| Perfiles/La
Jornada de México - 29 de Noviembre
de 2004
La muerte
de Arafat en la prensa de EEUU
Noam
Chomsky *
La muerte de Yasser Arafat ofrece
algunas lecciones objetivas sobre la importancia de ser dueño de
la historia, y sobre los principios que orientan la apropiada elaboracion
de ésta.
El principio fundamental es que "nosotros
somos buenos" -"nosotros" entendido como el Estado al que uno sirve-, y
lo que "nosotros" hacemos está dedicado a los principios más
elevados, aunque se cometan errores en la práctica. En una ilustración
típica, según la versión retrospectiva de la izquierda
liberal extremista, la guerra de Vietnam comenzó con "esfuerzos
fallidos por hacer el bien", pero ya en 1969 se había vuelto un
"desastre" (Anthony Lewis): en 1969, después de que el mundo empresarial
se había vuelto contra la guerra por ser muy costosa y 70 por ciento
del público la consideraba "esencialmente mala e inmoral", no un
"error"; en 1969, siete años después del comienzo del ataque
de Kennedy contra Vietnam del Sur, dos años después de que
el más respetado especialista e historiador militar de Vietnam,
Bertrand Fall, advirtió que "Vietnam, como entidad cultural e histórica,
está amenazada de extinción... (pues) el campo muere literalmente
bajo los golpes de la mayor maquinaria militar jamás lanzada sobre
un área de este tamaño"; en 1969, la época de algunas
de las operaciones de terrorismo de Estado más despiadadas, de uno
de los mayores crímenes del siglo XX, del cual las lanchas rápidas
del sur profundo, ya devastado por los bombardeos de saturación,
la guerra química y los asesinatos en masa, fueron la menor de las
atrocidades cometidas. Pero la historia modificada prevalece. Expertos
y serios panelistas evalúan las razones de la "obsesión estadunidense
por Vietnam" durante las elecciones de 2004, cuando la guerra de Vietnam
ni siquiera se mencionó: la de verdad, claro está, no la
imagen reconstruida para la historia.
El principio fundamental tiene corolarios.
El primero es que los clientes son en esencia buenos, aunque menos que
"nosotros". En la medida en que se moldeen a las exigencias de Washington,
aplican un "sano pragmatismo". Otro es que los enemigos son muy malos;
hasta dónde lo son depende de la intensidad con que "nosotros" los
estemos atacando o planeemos hacerlo. Su estatus puede cambiar con mucha
rapidez, de conformidad con estos lineamientos. Por consiguiente el gobierno
actual y sus mentores inmediatos apreciaban mucho a Saddam Hussein y lo
ayudaban cuando nada más gaseaba kurdos, torturaba disidentes y
aplastaba una rebelión chiíta que pudo haberlo derrocado
en 1991, por su contribución a la "estabilidad" -palabra en clave
con que nos referimos a "nuestra" dominación- y su utilidad a los
exportadores estadunidenses, según se declaraba con franqueza. Pero
esos mismos crímenes se volvieron la prueba de su maldad absoluta
cuando llegó el momento apropiado para que "nosotros", portando
con orgullo el estandarte de Dios, invadiéramos Irak e instaláramos
lo que será llamado "democracia" si obedece órdenes y contribuye
a la "estabilidad".
Los principios son simples, y fáciles
de recordar para hacer carrera en círculos respetables. La notable
consistencia en su aplicación se ha documentado con amplitud. Lo
anterior es de esperarse en estados totalitarios y dictaduras militares,
pero es un fenómeno mucho más instructivo en sociedades libres,
donde uno no puede con seriedad alegar el miedo como circunstancia atenuante.
La muerte de Arafat ofrece otro de
una inmensa lista de estudios de caso. Me limitaré al New York
Times (NYT), el periódico más importante del mundo, y
al Boston Globe, que tal vez más que otros es el periódico
local de la elite educada liberal.
