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en Español - Febrero de 2004
La soledad
de Noam Chomsky
Arundhati
Roy *
"Nunca pediré
disculpas por Estados Unidos, pase lo que pase".
-George Bush I, presidente de
Estados Unidos
Sentada
en mi casa en Nueva Delhi, viendo la manera en que un canal de noticias
estadunidense se anuncia ("Nosotros reportamos, usted decide"), me imagino
a Noam Chomsky con su sonrisa chimuela y socarrona.
Todos sabemos que los gobiernos autoritarios,
sin importar su ideología, utilizan la prensa para su propaganda.
Pero ¿y aquellos regímenes del "mundo libre" que son elegidos
democráticamente?
Hoy, gracias a Noam Chomsky y sus
colegas, para miles de nosotros, quizá millones, resulta casi axiomático
que, en las democracias de "libre mercado", la opinión pública
se fabrica tal como cualquier otra mercancía producida en masa:
jabón, botones, o pan. Entendamos que, aunque en principio legal
y constitucional, la expresión es libre, se nos han arrebatado los
espacios donde dicha libertad puede ejercerse, y se han vendido al mejor
postor. El capitalismo neoliberal no solamente acapara el capital (para
algunos). También acapara el poder (para algunos) y acapara la libertad
(para algunos). De manera inversa, en el resto del mundo, aquellos que
son excluidos del espacio gubernamental del neoliberalismo, sufren un desgaste
de capital, desgaste de poder y desgaste de su libertad. En el "libre"
mercado, la libre expresión se ha transformado en una mercancía
como cualquier otra: la justicia, los derechos humanos, el agua potable,
el aire puro. Está solamente disponible para aquellos que puedan
costearla. Y naturalmente, los que pueden costearla, utilizan la libertad
de expresión para fabricar cierto producto, para confeccionar cierto
tipo de opinión pública que resulta adecuado a sus planes.
(La noticia a su servicio.) El mecanismo exacto que utilizan ha sido el
tema de la mayor parte de la obra política de Noam Chomsky.
El primer ministro Silvio Berlusconi,
por ejemplo, mantiene una influencia dominante sobre periódicos,
revistas y empresas editoriales de renombre en Italia. "De hecho, controla
cerca del 90 por ciento de programación televisiva", informa el
Financial Times. ¿Cuánto cuesta la libre expresión?
¿A quién le pertenece? Claro está que Berlusconi es
un caso extremo. En otras democracias, especialmente en Estados Unidos,
los caciques de la prensa, los influyentes partidarios empresariales y
los funcionarios de gobierno se trenzan de una manera aunque menos obvia,
más complicada. (Los nexos de George Bush Jr., con el sector petrolero,
la industria bélica y Enron, así como la intervención
de Enron en instituciones gubernamentales y los medios de comunicación
forman ya parte del dominio público).
Después de los ataques terroristas
a Nueva York y Washington el 11 de septiembre del 2001, la descarada labor
de la prensa dominante como vocero del gobierno estadunidense, exhibiendo
un patriotismo revanchista y su explícita censura de opiniones discrepantes,
prestándose a hacer pasar los boletines de prensa del Pentágono
como noticia, fueron objeto de un alud de humor negro en el resto del mundo.
Entonces sobrevino la quiebra en
la bolsa de Nueva York, la quiebra de las aerolíneas que solicitaban
al gobierno fianzas financieras, y las discusiones que buscaban sortear
legislación sobre patentes para producir medicinas genéricas
contra el ántrax (supuestamente mucho más urgente e importante
que la producción de medicamentos genéricos para erradicar
el SIDA en África). De pronto, parecía que el doble mito
del libre mercado y la libertad de expresión amenazaban con derrumbarse
tal como las Torres Gemelas del Centro del Comercio Mundial. Pero claro,
eso nunca sucedió. Los mitos sobreviven.
