| LA
JORNADA de México - 8 de Diciembre de 2003
Chomsky:
desbordan
los pueblos a los gobiernos
Las masivas
protestas en el mundo contra la invasión de Irak, muestra de ello,
subraya
Tim
Adams The Guardian
En los barandales
de la estación de tren de Harringay, en el norte de Londres, alguien
colocó cuidadosamente una
serie de pequeñas etiquetas adhesivas blancas. Todas fueron pegadas
a la altura de los ojos del transeúnte y están diseñadas,
supongo, para que sea lo primero que uno vea camino al trabajo y lo último
que uno perciba cuando regresa a casa. Contiene dos palabras mecanografiadas:
Read
Chomsky ("Lea a Chomsky"). Casi todas la mañanas me sorprendo
preguntándome si estas palabras son un imperativo ("aunque no haga
otra cosa este día..."), o más bien una ostentación
arrogante (después de todo, otro de los grafitis típicos
de esa estación alardea: "Me
tiré a Karen").
Cualquiera que haya leído
a Noam Chomsky sabrá que ambas interpretaciones son justificadas.
Sus ensayos sobre lingüística (disciplina que prácticamente
inventó) y sobre la hipocresía y belicosidad de Estados Unidos
(y de su principal aliado) están entre los pocos documentos esenciales
de nuestro tiempo.
Tampoco son aptos para los débiles
de corazón, intelectualmente hablando. Considerado el más
inclemente crítico del orden mundial que encabeza Estados Unidos,
Chomsky es con frecuencia caricaturizado como alguien que ofrece más
realidad y culpabilidad de la que cualquiera pudiera desear. Sus libros
tienen el tono y la certidumbre de evangelios y funcionan con base en la
acumulación, amontonando sin miramiento los hechos que están
detrás de las atrocidades cometidas en nuestro nombre. Estos escritos
parecen exigir, más que lectores, discípulos (entre los cuales
se cuentan, por cierto, John Pilger, Harold Pinter, Michael Moore y Naomi
Klein). A juzgar por las ventas que ha tenido (y en vista de que su opúsculo
sobre el 11 de septiembre ha vendido más de medio millón
de ejemplares), el número de fieles se incrementa.
El libro más reciente de Chomsky:
Hegemonía
o sobrevivencia, devastadora historia de la política exterior
estadunidense desde 1945 ("Ningún presidente de ese tiempo, juzgado
según los principios de Nüremberg, habría escapado de
la horca"), es también una detallada disección de los motivos
y las desastrosas consecuencias de la actual guerra contra el terror. Esta
obra consagra a Chomsky como opositor compulsivo de toda la vida. La emocionante
transgresión de la visión mundial de Chomsky, según
la cual la elite estadunidense bombardea y aterroriza en nombre de la ''libertad'',
pero siempre en defensa de sus dividendos, ha hecho que fanáticos
como Bono, del grupo U2, llamen a este profesor de 73 años ''el
Elvis de los académicos''.
En un perfil publicado recientemente
por la revista The New Yorker, Chomsky fue apodado, quizás
con más exactitud el contador del diablo, que lleva el inventario
de todos los cadáveres de extranjeros sacrificados por Estados Unidos
en su lucha por la dominación global.
Chomsky trabaja desde el interior
del imperio, en uno de sus más rigurosos puestos de avanzada: el
Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT). El campus carece de
esa atmósfera marginal y de decadencia de las universidades británicas.
Sus prístinas instalaciones, llenas de cristal polarizado y amplias
superficies de mármol a lo largo del río Charles, Boston,
tienen el brillo de un centro de negocios de alta tecnología. El
MIT se anuncia como ''la fábrica de ideas de Estados Unidos'', y
en ningún lugar de su línea de producción se trabaja
tan eficientemente como en las oficinas del profesor Chomsky.
Estas se encuentran sobre una cafetería
llena de acólitos ansiosos que coquetean con la semántica,
y están retacadas de libros y papeles procedentes de los más
subyugados rincones del mundo, y de la tierra incógnita del cerebro
humano. En las paredes hay carteles que anuncian pláticas y conferencias
pronunciadas en lugares como Timor Oriental, Vietnam, Afganistán
e Irak. Sobre una puerta hay un gran retrato de Bertrand Russell, otro
icono libertario, y junto a esta imagen un sobre enviado a Palestina, con
un sello oficial del servico postal estadunidense que dice "devuelva al
remitente. No existe esta dirección".
Chomsky está en un lado de
su oficina con su asistente, corrigiendo galeras y tomando decisiones sobre
la demanda que hay de su precioso tiempo: una revolución cultural
de un solo hombre. Se me recibe con la seria advertencia: las horas del
profesor Chomsky (una de las cuales fue reservada para nuestra entrevista)
son de 50 minutos. Lo tomo o lo dejo.
