Noam Chomsky - rodelu.net |
30 de octubre de 2005
|
La
Nación de Chile - 30 de octubre de 2005
Chomsky,
ese profesor molestoso
La revista “Prospect” encargó
a Foreign Policy una encuesta mundial para elegir al mejor intelectual
público del mundo. Ganó Noam Chomsky. Pero, como suele ocurrir,
muchos lo citan y pocos lo han leído. Y como lingüista, mucho
menos. Pero sin duda tiene la capacidad de irritar, porque es la piedra
en el zapato del poder. Presentamos dos miradas críticas de su obra.
“¿Para qué
ser apenas un hombre cuando se puede ser un fenómeno?
(Bertoldt Brecht)
En Contra
Oliver Kamm
Columnista de “The Times”
En su libro “Intelectuales públicos: un estudio de la
degeneración”, Richard Posner observa que “un académico exitoso es
capaz de usar su éxito para influir en el público general respecto
de temas acerca de los cuales sabe tanto como un idiota”. A juzgar
por las cáusticas observaciones que hace en otras partes del libro,
se refería a Noam Chomsky. No estaba equivocado.
Chomsky sigue siendo la figura más importante en la lingüística
teórica, y es conocido por sus ideas que señalan que el lenguaje es
un sistema cognitivo y el resultado de una capacidad innata.
Mientras que esas ideas gozan de una amplia popularidad, muchos
lingüistas las rechazan. Frederick Newmeyer, un adherente de las
ideas de Chomsky hasta los años ’90, observa: “Uno se queda con la
sensación de que la retórica cada vez más triunfante es inversamente
proporcional a los resultados empíricos que puede señalar”.
Los lectores de “Prospect” que votaron por Chomsky conocerán su
preeminencia en lingüística, pero lo más probable es que sólo hayan
leído sus múltiples críticas populares de la política extranjera
occidental. La conexión, si es que existe, entre la lingüística y la
política de Chomsky es tema de debate, pero una conexión obvia es
que en ambos ámbitos usa argumentos dudosos inflados con una
retórica extravagante.
El primer libro de Chomsky acerca de política, “El poder
americano y sus nuevos mandarines” (1969), tiene sus orígenes en la
protesta contra la guerra de Vietnam y fue más allá de la crítica
corriente de la izquierda del imperialismo estadounidense y declaró
que “lo que se necesita [en Estados Unidos] es una especie de
desnazificación”. Aunque no clasifica a Estados Unidos como una
sociedad abiertamente represiva, afirma que es un lugar donde “el
dinero y el poder son capaces de depurar las noticias, eligiendo las
que son adecuadas para imprimir y marginando la disensión”, cuya
conducta se asemeja a la de la Alemania nazi. En su más reciente
libro, “Ambiciones imperiales”, sostiene que “las razones que
Estados Unidos ofreció para invadir [Irak] no son más convincentes
que las de Hitler”.
Después del 11 de septiembre de 2001, Chomsky usó una
extravagante aritmética para hacer una comparación entre la
destrucción de las torres gemelas y el bombardeo durante el Gobierno
de Clinton de Sudán, cuando una fábrica farmacéutica,
equivocadamente identificada como una fábrica de bombas, fue
destrozada y un guardia nocturno murió como resultado. Cuando la
coalición encabezada por Estados Unidos bombardeó Afganistán,
Chomsky señaló que el hambre generalizada era una política
estadounidense diseñada a conciencia, y declaró que “se están
haciendo planes e implementando programas a sabiendas que podrían
resultar en la muerte de millones de personas en las próximas dos
semanas… con indiferencia y sin una mayor consideración al
respecto”. Ofreció este juicio sin evidencia.
En “Una nueva generación dicta las reglas: Kosovo, Timor Oriental
y los estándares de Occidente” (2000), Chomsky, sarcásticamente,
exhorta a los adherentes de la intervención de la OTAN en Kosovo a
que insten el bombardeo de Yakarta, Washington y Londres a fin de
protestar por la subyugación de Timor Oriental por parte de
Indonesia. Si fuese necesario, afirma, los ciudadanos mismos debían
efectuar los bombardeos y “tal vez unirse a la red de Bin Laden”.
Poco tiempo después del 11 de septiembre de 2001, el teórico
político Jeffrey Isaac se refirió a estas declaraciones afirmando
que aunque eran metáforas, “uno se pregunta si Chomsky alguna vez
consideró la posibilidad de que alguien que no ostente el mismo
rigor lógico podría leer su libro y llegar sin mayor miramiento a la
conclusión de que es necesario bombardear Washington”.
El problema en sí no son las críticas, sino el uso posterior que
Chomsky les da para racionalizar su oposición a los esfuerzos de
Occidente por detener el genocidio en otros lugares. Si las obras
políticas de Chomsky meramente expresaran una idea fija, se habrían
convertido en un suplemento a su carrera como intelectual público.