Sin embargo, el aspecto positivo
de la enorme cantidad de recursos y capital con que el empresariado inunda
el mercado del "manejo" de la opinión pública sugiere un
temor muy real hacia la opinión pública; una preocupación
vigente y constante de que si acaso el público se diera cuenta (y
comprendiera a fondo) el contexto real de todo aquello que se lleva a cabo
en su nombre, sería capaz de actuar con base en ese conocimiento.
Aquellos en el poder saben que la gente común y corriente no es
necesariamente cruel ni egoísta. (Cuando el público equipara
el costo y el beneficio, un simple cargo de conciencia pudiera inclinar
la balanza). Por tal razón, se deben proteger de la verdad, frutos
de un clima artificial, de una realidad falsa, como pollos en la parrilla
o puercos en su pocilga.
Quienes hemos logrado evitar tal
destino y andamos pepenando en el llano, ya no creemos todo lo que leemos
en los diarios o vemos en la televisión. Pegamos la oreja al suelo
y procuramos distintos medios para entender el mundo. Buscamos la historia
oculta, el murmullo de un golpe de estado, el genocidio no divulgado, la
guerra civil en un país africano que aparece en una flaca columna
junto al anuncio de bragas de encaje a toda plana.
A veces olvidamos, e inclusive ignoramos
que esa manera de ver el mundo, esa sencilla perspicacia, esa instintiva
desconfianza en los medios de comunicación, sería cuando
mucho una corazonada política o peor, una gratuita acusación,
si no fuera por el tenaz e infatigable análisis de los medios que
realiza una de las mentes más brillantes de nuestros tiempos. Pero
esta es solamente una de las formas en las que Noam Chomsky ha cambiado
radicalmente nuestra percepción de la sociedad en que vivimos; o
más aún, nuestra percepción de las complicadas normas
que operan en el manicomio donde somos pacientes voluntarios.
Al mencionar los ataques del 11 de
septiembre sobre Nueva York y Washington, el presidente George W. Bush
llamó a los enemigos de Estados Unidos "enemigos de la libertad".
"Los estadunidenses quieren saber: ¿Porqué nos odian?", decía.
"Odian nuestras libertades, libertad de culto, libertad de expresión,
libertad de voto, de asociación y de disentir".
Si el pueblo estadunidense desea
una verdadera respuesta a tal pregunta (a diferencia del Idiot's guide
to anti-americanism , o sea: "porque nos envidian", "porque detestan la
libertad", "porque son unos necios", "porque somos buenos y ellos malos"),
yo diría, lean a Chomsky; lean lo que Chomsky opina sobre la intervención
militar de Estados Unidos en Indochina, Latinoamérica, Irak, Bosnia,
la antigua Yugoslavia, Afganistán, y el Medio Oriente. Si la gente
común en Estados Unidos leyera a Chomsky, quizá sus preguntas
serían diferentes. Quizá dirían: "¿Por qué
no nos odian aún más?, y ¿Cómo es que el 11
de septiembre no sucedió antes?"
Sin embargo, en tiempos tan nacionalistas
como los nuestros, los términos "nosotros" y "ellos" se emplean
con premura. La división entre la población civil y el Estado
se ha venido difuminando deliberadamente no solamente por los gobiernos,
sino también por los terroristas. La lógica subyacente en
los atentados terroristas, así como en las guerras de "represalias"
en contra de los gobiernos que "apoyan el terrorismo" viene siendo la misma:
ambas castigan a la población debido a las acciones de sus gobiernos.
(Pero digreso; claro está
que para Noam Chomsky, como ciudadano de Estados Unidos, el criticar a
su propio gobierno es más apropiado a diferencia de que alguien
como yo, ciudadana de la India, critique a su gobierno. No soy patriota
alguna, y estoy consciente de que el engaño, el abuso y la mentira
se encuentran hendidas en la plomiza alma de todo gobierno. Más
cuando un país se transforma en imperio, entonces la escala de operaciones
cambia dramáticamente. Por tanto, aclaro que estoy hablando como
súbdita del imperio de Estados Unidos. Hablo como una esclava que
intenta criticar a su rey).