El entrevistador se enfrenta a una
serie de preocupaciones. Para cualquiera que haya al menos visto sus libros,
la idea de retenerlo, atraparlo o dirigir su atención en el curso
de una hora truncada parece absurda. Al reseñar un libro en el que
Chomsky debatía sus ideas con algunos de los principales filósofos
estadunidenses, un crítico señaló que esta obra era
como ''observar a un campeón mundial, con los ojos vendados, jugar
36 juegos de ajedrez con 36 campeones locales".
Si bien las grandes mentes no se
avergüenzan fácilmente, Chomsky reserva mucho de su desprecio
para la prensa más difundida, a la que percibe coludida con las
estructuras ortodoxas del poder.
"De alguna manera, los periodistas
tienen que desembarazarse de los argumentos disidentes", escribió
una vez. "No pueden enfrentarse a estos argumentos, evidentemente y en
primer lugar, porque para eso hay que conocer algo, y esa gente no sabe
nada. En segundo, no es posible responder a estos argumentos, porque son
correctos. Por tanto, lo que se tiene que hacer es desdeñarlos.
Una forma de hacerlo es decir que dichos argumentos son 'puramente emocionales,
irresponsables y furiosos'".
Debo informar que en persona Chomsky
es igual a su prosa; está muy alejado de lo emocional o lo irresponsable
(si bien una ira silenciosa parece flotar en las inmediaciones). Su presencia
no es llamativa. Casi siempre usa la misma ropa: suéter azul marino,
pantalones de pana café y camisa azul pálido. Apenas se le
escucha cuando habla y se reclina un poco en su silla, lo que hace que
el interlocutor se incline hacia delante para escuchar cada una de sus
palabras.
Comienzo con una pregunta acerca
de una aseveración que hizo recientemente al New York Times
acerca de que seguía viviendo en Estados Unidos porque es "la nación
más grande del mundo".
"En primer lugar, debo dar un contexto",
responde ligeramente irritado. "Esa entrevista nunca ocurrió. Es
muy interesante que esas entrevistas nunca suceden", añade.
-Entonces, ¿la inventó
el New York Times?
-Se trató de una composición
sin sentido, hecha a partir de una conversación telefónica
de hora y media en la que me dediqué a explicar, pregunta por pregunta,
porqué no iba yo a responder, pues pensaba que dichas preguntas
no eran razonables.
"Esto lo publicaron como entrevista,
usando las preguntas originales y las largas explicaciones que di para
no responder. En ningún país del mundo publicarían
algo así, lleno de preguntas triviales."
Río nerviosamente, recordando
algunas de las preguntas más frívolas que tengo en mente.
Chomsky no sonríe.
-¿Considera que estos perfiles
son
un intento de la "elite gobernante"
de marginarlo?
-Bueno, no creo que el New York
Times haya querido trivializarme conscientemente, pero el efecto es
poner todo en la misma categoría que los chismes que uno lee en
las revistas que hay en las cajas de los supermercados. Me preguntaron,
por ejemplo, cuál era mi opinión de que existan tantos sinónimos
para los genitales. Esa no es una pregunta seria. Independientemente de
cuál sea el propósito de adoptar ese tono, el efecto que
se busca es que quien se aparta de la doctrina política ortodoxa
es, de alguna forma, risible.
Le pregunto si no cree que Estados
Unidos sea el país más grande del mundo.
"Siento que no tiene sentido evaluar
a las naciones, y yo jamás plantearía las cosas en esos términos.
Sin embargo, considero que son admirables los avances que se han visto
en Estados Unidos, particularmente en el área de la libre expresión,
que son resultado de siglos de lucha popular."
(Esto me recordó una anécdota
sobre el director de un diario británico que en una ocasión
telefoneó a Chomsky para pedirle que escribiera un ensayo sobre
la "globalización". "Esa no es la palabra correcta", respondió
Chomsky, y colgó el teléfono sin explicar cuál era
el término correcto.)
A este respecto, Chomsky siempre
se ha reservado el derecho no sólo de responder las preguntas que
él elige, sino también de cuestionar los términos
del entrevistador. Una de las características de su disección
del poder estadunidense es la ausencia de atenuantes. Reconoce poca diferencia
entre una conspiración y una bravata. Cuando hablamos de las motivaciones
detrás del actual conflicto, pregunto si cree que líderes
como Tony Blair y Colin Powell, por ejemplo, son totalmente cínicos
y malignos, o simplemente son presa del autoengaño.
"La forma en que las personas perciben
lo que hacen no es asunto que me incumba", sostiene. "Quiero decir: hay
muy pocas personas que van a mirarse al espejo y decir: 'esa persona es
un monstruo'; en lugar de eso construyen una justificación para
lo que hacen. Si usted le pregunta al presidente de una corporación
a qué se dedica, él responderá con toda honestidad
que se mata trabajando 20 horas diarias para proveer a sus clientes de
los mejores productos y servicios posibles, creando a la vez las mejores
condiciones de trabajo posibles para sus empleados. Pero después
uno analiza lo que hace realmente la corporación, los efectos que
tiene su estructura legal, las desigualdades en la paga y las condiciones,
y se ve que la realidad es muy distinta."
