| El
Periódico de Catalunya - 25 de diciembre
de 2004
La presidencia
imperial
• La Casa Blanca equipara la autoridad
de Bush a la que algunos pensadores nazis daban a Hitler
Noam
Chomsky *
Todo lo que ocurre en EEUU tiene un
impacto enorme en el resto del mundo. Y a la inversa. Acontecimientos internacionales
constriñen lo que puede hacer incluso el Estado más poderoso.
Y también influyen sobre la fracción estadounidense de la
segunda
superpotencia, el término usado por THE NEW YORK TIMES para
describir a la opinión pública mundial tras las movilizaciones
previas a la guerra de Irak. En cambio, pasaron años desde el inicio
de la guerra de Vietnam hasta que se desarrollaron manifestaciones serias
de protesta.
El mundo ha cambiado desde entonces,
no gracias a líderes benevolentes, sino a través de la lucha
popular, tardía pero finalmente eficaz.
El mundo está muy mal, pero
mucho mejor que ayer, si consideramos cuál es el rechazo que generan
las agresiones. Debemos tener muy claras las lecciones de esa evolución.
No resulta sorprendente que a medida
que los pueblos se hacen más civilizados, los sistemas de poder
extremen los recursos en sus esfuerzos por controlar a la "gran bestia"
(el término usado por Alexander Hamilton para designar al
pueblo). Y la gran bestia es realmente temible.
La concepción de la Administración
de Bush de la soberanía presidencial es tan extrema que ha
generado críticas sin precedentes de los más mesurados y
respetados medios de prensa. En el mundo posterior a los ataques del 11-S,
el Gobierno se comporta como si las normas constitucionales y legales hubiesen
sido suspendidas, señala Sanford Levinson, profesor de Derecho
en la Universidad de Tejas, en la revista Daedalus. El argumento
de que puede hacerse cualquier cosa en época de guerra podría
formularse también así: "No existe ninguna norma que pueda
ser aplicable al caos". Una cita, señala Levinson, que es
de Carl Schmitt, principal filósofo del Derecho en el periodo
nazi, a quien Levinson describe como la verdadera eminencia gris
de la Casa Blanca.
Asesorado por Alberto Gonzales
(actual secretario de Justicia), el Gobierno ha articulado una teoría
sobre la autoridad presidencial muy cercana al poder que Schmitt
estaba dispuesto a acordar a su führer, dice Levinson. No es
habitual escuchar palabras como éstas desde el corazón mismo
del establishment.
Esta concepción de una autoridad
imperial inspira la política de la Casa Blanca. La invasión
de Irak fue al principio justificada como un acto de autodefensa preventiva.
El ataque violó los principios del Tribunal de Núremberg,
base de los estatutos de la ONU, que declaró que el comienzo de
una guerra de agresión "es el crimen internacional más grave,
y sólo difiere de otros crímenes de guerra en el hecho de
que contiene dentro de sí el mal de todos ellos". De ahí
los crímenes de guerra en Faluya y Abu Graib, el incremento en un
100% de la desnutrición aguda entre los niños iraquís
(en la actualidad está al nivel de Burundi, y es muy superior a
la de Haití o Uganda) y el resto de las atrocidades.
A COMIENZOS de año, después
de que se informó que abogados del Departamento de Justicia de EEUU
intentaron demostrar que el presidente podía autorizar el uso de
la tortura, el decano de la facultad de Derecho de Yale, Harold Koh,
dijo al Financial Times que "la idea de que el presidente tiene
el poder constitucional de permitir la tortura es como decir que tiene
el poder constitucional de cometer genocidio". Los asesores de Bush,
así como el titular de Justicia, no dudarán en asegurar que
posee realmente ese derecho. Si es que la segunda superpotencia le permite
ejercerlo.
El Gobierno trata de encontrar cómo
liberar a sus principales funcionarios de toda responsabilidad. La sagrada
doctrina de autoinmunidad seguramente se aplicará al proceso a Sadam
Husein. Cuando Bush, el primer ministro Tony Blair y
otros personajes lamentan los terribles crímenes de Sadam
siempre omiten unas palabras: con nuestra ayuda, pues a nosotros no nos
importaba.
"Se están haciendo todos
los esfuerzos para crear un tribunal que parezca independiente. Pero funcionarios
norteamericanos han impulsado medidas para controlarlo, para que no quede
en entredicho el papel de EEUU y de otras potencias que respaldaron el
régimen", dijo a Le Monde Diplomatique Cherif Bassiouni,
profesor de Derecho en la Universidad DePaul, y experto en la legalidad
iraquí. Eso hace que todo el proceso parezca la venganza del vencedor,
algo previsible.
En EEUU disfrutamos de un legado
de privilegios y libertades que resulta remarcable si se compara con los
estándares históricos. Podemos abandonarlo y optar por la
fácil senda del pesimismo: no hay esperanza, por lo tanto, hay que
abandonar la lucha. Pero también podemos aprovechar esta herencia
para ampliar una cultura democrática en la cual el pueblo desempeñe
algún papel y pueda decidir no sólo en el terreno político,
sino en la crucial área de la economía.
NO SE TRATA de ideas extremistas.
Fueron articuladas, por ejemplo, por John Dewey, el principal filósofo
social estadounidense del siglo XX, quien dijo que hasta que el feudalismo
industrial no sea reemplazado por la democracia industrial, la política
seguirá siendo la sombra que arrojan las grandes corporaciones sobre
la sociedad. Dewey se basó en una larga tradición
de pensamiento y de acción que se desarrolló de manera independiente
en la cultura de la clase obrera desde los orígenes de la Revolución
Industrial norteamericana. Tales ideas permanecen bajo la superficie y
podrían llegar a formar parte de nuestras sociedades, de nuestras
culturas e instituciones. Pero nada ocurrirá por sí solo.
Una de las lecciones más claras de la historia, incluida la historia
reciente, es que los derechos no son graciosamente concedidos, sino conquistados.
* Profesor de Lingüística
del MIT y autor de Hegemonía o supervivencia. La estrategia imperialista
de EEUU (Ediciones B). |