Si tuviera que elegir una de las
más importantes contribuciones de Noam Chomsky, sería el
hecho que ha logrado desenmascarar el horrible, manipulador e inmisericorde
universo que se esconde tras la bella y lustrosa palabra "libertad". Lo
ha logrado racional y empíricamente. El caudal de evidencia que
ha reunido para elaborar su discurso es formidable. Más bien, aterrador.
La premisa inicial del método de Chomsky no es ideológica,
sino profundamente política. Emprende el curso de su indagación
con la innata desconfianza hacia el poder de un anarquista. Nos conduce
en un viaje a través del pantanal del poder estadunidense y nos
guía a través del vertiginoso laberinto de vericuetos que
enlazan al gobierno, las grandes empresas y el negocio de la manipulación
de la opinión pública.
Chomsky demuestra que frases, como
"libre expresión", "libre mercado" y "mundo libre" tienen poco o
nada que ver con la libertad. Nos demuestra que, entre las múltiples
libertades de las que el gobierno de Estados Unidos hace alarde están
la libertad de matar, exterminar y dominar a otros; la libertad de financiar
y respaldar a déspotas y dictadores por todo el mundo; la libertad
de entrenar, armar y proteger terroristas; la libertad de derrocar gobiernos
instituidos democráticamente; la libertad de apilar y utilizar armas
de destrucción en masa (químicas, biológicas y nucleares);
la libertad de hostigar a cualquier país cuyo gobierno discrepa
con Estados Unidos; y, lo más terrible, la libertad de cometer todos
estas atrocidades de lesa humanidad en nombre de la "justicia", del "bien",
y de la "libertad".
El Procurador General John Ashcroft
ha declarado que las libertades de Estados Unidos "no son otorgadas por
ningún gobierno o documento, sino... por atributo de Dios". Así
que, de hecho, nos confronta CON un país dotado con un mandato divino.
Quizá esta sea la razón por la cual el gobierno de Estados
Unidos se niega a medirse con el mismo criterio moral que aplica a otros
países. (Cualquier intento de reciprocidad se califica de "igualdad
moral"). Su técnica consiste en aparentar ser un gigante bien intencionado
cuyas buenas obras son malinterpretadas por los nativos intrigantes de
extraños países cuyos mercados intenta abrir, cuyas sociedades
trata de modernizar, cuyas mujeres intenta liberar, cuyas almas intenta
salvar. Es posible que dicha creencia en su divinidad pudiera explicar
porqué el gobierno estadunidense se ha conferido a sí mismo
el derecho y el arbitrio de ultimar y exterminar gente "por su propio bien".
El día que el presidente George
Bush, hijo, anunció los ataques aéreos contra Afganistán,
declaró: "Somos gente de paz". Dijo asimismo, "Esta es la vocación
de los Estados Unidos de América, la nación más libre
del planeta, una nación basada en valores fundamentales, que rechaza
el odio, rechaza la violencia, rechaza los homicidas, rechaza el mal; no
claudicaremos".
El eje del imperio estadunidense
se fundó sobre un espantoso evento: la masacre de millones de indígenas,
el robo de sus tierras, y más tarde, el secuestro y esclavitud de
millones de negros africanos para labrar esas tierras. Miles murieron en
alta mar al ser transportados como animales de un continente a otro. "Robados
de África, llevados a América", dice Bob Marley en "Buffalo
Soldier", con un cúmulo de inefable tristeza. Denuncia la pérdida
de su dignidad, la pérdida de su entorno, la pérdida de su
libertad, el quebrantado orgullo de un pueblo. El genocidio y la esclavitud
constituyen el trasfondo de una nación cuyos valores fundamentales
rechazan el odio, los homicidas y el mal.
Chomsky, en su ensayo "La fabricación
del consentimiento", escribe acerca de la fundación de los Estados
Unidos de América:
Durante el Día de Gracias
hace unas semanas, salí a caminar en un parque nacional con algunos
familiares y amigos. Encontramos una lápida con la siguiente inscripción:
"Aquí yace una mujer indígena, una wampanoag, cuya familia
y tribu entregaron sus vidas y sus tierras para que esta gran nación
pudiera nacer y crecer".
