivo era el clérigo Shiita
Sheikh Mohammad Hussein Fadlallah, quien logró escapar con vida. El
atentando fue perpetrado por la CIA de Reagan y sus aliados saudíes,
con ayuda británica, y autorizado concretamente por el Director de
la CIA William Casey, según el relato del periodista del
Washington Post Bob Woodward en su libro El Velo: las
guerras secretas de la CIA 1981-1987. Se conoce muy poco más que
los meros hechos, gracias a la escrupulosa aceptación de la
doctrina, según la cual no hay que investigar nuestros propios
crímenes (a menos que resulten demasiado conocidos como para
negarlos y la investigación se limite al círculo de una pocas
“manzanas podridas” subalternas que, se calla por sabido, actúan
“incontroladamente”).
“Aldeanos terroristas”
El tercer candidato al premio al
terrorismo en el Oriente Medio de 1985 fueron las operaciones “Iron
Fist” [Puño de Hierro] del Primer Ministro Peres en los territorios
del sudeste libanés ocupados en ese momento por Israel, violando las
órdenes del Consejo de Seguridad de la ONU. El objetivo, según los
altos mandos israelíes, eran los llamados “terroristas aldeanos”. En
este caso, los crímenes de Peres se despeñaron por los nuevos
derrotaderos de la “brutalidad calculada” y el
“asesinato arbitrario”, según palabras de un diplomático occidental
entendido en estos temas, afirmaciones luego corroboradas por las
filmaciones en directo de los hechos. Pero como no le interesaban al
“mundo”, no fueron investigados. Como de costumbre. Sería legítimo
preguntar si esos crímenes caen bajo la categoría de terrorismo
internacional o bajo la categoría, harto más grave, de crimen de
agresión. Pero concedámosles, de nuevo, el beneficio de la duda a
Israel y a sus secuaces de Washington, y conformémonos con el cargo
menos grave de terrorismo.
Esas son algunas de las ideas que
pueden pasar por la cabeza de las personas de cualquier parte del
mundo –que no del “mundo”—, cuando piensan en aquella “ocasión”,
“una de las pocas” en las que Imad Moughniyeh estuvo claramente
implicado en un crimen terrorista.
Los EEUU lo acusan, asimismo, de
haber sido responsable de los ataques demoledores a la marina de los
EEUU y a las barracones de paracaidistas franceses en Líbano en
1983, ataques perpetrados con un camión bomba y dos suicidas, que
resultaron en la muerte de 241 marines y 58 paracaidistas. Y también
de un ataque anterior a la Embajada de los EEUU en Beirut, que mató
a sesenta y tres personas, y fue particularmente grave, porque en
ese momento había una reunión en la que participaban funcionarios de
la CIA.
Sin embargo, el Financial Times
atribuyó el ataque a los barracones a la Jihad islámica. y no a
Hezbollah. Fawz Gerges, uno de los académicos destacados en el
estudio de los movimientos Jihad y del Líbano, escribió que un
“grupo desconocido denominado Jihad islámica” se atribuyó la
responsabilidad. Una voz que hablaba en árabe clásico instó a todos
los norteamericanos a dejar el Líbano, o enfrentarse a la muerte. Se
ha dicho que Moughniyeh era en ese momento la cabeza de la Jihad
islámica, pero, hasta donde alcanza mi conocimiento, hay escasas
pruebas.
No hay sondeos de la opinión
mundial al respecto, pero es harto probable que se debe de llamar
“ataque terrorista” al ataque a una base militar radicada en un país
extranjero, especialmente porque las fuerzas de los EEUU y de
Francia estaban desarrollando vigorosos bombardeos navales y aéreos
en el Líbano poco después de que los EEUU prestaran un apoyo
decisivo a la invasión israelí del Líbano en 1982, que acabó con la
vida de cerca de 20.000 personas y devastó el sur, dejando gran
parte de Beirut en ruinas. Finalmente, el Presidente Reagan
suspendió los ataques cuando la protesta internacional tras las
masacres de Sabra-Shtila subió a tal punto de tono, que ya no pudo
ser ignorada.