El artículo de opinión
de la primera plana del NYT (12 de noviembre) comienza presentando
a Arafat como "a un tiempo el símbolo de la esperanza palestina
de un Estado independiente viable y el principal obstáculo a su
realización". Explica en seguida que jamás fue capaz de alcanzar
las alturas del presidente egipcio Anuar Sadat, quien "recuperó
el Sinaí mediante un tratado de paz con Israel" porque tuvo la capacidad
de "apelar a los israelíes y referirse a sus temores y esperanzas"
(cita de Shlomo Avineri, filósofo israelí y ex funcionario
del gobierno, en la nota de seguimiento del 13 de noviembre).
Uno puede pensar en obstáculos
más graves a la realización de un Estado palestino, pero
están excluidos de los principios rectores, como lo está
la verdad sobre Sadat, que por lo menos Avineri sin duda conoce.
Recordemos algunos por nuestra cuenta.
Desde que el tema de los derechos nacionales palestinos a un Estado formal
llegaron a la agenda de la diplomacia, a mediados del decenio de 1970,
"el primer obstáculo a su realización" ha sido, de manera
inequívoca, el gobierno estadunidense, y el NYT tiene buenos
merecimientos para reclamar el segundo lugar de la lista. Eso ha sido evidente
desde enero de 1976, cuando Siria presentó una resolución
en el Consejo de Seguridad de la ONU en que se pedía una solución
de dos estados. La propuesta incorporaba la redacción crucial de
la resolución 242 del organismo mundial, que según consenso
es el documento básico. Concedía a Israel los derechos de
cualquier Estado en el sistema internacional, al lado de un Estado palestino
en los territorios conquistados por Tel Aviv en 1967. La resolución,
que contaba con el respaldo de los principales estados árabes, fue
vetada por Washington.
La OLP condenó "la tiranía
del veto". Hubo algunas abstenciones por minucias técnicas. En ese
tiempo un acuerdo de dos estados en esos términos había obtenido
amplio respaldo internacional, bloqueado sólo por Estados Unidos
(y rechazado por Israel).
Así continuaron las cosas,
no sólo en el Consejo de Seguridad, sino también en la Asamblea
General, que aprobó resoluciones similares, por lo regular con votaciones
por el estilo de 150-2 (a veces Estados Unidos escogía algún
estado cliente). Washington bloqueó también iniciativas similares
de estados europeos y árabes.
Entre tanto, el NYT rehusó
-ésa es la palabra exacta- publicar el hecho de que durante el decenio
de 1980 Arafat convocaba a negociaciones que Israel rechazaba. La principal
corriente periodística israelí encabezaba sus notas con el
rechazo de Shimon Peres a los llamados de Arafat a negociaciones directas,
sobre la base de su doctrina de que la OLP de Arafat "no puede ser parte
en las negociaciones". Y poco después el corresponsal del NYT
en Jerusalén, Thomas Friedman, ganador del Premio Pulitzer, quien
sin duda podía leer la prensa en hebreo, escribía artículos
en los que lamentaba la intranquilidad de las fuerzas policiales israelíes
por "la ausencia de cualquier parte negociadora", en tanto Peres deploraba
la falta de "un movimiento de paz entre el pueblo árabe (como el)
que tenemos entre los judíos", y explicaba de nuevo que la OLP no
participaría en las negociaciones "en tanto permanezca como organización
de pistoleros y se niegue a negociar". Todo esto luego de una oferta más
de Arafat para negociar sobre la cual el NYT rehusó informar,
y casi tres años después del rechazo del gobierno israelí
a la oferta de Arafat de una negociación que condujera a un reconocimiento
mutuo. A Peres, entre tanto, se le describe como adscrito al "sano pragmatismo",
por virtud de los principios rectores.