Claro que no es cierto que la población
indígena se entregó y entregó sus tierras para tan
noble propósito. Al contrario, fueron masacrados, diezmados y desparramados
al llevarse a cabo una de las mayores campañas de genocidio en la
historia de la humanidad... que cada año celebramos al conmemorar
a Colón, un notorio homicida también, el 12 de octubre. [En
Estados Unidos, el Día de la Raza se conoce como Columbus Day, N.
del T.]
Cientos de estadunidenses, gente
de bien y decente, marchan frente a esa lápida frecuentemente y
la leen, sin reacción aparente, excepto quizá por un aire
de satisfacción en dar por fin un merecido reconocimiento a los
sacrificios de los nativos. Seguramente su reacción sería
diferente si fueran a visitar Auschwitz o Dachau y encontraran una lápida
que rezara: "Aquí yace una mujer, una judía, cuya familia
y cuya gente renunciaron a sus vidas y sus posesiones para que esta gran
nación lograra progresar y prosperar".
¿Cómo ha logrado Estados
Unidos sobrevivir a su horrendo pasado y salir tan fresco? No reconoce
sus aberraciones, no indemniza a los afectados, no justifica sus actos
ante naciones indígenas o afroamericanas, y por supuesto no recapacita
(sino que, hoy día exporta su crueldad). Como muchos otros países,
Estados Unidos ha reinventado su historia. Pero lo que distingue a Estados
Unidos de aquellos otros países, y le proporciona ventaja, es que
ha reclutado a sus servicios la empresa de publicidad más próspera
y prominente del planeta: Hollywood.
En la triunfal versión popular
del mito que pasa por historia de Estados Unidos, la "virtud" llegó
a su apogeo durante la Segunda Guerra Mundial (dizque la guerra de Estados
Unidos contra el fascismo). Revuelto en el barullo de clarín y coro
de ángeles se encuentra el hecho de que, mientras el fascismo estaba
en pleno auge en Europa, el gobierno estadunidense se hacía de la
vista gorda. Mientras Hitler llevaba a cabo su pogrom genocida en contra
de los judíos, los funcionarios estadunidenses negaron ingreso a
los refugiados judíos que huían de Alemania. Estados Unidos
no se incorporó a la guerra hasta después del ataque a Pearl
Harbor. Hundido bajo el estruendo de alborotados hosannas se encuentra
el acto más repugnante, de hecho la acción más salvaje
que jamás se haya visto: los ataques nucleares sobre la población
civil de Hiroshima y Nagasaki. La guerra había casi terminado. Los
cientos de miles de japoneses que fueron aniquilados, y la infinidad de
otros que han resultado víctimas del cáncer por generaciones,
nunca fueron una amenaza para la paz. Eran solamente civiles. Tal como
las víctimas de los atentados contra el Centro de Comercio Mundial
eran civiles. Tal como los cientos de miles de gentes que murieron en Irak
debido a sanciones impuestas por Estados Unidos eran civiles. El bombardeo
de Hiroshima y Nagasaki fue un experimento escalofriante y alevoso realizado
con el fin de ostentar el poderío de Estados Unidos. El entonces
presidente Truman calificó el acto como "el más grande de
la historia".
La Segunda Guerra Mundial, según
se ha dicho, fue una "guerra por la paz". La bomba atómica era un
"arma de la paz". Se nos pide creer que la disuasión nuclear previno
una Tercera Guerra Mundial. (Eso fue antes que al presidente George Bush,
Jr. se le ocurriera la "doctrina de guerra preventiva".) ¿Es que
acaso ocurrió una erupción de paz después de la Segunda
Guerra Mundial? Digamos que hubo paz (relativa) en Europa y América
pero, ¿acaso cuenta como paz global? No, a menos que las guerras
ocurridas en los países que habitan otras razas [Chinks, niggers,
dinks, wogs, gooks, son peyorativos intraducibles al español, para
denominar a asiáticos, negros, homosexuales, asiáticos y
vietnamitas, respectivamente, N. del T.] no se consideren guerras.
