La selección de temas que debería ocupar los primeros lugares en
la agenda de preocupaciones por el bienestar humano y por sus
derechos es, naturalmente, un asunto subjetivo. Pero hay unas pocas
opciones que parecen inevitables. Entre ellas se encuentran al menos
estas tres: la guerra nuclear, un desastre ambiental y el hecho de
que el Gobierno del principal poder mundial está actuando de un modo
que aumenta la probabilidad de estas catástrofes.
Es importante enfatizar el “Gobierno”, porque la población, y eso
no es sorprendente, está en desacuerdo. Esto lleva a mencionar un
cuarto tema que debería preocupar profundamente a los
estadounidenses y al mundo: la marcada división entre la opinión
pública y la política pública. Una de las razones del temor es que
“el ‘sistema’ estadounidense en su totalidad sufre un problema real
que enfila en una dirección que augura el fin de sus históricos
valores de igualdad, libertad y democracia”, como observa Gar
Alperovitz en “America Beyond Capitalism”.
El “sistema” está comenzando a tener algunos de los rasgos de los
Estados malogrados, que es por lo general aplicada a los Estados
considerados como una amenaza potencial a nuestra seguridad (como
Irak) o necesitados de nuestra intervención para rescatar a la
población de una amenaza interna grave (como Haití).
La definición de “Estados malogrados” es escasamente científica.
Pero todos ellos comparten ciertos atributos primarios. Son
incapaces o no desean proteger a sus ciudadanos de la violencia y
tal vez incluso de la destrucción. Se consideran a sí mismos más
allá del alcance de la ley nacional o internacional, y si tienen
formas democráticas, sufren de un serio “déficit democrático” que
priva a sus instituciones de una real sustancia.
Una de las tareas más arduas que cualquiera puede emprender, y
una de las más importantes, es mirarse honestamente al espejo. Si
nosotros hiciéramos eso, tendríamos muy poca dificultad en encontrar
los rasgos de los “Estados malogrados” directamente en nuestro país.
El “déficit democrático” estuvo claramente ilustrado en las
elecciones de 2004. Los resultados llevaron a la exaltación en
ciertos círculos, a la desesperación en otros y a una gran
preocupación sobre una “nación dividida”. Colin Powell informó a la
prensa que el “Presidente George W. Bush ha ganado un mandato del
pueblo estadounidense para continuar su ‘agresiva’ politica
exterior”.
Esto está alejado de la verdad. Después de las elecciones, Gallup
pregunto si Bush “debía enfatizar los programas que apoyan los dos
partidos” o si “tiene un mandato para avanzar con la agenda del
partido republicano”. El 63% eligió la primera opción, el 29% la
última.
La historia provee de amplias evidencias sobre la falta de
atención de Washington respecto a las leyes y normas
internacionales, que alcanza hoy nuevas alturas.
Durante los años de la guerra fría estuvo disponible el marco de
referencia de la “defensa contra la agresión comunista” para
movilizar el apoyo nacional e incontables intervenciones en el
exterior. Al final, el recurso a la amenaza comunista se empezó a
desgastar.
El Gobierno también enfrentaba problemas domésticos, notablemente
el efecto civilizador del activismo de la década de los 60, que tuvo
muchas consecuencias, entre ellas menor voluntad para tolerar el
recurso a la violencia.
Bajo la Presidencia de Ronald Reagan, la administración buscó
manejar los problemas con fervientes pronunciamientos sobre el
“imperio del mal” y sobre sus tentáculos que estaban a punto de
estrangularnos.
Pero se necesitaban nuevos recursos. Los partidarios de Reagan
declararon su campaña mundial para destruir el terrorismo
internacional apoyado por Estados que el secretario de Estado de
Reagan, GeorgeShultz, denominó una “plaga diseminada por los
depravados opositores a la civilización misma” que intentan “un
retorno de la barbarie en la época moderna”.
En 1994, el Presidente Clinton amplió la categoría de “Estados
terroristas” para incluir los “Estados delincuentes”. Unos pocos
años más tarde se agregó al repertorio otro concepto: los “Estados
malogrados”, frente a los cuales debemos protegernos y a los cuales
debemos proteger, a veces destruyéndolos.
Más tarde llegó el “eje del mal” del Presidente George W. Bush,
al cual nosotros debemos destruir para autodefendernos, siguiendo la
voluntad del Señor, escalando mientras tanto la amenaza del terror y
de la proliferación nuclear.
Sin embargo, la retórica siempre ha generado dificultades. El
problema básico ha sido que las categorías son excesivamente
amplias.
Es difícil no reconocer elementos de verdad en la observación del
historiador Arno Mayer inmediatamente después de los ataques
terroristas del 11 de septiembre de que, desde 1947, “Estados Unidos
ha sido el principal autor del Estado terrorista que ataca primero,
y de innumerables otras acciones ‘delictivas’ que han causado un
inmenso daño, siempre en nombre de la democracia, la libertad y la
justicia”.
Después de que Bush asumiera la Presidencia, la corriente
dominante entre los expertos comenzó a afirmar como un hecho que
Estados Unidos “ha asumido muchos de los rasgos de las ‘naciones
delincuentes’ contra las cuales ha... batallado” (David C.