Las cosas cambiaron en realidad en
el decenio de 1990, cuando el gobierno de Clinton declaró "obsoletas
y anacrónicas" todas las resoluciones de la ONU y elaboró
su propia política de rechazo. Washington sigue solo en su bloqueo
a un acuerdo diplomático. Un importante ejemplo reciente fue la
presentación de los acuerdos de Ginebra en diciembre de 2002, apoyados
por el usual consenso internacional, con la excepción de costumbre:
"De manera conspicua, Estados Unidos no estaba entre los gobiernos que
enviaron un mensaje de respaldo", informó el NYT en una crónica
desdeñosa (2 de diciembre, 2002).
Se trata sólo de un pequeño
fragmento de un historial diplomático que es tan consistente, y
tan dramáticamente claro, que es imposible dejar de notarlo, a menos
que uno se aferre a la historia creada por quienes son dueños de
ella.
Vayamos a un segundo ejemplo: la
apelación de Anuar Sadat a los israelíes, con la cual ganó
el Sinaí en 1979, era una lección para el malvado Arafat.
Recurriendo a una inaceptable interpretación de la historia, Sadat
ofreció en febrero de 1971 un tratado integral de paz a Israel,
de conformidad con la política oficial estadunidense de entonces
-en especial el retiro de Israel del Sinaí-, sin apenas un gesto
dirigido a los derechos palestinos. Jordania vino después con ofertas
similares. Israel reconoció que podía tener paz total, pero
el gobierno laborista de Golda Meir optó por rechazar las ofertas
en aras de la expansión, en principio hacia el noreste del Sinaí,
donde Israel empujaba a miles de beduinos hacia el desierto y destruía
sus pueblos, mezquitas, cementerios y hogares con el fin de fundar la ciudad
totalmente judía de Yamit.
La pregunta crucial, como siempre,
era cómo reaccionaría Estados Unidos. Kissinger se impuso
en un debate interno y Washington adoptó su política de "estancamiento":
cero negociaciones, sólo fuerza. Continuó rechazando -o,
lo que es más preciso, ignorando- los esfuerzos de Sadat por llevar
adelante un curso diplomático, y respaldando la política
de rechazo y expansión de Israel. Esa postura condujo a la guerra
de 1973, en la que hubo una apretada victoria para Israel, y tal vez para
el mundo: Estados Unidos lanzó una alerta nuclear.
Para entonces hasta Kissinger entendía
que no se podía tratar a Egipto como desahuciado, y comenzó
su "diplomacia de transbordador", que condujo a las reuniones de Campo
David, en las cuales Israel y Estados Unidos aceptaron la oferta de Sadat
de 1971, pero ahora en términos mucho más severos, desde
el punto de vista estadunidense-israelí. Para entonces el consenso
internacional había venido a reconocer los derechos nacionales palestinos
y, en consecuencia, Sadat llamó a fundar un Estado palestino, anatema
para Estados Unidos e Israel.
En la historia oficial ajustada por
sus propietarios, y repetida por los artículos de opinión
en los medios, estos sucesos son un "triunfo diplomático" de Estados
Unidos y una prueba de que, si tan sólo los árabes fueran
capaces de unirse a "nosotros" en preferir la paz y la diplomacia, podrían
lograr sus metas.
En la historia real, el triunfo fue
una catástrofe, y los hechos demostraron que Estados Unidos sólo
estaba dispuesto a acceder a la violencia. El rechazo estadunidense de
la diplomacia condujo a una guerra terrible y sumamente peligrosa y a muchos
años de sufrimiento, cuyos amargos efectos persisten hasta hoy.
En sus memorias, el general Shlomo
Gazit, comandante militar de los territorios ocupados de 1967 a 1974, observa
que al negarse a considerar propuestas presentadas por el ejército
y la inteligencia para instaurar alguna forma de autogobierno en los territorios,
o incluso limitada actividad política, y al insistir en "sustanciales
cambios fronterizos", el gobierno laborista apoyado por Washington carga
con una significativa responsabilidad por el posterior surgimiento del
movimiento fanático de colonización Gush Emunim, y por la
resistencia palestina que se desarrolló muchos años después
en la primera intifada, después de años de brutalidad
y terrorismo de Estado, y el constante despojo de valiosas tierras y recursos
palestinos.