De cara a los 50 años de autoengaño
en la tierra de la libertad, 50 años en los que, según Chomsky,
esta nación ha respaldado y cometido crímenes de guerra en
todo el mundo, de Corea a Angola y a Indonesia, le pregunto si vislumbra
alguna posibilidad de redención.
"Las cosas son mucho mejores que
hace 40 años", sugiere casi con optimismo. "Quiero decir: a finales
de los años 50 y antes estábamos en cero. Fue una época
horrible: la masiva operación de terror de Kennedy contra Cuba,
los primeros ataques contra Vietnam en 1962, la imposición de estados
de seguridad nacional en América del Sur. Compare esto con la actual
guerra en Irak, que motivó que por primera vez en Estados Unidos
y Europa se celebraran protestas populares masivas contra la agresión
extranjera desde antes de que comenzara. Los gobiernos ya no controlan
a los pueblos como antes."
Dado que ha estado a la vanguardia
de la oposición durante tiempo, luego de ser apresado por su participación
en protestas contra la guerra de Vietnam, y desde su postura de héroe
para el movimiento antiglobalización, le pregunto si encuentra gratificante
esta disminución en el control de los gobiernos.
"No es gratificante", responde rápidamente.
"Estoy contento de verlo. Al final de mi libro identifico dos posibles
trayectorias a largo plazo para los asuntos internacionales. La primera
prevé la continuación de la agresión mundial, un avance
del terrorismo y la probable destrucción de la especie humana. El
segundo escenario supone poblaciones civilizadas que comienzan a entender,
en todo el mundo, que hay una alternativa para el futuro."
Mientras expresa esto recuerdo lo
que ha dicho sobre el momento en que oyó la noticia de la bomba
que cayó en Hiroshima. "Literalmente, no pude hablar de ello con
nadie", asevera, recordándose a los 16 años de edad. "No
había nadie con quién hablar. Estaba en un campamento de
verano. Cuando me enteré me interné en el bosque y me quedé
solo por un par de horas. Nunca pude hablar de eso con nadie, nunca entendí
la reacción de los demás. Me sentí completamente aislado."
Chomsky ya no es prisionero de ese
aislamiento. Se mantiene en constante contacto, vía correo electrónico,
con un ejército de viajeros como él. Conserva, sin embargo,
un carácter de singularidad, la sensación de estar solo contra
el mundo. Es tentador pensar que algo le ocurrió en la niñez
que lo hizo sentir que tenía una misión, pero él afirma
que ésta siempre estuvo ahí.
"Al crecer donde yo crecí,
nunca tuve otra opción que cuestionarlo todo", afirma. "Escribí
mi primer artículo a los 10 años; trataba sobre la Guerra
Civil española y la expansión del fascismo en Europa. Siendo
niño ya buscaba panfletos radicales en las librerías de viejo."
Pregunto si su compromiso surgió
del ejemplo de sus padres.
"Desde luego, yo estaba inmerso en
una cultura política", responde. "Judíos de primera generación
de la clase trabajadora de Filadelfia. Siempre iban a huelgas y marchas.
Recuerdo que cuando tenía 5 años iba con mi madre en un tranvía
y pasamos por el enrejado de una fábrica textil, donde vimos que
el personal de seguridad golpeaba salvajemente a las trabajadoras. Esa
son las cosas que se quedaron conmigo para siempre."
Su padre era un erudito rabínico
especializado en gramática medieval. Chomsky añade que cuando
era niño solía volcarse sobre todo aquello que su padre estudiaba,
tratando de entender sus notas.
Ese sería, evidentemente,
el primer paso hacia su revolucionaria fascinación por las estructuras
del lenguaje, pero, como es típico en él, niega cualquier
nexo obvio. Afirma que nunca se imaginó que tendría una carrera
académica. Siendo joven, casado y con niños pequeños,
aún no tenía claro en qué área dejaría
su marca. Obtuvo una beca en el MIT, en el laboratorio de electrónica,
"aunque nunca distinguí la diferencia entre una grabadora y un teléfono.
Me dieron la beca porque este laboratorio acababa de recibir una tonelada
de dinero donado por el Pentágono".
En los estudios no contaba con una
guía real, y en lugar de aprender circuitos electrónicos,
dedicó su tiempo a desarrollar su comprensión de los principios
de la mente humana. Muy pronto publicó la teoría de que las
estructuras de lenguaje son innatas, no adquiridas, y que todos los idiomas
tienen reglas de fondo en común. Su idea de una gramática
universal deshizo el consenso previo de que el lenguaje es una habilidad
totalmente aprendida.
