| LA
JORNADA de México - 13 de Mayo de 2004
Viable,
un acuerdo final Israel-Palestina
Noam
Chomsky *
El conflicto
palestino-israelí continúa siendo una de las principales
razones del caos y del sufrimiento en Medio Oriente. Pero una forma de
romper el impasse podría estar al alcance de los negociadores.
A corto plazo, la única solución
posible y mínimamente decente del conflicto es acatar las propuestas
de un consenso internacional de larga data: crear dos estados separados
por una frontera (la llamada línea verde) con ajustes menores y
mutuos.
Por ahora, el proyecto israelí
de asentamientos e infraestructura, respaldado por Estados Unidos, cambia
la magnitud de lo "menor". Sin embargo, hay en la mesa varios planes de
dos estados. El más destacado es el acuerdo de Ginebra, presentado
en diciembre por un grupo de prominentes negociadores israelíes
y palestinos, que trabajaron al margen de los canales oficiales.
El acuerdo de Ginebra ofrece un detallado
programa para el canje de tierras y otros aspectos destinados a zanjar
la cuestión. Y puede ser concretado si el gobierno de Estados Unidos
lo respalda. La realpolitik indica que Israel debe aceptar lo que
la gran potencia ordena.
El "plan de separación" de
Bush-Sharon es de hecho un proyecto de expansión y de integración.
Aun cuando Sharon propone alguna retirada de la franja de Gaza, "Israel
invertirá decenas de millones de dólares en asentamientos
en Cisjordania", dijo James Bennet, citando declaraciones del ministro
de Finanzas de Israel, Benjamin Netanyahu, publicadas en The New York
Times. Otros informes indican que el desarrollo tendrá lugar
en el lado palestino de la "valla de separación".
Tales asentamientos contradicen el
mapa de ruta, respaldado por Bush, que exige el cese de "toda actividad
en los asentamientos".
Aunque sería "un hito importante,
el fin de la ocupación de la franja de Gaza por Israel requiere
de un cambio análogo de política en Cisjordania para que
esas ventajas se concreten", escribió Geoffrey Aronson en una publicación
de la Fundación para la Paz del Medio Oriente, con sede en Washington.
La fundación acaba de difundir
un mapa de los planes israelíes para Cisjordania, mostrando mosaicos
de enclaves palestinos rodeados por muros, que reproducen los peores aspectos
de los bantustanes, las poblaciones creadas durante el régimen de
minoría blanca de Sudáfrica, tal como Meron Benvenisti ha
denunciado en el diario Haaretz de Jerusalén.
La cuestión planteada ahora
es si las comunidades israelíes y palestinas están tan entrelazadas
en los territorios ocupados que es imposible toda división.
Sin embargo, en noviembre pasado,
ex dirigentes de Shin Bet, el servicio de seguridad israelí, señalaron
que esa nación puede y debe retirarse completamente de la Franja
de Gaza. En cuanto a la Margen Occidental, entre 85 y 95 por ciento de
los colonos podrían abandonar la zona "con un simple plan económico",
en tanto la fuerza pública tal vez deba enfrentarse con un 10 por
ciento que no desean ser desalojados. Para los ex dirigentes de Shin Bet,
ese no es un problema muy serio. El acuerdo de Ginebra se basa en conjeturas
similares, que parecen bastante realistas.
Por cierto, ninguna de esas propuestas
encara el abrumador desequilibrio en el poderío militar y económico
entre Israel y un eventual Estado palestino, u otros asuntos cruciales.
A largo plazo, otros arreglos podrían
surgir a medida que se desarrollen interacciones más saludables
entre ambos países. Una posibilidad, que ya tiene arraigo, es una
federación binacional.
Entre 1967 y 1973, ese Estado binacional
era bastante viable en Israel-Palestina. Durante esos años, también
era posible un total acuerdo de paz entre Israel y los estados árabes,
y por cierto hubo ofertas en ese sentido de Egipto y de Jordania. Para
1973, esa oportunidad se había perdido.
Lo que alteró la situación
fue la guerra de 1973 y el cambio de opinión entre los palestinos,
en el mundo árabe y en el campo internacional en favor de los derechos
nacionales de los palestinos, de forma que quedó incorporada la
resolución 242 de Naciones Unidas, la cual añadió
disposiciones para la creación de un Estado palestino en los territorios
ocupados, que Israel debería evacuar. Sin embargo, Estados Unidos
ha bloqueado de manera unilateral la resolución durante los anteriores
30 años.
El resultado ha sido la guerra y
la destrucción, una cruel ocupación militar, la absorción
de tierras y de recursos, la resistencia y, finalmente, un creciente ciclo
de violencia, odio mutuo y recelo.
El progreso requiere consesiones
de todas partes. ¿Cuál es un acuerdo justo? Lo más
cerca que podemos llegar a una fórmula general es que el acuerdo
debe ser aceptado si es el mejor posible y puede conducir a algo mejor.
La propuesta de Sharon de "dos estados"
que dejen a los palestinos encerrados en la franja de Gaza y en cantones
en la mitad de la Cisjordania no cumple con ese criterio. El acuerdo de
Ginebra se aproxima al criterio, y por lo tanto debe ser aceptado, al menos
como base para negociaciones entre israelíes y palestinos. Esa es
mi opinión.
Una de las cuestiones más
espinosas es el derecho de los palestinos a retornar a sus tierras. Cierto,
los refugiados palestinos no están dispuestos a renunciar a ese
derecho, pero en este mundo, no en un mundo imaginario que podemos discutir
en seminarios, ese derecho no podrá ser ejercido, más que
en forma limitada, dentro de Israel.
En todo caso es erróneo ofrecer
esperanzas que no se concretarán a personas que sufren en la miseria
y en la opresión. En cambio, deben realizarse esfuerzos constructivos
para mitigar su sufrimiento y encarar los problemas que tienen en el mundo
real.
Un acuerdo para instituir dos estados
con el consenso internacional es aceptable para una amplia gama de la opinión
pública israelí. Eso inclusive engloba a halcones tan
preocupados por el "problema demográfico" de demasiados no judíos
en un "Estado judío" que han formulado la absurda propuesta de transferir
áreas de densas poblaciones árabes ubicadas en Israel a un
nuevo Estado palestino.
La mayoría del pueblo estadunidense
también respalda la idea de los dos estados. Por lo tanto, no es
inconcebible que esfuerzos organizados de activistas en Estados Unidos
puedan conseguir que Washington acepte el consenso internacional, en cuyo
caso también Israel accedería al plan.
Aun sin la presión de Estados
Unidos, gran cantidad de israelíes favorecen algo así, dependiendo
exactamente de cómo se formulen las preguntas en las encuestas.
Un cambio en la posición de Washington significará enorme
diferencia.
Los ex líderes de Shin Bet,
así como los dirigentes del movimiento de paz israelí (Gush
Shalom y otros), creen que el público israelí aceptará
tal resultado.
Pero nuestra preocupación
real no es especular, sino conseguir que la política de Estados
Unidos se alinee con la del resto del mundo y, aparentemente, con la mayoría
del público estadunidense.
*Noam Chomsky es profesor
de lingüística en el Instituto Tecnológico de Massachusetts,
en Cambridge
Distribuido por The New York
Times Syndicate
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