El extenso obituario de Arafat que
escribe la especialista del Times en Medio Oriente, Judith Miller
(11 de noviembre), sigue el mismo tenor del artículo de primera
plana. Según su versión, "hasta 1988 (Arafat) rechazó
en repetidas ocasiones reconocer a Israel, insistiendo en la lucha armada
y las campañas de terror. Optó por la diplomacia sólo
después de su respaldo al presidente Saddam Hussein durante la guerra
del golfo Pérsico de 1991". Miller presenta una versión precisa
de la historia oficial. En la historia real Arafat ofreció en repetidas
ocasiones negociaciones conducentes al reconocimiento mutuo, en tanto Israel
-en particular los mansos "pragmáticos"- rehusó de plano,
con el respaldo de Washington. En 1989, la coalición gobernante
israelí (Shamir-Peres) se aseguró el consenso político
sobre su plan de paz. El primer principio era que no podía haber
"un Estado palestino adicional" entre Jordania e Israel, puesto que Palestina
ya era "un Estado palestino". El segundo era que el destino de los territorios
se fijaría "de acuerdo con los lineamientos básicos del gobierno
(israelí)". El plan fue aceptado sin calificación por Estados
Unidos, y se convirtió en el "plan Baker" (diciembre de 1989). Totalmente
al contrario de lo relatado por Miller y de la historia oficial, sólo
después de la guerra del Golfo Washington estuvo dispuesto a considerar
negociaciones, reconociendo que estaba ahora en posición de imponer
su solución en forma unilateral.
Estados Unidos convocó a la
conferencia de Madrid (con participación de Rusia como hoja de parra).
En efecto, ésta condujo a negociaciones con una auténtica
delegación palestina, encabezada por Haidar Abdul Shafi, honesto
nacionalista que es probablemente el líder más respetado
en los territorios ocupados. Pero las pláticas se estancaron porque
Abdul Shafi rechazó la insistencia israelí, apoyada por Washington,
en continuar adosándose partes valiosas de los territorios con programas
de asentamiento e infraestructura, todos ilegales, según reconoció
incluso la justicia estadunidense, única disidente en el reciente
veredicto de la Corte Mundial que condenó el muro con que Tel Aviv
ha dividido Cisjordania. Los "palestinos de Túnez", encabezados
por Arafat, soslayaron a los negociadores palestinos y realizaron un trato
separado, los "acuerdos de Oslo", celebrado con grandes fanfarrias en la
Casa Blanca en septiembre de 2003.
Desde el principio fue evidente que
se trataba de una rendición. La sola Declaración de Principios
señalaba que el resultado final tendría que basarse exclusivamente
en la resolución 242 de la ONU (1967), excluyendo el tema central
de la diplomacia desde mediados del decenio de 1970: los derechos nacionales
palestinos y un acuerdo de dos estados. La 242 define el resultado final
porque nada dice de los derechos palestinos, excluye las resoluciones de
la ONU que reconocen los derechos de los palestinos junto con los de Israel,
de acuerdo con el consenso internacional que ha sido bloqueado por Estados
Unidos desde que tomó forma, a mediados del decenio de 1970. La
redacción de los acuerdos dejaba en claro que había un mandato
para continuar los programas de asentamientos israelíes, cosa que
los gobernantes de Tel Aviv (Yitzhak Rabin y Shimon Peres) no se afanaron
en ocultar. Por esa razón, Abdul Shafi se negó incluso a
asistir a las ceremonias.
El papel de Arafat sería servir
de policía de Israel en los territorios, como Rabin dejó
en claro. Mientras cumpliese esa tarea, sería un "pragmático"
a quien Estados Unidos e Israel apoyarían sin prestar atención
a la corrupción, la violencia y la represión. Sólo
después de que ya no pudo mantener bajo control a la población,
mientras Israel se adueñaba de más y más de sus tierras
y recursos, se volvió un archivillano que obstruía el camino
hacia la paz: la acostumbrada transición.