Desde la Segunda Guerra Mundial,
Estados Unidos ha confrontado o atacado, entre otros países, a Corea,
Guatemala, Cuba, Laos, Vietnam, Camboya, Granada, Libia, El Salvador, Nicaragua,
Panamá, Irak, Somalia, Sudán, Yugoslavia y Afganistán.
La lista deja fuera las operaciones encubiertas del gobierno de Estados
Unidos en África, Asia, y Latinoamérica, los golpes de estado
que ha instigado, y los dictadores que ha respaldado y armado. Debe asimismo
incluir la campaña de Israel en contra de Líbano, apoyada
por Estados Unidos, que ocasionó la muerte de miles de personas.
Se debe mencionar el papel protagonista que ha mantenido en el conflicto
del Medio Oriente, donde miles han muerto luchando contra la ocupación
ilegal de Israel en territorio palestino. Deberá también
incluir la responsabilidad de Estados Unidos en la guerra civil de Afganistán
en la cual murieron más de un millón de gentes. Deberá
incluir los embargos y sanciones que han contribuido, ya sea directa o
indirectamente, a la muerte de cientos de miles de gentes, sobre todo en
Irak.
Viéndolo bien, resulta aparente
que sí ha ocurrido una Tercera Guerra Mundial, y que Estados Unidos
ha sido (y es) uno de los principales protagonistas.
La mayor parte de los ensayos del
libro Por razones de Estado, de Chomsky, tratan de la agresión
de Estados Unidos en el norte de Vietnam, en Laos y en Camboya. El conflicto
duró más de doce años y segó la vida de 58
mil estadunidenses, así como más de dos millones de ciudadanos
de Vietnam, Laos y Camboya. Estados Unidos desplegó una ofensiva
terrestre de medio millón de soldados, arrojó más
de tres millones de toneladas de explosivos y sin embargo, aunque usted
no lo crea, Estados Unidos perdió la guerra.
La guerra comenzó en el sur
para luego extenderse al norte de Vietnam, Laos y Camboya. Después
de imponer un gobierno títere en Saigón, el gobierno estadunidense
decidió inmiscuirse en la lucha contra la insurgencia comunista
que se había infiltrado en las áreas rurales del sur de Vietnam,
donde les brindaba apoyo la población civil.
Lo mismo sucedió en 1979,
cuando Rusia decidió inmiscuirse en Afganistán. Nadie en
el "mundo libre" duda que Rusia invadió ese país. Después
de la glasnost, hubo incluso un ministro soviético que consideró
la invasión de Afganistán "ilegal e inmoral". Pero en Estados
Unidos no ha ocurrido un grado tal de reflexión. En 1984, en una
declaración insólita, Chomsky escribe: "Durante los últimos
veintidós años, he tratado de encontrar una cita en la prensa
dominante o en documentación académica que mencione la invasión
de Vietnam o la agresión contra Indochina: nada. No existe tal suceso
en la historia. Lo único que aparece es la defensa de parte de Estados
Unidos contra del terrorismo en el sur de Vietnam, apoyado desde el exterior
(o sea desde Vietnam).
¡No existe tal suceso en la
historia!
En 1962, la Fuerza Aérea de
Estados Unidos comenzó a bombardear áreas rurales del sur
de Vietnam, donde vivía el 80 por ciento de la población.
Los ataques duraron más de diez años. Murieron miles de gentes.
El plan era bombardear en tal escala que aterrorizara a la población
hasta obligar a una migración masiva de los campos a las ciudades,
donde sería acogida en campamentos para refugiados. Samuel Huntington
calificó dicho proceso como "urbanización". (Yo estudié
urbanización cuando era estudiante de arquitectura en la India y
no recuerdo que los bombardeos aéreos formaran parte del propedéutico.)