Chomsky rechaza que se sugiera que
hay un nexo entre sus ideas políticas, en las que los sucesos están
sujetos a una teoría unificadora del poder, y su trabajo académico,
que también dio la vuelta a los planteamientos ortodoxos con un
concepto considerado herejía. Aun así, describe sus trabajos
en términos similares.
"La gramática universal era
obvia para mí", sostiene. "Esto iba muy en contra de todas las doctrinas
dominantes de ese tiempo, tanto en filosofía como en sicología,
pero simplemente se podía demostrar que estaban equivocadas. Que
el lenguaje sea una capacidad basada en la biología era tan obvio
que casi no vale la pena dar argumentos; es una capacidad específicamente
humana, y eso es evidente."
Emplea el mismo tipo de frases cuando
discute en torno a los horrores de la política externa estadunidense,
que, insiste, son "tan obvios" y "evidentes" que están más
allá de todo debate. Por tanto, el Plan Marshall era "claramente"
un medio por el cual "el pueblo estadunidense dio 13 mil millones de dólares
a las corporaciones de su país" y, de forma similar, la meta en
Irak es "de manera inequívoca" garantizar que Estados Unidos tenga
un Estado clientelista en el corazón de la región con mayor
producción de petróleo del mundo. "Si usted cree que se trataba
de expandir la democracia, entonces también creerá que Stalin
pretendía llevar la democracia a las naciones del este de Europa",
afirma.
La perfecta simplicidad de estos
enunciados morales es lo que da municiones tanto a simpatizantes como a
detractores de Chomsky. (El único que ha desafiado seriamente a
Chomsky por su postura después del 11 de septiembre ha sido Christopher
Hitchens, quien alguna vez defendió al intelectual. El constante
cuestionamiento de Hitchens a Chomsky cae en el lugar común. El
debate, en las páginas del periódico The Nation y
en Internet, es objeto de constantes conversaciones cibernéticas
entre personas interesadas en estos temas, una especie de mítica
pelea de box entre campeones mundiales que vale la pena sólo para
ver qué estrategias retóricas emplean los contrincantes.
Chomsky suele optar por la táctica conciliatoria e insiste en que
Hitchens "seguramente no quiere decir lo que está diciendo".)
Le pregunto si en estos debates el
profesor no encuentra demasiado pesada la responsabilidad de fungir como
"la consciencia de Estados Unidos".
Sonríe dejando ver sólo
un poco de hartazgo. "Creo que la responsabilidad se adquiere a través
del privilegio", comienza. "Gente como usted y yo tenemos increíbles
privilegios y, por tanto, enormes responsabilidades. Vivimos en sociedades
libres, donde no tenemos que temer a la policía. Según los
estándares globales, tenemos acceso a una extraordinaria riqueza.
Si usted tiene todas esas cosas, tiene la clase de responsabilidad que
no tiene una persona que trabaja como esclavo 70 horas por semana para
poner comida en la mesa. Lo menos que se puede hacer para cumplir con esta
responsablidad es informarse sobre el poder. Fuera de eso, todo es cuestión
de si se cree en certidumbres morales o no."
-¿Alguna vez se da tiempo
de detenerse un momento a disfrutar la vida?
-Me gustaría -contesta, hablando
por primera vez sin mucha convicción-. En los ratos que no trabajo
me dedico, más que nada, a jugar con mis nietos.
Antes de que se termine mi tiempo,
hablamos sobre la visita de George W. Bush a Gran Bretaña y en torno
a la sugerencia que hace en su libro de que habrá una nueva guerra
fría que, en vez de suscitarse entre Estados Unidos y otra superpotencia,
o entre Estados Unidos y el terrorismo, será una lucha entre Estados
Unidos y la opinión pública informada global.
"Nueva York es una sociedad sumamente
cerrada, pero el 11 de septiembre fue como una llamada de atención
que hizo que muchas personas se dieran cuenta de pronto de que no saben
lo suficiente sobre el papel que su país juega en el mundo. Pequeñas
editoriales respondieron a esto volviendo a imprimir libros de historia
que explicaban los antecedentes de lo que sucedió. Mucha gente no
estaba de acuerdo con este análisis, pero de todas formas querían
conocerlo."
Le pregunto si se imagina que en
algún momento esa creciente inquietud pueda reflejarse en el espectro
electoral estadunidense.
Responde: "De momento no parece posible,
pero no hay duda de que puede llegar a suceder. Todo depende de si Estados
Unidos es capaz de crear una democracia que no se sustente en la concentración
de capital, o si surge un movimiento popular capaz de vencer esas restricciones".
Muchos dirían que depende
de que mucha gente lea a Chomsky.
©The Guardian
News Service
Traducción:
Gabriela Fonseca
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