Así continuaron las cosas
durante el decenio de 1990. En 1998 los objetivos de las palomas israelíes
fueron explicados en un estudio académico de Shlomo ben-Ami, quien
pronto llegaría a ser el principal negociador de Barak en Campo
David: el "proceso de paz de Oslo" conduciría a una "permanente
dependencia neocolonial" de los territorios ocupados, con alguna forma
de autonomía local.
Entre tanto, la colonización
e integración de los territorios siguió adelante con firmeza,
con pleno apoyo estadunidense. Alcanzó su punto más alto
en el año final del gobierno de Clinton (y de Barak) y minó
así las esperanzas de un arreglo diplomático.
Volviendo a Miller, ella se apega
a la versión oficial de que "en noviembre de 1998, después
de considerable presión estadunidense, la OLP aceptó la resolución
de Naciones Unidas que demandaba el reconocimiento de Israel y la renuncia
al terrorismo". La historia verdadera es que hacia noviembre de 1988 Washington
era objeto de escarnio internacional por su negativa a "ver" que Arafat
demandaba un acuerdo diplomático. El gobierno de Reagan accedió
de mala gana a reconocer verdad tan obvia, y tuvo que recurrir a otros
medios para obstruir la democracia. Entró en negociaciones de bajo
nivel con la OLP, pero, como aseguró el primer ministro Rabin a
la organización Paz Ahora en 1989, eran insignificantes, y tenían
el único fin de dar más tiempo a Israel para ejercer "dura
presión militar y económica", así que "al final se
romperán" y se tendrían que aceptar los términos israelíes.
Miller prosigue la narración
en la misma vena, la cual conduce a la denuncia típica: en Campo
David, Arafat "se retiró" de la magnánima oferta de paz de
Clinton-Barak, e incluso después se negó a secundar a Barak
en aceptar los "parámetros" fijados por Clinton en diciembre de
2000, lo cual es prueba concluyente de que insiste en la violencia, deprimente
noticia a la cual los estados amantes de la paz, Estados Unidos e Israel,
deben hacer frente de algún modo.
Volviendo a la historia real, las
propuestas de Campo David dividían Cisjordania en cantones virtualmente
separados, y de ninguna forma podían ser aceptadas por ningún
líder palestino. Eso era evidente con sólo mirar los mapas
que se podían encontrar con facilidad, pero no en el NYT
ni al parecer en ningún lugar de la corriente periodística
dominante, tal vez por esa razón.
Luego del colapso de esas negociaciones,
Clinton reconoció que las reservas de Arafat eran sensatas, según
demostraron los famosos "parámetros", los cuales, aunque vagos,
se acercaban mucho más a un posible acuerdo, lo cual iba contra
la historia oficial, pero se trataba de lógica simple, y ésta
es inaceptable como historia. Clinton dio su propia versión de los
"parámetros" en una conferencia ante el Foro de Política
Israelí realizado el 7 de enero de 2001: "Tanto el primer ministro
Barak como el presidente Arafat han aceptado ahora estos parámetros
como base de esfuerzos posteriores. Los dos han expresado algunas reservas".
Uno puede aprender esto de fuentes
tan oscuras como la prestigiada revista internacional Security (otoño
de 2003), publicada por Harvard y el MIT, junto con la conclusión
de que "el recuento palestino de las pláticas de paz de 2000-01
es significativamente más preciso que el israelí", es decir,
el de Estados Unidos y el NYT.
Después de eso, las negociaciones
palestino-israelíes de alto nivel procedieron a considerar los parámetros
de Clinton como "la base para esfuerzos posteriores", y dejaron sus "reservas"
para reuniones que se realizaron en Taba en enero siguiente. Dichas pláticas
produjeron un acuerdo tentativo, que atendía algunas de las preocupaciones
palestinas, lo cual una vez más contrarió la historia oficial.
