Noam Chomsky Noam Chomsky - rodelu.net
23 de julio de 2006

La Nación Domingo de Chile - 23 de julio de 2006

Villano invitado

El poder del alma y el alma del poder

…La historia de los intelectuales la escriben los intelectuales, así que no es sorprendente que ellos sean descritos como los defensores del derecho y de la justicia con un coraje e integridad admirables....
Noam Chomsky
Es un gran reto seleccionar unos pocos temas en el notable ámbito del trabajo y de la vida de Edward Said. Me ceñiré a dos: la cultura del imperio y la responsabilidad de los intelectuales, o de aquellos que llamamos “intelectuales”, si tienen el privilegio y los recursos para entrar en el ruedo público.

La frase “responsabilidad de los intelectuales” oculta una crucial ambigüedad. Desdibuja la distinción entre lo que se “debe” y lo que se “es”. En términos del “debe”, su responsabilidad tiene que ser exactamente la misma que la de cualquier ser humano decente, o más grande: el privilegio otorga una oportunidad, y la oportunidad confiere una responsabilidad moral.

Nosotros condenamos con razón al intelectual obediente de estados brutales y violentos por su “ciega sumisión a quienes están en el poder”. Estoy tomando prestada la frase de Hans Morgenthau, un fundador de la teoría de relaciones internacionales. Sin embargo, Morgenthau no se estaba refiriendo al comisario de un enemigo totalitario, sino a los intelectuales occidentales, cuyo crimen es mucho más grande, porque ellos no pueden aducir miedo, sino solamente cobardía y subordinación al poder. Él estaba describiendo lo que se “es”, no lo que se “debería” ser.

Aduladores y disidentes

La historia de los intelectuales la escriben los intelectuales, así que no es sorprendente que ellos sean descritos como los defensores del derecho y de la justicia, manteniendo los valores más elevados y confrontando el poder y el mal con un coraje e integridad admirables. Pero la realidad muestra una imagen bastante diferente.

Los rasgos de “sumisión conformista ciega” pueden detectarse hasta en los primeros tiempos históricos. Una gran parte de la Biblia está dedicada a gente que condenó los crímenes de Estado y las prácticas inmorales. Se los denomina “profetas”. En términos contemporáneos, ellos eran “intelectuales disidentes”. No hay necesidad de reseñar cómo los trataron: de manera miserable, la norma para los disidentes.

Había también intelectuales que eran enormemente respetados en la era de los profetas: los aduladores de la corte. Los Evangelios previenen contra los “falsos profetas que vienen con piel de corderos, pero por dentro son lobos hambrientos. Por sus frutos los conoceréis”.

Arrogancia imperial

Una verdad predominante fue expresada por el Presidente de Estados Unidos John Adams, hace dos siglos: “El poder siempre piensa que tiene un gran espíritu y puntos de vista amplios, más allá de la comprensión de los débiles”. Esta es la raíz profunda de la combinación de salvajismo y arrogancia que infecta a la mentalidad imperial y, en cierta medida, a cualquier estructura de autoridad y dominio.

Podemos agregar que la reverencia por el gran espíritu es lo normal de las elites intelectuales, quienes regularmente añaden que deben ser ellas las que ostenten las palancas del control, o al menos puedan rondar cerca.

Una expresión común de este imperante punto de vista es la de que existen dos categorías de intelectuales: los “intelectuales tecnocráticos y orientados hacia las normas responsables, sobrios, constructivos”, y los “intelectuales que se orientan por los valores”, un grupo siniestro que constituye una amenaza a la democracia en tanto se “dedica a la derogación del liderazgo, el desafío a la autoridad y al desenmascaramiento de las instituciones establecidas”.

¿Democracia excesiva?

Estoy citando de un estudio realizado en 1975 por la Comisión Trilateral, formada por internacionalistas liberales de Estados Unidos, Europa y Japón. Estaban reflexionando sobre la “crisis de la democracia” que se desarrolló durante la década del ’60, cuando sectores de la población generalmente pasivos y apáticos, llamados “intereses especiales”, quisieron entrar en el ruedo político para hacer sentir sus preocupaciones.

Esas inapropiadas iniciativas crearon lo que el estudio denominó una “crisis de la democracia”, en la cual el propio funcionamiento del Estado fue amenazado por una “democracia excesiva”. Para superar esta crisis, los “intereses especiales” debían ser vueltos a colocar en la función de observadores pasivos que les era propio, de tal modo que los “intelectuales tecnocráticos” pudieran hacer su constructivo trabajo.

Los “intereses especiales” perturbadores son las mujeres, los jóvenes, los ancianos, los trabajadores, los campesinos, las minorías, las mayorías en síntesis, la población. Solamente un interés específico no es mencionado en el estudio: el sector de las corporaciones. Pero esto tiene sentido. El sector de las corporaciones representa al “interés nacional” y, naturalmente, no puede discutirse que el poder del Estado debe proteger el interés nacional.

