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18 de junio de 2006

La Nación Domingo de Chile - 18 de junio de 2006

Desarmando el conflicto nuclear iraní

Hasta donde se sabe, los programas nucleares iraníes se amoldan al artículo IV del Tratado de No Proliferación, que concede a los Estados no nucleares el derecho a producir combustible para energía nuclear.
Noam Chomsky
La urgencia por detener la proliferación de armas nucleares y avanzar hacia su eliminación, difícilmente pudo ser mayor. Un fracaso en hacerlo conducirá casi con certeza a sombrías consecuencias. Pero por muy amenazante que sea la crisis, existen los medios para diluirla.

Antes de 1979, cuando el Sha estaba en el poder, Washington apoyaba con firmeza estos programas. Hoy, el argumento estándar es que Irán no necesita energía nuclear, por lo tanto tiene que estar desarrollando un programa armamentista secreto. El año pasado, Henry Kissinger escribió en “The New York Times”: “Para un gran productor de petróleo como Irán, la energía nuclear es un despilfarro en el uso de sus recursos”. Sin embargo, hace 30 años, cuando Kissinger era secretario de Estado del Presidente Gerald R. Ford, sostuvo que “la incorporación de la energía nuclear contribuirá, tanto a las crecientes necesidades de la economía iraní como a liberar las reservas de petróleo para su exportación o su conversión petroquímica”.

El año pasado, Dafna Linzer, del “Washington Post”, preguntó a Kissinger sobre su cambio de opinión. Kissinger respondió con su atractiva franqueza habitual: “Era un país aliado”. Linzer escribió que, en 1976, la administración Ford “respaldó los planes iraníes para construir una industria masiva de energía nuclear, pero también trabajó duro para llevar a cabo un acuerdo por miles de millones de dólares que habría permitido a Teherán controlar grandes cantidades de plutonio y uranio enriquecido, las dos vías a la bomba nuclear”. Los principales planificadores del Gobierno de Bush II, que ahora denuncian estos programas, ocupaban en ese tiempo puestos claves en seguridad nacional: Dick Cheney, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz.

Los iraníes, de seguro no están dispuestos como los occidentales a echar la historia al tacho de basura. Saben que EEUU, junto a sus aliados, los han venido atormentando por más de 50 años, desde que un golpe militar anglo-estadounidense derrocó al Gobierno parlamentario e instaló al Sha, quien gobernó con mano de hierro hasta que una sublevación popular lo expulsó en 1979.

Después, la administración Reagan apoyó la invasión a Irán por las fuerzas iraquíes de Saddam Hussein, brindándole a éste ayuda militar y de otros tipos que le sirvió para masacrar a cientos de miles de iraníes y kurdos iraquíes.

Luego, vinieron las duras sanciones impuestas por el Presidente Clinton, seguidas por las amenazas de Bush de atacar a Irán; en ambos casos, serias violaciones a la Carta de Naciones Unidas. El mes pasado, el Gobierno de Bush accedió condicionalmente a unirse a sus aliados europeos en conversaciones directas con Irán, pero se negó a retirar la amenaza de ataques. La historia reciente brinda buenas razones para ser escéptico en torno de las verdaderas intenciones de Washington.

De acuerdo a Flynt Leverett, por entonces funcionario de alto rango en el Consejo de Seguridad Nacional de Bush, en 2003 el Gobierno reformista de Mohammad Khatami propuso “una agenda para un proceso diplomático tendiente a resolver de modo coherente todas las diferencias bilaterales entre EEUU e Irán”. Se incluían “las armas de destrucción masiva, una solución al problema israelo-palestino sobre la base de dos Estados, el futuro de la organización libanesa Hezbollah y la cooperación con la Agencia de Control Nuclear de Naciones Unidas”, según informó hace un mes el “Financial Times”. La administración Bush se negó y reprendió al diplomático suizo que transmitió la oferta.

Un año después, la Unión Europea e Irán alcanzaron un compromiso: Irán suspendería temporalmente el enriquecimiento de uranio y, a cambio de ello, Europa le daría seguridades de que EEUU e Israel no atacarían al país asiático. Bajo presión estadounidense, Europa dio pie atrás e Irán reanudó su proceso de enriquecimiento.

Hasta donde se sabe, los programas nucleares iraníes se amoldan al artículo IV del Tratado de No Proliferación, que concede a los Estados no nucleares el derecho a producir combustible para energía nuclear. La administración Bush argumenta que el artículo IV debería ser reforzado, y creo que esto puede tener sentido.

Cuando el tratado entró en vigor, en 1970, existía una brecha considerable entre la producción de combustible para energía y su producción para armas nucleares. Pero los avances en la tecnología han estrechado la brecha. Sin embargo, cualquier revisión semejante del artículo IV tendría que asegurar un acceso irrestricto para el uso no militar, de acuerdo al compromiso inicial del tratado entre las potencias nucleares y los Estados no nucleares.

En 2003, una propuesta razonable en este sentido fue formulada por Mohamed el Baradei, jefe de la Agencia Internacional de Energía Atómica. Consistía en que toda la producción y procesamiento de materiales utilizables en armamentos se pusiera bajo control internacional, dando las “seguridades de que los futuros usuarios legítimos obtendrían sus suministros”. Propuso que ello fuera el primer paso hacia la plena implementación de la resolución de Naciones Unidas de 1993 para un Tratado de Interrupción de Materiales Fisibles (Fissban).

Que yo sepa, la propuesta de El Baradei ha sido aceptada por un solo Estado: Irán. El Gobierno de Bush rechaza un Fissban verificable y está practicamente sólo en esa posición. El Comité de Desarme de la ONU votó a favor del Fissban verificable en noviembre de 2004, por 147 contra 1 (EEUU), con dos abstenciones, de Israel y Gran Bretaña. A EEUU se le unió después Palau (Micronesia).

Hay maneras de mitigar y probablemente de acabar con estas crisis. La primera es terminar con las más que creíbles amenazas de EEUU e Israel, que prácticamente obligan a Irán a desarrollar armas nucleares como elemento disuasivo.

Un segundo paso podría ser unirse al resto del mundo aceptando un tratado Fissban verificable, así como la propuesta de El Baradei o algo parecido. Un tercer paso sería apegarse al artículo VI del Tratado de No Proliferación, que compromete a los Estados nucleares a hacer esfuerzos “de buena fe” para eliminar las armas nucleares, una obligación legal vinculante, como lo ha determinado la Corte Internacional.

Ninguno de los Estados nucleares ha cumplido con esa obligación, pero EEUU es quien más la viola. Pasos claros en estas direcciones podrían mitigar la crisis que se avecina con Irán. Sobre todo es importante acoger las palabras de Mohamed El Baradei: “No hay solución militar para esta situación. Es inconcebible. La única solución perdurable es una solución negociada”. Y está al alcance.

(The New York Times Syndicate)

 
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