Persistieron problemas, pero los
acuerdos de Taba avanzaron mucho más hacia un posible acuerdo que
cualquier cosa que las haya precedido. Las negociaciones fueron suspendidas
por Barak, así que su posible resultado se ignora. Un informe detallado
del enviado estadunidense Miguel Moratinos fue aceptado como preciso por
ambas partes, y se le dio amplia difusión en Israel. Pero dudo que
alguna vez haya sido mencionado aquí por la prensa dominante.
La versión de estos sucesos
que da Miller en el NYT se basa en un libro muy elogiado de Dennis
Ross, enviado de Clinton a Medio Oriente y negociador. Como todo periodista
debería saber, cualquier fuente semejante es sumamente sospechosa,
aunque sea por sus orígenes. E incluso una lectura por encima bastaría
para demostrar que el relato de Ross es del todo indigno de confianza.
Sus 800 páginas constan sobre todo de adulación hacia Clinton
(y a sus propios esfuerzos), basadas en casi ningún dato verificable,
más bien en "citas" de lo que asegura haber dicho y oído
de los participantes, identificados por nombre de pila si son "buenos chicos".
Apenas si se encuentra una palabra sobre lo que todo el tiempo había
sido el meollo de la cuestión, de hecho desde 1971: los programas
de asentamientos y desarrollo de infraestructura que se llevaban a cabo
en los territorios ocupados, confiando en el apoyo económico, militar
y diplomático de Estados Unidos, con el rápido agregado de
Clinton.
Ross resolvió para sí
el problema de Taba de manera muy simple: acabando su libro en el momento
en que iban a comenzar las pláticas (lo cual le permite omitir la
evaluación de Clinton, que fue citada con fidelidad unos días
después). Así pudo evitar la probabilidad de que sus conclusiones
primarias fueran refutadas al instante.
A Abdul Shafi se le menciona una
vez, como de paso, en el libro de Ross. Naturalmente, pasa por alto la
percepción de su amigo Shlomo ben-Ami sobre el proceso de Oslo,
así como todos los elementos significativos de los acuerdos provisionales
y de Campo David. No hay referencia a la negativa terminante de sus héroes,
Rabin y Peres -más bien, "Yitzhak" y "Shimon"- a considerar siquiera
un Estado palestino. De hecho, la primera alusión a esa posibilidad
en Israel aparece durante el gobierno del "chico malo", el ultraderechista
Benjamin Netanyahu. Su ministro de Información, al preguntársele
sobre un Estado palestino, respondió que los palestinos podían
llamar "Estado" a los cantones que les dejaron si así lo deseaban,
o cualquier otro nombre que se les ocurriera, como "pollo frito".
Esto es sólo para empezar.
El punto de vista de Ross es tan carente de apoyo independiente y tan radicalmente
selectivo, que uno tiene que tragarse con un pesado grano de sal todo lo
que afirma, desde los detalles específicos que con tanta meticulosidad
consigna a la letra (tal vez con una grabadora oculta) hasta las conclusiones
muy generales presentadas en forma muy doctoral, pero sin evidencia creíble.
Es de interés señalar
que ésta es una reseña hecha como si ese libro fuera un recuento
autorizado. En general, el libro vale casi nada, excepto para dar las percepciones
de uno de los lados. Es difícil imaginar que un periodista no se
dé cuenta de eso.
No carece de valor, en cambio, cierta
evidencia crucial que escapa a la percepción. Por ejemplo, la evaluación
de la inteligencia israelí durante esos años: entre ellos
Amos Malka, cabeza de la inteligencia militar; el general Ami Ayalon, que
dirigió los Servicios de Seguridad General (Shin Bet); Matti Steinberg,
consejero especial del director del Shin Bet sobre asuntos palestinos,
y el coronel Ephraim Lavie, responsable oficial de la división de
investigación en la arena palestina. Según la forma en que
Malka presenta el consenso, "la presunción era que Arafat prefiere
un proceso diplomático, que hará todo lo que pueda para llevarlo
a término, y que sólo si llega a un callejón sin salida
adoptará un camino de violencia. Pero esta violencia estaría
dirigida a sacarlo del callejón, movilizar presión internacional
y ganar ese kilómetro extra".
