Es un gran reto seleccionar unos pocos temas en el notable ámbito
del trabajo y de la vida de Edward Said. Me ceñiré a dos: la cultura
del imperio y la responsabilidad de los intelectuales, o de aquellos
que llamamos “intelectuales”, si tienen el privilegio y los recursos
para entrar en el ruedo público.
La frase “responsabilidad de los intelectuales” oculta una
crucial ambigüedad. Desdibuja la distinción entre lo que se “debe” y
lo que se “es”. En términos del “debe”, su responsabilidad tiene que
ser exactamente la misma que la de cualquier ser humano decente, o
más grande: el privilegio otorga una oportunidad, y la oportunidad
confiere una responsabilidad moral.
Nosotros condenamos con razón al intelectual obediente de estados
brutales y violentos por su “ciega sumisión a quienes están en el
poder”. Estoy tomando prestada la frase de Hans Morgenthau, un
fundador de la teoría de relaciones internacionales. Sin embargo,
Morgenthau no se estaba refiriendo al comisario de un enemigo
totalitario, sino a los intelectuales occidentales, cuyo crimen es
mucho más grande, porque ellos no pueden aducir miedo, sino
solamente cobardía y subordinación al poder. Él estaba describiendo
lo que se “es”, no lo que se “debería” ser.
Aduladores y disidentes
La historia de los intelectuales la escriben los intelectuales,
así que no es sorprendente que ellos sean descritos como los
defensores del derecho y de la justicia, manteniendo los valores más
elevados y confrontando el poder y el mal con un coraje e integridad
admirables. Pero la realidad muestra una imagen bastante diferente.
Los rasgos de “sumisión conformista ciega” pueden detectarse
hasta en los primeros tiempos históricos. Una gran parte de la
Biblia está dedicada a gente que condenó los crímenes de Estado y
las prácticas inmorales. Se los denomina “profetas”. En términos
contemporáneos, ellos eran “intelectuales disidentes”. No hay
necesidad de reseñar cómo los trataron: de manera miserable, la
norma para los disidentes.
Había también intelectuales que eran enormemente respetados en la
era de los profetas: los aduladores de la corte. Los Evangelios
previenen contra los “falsos profetas que vienen con piel de
corderos, pero por dentro son lobos hambrientos. Por sus frutos los
conoceréis”.
Arrogancia imperial
Una verdad predominante fue expresada por el Presidente de
Estados Unidos John Adams, hace dos siglos: “El poder siempre piensa
que tiene un gran espíritu y puntos de vista amplios, más allá de la
comprensión de los débiles”. Esta es la raíz profunda de la
combinación de salvajismo y arrogancia que infecta a la mentalidad
imperial y, en cierta medida, a cualquier estructura de autoridad y
dominio.
Podemos agregar que la reverencia por el gran espíritu es lo
normal de las elites intelectuales, quienes regularmente añaden que
deben ser ellas las que ostenten las palancas del control, o al
menos puedan rondar cerca.
Una expresión común de este imperante punto de vista es la de que
existen dos categorías de intelectuales: los “intelectuales
tecnocráticos y orientados hacia las normas responsables, sobrios,
constructivos”, y los “intelectuales que se orientan por los
valores”, un grupo siniestro que constituye una amenaza a la
democracia en tanto se “dedica a la derogación del liderazgo, el
desafío a la autoridad y al desenmascaramiento de las instituciones
establecidas”.
¿Democracia excesiva?
Estoy citando de un estudio realizado en 1975 por la Comisión
Trilateral, formada por internacionalistas liberales de Estados
Unidos, Europa y Japón. Estaban reflexionando sobre la “crisis de la
democracia” que se desarrolló durante la década del ’60, cuando
sectores de la población generalmente pasivos y apáticos, llamados
“intereses especiales”, quisieron entrar en el ruedo político para
hacer sentir sus preocupaciones.
Esas inapropiadas iniciativas crearon lo que el estudio denominó
una “crisis de la democracia”, en la cual el propio funcionamiento
del Estado fue amenazado por una “democracia excesiva”. Para superar
esta crisis, los “intereses especiales” debían ser vueltos a colocar
en la función de observadores pasivos que les era propio, de tal
modo que los “intelectuales tecnocráticos” pudieran hacer su
constructivo trabajo.
Los “intereses especiales” perturbadores son las mujeres, los
jóvenes, los ancianos, los trabajadores, los campesinos, las
minorías, las mayorías en síntesis, la población. Solamente un
interés específico no es mencionado en el estudio: el sector de las
corporaciones. Pero esto tiene sentido. El sector de las
corporaciones representa al “interés nacional” y, naturalmente, no
puede discutirse que el poder del Estado debe proteger el interés
nacional.