Huntington, hoy famoso por su ensayo "¿El choque de las civilizaciones?",
presidía entonces el Consejo de Estudios Vietnamitas del Grupo de
Planeación y Desarrollo para el Sudeste de Asia. Chomsky ha citado
su descripción de la guerrilla vietnamita como "una fuerza mayor
que no puede ser enajenada del electorado mientras dicho electorado exista".
Huntington, al mismo tiempo, recomienda "implementación directa
de fuerza convencional y mecánica"; en otras palabras, si se busca
aplastar una guerra civil, se debe eliminar a la población civil.
(O, si ponemos la tesis al día, para prevenir un choque entre civilizaciones,
hay que eliminar una civilización).
Un testigo de aquellos días,
cuando la fuerza mecánica de Estados Unidos era limitada, opina:
"Sucede que el armamento estadunidense no se puede limitar a matar comunistas
sin destruir todo lo que le rodea". Ese problema ha dejado de existir,
no porque las bombas sean menos destructivas, sino porque el lenguaje es
más imaginativo. Ahora existe una definición más elegante
para decir "destruye todo lo que le rodea". Hoy se le llama "daño
colateral".
Y en un recuento de primera mano,
T.D. Alman, sobrevolando la llanura de Jarres, en Laos, describe lo que
las "máquinas" estadunidenses (que Huntington llama "instrumentos
de modernización", y que los oficiales del Pentágono llaman
bomb-o-gramas) son capaces de hacer:
"Aun si la guerra terminara mañana,
la restauración del sistema ecológico llevaría años.
Reconstruir los devastados pueblos y las comunidades de la llanura va a
tomar años también. Y si acaso se lograra, vivir en este
lugar sería peligroso por mucho tiempo más, debido a los
cientos de miles de explosivos activos, las minas y las trampas que allí
se encuentran. Un vuelo reciente sobre la llanura de Jarres demuestra lo
que tres años de continuo bombardeo estadunidense puede ocasionar
en un área rural, aun después que la población civil
ha sido evacuada. En áreas extensas, el color tropical predominante,
verde claro, ha sido reemplazado por manchas grises abstractas y otros
colores metálicos. El resto de la vegetación sigue rala y
pálida debido a los herbicidas. Hoy, el color negro predomina en
los extremos norte y este del llano. Frecuentemente lanzan napalm para
quemar la yerba y la maleza que cubren el llano y las angostas barrancas.
Las llamas parecen arder constantemente, formando negros rectángulos.
Durante el vuelo se veían nubes de humo alzándose desde los
campos recién bombardeados. Las rutas principales, que van al llano
desde territorio comunista liberado, son bombardeadas sin piedad ni pausa
aparente. Allí, y en el filo del llano, predomina el amarillo. Toda
la vegetación ha sido destruida. Existe infinidad de cráteres...
el área ha sido atacada tantas veces que en el suelo hay socavones
ahumados que recuerdan el norte de África y su clima violento. Más
al sudeste, Xieng Khouang, antes una de las comunidades más pobladas
en Laos, se encuentra vacía, devastada. Al norte del llano, el pequeño
balneario de Khang Khay también ha sido destruido. Alrededor de
la pista de aterrizaje de King Kong, los colores son el amarillo (por el
suelo excavado) y el negro (del napalm); se ven luego el rojo y el azul:
paracaídas usados para distribuir abastecimientos. Los últimos
habitantes fueron acarreados por aire. Las hortalizas abandonadas, sin
cosechar, crecen junto a las casas abandonadas con platos sobre la mesa
y calendarios en las paredes".
(Jamás consideradas "pérdidas"
de guerra, quedan aves muertas, animales incinerados, peces flotando, los
insectos chamuscados, los manantiales envenenados, la vegetación
destruida. Nunca se mencionan, por la arrogancia del género humano
hacia otros seres vivientes con quienes compartimos el planeta. Son ignorados
en la trifulca sobre mercados e ideologías. Tal arrogancia quizá
será la ruina del género).