Las reacciones contra esta peligrosa tendencia civilizadora y democratizante han dejado su marca en la época contemporánea. Para quienes desean entender lo que probablemente nos depara el futuro, es de primordial importancia mirar de cerca a los principios de larga data que inspiran las decisiones y las acciones del poderoso en el mundo actual, primordialmente Estados Unidos.

“Excepcionalidad estadounidense”

Pese a que solamente es uno de los tres mayores centros de poder en economía y, en la mayoría de las otras dimensiones, sobrepasa a cualquier poder en la historia en su dominio militar, que se está expandiendo rápidamente, y generalmente puede confiar en el apoyo del segundo súper poder, Europa, y de Japón, la segunda mayor economía industrial del mundo.

Hay una clara doctrina en la política exterior de Estados Unidos. Reina en el periodismo occidental, incluso entre los críticos de algunas políticas. El tema mayor es la “excepcionalidad estadounidense”: la tesis de que Estados Unidos es diferente de otros grandes poderes, pasados y presentes, porque tiene un “propósito trascendente”: “el establecimiento de la igualdad en la libertad en América” y, por cierto, en todo el mundo, pues “el espacio dentro del cual Estados Unidos debe defender y promover sus propósitos se ha transformado en mundial” (Hans Morgenthau).

Figuras de la más alta inteligencia e integridad moral han defendido la postura de la “excepcionalidad”. Consideren el clásico ensayo de John Stuart Mill “A few words on non interventions”, (“Algunas palabras sobre la no intervención”). Mill planteó la pregunta sobre si Inglaterra debería intervenir en el feo mundo o mantenerse en sus propios asuntos y dejar a los bárbaros que continuasen con sus salvajadas. Su conclusión, matizada y compleja, fue que Inglaterra debería intervenir, aun cuando por hacer eso iba a soportar el “oprobio” y abuso de los europeos que “buscarán motivos viles” porque “no pueden comprender que Inglaterra es una ‘novedad en el mundo’, un poder angelical que no busca nada para sí y actúa solamente para el beneficio de los otros. Aunque Inglaterra carga generosamente con el costo de la intervención, comparte con otros de manera igualitaria los beneficios de su trabajo”.

La “excepcionalidad” parece estar cercana a lo universal. El principio operativo es copiosamente ilustrado en toda la historia: la política se ajusta a los ideales expresados únicamente si también se ajusta a los intereses. El término “intereses” no se refiere a los intereses de la población de Estados Unidos, sino al “interés nacional”, a los intereses de las concentraciones de poder que dominan a la sociedad.

En el artículo “Who influences U.S. foreign policy?” (“¿Quién influye en la política exterior de Estados Unidos?”), publicado el año pasado en la revista “American Political Science Review”, los autores encuentran, de manera para nada sorprendente, que la mayor influencia es de las “corporaciones de negocios orientadas internacionalmente”. En contraste, la opinión pública tiene “un pequeño o ningún efecto significativo en funcionarios del Gobierno”.

Uno buscará en vano evidencias sobre el conocimiento y las habilidades superiores de quienes tienen la mayor influencia en la politica, aparte de la de proteger sus propios intereses.

El gran espíritu del poder

Éste extiende mucho más allá de los Estados, hacia cualquier dominio de la vida, desde el de las familias hasta el de los asuntos internacionales. Y desde el principio hasta el fin, cada forma de autoridad y dominación soporta una exigente carga. No se autolegitima. Y cuando no puede soportar la carga, como es generalmente el caso, debe ser desmantelada. Este ha sido el tema que guió a los movimientos anarquistas desde sus orígenes modernos, adoptando muchos de los principios del liberalismo clásico.

Uno de los más sanos desarrollos recientes de Europa, creo, junto con los acuerdos federales y la creciente fluidez proporcionada por la Unión Europea, es la devolución del poder del Estado, con un renacimiento de las culturas e idiomas tradicionales y un grado de autonomía regional. Estos desarrollos llevan a algunos a avizorar una futura Europa de regiones, con la autoridad del Estado descentralizada.

Encontrar un balance adecuado entre la ciudadanía y el bien común, por un lado, y la autonomía comunitaria y la variedad cultural, por el otro, no es un asunto sencillo, y las cuestiones del control democrático de las instituciones se extienden también a otras esferas de la vida. Estos problemas necesitan tener prioridad en la agenda de gente que no adora el brillo del gran espíritu del poder, a la gente que busca salvar al mundo de las destructivas fuerzas que actualmente amenazan literalmente la supervivencia y que creen que una sociedad más civilizada puede existir. LND


(Esta columna ha sido adaptada de una conferencia en homenaje al escritor palestino Edward Said ofrecida por Noam Chomsky en mayo en la Universidad Americana de Beirut). (The New York Times Syndicate)

 
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