Pero Chomsky cuenta con adherentes incondicionales entre aquellas
personas con una educación a nivel universitario, y sobre todo entre
estudiantes jóvenes, y juicios que gozan de una apariencia académica
están al borde de lo patológico. Chomsky ha afirmado que la
responsabilidad de los medios de comunicación es “seleccionar los
hechos, o inventarlos, y ofrecer las conclusiones solicitadas de tal
forma que no sean demasiado absurdas, al menos para las mentes
adecuadamente entrenadas”. De hecho, ésta es la mejor síntesis de su
propia práctica. LND
A favor
Robin
Blackburn
“Prospect”
El voto arrasador a favor de Noam Chomsky como el mejor
“intelectual público” del mundo no debería ser sorpresa para nadie.
¿Quién podría igualarlo en cuanto a sus logros intelectuales y
coraje político?
Son pocas las personas que transforman un campo de estudio, como
ha hecho Chomsky en el ámbito de la lingüística. El trabajo
científico de Chomsky aún es polémico, pero nadie pone en duda sus
inmensos logros. No sólo transformó el estudio de la lingüística en
los años ’50 y ’60, sino que ha permanecido en la vanguardia de la
polémica y la investigación.
Indiscutiblemente, la enorme admiración por Chomsky que queda
manifiesta en los resultados de la encuesta de “Prospect” no se debe
sólo o principalmente a sus logros intelectuales. Más bien, se debe
a que es un pensador brillante que está dispuesto a apartarse de sus
estudios para dedicarse a exponer los altos crímenes y delitos
menores de Estados Unidos, el país más poderoso del mundo, y su
complicidad con gobernantes mercenarios y brutales de cuatro
continentes durante más de medio siglo.
Algunos, tal como Paul Robinson escribió en el “New York Times
Book Review”, creen que existe un “problema Chomsky”. Por una parte,
es el autor de profundas contribuciones a la lingüística. Por otra,
sus declaraciones políticas son a menudo “enloquecedoramente
ingenuas”.
Chomsky se esfuerza por mantener sus análisis políticos simples,
pero no a costa de la evidencia, la cual puede citar abundantemente
si se le solicita. No obstante, sigue siendo “enloquecedor”, al
igual que el programa minimalista debe serlo para sus colegas
científicos. La aparente sencillez de los juicios políticos de
Chomsky, su oposición “predecible” o incluso “automática” a la
intervención militar de Occidente, sobre todo de Estados Unidos,
podría parecer simplista. Sin embargo, se basan en una cantidad
enorme de evidencia y un relato sucinto de cómo el poder y la
información se comparten, distribuyen y niegan. Por lo general,
Chomsky comienza con una afirmación de una absoluta simplicidad que
elabora hasta crear un relato intrincado de las distintas funciones
que los gobiernos, militares, medios de comunicación y empresas
desempeñan en la gestión del mundo.
El cuento de Andersen del pequeño niño que, ante la furia de los
cortesanos, señaló que el emperador estaba desnudo, tiene un
gustillo chomskyano, no sólo porque habla de decir la verdad ante el
poder, sino porque aquella mirada simple e infantil resultó ser más
aguda que la sofisticada mirada adulta.
En la política, la mirada infantil sería capaz de ver más allá de
la pomposidad humanitaria y democrática, hasta percibir los tristes
resultados de las intervenciones militares occidentales: Estados
destrozados, gangsterismo, narcotráfico, rivalidad entre las élites
para ganarse el favor de los ocupantes, un odio comunal y religioso
vicioso.
Chomsky, abiertamente, confiesa que prefiere “trivialidades
pacifistas” a la mentira beligerante. Como resultado, algunos lo han
acusado erróneamente de ser “pasivo ante el mal”. Pero ni el
apartheid en Sudáfrica, ni el estalinismo en Rusia, ni las
dictaduras militares en gran parte de América Latina fueron
derrotados o desmantelados por el bombardeo ni la invasión. Chomsky
no tuvo problema alguno en apoyar las eventualmente exitosas
campañas contra el apartheid, o a favor de la retirada de Indonesia
de Timor Oriental. Él, simplemente, se opone a poner a soldados
estadounidenses en riesgo, o sea donde hagan daño y adquieran un
gusto por aquello.
La victoria de Chomsky en una encuesta no debería ser
sobreestimada. No obstante, al igual que el triunfo de Marx en la
competencia de la BBC por el “mejor filósofo”, muestra que las
personas pensantes aún se sienten atraídas por el impulso crítico,
sobre todo cuando se dirige en forma constante contra la tendencia
hacia una forma única de pensar a nivel global. La lista de
“Prospect/FP” ofreció pocos críticos de la política extranjera de
Estados Unidos, lo que posiblemente le dio una leve ventaja a
Chomsky. Pero ningún cambio en la lista habría alterado los
resultados. Los editores calcularon mal el ánimo y capacidad de
discernir de sus lectores. LND
© Prospect
The New York Times Syndicate |