El centro de gravedad de Por razones
de Estado es un ensayo llamado "La mentalidad de los muchachos del
entresuelo", en el que Chomsky proporciona un análisis amplio y
contundente de los Documentos del Pentágono, los cuales señala:
"contienen evidencia documentada de conspiración con el propósito
de utilizar la fuerza respecto a relaciones internacionales en afrenta
de la ley". Chomsky considera también que, aunque los bombardeos
del norte de Vietnam se discuten en los Documentos del Pentágono,
la invasión de Vietnam de Sur casi no se menciona.
Los Documentos del Pentágono
son interesantes; no como documentación de la intervención
de Estados Unidos en Indochina, sino para adentrarse en la mentalidad de
aquellos que la planearon y la llevaron a cabo. Es fascinante descubrir
las ideas compartidas, las proposiciones hechas, las recomendaciones que
fueron sugeridas. En la sección llamada "La mente asiática
- la mente estadunidense", Chomsky examina la discusión sobre la
mentalidad del enemigo el cual "acepta estoicamente la destrucción
del patrimonio y la pérdida de vidas", mientras que "nosotros queremos
la vida, la felicidad, la abundancia, el poder, por lo cual, para nosotros,
la muerte y el sufrimiento son malas opciones cuando existen alternativas".
Por tanto, nos damos cuenta que los pobres asiáticos, quienes supuestamente
no son capaces de comprender el significado de la felicidad, la abundancia,
el poder, obligan a Estados Unidos a llevar a cabo su "estrategia lógica:
el genocidio". Pero, luego, tiramos la piedra y escondemos la mano, porque
"el genocidio implica una gran responsabilidad". (Al final, por supuesto
"fuimos" y cometimos nuestro genocidio y fingimos que nunca sucedió).
Claro que los Documentos del Pentágono
contienen también algunas ingeniosas propuestas.
"Los ataques contra la población
civil, aunque no lleguen a ocasionar un oleaje contraproducente de repulsión
tanto dentro como fuera del país, aumentan el riesgo de expandir
la guerra a China y la Unión Soviética. Sin embargo, la destrucción
de diques y represas, si se hace con cuidado, pudiera... traer buenos resultados.
Es digno de investigar. Dicha destrucción no mata o ahoga a la gente.
Al inundar los campos de arroz, se logra, a su debido tiempo, inanición
a gran escala (¿más de un millón?) al menos que se
distribuya comida, la cual pudiéramos ofrecer en la mesa de negociaciones".
Pieza tras pieza, Chomsky desarma
el proceso de mando que el gobierno estadunidense utiliza, y en el fondo
descubre el infame corazón del mecanismo bélico estadunidense,
totalmente aislado de la realidad de la guerra, cegado por ideologías
y dispuesto a exterminar millones de seres humanos, civiles, militares,
mujeres, niños, pueblos, ciudades enteras, ecosistemas completos,
mediante bestiales métodos, con una destreza científica.
Así describe un piloto su
grata experiencia con el napalm:
"Es un placer hacer negocios con
los chicos de Dow (empresa de armas químicas). El producto original
no era tan bueno -los gooks (vietnamitas) se lo podían arrancar
de la piel, si actuaban con rapidez. Entonces los chicos mezclaron poliestireno,
y se les pegaba como mierda en una manta. Pero si los "gooks" brincaban
al agua, dejaba de arder, así que empezaron a añadir fósforo
blanco para que ardiera mejor. Ahora quema bajo el agua, y basta con una
gota para que les llegue hasta el hueso, así que invariablemente
mueren envenenados por el fósforo".
Resulta que los afortunados gooks
fueron masacrados por su propio bien. Mejor muerto que rojillo.
Gracias a los seductores encantos
de Hollywood y a la irresistible atracción de los medios estadunidenses,
después de todos estos años, el mundo todavía considera
la guerra de Vietnam como un episodio estadonidense. Indochina contribuyó
con su verdoso trasfondo tropical donde Estados Unidos llevó a cabo
su violenta fantasía, puso a prueba su nueva tecnología,
impulsó su ideología, examinó su conciencia, agonizó
con sus dilemas morales y negoció su culpabilidad (o fingió).