Por lo común, en EEUU la invasión
israelí del Líbano se describe como una reacción a los ataques
terroristas al norte de Israel desde bases libanesas por parte de la
Organización para la Liberación de Palestina (OLP), con lo que
parece comprensible nuestra crucial contribución a esos crímenes de
guerra mayores. En el mundo real, la frontera libanesa estuvo quieta
durante un año, a pesar de repetidos ataques israelíes, muchos de
ellos sangrientos, tendentes a provocar alguna respuesta de la OLP
que sirviera de pretexto para una invasión ya decidida y planeada.
Los comentaristas y líderes israelíes no confesaron su verdadero
propósito en ese momento: salvaguardar el poder israelí en la zona
ocupada de la Ribera occidental. No carece de interés el que el
único error grave del libro de Jimmy Carter (Palestina: Paz o Apartheid)
sea la reiteración de este brebaje propagandístico, según el cual los ataques de la OLP
desde el Líbano fueron la causa de la invasión por parte de Israel.
Sobre el libro han llovido copiosos ataques, y se han hecho
esfuerzos desesperados por encontrar alguna frase que pudiera ser
mal interpretada, pero se ignoró este error flagrante, el único. Y
con razón, porque se cumple así con el criterio de respetar las
falsificaciones doctrinales útiles.
Matar sin querer
Otro de los cargos contra
Moughniyeh: fue convertirlo en el “cerebro” de la bomba en la
Embajada de Israel en Buenos Aires que, el 17 de marzo de 1992, mató
a veintinueve personas. Fue una respuesta –como dijo el
Financial Times— al asesinato por parte de
Israel, del antiguo jefe de Hezbollah Abbas Al-Mussawi en el curso
de un ataque aéreo al sur del Líbano”. Sobre el asesinato no se
precisan mayores pruebas, porque Israel se atribuyó con orgullo el
mérito. Pero el mundo podría tener cierto interés en el resto de la
historia. Al-Mussawi fue asesinado con un helicóptero suministrado
por EEUU en una zona muy al norte de la “zona de seguridad”
ilegalmente fijada por Israel en el sur del Líbano. Iba camino de
Sidón desde Jibshit, luego de disertar en un acto en memoria de otro
imán asesinado por las fuerzas israelíes. El ataque del helicóptero
también acabó con su esposa y su hijo de cinco años. Tras el ataque,
Israel se sirvió de otros helicópteros también suministrados por
EEUU para atacar un camión que transportaba a los supervivientes del
primer ataque a un hospital.
Después del asesinato de la
familia, Hezbollah “cambió las reglas del juego”, informó el Primer
Ministro Rabin ante el Parlamento israelí. Nunca antes se habían
lanzado misiles contra Israel. Hasta aquel momento, las reglas del
juego eran que Israel podía lanzar ataques mortíferos dondequiera y
a su arbitrio, Hezbollah tenía que limitarse responder dentro del
territorio libanés ocupado por Israel.
Tras el asesinato de su líder (y de
su familia), Hezbollah comenzó a responder a los crímenes de Israel
en el Líbano atacando el norte de Israel. Esto último es, por
supuesto, terror intolerable, de modo que Rabin lanzó una invasión
que expulsó de sus hogares a 500.000 personas y mató a más de 100. Los
despiadados ataques israelíes llegaron hasta el norte del Líbano.
En el Sur, el 80 % de la ciudad de
Tiro huyó, y Nabatiye quedó reducida a una “ciudad fantasma”. Según
un portavoz del ejército israelí, Jibshit fue destruída en un 70 por
ciento, a lo que agregó que el objetivo era “destruir la ciudad por
completo, dada su importancia para la población shiita del sur del
Líbano”. El objetivo era “borrar las ciudades de la faz de la tierra
y sembrar destrucción en su entorno”, según describió la operación
un veterano oficial del comando norte israelí.
Es posible que Jibshit haya sido un
objetivo apreciable porque fue la tierra de Sheik Abdul Karim Obeid,
secuestrado y llevado a Israel varios años antes. La patria de Obeid
“recibió el impacto directo de un misil”, informó el periodista
británico Robert Fisk, “aunque lo más probable es que los israelíes
estuvieran disparando a su mujer y sus tres hijos”. Mark Nicholson
escribió en el Financial
Times que quienes no escaparon se escondieron aterrorizados,
“porque era posible que cualquier movimiento dentro o fuera de sus
casas atrajera la atención de la artillería israelí, la
cual estaba disparando sus proyectiles repetida y demoledoramente
sobre objetivos seleccionados”. Por momentos, los proyectiles de la
artillería impactaban en algunas aldeas a un ritmo de
más de diez disparos por minuto.