Las reacciones contra esta peligrosa tendencia civilizadora y
democratizante han dejado su marca en la época contemporánea. Para
quienes desean entender lo que probablemente nos depara el futuro,
es de primordial importancia mirar de cerca a los principios de
larga data que inspiran las decisiones y las acciones del poderoso
en el mundo actual, primordialmente Estados Unidos.
“Excepcionalidad estadounidense”
Pese a que solamente es uno de los tres mayores centros de poder
en economía y, en la mayoría de las otras dimensiones, sobrepasa a
cualquier poder en la historia en su dominio militar, que se está
expandiendo rápidamente, y generalmente puede confiar en el apoyo
del segundo súper poder, Europa, y de Japón, la segunda mayor
economía industrial del mundo.
Hay una clara doctrina en la política exterior de Estados Unidos.
Reina en el periodismo occidental, incluso entre los críticos de
algunas políticas. El tema mayor es la “excepcionalidad
estadounidense”: la tesis de que Estados Unidos es diferente de
otros grandes poderes, pasados y presentes, porque tiene un
“propósito trascendente”: “el establecimiento de la igualdad en la
libertad en América” y, por cierto, en todo el mundo, pues “el
espacio dentro del cual Estados Unidos debe defender y promover sus
propósitos se ha transformado en mundial” (Hans Morgenthau).
Figuras de la más alta inteligencia e integridad moral han
defendido la postura de la “excepcionalidad”. Consideren el clásico
ensayo de John Stuart Mill “A few words on non interventions”,
(“Algunas palabras sobre la no intervención”). Mill planteó la
pregunta sobre si Inglaterra debería intervenir en el feo mundo o
mantenerse en sus propios asuntos y dejar a los bárbaros que
continuasen con sus salvajadas. Su conclusión, matizada y compleja,
fue que Inglaterra debería intervenir, aun cuando por hacer eso iba
a soportar el “oprobio” y abuso de los europeos que “buscarán
motivos viles” porque “no pueden comprender que Inglaterra es una
‘novedad en el mundo’, un poder angelical que no busca nada para sí
y actúa solamente para el beneficio de los otros. Aunque Inglaterra
carga generosamente con el costo de la intervención, comparte con
otros de manera igualitaria los beneficios de su trabajo”.
La “excepcionalidad” parece estar cercana a lo universal. El
principio operativo es copiosamente ilustrado en toda la historia:
la política se ajusta a los ideales expresados únicamente si también
se ajusta a los intereses. El término “intereses” no se refiere a
los intereses de la población de Estados Unidos, sino al “interés
nacional”, a los intereses de las concentraciones de poder que
dominan a la sociedad.
En el artículo “Who influences U.S. foreign policy?” (“¿Quién
influye en la política exterior de Estados Unidos?”), publicado el
año pasado en la revista “American Political Science Review”, los
autores encuentran, de manera para nada sorprendente, que la mayor
influencia es de las “corporaciones de negocios orientadas
internacionalmente”. En contraste, la opinión pública tiene “un
pequeño o ningún efecto significativo en funcionarios del Gobierno”.
Uno buscará en vano evidencias sobre el conocimiento y las
habilidades superiores de quienes tienen la mayor influencia en la
politica, aparte de la de proteger sus propios intereses.
El gran espíritu del poder
Éste extiende mucho más allá de los Estados, hacia cualquier
dominio de la vida, desde el de las familias hasta el de los asuntos
internacionales. Y desde el principio hasta el fin, cada forma de
autoridad y dominación soporta una exigente carga. No se
autolegitima. Y cuando no puede soportar la carga, como es
generalmente el caso, debe ser desmantelada. Este ha sido el tema
que guió a los movimientos anarquistas desde sus orígenes modernos,
adoptando muchos de los principios del liberalismo clásico.
Uno de los más sanos desarrollos recientes de Europa, creo, junto
con los acuerdos federales y la creciente fluidez proporcionada por
la Unión Europea, es la devolución del poder del Estado, con un
renacimiento de las culturas e idiomas tradicionales y un grado de
autonomía regional. Estos desarrollos llevan a algunos a avizorar
una futura Europa de regiones, con la autoridad del Estado
descentralizada.
Encontrar un balance adecuado entre la ciudadanía y el bien
común, por un lado, y la autonomía comunitaria y la variedad
cultural, por el otro, no es un asunto sencillo, y las cuestiones
del control democrático de las instituciones se extienden también a
otras esferas de la vida. Estos problemas necesitan tener prioridad
en la agenda de gente que no adora el brillo del gran espíritu del
poder, a la gente que busca salvar al mundo de las destructivas
fuerzas que actualmente amenazan literalmente la supervivencia y que
creen que una sociedad más civilizada puede existir. LND
(Esta columna ha sido adaptada de una conferencia en
homenaje al escritor palestino Edward Said ofrecida por Noam Chomsky
en mayo en la Universidad Americana de Beirut). (The New York Times
Syndicate)