Malka asegura también que
estas evaluaciones de alto nivel fueron falsificadas en la forma en que
se transmitieron a la dirigencia política y a otros interesados.
Los reporteros estadunidenses podrían descubrirlas sin problemas
en fuentes de fácil acceso, en inglés.
De poco sirve continuar con la versión
de Miller o la de Ross. Acudamos al Boston Globe, en el extremo
liberal. Sus editores (12 de noviembre) se adhieren al mismo principio
fundamental del NYT (tal vez casi universal, sería interesante
buscar excepciones). Estos editores sí reconocen que el fracaso
en lograr el Estado palestino "no puede atribuirse sólo a Arafat.
Los dirigentes israelíes... tuvieron su parte..." Impensable mencionar
el papel decisivo de Estados Unidos.
El Globe también presentó
un artículo de opinión en primera plana el 11 de noviembre.
En su primer párrafo nos enteramos de que Arafat era "uno de un
grupo icónico de carismáticos líderes autoritarios
-desde Mao Zedong en China hasta Fidel Castro en Cuba o Saddam Hussein
en Irak-, surgidos de los movimientos anticoloniales que se extendieron
por el globo después de la Segunda Guerra Mundial".
Esta afirmación es interesante
desde varios puntos de vista. El vínculo revela, una vez más,
el obligatorio odio visceral hacia Castro. Ha habido pretextos cambiantes
conforme varían las circunstancias, pero no información para
cuestionar las conclusiones de la inteligencia estadunidense en los primeros
días de los ataques terroristas y la guerra económica de
Washington contra Cuba: el problema básico es su "exitoso desafío"
a las políticas estadunidenses, que se remontan a la doctrina Monroe.
Sin embargo, existe un elemento de
verdad en el retrato de Arafat que ofrece el artículo del Globe,
como podría haberlo en una nota de primera plana durante las imperiales
ceremonias fúnebres del semidivino Reagan, que lo describiera como
uno de un grupo icónico de asesinos en masa -de Hitler a Idi Amin
o Peres-, que mataban con displicencia y con el fuerte apoyo de los medios
y los intelectuales. Los que no entiendan la analogía tendrán
que aprender algo de historia.
Continuando con el informe del Globe,
al hacer un recuento de los crímenes de Arafat, nos dice que ganó
control del sur de Líbano y "lo utilizó para lanzar una corriente
de ataques contra Israel, el cual respondió invadiendo Líbano
(en junio de 1982). El propósito declarado de Tel Aviv era sacar
a los palestinos de la zona fronteriza, pero, bajo el mando del entonces
general y ministro de la Defensa Sharon, sus fuerzas prosiguieron hasta
Beirut, donde permitió a los aliados milicianos cristianos perpetrar
una notoria masacre de palestinos en el campo de refugiados de Sabra y
Chatilla y enviar a Arafat y a la dirigencia palestina al exilio en Túnez.
Volviendo a la historia inaceptable,
durante el año previo a la invasión israelí la OLP
se adhirió a un acuerdo de paz promovido por Washington, mientras
Israel lanzaba muchos ataques asesinos en el sur de Líbano, en un
esfuerzo por provocar alguna reacción palestina que pudiera servir
de pretexto para la invasión planeada. Cuando ninguna se materializó,
inventaron un pretexto e invadieron, matando quizá a 20 mil palestinos
y libaneses, gracias a los vetos de Washington a las resoluciones del Consejo
de Seguridad que llamaban al cese del fuego y la retirada. La masacre de
Sabra y Chatilla fue una nota al pie de página. El objetivo que
con toda claridad expresaban los más altos funcionarios políticos
y militares, y los académicos y analistas israelíes, era
poner fin a las iniciativas cada vez más irritantes de Arafat para
un acuerdo diplomático y asegurar el control de Tel Aviv sobre los
territorios ocupados.
