| LA
JORNADA de México - 24 de Mayo de 2004
La guerra
en Irak y la secuela
Noam
Chomsky *
Cualquiera
que haya sido su fuente, los monstruosos ataques con bomba en Madrid resuenan
con mayor estruendo y mayor pesar cuando se ha cumplido un año de
la invasión a Irak que Estados Unidos encabezó en supuesta
reacción al ataque terrorista del 11 de septiembre de 2001.
Durante el año que ha transcurrido
desde el principio de la guerra, las predicciones de muchos analistas han
resultado acertadas, en particular las referentes a las consecuencias de
un ciclo de violencia que genera violencia. Otros efectos parecen del todo
sorprendentes. Una mirada hacia atrás puede proporcionar una guía
hacia tiempos menos atroces y más democráticos.
La guerra contra Irak encabezada
por Washington se emprendió con el reconocimiento general de que
bien podría conducir a la proliferación de armas de destrucción
masiva y del terror, riesgos que el gobierno de Bush, en apariencia, consideró
insignificantes en comparación con el prospecto de ganar control
sobre Irak, establecer con firmeza la norma de la guerra preventiva
y fortalecer su asidero del poder en lo interno.
En reacción a la acelerada
militarización estadunidense, Rusia ha incrementado de manera drástica
sus fuerzas militares ofensivas, mientras otros que se ven como blancos
potenciales reaccionan con los medios a su alcance: el terrorismo, por
venganza o disuasión, y esfuerzos por desarrollar armas de destrucción
masiva, como es el caso de los programas sospechosos de Irán y Corea
del Norte. Junto con Madrid, la letanía del terror del 11 de septiembre
de 2001 en adelante abarca Bagdad, Bali, Casablanca, Estambul, Jerusalén,
Mombasa, Moscú, Riad y Yakarta. Tarde o temprano el terror y las
armas de destrucción masiva se mezclarán en las mismas manos,
con consecuencias estremecedoras.
Los supuestos vínculos de
Irak con Al Qaeda fueron descartados por analistas serios y no se ha hallado
evidencia creíble de ellos. Pero ahora está fuera de disputa
el hecho de que Irak se ha vuelto, por primera vez, un "paraíso
de terroristas", como Jessica Stern, especialista de la Universidad de
Harvard en el tema de terrorismo, lo describió en un ensayo publicado
en The New York Times después del ataque con bombas a la
sede de la Organización de Naciones Unidas en Bagdad, en agosto
del año pasado.
Guerra preventiva no es sino
un eufemismo de agresión a voluntad. Fue esta doctrina, no sólo
su aplicación en Irak, lo que motivó las vastas e inéditas
protestas contra la invasión. Esta reacción, sin duda, ha
elevado las probabilidades de que se recurra de nuevo a esa doctrina anunciada.
Se derrocó a un tirano brutal,
y se puso fin a las asesinas sanciones que obligaban a los iraquíes
a confiar en él para sobrevivir. La investigación realizada
por David Kay, además de socavar las acusaciones referentes a las
armas de destrucción masiva que supuestamente poseía Irak,
revelaron lo frágil que era el asidero del poder de Saddam Hussein
en los últimos años. Añadió peso, por consiguiente,
a la opinión de los occidentales que mejor conocían Irak
-los coordinadores humanitarios de Naciones Unidas Denis Halliday y Hans
van Sponeck- de que, si las sanciones no hubieran tomado como objetivo
a la población civil, bien podrían los propios iraquíes
haber derrocado al dictador.
En abril pasado, según mostraron
las encuestas, los estadunidenses creían que la ONU, no Estados
Unidos, debería tener la responsabilidad primaria de la reconstrucción
política y económica de Irak en el periodo de posguerra.
El fracaso de la ocupación estadunidense de Irak es sorprendente,
si se consideran el poderío y los recursos que Washington tiene
a su disposición, el término de las sanciones y el derrocamiento
del tirano, así como la falta de un apoyo externo significativo
a la resistencia. En parte por este fracaso el gobierno de Bush ha reculado
y pedido apoyo a Naciones Unidas. Sin embargo, aún está en
duda que Irak pueda volverse algo más que un Estado cliente de Washington.
El gobierno de Bush construye en
Irak la misión diplomática más grande del mundo, la
cual tendrá 3 mil empleados, según informó Robin Wright
en enero en The Washington Post: claro indicio de que se pretende
que la transferencia de soberanía sea limitada. Esta conclusión
se ve reforzada por la insistencia de Washington en su derecho a mantener
bases militares y fuerzas en el país, y por órdenes del procónsul
Paul Bremer de que la economía debe estar abierta a una virtual
apropiación extranjera, condición que ningún Estado
soberano aceptaría.
Por supuesto, la pérdida de
control sobre la economía reduce de manera drástica la soberanía
política, así como los prospectos de un desarrollo económico
sano, lo cual es una de las lecciones más claras de la historia
económica. Las enérgicas demandas iraquíes de democracia
y de una soberanía que no sea de nombre han obstruido los esfuerzos
de Washington por imponer un gobierno que pueda controlar; incluso los
avances logrados en establecer una constitución formal no han puesto
fin a ese conflicto.
El cambio de gobierno en España
después de los bombazos en Madrid refleja en parte el repudio del
pueblo español a la estrategia de Bush-Blair-Aznar de combatir el
terrorismo mediante la ocupación de Irak. En diciembre, una encuesta
de PIPA/Knowledge Networks mostró que la población estadunidense,
en general, ofrece poco apoyo a los esfuerzos de su gobierno por mantener
una presencia militar y diplomática permanente y poderosa en Irak.
En Estados Unidos, las preocupaciones populares por la guerra y la ocupación
pueden relacionarse en esencia con la desconfianza en la justicia de la
causa.
El punto de quiebre puede venir con
la elección presidencial. El espectro político estadunidense
es sumamente estrecho y la gente sabe que las elecciones son compradas
en su mayor parte. A John Kerry se le describe con acierto como un Bush
light. Sin embargo, a veces la opción entre las dos facciones
de lo que se ha dado en llamar el partido empresarial estadunidense puede
significar una diferencia y puede ocurrir en esta elección como
en la de 2000.
Esto vale tanto para los asuntos
nacionales como para los internacionales. Las personas que rodean a Bush
están comprometidas a fondo en revertir los logros de las luchas
populares del siglo pasado. Una pequeña lista de sus objetivos comprende
la atención a la salud, la seguridad en el empleo y los impuestos
progresivos. El prospecto de un gobierno que sirva a los intereses populares
se está desmantelando.
Desde el principio de la guerra en
Irak, el mundo se ha vuelto un lugar aún más precario. La
elección estadunidense representa una encrucijada. En este sistema
de inmenso poder, las pequeñas diferencias pueden traducirse en
grandes resultados con impacto de largo alcance.
* Noam Chomsky es profesor de lingüística
en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, en Cambridge, y autor
del libro Hegemony or Survival: América's Quest for Global Dominance
(Hegemonía o sobrevivencia: la búsqueda estadunidense
de dominio global), publicado recientemente.
© Noam Chomsky
Traducción: Jorge Anaya
|