Hendrickson y Robert W. Tucker, “Foreign Affairs”, 2004).
La categoría “Estado malogrado” fue invocada de manera reiterada
por los autodenominados “Estados iluministas” en la década de los
90. Eso los autorizaba a recurrir a la fuerza con el supuesto
objetivo de proteger a las poblaciones de los Estados malogrados,
delincuentes y terroristas de un modo que podía ser “ilegal pero
legítimo”, frase usada por la Comisión Independiente sobre Kosovo.
Cuando los temas principales del discurso político cambiaron de
la “intervención humanitaria” a la “guerra al terrorismo” después
del 11 de septiembre, se le dio al concepto “Estado malogrado” un
alcance más amplio a fin de incluir a países como Irak, que
amenazaban supuestamente a los Estados Unidos con armas de
destrucción masiva y con el terrorismo internacional.
Con este uso más amplio, los “Estados malogrados” no necesitaban
ser débiles. La Alemania nazi y la Rusia estalinista eran
escasamente débiles, pero con estándares razonables merecían la
designación de “Estados malogrados” como ninguno en la historia.
El concepto gana muchas dimensiones, incluyendo el fracaso en
proveer seguridad para la población, para garantizar los derechos en
el país y en el exterior, o para mantener en funcionamiento (no
simplemente de manera formal) las instituciones democráticas. E
incluye “Estados proscritos”, que desechan con desprecio las reglas
del orden internacional y de sus instituciones, cuidadosamente
construidas a lo largo de los años, inicialmente por iniciativa de
Estados Unidos.
En aspectos cruciales, la adopción de Washington de los atributos
de los Estados malogrados y bandoleros es proclamada con orgullo. No
hay apenas esfuerzo alguno por ocultar “la tensión entre un mundo
que todavía quiere un sistema legal internacional justo y
sostenible, y una superpotencia única que apenas parece preocuparse
de que está al nivel de Birmania, China, Irak y Corea del Norte...
en términos de su adhesión a una concepción absolutista de la
soberanía”, mientras desecha como anticuada la soberanía de otros,
señala Michael Byers en “War Law: Understanding International Law
and Armed Conflict”.
Estados Unidos es muy parecido a otros países poderosos. Persigue
los intereses económicos y estratégicos de los sectores dominantes
de la población local, con el acompañamiento de una impresionante
retórica sobre su excepcional dedicación a los más altos valores.
Uno escucha comúnmente decir que los criticones se quejan por lo que
está mal, pero no presentan soluciones. Hay una traducción certera
para esta acusación: “Ellos presentan soluciones, pero a mí no me
gustan”.
Aquí hay unas pocas simples sugerencias para Estados Unidos:
1. Aceptar la jurisdicción del Tribunal Internacional de Justicia
y de la Corte Internacional.
2. Firmar y cumplir los protocolos de Kioto.
3. Dejar que las Naciones Unidas lideren las crisis
internacionales.
4. Apelar a medidas diplomáticas y económicas antes que a las
militares cuando se confronten amenazas graves de terror.
5. Mantenerse dentro de la interpretación tradicional de la Carta
de las Naciones Unidas: el uso de la fuerza es legítimo solamente
cuando es ordenado por el Consejo de Seguridad o cuando el país está
bajo la amenaza de un ataque inminente, de acuerdo con el artículo
51.
6. Renunciar al poder de veto en el Consejo de Seguridad, y tener
“un respeto decente por la opinión de la humanidad”, incluso cuando
los centros del poder no están de acuerdo.
7. Reducir drásticamente los gastos militares y aumentar los
gastos en salud, educacion, energía renovable y cosas similares.
Otra sugerencia cautelosa y útil es que los hechos, la lógica y
los principios elementales de la moral deben ser importantes.
Aquellos que se tomen el trabajo de adherir a esta sugerencia se
verán rápidamente conducidos a abandonar una buena parte de la
doctrina oficial.
Y hay otras simples verdades. De ningún modo dan respuesta a
todos los problemas, pero nos hacen tomar cierta distancia para
desarrollar respuestas más específicas y detalladas. Aún más
importante, ellas abren la puerta para implementarlas, pues son
oportunidades que están a nuestro alcance si podemos liberarnos de
las ataduras de la doctrina y las ilusiones impuestas.
Aunque es natural que los sistemas doctrinarios intenten inducir
el pesimismo y la desesperación, la realidad es diferente. Ha habido
un progreso sustancial en los últimos años en la interminable
cuestión de justicia y libertad, dejando un legado que puede
fácilmente ser llevado a un plano más alto que antes.
Las oportunidades para educacion y organización abundan. Como en
el pasado, no es probable que los derechos sean garantizados por
autoridades benevolentes, o ganados por acciones intermitentes
participando en unas pocas demostraciones o apretando una palanca a
la hora de las elecciones, como si en eso consistiera exclusivamente
la “politica democrática”.
Como siempre en el pasado, las tareas requieren un compromiso
diario para crear o recrear las bases destinadas al funcionamiento
de una cultura democrática.
Hay muchos medios para promover la democracia en el país,
llevándola a nuevas dimensiones. Las oportunidades son muchas, y el
fracaso en captarlas es probable que tenga repercusiones ominosas:
para el país, para el mundo y para las generaciones futuras.
(The New York Times Syndicate)