| La
Jornada de México - 5 de marzo
de 2005
La promoción
de la
democracia en Medio Oriente
Noam
Chomsky *
La llamada
"promoción de la democracia" se ha convertido en el tema principal
de la política del gobierno de Estados Unidos en Medio Oriente.
El proyecto tiene antecedentes. Existe una "vigorosa línea de continuidad"
en el periodo de la posguerra fría, escribe Thomas Carothers,
director del Programa sobre Ley y Democracia de la Institución Carnegie,
en su nuevo libro Misión Crítica: Ensayos sobre la Promoción
de la Democracia. "Donde la democracia parece ajustarse a la seguridad
y a los intereses económicos estadunidenses, Estados Unidos promueve
la democracia", concluye Carothers. En cambio "cuando la democracia enfrenta
a otros intereses significativos, es menospreciada o inclusive ignorada".
Carothers fue funcionario del Departamento
de Estado durante la época del presidente Ronald Reagan y participó
en proyectos para el "fortalecimiento de la democracia" en América
Latina durante la década de los años 80. También escribió
un libro sobre esos proyectos, arribando esencialmente a las mismas conclusiones.
Similares acciones y pretensiones ocurrieron también en previos
periodos, y son rasgos de otras potencias dominantes. La vigorosa línea
de continuidad, y el interés de las potencias que la sostienen,
afectan eventos recientes en el Medio Oriente, señalando la real
substancia de la postura de "promoción de la democracia".
Esa continuidad es ilustrada por
la nominación de John Negroponte como primer director de inteligencia
nacional. El arco de la carrera de Negroponte va de Honduras, donde como
embajador de Reagan supervisó las acciones terroristas de los contras
contra el gobierno sandinista de Nicaragua, hasta Irak, donde como embajador
de Bush presidió brevemente otro ejercicio en el presunto desarrollo
de la democracia. Esa experiencia podría asistirlo en sus nuevos
deberes para ayudar a combatir el terrorismo y promover la libertad. Orwell
no hubiera sabido si reírse o llorar.
En Irak, las elecciones de enero
fueron exitosas y dignas de elogio. Sin embargo, el principal éxito
ha sido señalado sólo de manera marginal: Estados Unidos
fue obligado a que tuvieran lugar. Ese es el verdadero triunfo, no el de
los lanzadores de bombas, sino el de la resistencia no violenta del pueblo,
tanto islámico como secular, para quien el gran ayatola Sistani
es un símbolo.
Pese a que Estados Unidos y el Reino
Unido arrastraron los pies, Sistani exigió elecciones rápidas,
reflejando la decisión popular de alcanzar libertad e independencia,
y algún tipo de derechos democráticos. La resistencia no
violenta continuó hasta que Estados Unidos (y el Reino Unido, siguiéndolo
de manera obediente) no tuvieron otro recurso que permitir las elecciones.
La maquinaria doctrinaria se puso entonces en plena marcha para presentar
las elecciones como una iniciativa estadunidense. En línea con la
continuidad y las raíces de la gran potencia, podemos anticipar
que Washington no aceptará de buena gana consecuencias políticas
a las que se opone, especialmente en una región del mundo tan crucial.
Los iraquíes votaron con la
esperanza de poner fin a la ocupación. En enero, en una encuesta
prelectoral en Irak, de la cual informaron analistas del Instituto Brookings
en la página de opinión de The New York Times, se
indicó que 69 por ciento de los chiítas, y 82 por ciento
de los sunitas, estaban en favor de una "retirada de Estados Unidos a corto
plazo". Pero Tony Blair, Condoleezza Rice y otros han rechazado explícitamente
cualquier cronograma de retirada, postergándola hasta el futuro
indefinido, hasta que los ejércitos de ocupación concluyan
su "misión", esto es, una democracia en que el gobierno electo acate
las demandas de Estados Unidos.
Acelerar una retirada de Estados
Unidos y de Gran Bretaña depende no sólo de los iraquíes,
sino también de la disposición de los electorados estadunidense
y británico a obligar a sus gobiernos a aceptar la soberanía
iraquí. Mientras los eventos se despliegan en Irak, Estados Unidos
continúa manteniendo una postura militante hacia Irán. Las
recientes versiones sobre la existencia de fuerzas especiales estadunidenses
en Irán, ya sean verdaderas o falsas, sirven para inflamar la situación.
Una amenaza genuina es que en años
recientes Washington ha enviado a Israel más de 100 bombarderos
modernos, mientras ha proclamado sin ambages que son capaces de bombardear
Irán. Se trata de versiones actualizadas de los aviones que usó
Israel para bombardear el reactor nuclear iraquí de Osirak, en 1981.
Se trata de una simple conjetura,
pero las amenazas podrían servir a dos propósitos: provocar
al liderazgo iraní para que se haga más represivo, alentando
así la resistencia popular; e intimidar a los rivales de Estados
Unidos en Europa y Asia para que no alienten iniciativas diplomáticas
y económicas hacia Irán. Esa política de línea
dura ya ha asustado a algunos inversionistas europeos en Irán, que
temen una represalia estadunidense, según informó Matthew
Karnitschnig en The Wall Street Journal. Otro desarrollo que ha
sido exaltado como triunfo de la promoción de la democracia ha sido
la tregua entre el primer ministro de Israel, Ariel Sharon, y el líder
palestino, Mahmoud Abbas. La noticia del acuerdo es bienvenida. Es mejor
no matar que matar. Sin embargo, hay que hacer un escrutinio más
preciso de los términos de la tregua. El único elemento substantivo
es que la resistencia palestina, inclusive contra un ejército de
ocupación, debe cesar.
Nada puede encantar más a
los halcones israelíes que una paz completa, que les permitirá
continuar, sin obstáculos, la política de ocupar las tierras
más valiosas y los recursos de Cisjordania, además de emprender
grandes proyectos de infraestructura con el propósito de convertir
el resto de los territorios palestinos en cantones imposibles de crecer
o de desarrollarse.
Depredaciones israelíes en
los territorios ocupados respaldadas por Estados Unidos han sido el tema
central del conflicto durante años, pero el acuerdo de cese del
fuego no dice una sola palabra sobre ellos. El gobierno de Abbas aceptó
el acuerdo, tal vez porque, podría señalarse, es lo mejor
que puede hacer mientras Israel y Estados Unidos rechacen un acuerdo político.
También debe añadirse que la intransigencia de Estados Unidos
puede continuar sólo mientras el pueblo estadunidense lo permita.
Me gustaría ser optimista acerca del acuerdo, y tratar de aferrarme
a cualquier brizna de esperanza, pero hasta ahora, no veo nada real.
Para Washington un elemento constante
es que la democracia y el imperio de la ley son aceptables siempre y cuando
sirven a objetivos oficiales estratégicos y económicos. Pero
la actitud del pueblo estadunidense en Irak y en el conflicto palestino-israelí
está en contra de la política del gobierno, de acuerdo con
las encuestas.
Por tanto, lo que hay que preguntarse
es si una genuina promoción de la democracia no debería comenzar
en Estados Unidos.
* Noam Chomsky es profesor de lingüística
en el Instituto Tecnológico de Massachusetts en Cambridge y autor
del libro, de reciente publicación, Hegemony or Survival: America's
Quest for Global Dominance. |