En todo el comentario sobre la muerte
de Arafat aparecen similares distorsiones de hechos bien documentados,
y han sido tan convencionales durante muchos años en los medios
estadunidenses, que apenas se puede culpar a los reporteros por repetirlas,
auque bastaría una mínima investigación para revelar
la verdad.
También son instructivos ciertos
elementos menores de los comentarios. Así, el artículo del
Times nos dice que los probables sucesores de Arafat -los "moderados"
preferidos por Washington- tienen algunos problemas: carecen de "credibilidad
en la calle", frase convencional para describir la opinión pública
en el mundo árabe, como cuando se nos informa de la "calle árabe".
Si una figura política occidental tiene poco apoyo público,
no decimos que le falta "credibilidad en la calle", y no hay reportes sobre
la "calle" británica o estadunidense. La frase se reserva para las
órdenes menores, irreflexivamente: no son personas, sino criaturas
que habitan las "calles". Podemos agregar también que el líder
político más popular en la "calle palestina", Marwan Barghouti,
fue prudentemente encerrado por Israel, en forma permanente. Y que George
Bush demostró su pasión por la democracia al secundar a su
amigo Sharon -el "hombre de paz"- en llevar a la virtual prisión
al único líder democráticamente electo del mundo árabe
mientras respaldaba a Mahmoud Abbas, quien, según reconocía
Washington, "carece de credibilidad en la calle". Todo esto podría
decirnos algo sobre lo que la prensa liberal llama la "visión mesiánica"
de Bush de llevar la democracia a Medio Oriente, si tan sólo los
hechos y la lógica tuvieran alguna importancia.
El NYT publicó un artículo
importante sobre la muerte de Arafat, escrito por el historiador Benny
Morris. El ensayo merece estrecho análisis, pero aquí lo
dejaré de lado, para conservar sólo su primer comentario,
que captura el tono: Arafat, dice Morris, es un engañador que hablaba
de paz y de poner fin a la ocupación, pero en realidad quería
"redimir Palestina". Esto demuestra la irremediable naturaleza salvaje
de Arafat.
En tal afirmación Morris revela
su desprecio no sólo por Arafat (que es tan profundo), sino también
por los lectores del NYT. En apariencia supone que no se darán
cuenta de que toma de la ideología sionista esa frase terrible.
El principio esencial de ésta durante más de un siglo ha
sido "redimir la Tierra", principio que está detrás de lo
que Morris reconoce como el concepto central del movimiento sionista: "transferir"
a la población indígena, es decir, expulsarla, a fin de "redimir
la Tierra" para sus verdaderos dueños. No parece haber necesidad
de expresar las conclusiones.
Morris es identificado como académico
israelí, autor del reciente libro The Birth of the Palestinian
Refugee Problem Revisited (Nueva ojeada al nacimiento del problema
de los refugiados palestinos). Es cierto. También ha realizado el
trabajo más extenso en los archivos israelíes, mostrando
con considerable detalle el salvajismo de las operaciones israelíes
de 1948-49, que condujeron a la "transferencia" de la vasta mayoría
de la población de lo que llegó a ser Israel, incluida la
porción del Estado palestino designado por la ONU que Israel arrebató,
dividiéndola más o menos en partes iguales con su socio jordano.
Morris critica las atrocidades y
la "limpieza étnica" (en términos más precisos, "purificación
étnica")... porque no fue lo bastante lejos. El gran error de Ben-Gurion,
siente Morris, tal vez "fatal", fue no haber "limpiado el país entero:
toda la Tierra de Israel, hasta el río Jordán".
En justicia hacia Israel, la postura
de Morris en la materia ha sido severamente condenada. En Israel. En Estados
Unidos, en cambio, es la elección apropiada para elaborar el comentario
principal sobre su odiado enemigo.
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