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de Catalunya - 22 de Diciembre de 2003
Sadam,
ante el tribunal
• Cualquier persona preocupada
por la justicia debe felicitarse de que el dictador haya sido capturado.
Y ojalá sea juzgado también por los crímenes que cometió
con el amparo de EEUU
Noam
Chomsky *
Todos aquellos a quienes les preocupen
los derechos humanos, la justicia y la integridad moral deberían
estar muy contentos por la captura de Sadam Husein y deberían
aguardar con impaciencia que un tribunal internacional le someta a un juicio
justo.
Los cargos por las atrocidades de
Sadam
deberían incluir no sólo la matanza de kurdos en 1988, con
uso de gases tóxicos, sino también, y con aún mayor
importancia, su masacre de los rebeldes shiís que podrían
haberle derrocado en 1991.
En aquella época, Washington
y sus aliados sostenían el "criterio sorprendentemente unánime
de que fueran cuales fueran los pecados del líder iraquí,
éste ofrecía a Occidente y a la región mayores esperanzas
para la estabilidad de su país que quienes sufrieron su represión",
escribió Alan Cowell en The New York Times.
El pasado diciembre, Jack Straw,
ministro de Asuntos Exteriores británico, hizo público un
informe de los crímenes de Sadam extraído casi por
completo de lo sucedido en el periodo de firme apoyo británico-estadounidense
al dictador. Con la habitual muestra de integridad moral, el informe de
Straw
y la reacción de Washington pasaban por alto dicho apoyo.
ESTAS PRÁCTICAS reflejan una
trampa muy arraigada y generalizada en la cultura intelectual, una trampa
que a veces se denomina doctrina del cambio de rumbo y que en Estados Unidos
se invoca cada dos o tres años. El contenido de esta doctrina es
éste: "Sí, en el pasado hemos hecho cosas incorrectas por
inocencia o descuido. Pero ahora todo ha terminado, no desperdiciemos ni
un minuto más en este tema aburrido y trasnochado".
La doctrina es deshonesta y cobarde,
pero tiene sus ventajas: nos protege del peligro de comprender lo que está
sucediendo ante nuestros propios ojos. Por ejemplo, la razón que
originalmente esgrimió la Administración de Bush para
ir a la guerra en Irak fue librar al mundo de un tirano que desarrollaba
armas de destrucción masiva y mantenía vínculos con
el terrorismo. Ahora ya nadie se lo cree, ni siquiera quienes le escriben
los discursos a Bush. La nueva razón es que invadimos Irak
para establecer una democracia y aún más, democratizar todo
Oriente Próximo.
A veces, la repetición de
esta postura sobre la construcción de la democracia alcanza
un nivel de ardiente proclama. El mes pasado, por ejemplo, David Ignatius,
comentarista del Washington Post, describía la invasión
de Irak como "la guerra más idealista de los tiempos modernos",
pues se combatió exclusivamente para llevar la democracia a Irak
y a toda la región. Ignatius se mostraba particularmente
impresionado por Paul Wolfowitz, "el idealista en jefe de la Administración
de Bush", a quien describe como un genuino intelectual que "sufre
por la opresión (del mundo árabe) y sueña con liberarlo".
Quizá esto ayude a explicar la carrera de Wolfowitz. Como
su fuerte apoyo a Suharto en Indonesia, uno de los peores asesinos
y agresores de masas del siglo, cuando Wolfowitz era embajador en
dicho país durante la presidencia de Reagan. Como funcionario
del Departamento de Estado para asuntos asiáticos bajo el mandato
de Reagan, Wolfowitz supervisó también el apoyo a
dos dictadores asesinos, Chun, de Corea del Sur y Marcos,
de Filipinas.
Pero todo esto es irrelevante debido
a la conveniente doctrina de cambio de rumbo. Así pues, sí,
el corazón de Wolfowitz sufre por las víctimas de
la opresión, y si su hoja de servicios indica lo contrario, sólo
es debido a esas aburridas y antiguas historias que queremos olvidar.
Aunque podríamos recordar
otro hecho reciente que ilustra el amor de Wolfowitz por la democracia.
El Parlamento turco, asumiendo la oposición prácticamente
unánime de su población a la guerra en Irak, se negó
a autorizar el despliegue íntegro de las fuerzas armadas de Estados
Unidos en Turquía. Ello provocó la furia de Washington.
Wolfowitz criticó
al Ejército turco por no haber intervenido para anular la decisión.
Turquía escuchó a su pueblo, sin admitir órdenes de
Crawford, Texas o Washington D.C.
El capítulo más reciente
es el documento Determinación y conclusiones de Wolfowitz
sobre la asignación de los generosos contratos para la reconstrucción
de Irak. Se ha excluido a países cuyo Gobierno se atrevió
a adoptar las misma posición que la gran mayoría de su población.
Las razones alegadas por Wolfowitz son los "intereses de seguridad",
que son inexistentes, aunque es difícil pasar por alto el odio visceral
a la democracia, además del hecho de que Halliburton y Bechtel tendrán
ahora libertad para competir con la vibrante democracia de Uzbekistán
y las islas Salomón, pero no con las principales sociedades industriales.
Lo revelador e importante para el
futuro es que las muestras de desdén de Washington hacia la democracia
se han simultaneado con un coro de adulación sobre sus anhelos democráticos.
Salir airosos de esta contradicción es un logro impresionante, difícil
de emular incluso en un estado totalitario.
LOS IRAQUÍS ya tienen alguna
experiencia sobre este tipo de procesos de conquistadores y conquistados.
Los británicos crearon Irak
en función de sus propios intereses. Cuando abandonaron esta parte
del mundo, la discusión estribó en cómo establecer
lo que ellos llamaban fachadas árabes: gobiernos débiles
y maleables, parlamentarios si era posible, a condición de que fueran
los propios británicos quienes realmente gobernaran.
¿Quién puede esperar
que Estados Unidos permita algún día la existencia de un
Gobierno iraquí independiente? Especialmente ahora que Washington
se ha reservado el derecho a establecer bases militares permanentes en
su territorio, en el corazón de la mayor región productora
de petróleo del mundo, y ha impuesto un régimen económico
que ningún país soberano aceptaría, dejando el destino
del país en manos de las empresas occidentales.
A lo largo de la historia, incluso
las medidas más duras y vergonzosas han ido generalmente acompañadas
de manifestaciones de nobles intenciones y una retórica en la que
se ofrece libertad e independencia. Una mirada honesta sólo puede
generalizar la observación de Thomas Jefferson sobre la situación
del mundo en su época: "No creemos ni que Bonaparte luche
sólo por las libertades en los mares ni que Gran Bretaña
esté luchando por las libertades de la humanidad. El propósito
es el mismo, atraer hacia sí el poder, la riqueza y los recursos
de otras naciones".
* Profesor de Lingüística
en el Massachusetts Institute of Technology. Autor de 11-09-2001
y Poder y terror.
© Copyright 2003 by Noam Chomsky.
Distributed by The New York Times
Syndicate.
Traducción de Xavier Nerín. |