Los vietnamitas, camboyanos y laosianos eran extras solamente. Humanoides
con ojos de rendija sin nombre ni cara. Eran los que murieron. Gooks.
Lo único que Estados Unidos
aprendió al invadir Indochina fue cómo hacer la guerra sin
desplegar sus tropas ni arriesgar sus vidas. Así que ahora las guerras
se efectúan con misiles de largo alcance, Halcones Negros, "rompe-sótanos".
Guerras donde los "aliados" pierden más periodistas que soldados.
Cuando era niña, crecí
en el estado de Kerala, en el sur de India, donde el primer gobierno comunista
electo democráticamente asumió el poder en 1959, el año
en que nací. Tenía entonces la terrible preocupación
de que yo era gook. Kerala se encuentra a escasas mil millas al
oeste de Vietnam. Teníamos selvas, ríos, campos de arroz
y comunistas también. Imaginaba a mi madre, mi hermano y a mí
misma bombardeados en el monte con una granada de mano o acribillados,
como los gooks en las películas, por un fortachón
marino estadunidense, mascando chicle y con un estruendoso fondo musical.
En mis sueños, yo era la niña quemándose en la fotografía
tomada en Trang Bang.
Ya que yo crecí en el apogeo
de la propaganda soviética y estadunidense (las cuales más
o menos se neutralizaron mutuamente), cuando leí por primera vez
a Noam Chomsky, me pareció que ese manejo de evidencia, esa enormidad,
esa terquedad, resultaba casi, ¿cómo explicarlo?, demente.
Una cuarta parte de esa evidencia hubiera bastado para convencerme. Siempre
me preguntaba por qué necesitaba presentar tantos datos. Pero ahora
comprendo que la magnitud y la intensidad de la obra de Chomsky es un barómetro
de la magnitud, el impacto e inexorabilidad de la maquinaria de propaganda
contra la cual él se mide. Me recuerda el comején que vive
en la tercera repisa de mi librero. Día y noche escucho sus quijadas
crujir la madera, pulverizándola, como si discrepara con la literatura
y quisiera desintegrar su mismo cimiento. Le llamo "Chompsky".
Siendo un estadunidense que vive
en Estados Unidos, escribir para convencer de su punto de vista a los estadunidenses
debe ser como cavar un túnel en la madera. Chomsky es parte de un
pequeño grupo de individuos bregando contra toda una industria.
Eso lo hace no solamente admirable, sino heroico.
Hace algunos años, en una
conmovedora entrevista con James Peck, Chomsky relató su remembranza
del día que Hiroshima fue atacada. Él tenía dieciséis
años:
"Recuerdo que simplemente no pude
hablar con nadie. No había nadie. Eché a andar solo. Estaba
entonces en un campo de verano, así que eché a andar por
el bosque y me fui a estar solo un par de horas en cuanto oí la
noticia. No me fue posible hablar del tema con nadie y nunca comprendí
la reacción de nadie más. Me sentí completamente solo".
Esa soledad creó a una de
las figuras públicas más importantes y radicales de nuestro
tiempo. Cuando el sol se oculte en el imperio estadunidense, cual debe
ser, cual será, la obra de Noam Chomsky sobrevivirá.
Señalará con un dedo
impasible y acusador hacia ese implacable y maquiavélico imperio
juzgándolo tan cruel, hipócrita y pedante como aquellos que
reemplazó. (La única diferencia es que éste viene
armado con tecnología que puede invocar un cataclismo que la historia
no ha presenciado y que la humanidad no es capaz de imaginar).
Ya que pude ser una gook o
quizá sólo una posible gook, es raro el día
que, por una razón u otra, no me encuentre pensando: "Chomsky Zindabad
[larga vida, N. del T.]".
* Arundhati Roy es autora
de El Dios de las pequeñas cosas.
• Título original:
The
loneliness of Noam Chomsky
• Autor: Arundhati
Roy
• Origen: Znet
• Traducido por
Miguel Alvarado y revisado por Margarita González
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