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de Catalunya - 25 de Enero de 2004
Sadam
Husein y los crímenes de estado
• Un juicio justo del dictador
debe incluir los testimonios de los gobernantes de EEUU por el apoyo que
ofrecieron al expresidente iraquí incluso cuando cometía
las peores atrocidades
Noam
Chomsky *
Los prolongados y tortuosos lazos entre
Sadam Husein y Occidente plantean interrogantes acerca de qué
temas y situaciones embarazosas podrían emerger en un tribunal.
En un proceso justo a Sadam (algo imposible de imaginar), un abogado
defensor podría llamar a prestar testimonio a Colin Powell, Dick
Cheney, Donald Rumsfeld, Bush padre y otros altos funcionarios de los
gobiernos de Ronald Reagan y George Bush, que ofrecieron
destacado apoyo al dictador, inclusive en sus peores atrocidades.
Un proceso justo debería
al menos aceptar el elemental principio moral de universalidad: los acusadores
y el acusador deben ser sometidos a las mismas normas. En tribunales de
crímenes de guerra, los precedentes son turbios. Inclusive en Nuremberg,
el menos defectuoso de ese tipo de tribunales (y con la peor colección
de gánsters procesados nunca), la definición de "crimen"
fue algo que los alemanes cometieron, y los aliados no.
"Husein, como Milosevic,
tratará de avergonzar a Occidente hablando del anterior respaldo
que recibió su régimen. Tal vez sea irrelevante desde el
punto de vista legal, pero es algo que crispará los rostros de Jacques
Chirac y de Donald Rumsfeld", señaló hace poco
en The Boston Globe Gary J. Bass, profesor de la Universidad
de Princeton y autor de Stay the Hand of Vengeance: The Politics of
War Crimes Tribunals.
UN PROCESO justo demostrará,
como lo indican abundantes registros del Congreso y de otras fuentes, que
Washington hizo un sacrílego matrimonio de conveniencia con Sadam
durante la década de los 80. El pretexto inicial fue que Irak podía
conjurar el peligro de Irán, país al que atacó con
respaldo norteamericano, pero el mismo apoyo continuó después
de concluir la guerra. Ahora, aquellos que fueron responsables por la política
de compromiso están llevando a Sadam ante los estrados de
la justicia.
Rumsfeld, como enviado especial
de Reagan a Oriente Próximo, visitó Irak en 1983 y
1984 para establecer relaciones más firmes con Sadam (al
mismo tiempo que el Gobierno criticaba a Irak por usar armas químicas).
Powell fue asesor nacional
de seguridad de Bush padre entre diciembre de 1987 y enero de 1989,
y algunos meses más tarde se convirtió en jefe del estado
mayor conjunto de las fuerzas armadas. Cheney fue secretario de
Defensa de Bush padre. Por lo tanto, Powell y Cheney
ocupaban altos cargos en la época en que Sadam cometió
sus peores atrocidades, la matanza con gases letales de los kurdos en 1988
y el aplastamiento de la rebelión shií de 1991 que podría
haberle derrocado.
En la actualidad, bajo Bush
hijo, Powell, Cheney y otros mencionan de manera constante esas
atrocidades para justificar la destrucción del demonio. Y eso está
bien, aunque no se habla del elemento crucial del respaldo estadounidense
a Sadam durante ese periodo. En octubre de 1989, Bush padre
emitió una directiva de seguridad nacional declarando que "las relaciones
normales entre Estados Unidos e Irak servirán a nuestros intereses
a largo plazo y promoverán la estabilidad en el golfo Pérsico
y en Oriente Próximo".
Estados Unidos ofreció subsidiar
el envío de alimentos que el régimen de Sadam necesitaba
tras la destrucción de la producción agrícola kurda,
junto con tecnología avanzada y agentes biológicos destinados
a armas de destrucción masiva. Después de que Sadam
se pasase de la raya e invadiese Kuwait en agosto de 1990, la política
y los pretextos variaron, pero un elemento permaneció constante:
el pueblo de Irak no debía controlar su propio país.
En 1990 las Naciones Unidas impusieron
sanciones económicas a Irak, que fueron administradas en buena parte
por Estados Unidos y Gran Bretaña. Esas sanciones, que continuaron
durante la época del presidente Bill Clinton y siguieron
con Bush hijo, son tal vez el legado más lamentable de la
política norteamericana hacia Irak.
NO HAY occidentales que conozcan
a Irak mejor que Denis Halliday y Hans von Sponeck, que sirvieron
de manera sucesiva como coordinadores de ayuda humanitaria de la ONU entre
1997 y el 2000. Ambos renunciaron en protesta por las sanciones, que Halliday
calificó de "genocidas". Tal como Halliday, Von Sponeck y
otros han señalado, durante años, que las sanciones devastaron
a la población iraquí y fortalecieron al régimen de
Sadam y a sus secuaces, aumentando la dependencia del pueblo del
tirano, como única forma de sobrevivir. "Nosotros amparamos (el
régimen de Sadam) y negamos toda posibilidad de cambio",
dijo Halliday en el 2002. "Creo que si los iraquís hubiesen
recuperado su economía y restablecido su forma de vida, se hubieran
encargado del tipo de gobierno que consideran adecuado para su país".
No sabemos si se permitirá
que esta historia sea divulgada en un tribunal. Pero el tema de quien se
hará cargo de Irak en el futuro sigue siendo crucial, y es muy disputado
en los actuales momentos.
Además de este asunto central,
aquellos a los que preocupaba la tragedia de Irak tenían tres objetivos
básicos: primero, derrocar al tirano; segundo, poner fin a las sanciones
que afectaron al pueblo, pero no a los gobernantes; y tercero, preservar
cierta apariencia de orden mundial.
No puede haber desacuerdo entre
la gente decente sobre los dos primeros objetivos. Haberlos conseguido
es motivo de celebración, especialmente por parte de aquellos que
se opusieron al apoyo de Estados Unidos a Sadam y luego al régimen
de letales sanciones. Esas personas pueden aplaudir sin hipocresía.
El segundo objetivo podría haberse alcanzado, y posiblemente también
el primero, sin socavar el tercero.
El Gobierno de Bush ha declarado
de manera abierta su intención de desmantelar lo que queda del orden
mundial y gobernar al mundo por la fuerza. En ese sentido, Irak es un proyecto
de exhibición. Esa intención ha causado miedo y con frecuencia
odio en todo el mundo, así como desesperación entre aquellos
a quienes les preocupan las posibles consecuencias de ser cómplices
de la actual política estadounidense de agresión a voluntad.
Por supuesto, la alternativa a esa política es una opción
que descansa en gran parte en las manos del pueblo estadounidense.
* Profesor de Lingüística
en el Massachusetts Institute of Technology. Autor de '11-09-2001' y 'Poder
y terror'.
Distributed by The New York Times
Syndicate.
Traducción de Xavier Nerín. |