| El
Periódico de Catalunya - 2 de febrero
de 2005
La debacle
de Irak
• Es impensable que EEUU vaya
a reconocer una soberanía real de un Gobierno de mayoría
shií
Noam
Chomsky *
Hay pocas cuestiones más importantes
hoy en día que la de la conveniencia del uso de la fuerza, algo
puesto de relieve de manera tan sanguinaria por las escenas de sufrimiento
de Irak. Además del número de víctimas que ha causado,
la invasión y ocupación de Irak encabezada por Estados Unidos
ha violado un frágil pacto internacional, establecido en el periodo
que siguió a los horrores de la segunda guerra mundial, para prohibir
el recurso a la fuerza en los asuntos internacionales. Esta violación,
junto con la persistencia del terrorismo, ha obligado a las Naciones Unidas
a replantearse cuándo el uso de la fuerza está justificado.
El uso de la fuerza por parte de
un Gobierno casi siempre va acompañado por declaraciones de buenas
intenciones. Así sucede también en Irak. Como todos los demás
pretextos oficiales se han venido abajo, EEUU pretende que su misión
allí es instalar una democracia que reformará el país
y quizá posteriormente la región. Pero se necesita una fe
sorprendente para creer que, dado que nuestros líderes han anunciado
que su objetivo es la democracia para Irak, eso es lo que piensan.
Como se ha demostrado con las elecciones
iraquís, EEUU se ha visto obligado a poner en marcha algunos de
los mecanismos formales de la democracia, lo que no es nada malo, pero
es inconcebible que vaya a conceder a Irak una verdadera democracia, con
derechos de soberanía, a menos que haya presión de los ciudadanos
estadounidenses e iraquís.
Reflexionemos sobre cuáles
podrían ser las políticas de un Irak realmente soberano e
independiente. Con una mayoría shií, Irak podría empezar
inmediatamente a restablecer lazos relativamente amistosos con Irán.
Esto perfectamente podría suscitar movimientos en las cercanas áreas
de mayoría shií de Arabia Saudí para unirse a una
región de control shií que, por cierto, incluiría
dos tercios de las reservas mundiales de hidrocarburos.
El control de dichas reservas ha
sido un asunto político crucial durante todo el periodo posterior
a la segunda guerra mundial, e incluso más en la actual evolución
hacia un mundo tripolar, con la amenaza de que Europa y Asia puedan avanzar
hacia una mayor independencia, y peor todavía, puedan unirse.
Una mano firme sobre el grifo del
petróleo proporciona una "influencia crucial" sobre las economías
asiática y europea, como observó Zbigniew Brzezinski
en el 2003. Además, un Irak independiente acabaría rearmándose
e incluso podría desarrollar armas de destrucción masiva
para hacer frente a las del enemigo regional, Israel, respaldado por EEUU.
Es muy poco probable que EEUU permanezca sentado y se limite a observar
estos acontecimientos. Su reacción más probable sería
aplicar las políticas con las que se ha hecho añicos el consenso
sobre el uso de la fuerza.
LA CARTA de las Naciones Unidas empieza
expresando la determinación de los signatarios "de preservar a las
generaciones futuras del azote de la guerra", que entonces amenazaba con
la destrucción total. Una guerra de agresión era percibida
como el crimen internacional supremo. Formalmente, este consenso se mantiene.
Pero es ignorado.
El derrumbe del consenso se produjo
bastante recientemente, durante los años 90, cuando EEUU se arrogó
la libertad de recurrir a la fuerza. La doctrina Clinton mantenía
que EEUU se reservaba el derecho a emplear la fuerza militar "unilateralmente
cuando sea necesario", para defender intereses vitales tales como "asegurar
un acceso sin restricciones a mercados clave, suministros energéticos
y recursos estratégicos", según un informe de 1997 del Pentágono
al Congreso. La Administración de Bush ha consolidado y extendido
esta postura.
La lógica de esta posición
imperial es tan profunda como la historia de EEUU. El panorama mundial,
como escribe el historiador William Earl Weeks en John Quincy
Adams and American Global Empire, está basado en el supuesto
de que EEUU tiene la "misión de redimir al mundo" a través
de la expansión de "sus ideales declarados, el American way of
life y la fe en el destino divino de la nación". Este marco
teológico reduce los asuntos políticos a una simple elección
entre el bien y el mal, zanjando así cualquier debate razonado y
democrático.
La cuestión de la legitimidad
de las intervenciones armadas fue debatida el pasado noviembre por un grupo
de expertos de alto nivel de la ONU convocados por el secretario general
Kofi Annan. Los expertos reiteraron la Carta de las Naciones Unidas:
sin autorización del Consejo de Seguridad, la fuerza está
restringida únicamente a la autodefensa contra un ataque armado.
"EN UN mundo lleno de amenazas potenciales
--explicó el grupo de expertos-- el riesgo para el orden mundial
y la norma de no intervención en la que éste sigue basándose
es demasiado grande para que pueda aceptarse la legalidad de una acción
preventiva unilateral. Permitir que un país actúe así
es permitírselo a todos".
Washington podría poner objeciones
a la idea de que EEUU tenga que cumplir dicha normativa; eso es algo que
debería preocuparnos a todos los que gozamos de privilegios y libertades.
En su nuevo libro War Law: An Introduction to International Law and
Armed Conflict, el experto en derecho internacional Michael Byers
plantea la cuestión de cómo podríamos sobrevivir a
"la tensión entre un mundo que sigue queriendo tener un sistema
legal sostenible y un superpoder al que parece que apenas le importe".
Se trata de una cuestión que no puede ser pasada por alto superficialmente.
Distributed by The New York Times
Syndicate / Traducción de Xavier Nerín
* Profesor de Lingüística
del MIT y autor de Hegemonía o supervivencia. La estrategia imperialista
de EEUU (Ediciones B). |