Todos estos hechos contaron con el
firme aval del Presidente Bill Clinton, que entendió la necesidad de
instruir con severidad a los araboushim sobre “las reglas
del juego”. Y Rabin apareció como el otro gran héroe, como el hombre
de la paz, muy diferente a las “bestias bicéfalas”, “a los
saltamontes” y a las “cucarachas drogadas”. Esta es simplemente una
pequeña muestra de los hechos que podrían tener interés para el
mundo, una vez conectados con la supuesta responsabilidad de
Moughniyeh en el acto de venganza terrorista en Buenos Aires.
Otro de los cargos es que
Moughniyeh ayudó a preparar las defensas de Hezbollah contra
la invasión israelí del Líbano en
2006, un crimen terrorista intolerable, conforme a los criterios del
“mundo”, convencido de que nada debe atravesarse en el camino del
justo terror y de la agresión practicados por los EEUU y sus
clientes.
Los apologistas más vulgares de los
crímenes de EEUU e Israel explican con solemnidad digna de mejor
causa que mientras los Árabes tienen el propósito de matar personas,
los EEUU e Israel –siendo, como son, sociedades democráticas— no
tienen la menor intención de hacerlo. Sus muertos son simplemente
accidentales, y por eso sus asesinatos no pueden compararse, en
punto a depravación moral, con los de sus adversarios. Esta fue, por
ejemplo, la posición del Tribunal Supremo de Israel cuando
recientemente autorizó un severo correctivo colectivo al pueblo de
Gaza, privándole de electricidad (y de agua, de eliminación de
residuos y aguas albañales y de otros elementos básicos de la vida
civilizada).
Una línea de defensa, ésta,
recurrente a la hora de enfrentarse a otros viejos pecadillos de
Washington. Por ejemplo, la destrucción de la Planta farmacéutica
al-Shifa en Sudán en 1998. Aparentemente, el ataque se cobró diez
mil vidas, pero no hubo intención de matarlas; de ahí que no fuera
un crimen resultante de una orden con expresa intención de matar.
Así nos aleccionan estos moralistas sistemáticamente empeñados en
apagar toda réplica efectiva a esos vulgares intentos de
autojustificación. Digámoslo una vez más: se pueden distinguir tres
categorías de crímenes: asesinato intencional, muerte accidental y
asesinato premeditado pero sin una intención específica. Las
atrocidades de EEUU e Israel son un caso típico de la tercera
categoría. Así, cuando Israel destruyó el suministro de energía en
Gaza o puso trabas para viajar hacia la Ribera oriental, no tuvo la
intención específica de asesinar a personas que morirían por la
contaminación del agua, o en ambulancias que no podían llegar a los
hospitales. Y cuando Bill Clinton ordenó el bombardeo de la planta
al-Shifa, era obvio que
eso podía terminar en una catástrofe humana. El Observatorio de
Derechos Humanos se lo comunicó inmediatamente, facilitándole todo
tipo de detalles, pero ni Clinton ni sus asesores quisieron matar a
personas concretas entre aquellos que inevitablemente morirían
cuando la mitad de las instalaciones de la planta farmacéutica
fueran destruidas en un país africano pobre que no podría
reconstruirla.
Ocurre, más bien, que ellos y sus
apologistas miran a los africanos sintiendo lo que nosotros
sentiríamos al aplastar una hormiga cuando caminamos por la calle.
Somos conscientes de que es posible que pase (si nos molestamos en
pensarlo), pero no queremos matarlas, porque no son dignas ni de esa
consideración. No es necesario decir que ataques similares
perpetrados por araboushim en áreas habitadas por seres humanos
serían considerados de manera harto diferente.
Si por un momento fuéramos capaces de
adoptar la perspectiva del mundo, podríamos preguntarnos quiénes son
los criminales “más buscados en el mundo entero”.
Noam Chomsky, el intelectual
vivo más citado y figura emblemática de la resistencia
antiimperialista mundial, es Profesor emérito de lingüística
en el Instituto de Tecnología de Massachussets en Cambridge y autor
del libro Imperial Ambitions: Conversations on the Post-9/11
World.
Traducción para www.sinpermiso.info:
María Julia Bertomeu
The Nation, 26 de febrero 2008
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