BRECHA 30 de noviembre de 2001
CULTURA 
 Dos aniversarios

Discépolo y Manzi, poetas del tango

Paco Sánchez

No soy de los que hacen distingos entre música culta y popular, sino de los que creen que la hay buena o mala. De niño pude disfrutar y asomarme a los clásicos, pero parte importante de mi gusto musical se moldeó por aquel período inolvidable del tango que fue la década del 40.

Y como música que se vivió en la niñez, ella estaba ajena a las consideraciones sociológicas. Importaban más las propias armonías sin que pesaran esos otros elementos tan fuertemente desarrollados en su historia: los textos emocionales, sentimentales, de un tono -la mayor parte de las veces- intensamente negativos. Y aunque también los escuchara, los tangos de mi formación no fueron los de la frustración completa, intensa, digna de una pena infinita, que está ahí, golpeando con todo su fatalismo, más en las letras de Enrique Santos Discépolo (1901-1951) que en las nostálgicas e innovadoras de Homero Manzi (1907-1951).

Discépolo, uno de los más grandes poetas de los años treinta, definió al tango como "un pensamiento triste que se baila". Aunque demasiado conocida, me parece, en definitiva, un hallazgo feliz para describir lo que esa música -hasta los años cuarenta- evocaba para ambas orillas del Río de la Plata: la mujer amada, la madre, los amigos, la patria lejana de la que se siente nostalgia. Y nostalgia también de un pasado mejor y la esperanza de encontrar "un pecho fraterno donde morir abrazado". En último análisis, la soledad del inmigrante y del marginado.

Ambos apellidos -tanto el de Discépolo, como el de Manzi, que en realidad era Manzione- delatan la cercanía del inmigrante; y a ambos -desde dos corrientes distintas- les tocó participar en la consagración del tango como una forma socialmente aceptada, que pugnaba por hacerse más respetable y desprenderse de los resabios del arrabal. Hasta ese momento en su lenguaje no se usaban ambigüedades ni anfibologías; en ese sentido la vulgaridad de "Cara sucia" es paradigmática: "Concha sucia/ concha sucia/ concha sucia/ te has venido con la concha sin lavar". En su viaje hasta el centro de la ciudad ese texto debió sufrir cambios sustanciales que lo hicieran casi inocente, tantos como los que se aplicaron, para darle una versificación aceptable, al igualmente anatómico "El choclo", del uruguayo Angel Villoldo.

Y en los años de adolescencia de Discépolo y Manzi el tango vivió una nueva aventura, una especie de epifanía del kitsch, no de lo cursi ínsito en el vocablo sino de la imagen que había vendido Hollywood con el gaucho Rodolfo Valentino, una rosa entre los dientes, la apoteosis del macho. De cualquier manera, ya era una danza urbana popular que había ido perdiendo la vexata quæstio del burdel -y hasta parte de la coreografía que caracterizaba aquel pasado- para bailarse con urbanidad, sin cortes, quebradas, ochos, sentadas, sacadas o firuletes.

Pero esa historia de la que Discépolo y Manzi fueron protagonistas directos es parte de aquella que, tormentosa, caracterizó a Argentina, nación aluvional que en menos de cien años -entre 1850 y 1950- se formó con millones de inmigrantes europeos, un país que estaba en la incesante búsqueda de la propia identidad y, sobre todo, lacerado por las heridas de una convulsionada historia política.

Las expectativas -y aun la confianza- de unas crecientes capas medias se depositaron en el radical Hipólito Yrigoyen, elegido presidente por primera vez en 1916 y luego en 1928. Los grandes temas que preocupaban a las generaciones que estaban en el poder en Argentina y Uruguay eran el progreso de los respectivos países y la incorporación de esas capas medias a la vida política, social, económica y cultural. Dos golpes de Estado, militar el de José Félix Uriburu en Argentina, en 1930, y el del presidente Gabriel Terra en Uruguay, en 1933 -a los que debe verse como una consecuencia del crac de la bolsa neoyorquina de 1929-, significaron el derrumbamiento de los sueños de seguridad de aquellas capas medias.

En Argentina fue el comienzo de un oscuro período conocido como "la década infame". Es curioso que tantos cronistas de la época -y aun historiadores- coincidan en señalar al tango, ninguna otra forma expresiva con tanta gravitación, como canalizadora de los desgarramientos, descontentos y decepciones del porteño medio y aun del de las capas bajas. Y alguno llega a sostener que "sólo un hombre se convierte en cronista y dedo acusador, reflejo de una época y crítico moral: Enrique Santos Discépolo". Para otros, "Discepolín" era un "filósofo oportunista", que "en su famosísimo 'Que vachaché'* lleva a la cúspide la cínica estimativa del bajo Buenos Aires, cantada por la ciudad entera".

Si se atiende al sentido inequívoco de sus textos más desencantados puede considerárselos pesimistas, sin esperanza, hasta obsesivamente marcados por una presencia permanente de Tánatos, pero jamás oportunistas. En todo caso Discépolo presenta al mundo como una "grotesca mascarada"; cualquier intento por cambiarlo es inútil desde el momento en que los valores se han invertido. Y desde ese sesgo fue, qué duda cabe, el intérprete -cínico, sí- de una sociedad que vivía y padecía una de sus peores crisis históricas.

A los 30 años ya estaba definitivamente consagrado como un gran autor; era también actor en obras dirigidas por su hermano, el no menos conocido Armando Discépolo. En una serie de espectáculos presentaba sus tangos; de ellos, debe considerarse a Wonder Bar (1932) como el mejor, así como también El Carrillón de la Merced (en colaboración con Alfredo Le Pera, 1934). Y fue trascendente su vinculación al cine, participando en 11 filmes de los que codirigió o dirigió a ocho.

El populismo justicialista de Juan Domingo Perón, en 1945, barrió con los resabios de la "década infame" y Discépolo adhirió a ese movimiento toda su actitud crítica aunque mantuvo intacta una actitud no exenta de romanticismo. Todavía puedo recordar sus audiciones en la prestigiosa radio El Mundo; charlas para las que creó un personaje al que llamó Mordisquito, caústico como siempre. Murió de un paro cardíaco el 23 de diciembre de 1951.

José Wainer -que fue el primer jefe de la sección cultural de BRECHA- y Juan José Iturriberry -en su libro sobre este género urbano rioplatense- sostienen que la producción de Discépolo "centraliza toda la temática de la letra de tango, la destila e ilustra en una obra compacta y coherente, planeada y cumplida con una obstinación asfixiante. Quintaesencia la imagen del mundo que a los letristas confió la clase media como si se tratara de sus vicarios".

En abril de 1951, pocos días antes de morir -el 3 de mayo, de un cáncer, con apenas 44 años-, Homero Manzi, "el Barbeta", escribió un tango de réquiem para Discépolo -seis años mayor que él- que falleció apenas ocho meses después. Manzi era parte de esa formidable generación que surgió a mediados de la década del 20 y que integraban Enrique Cadícamo, Cátulo Castillo y Alfredo Le Pera.

"Tengo por delante dos caminos, hacerme hombre de letras, o hacer letras para los hombres", le dijo Manzi a su amigo y condiscípulo Arturo Jauretche. Eligió el segundo y fue la última gran voz poética del tango, el poeta por excelencia de milongas, valses e inolvidables tangos que, a diferencia del desencanto y escepticismo de Discépolo, rebosan intimismo pleno de nostalgia "por el arcádico mundo del barrio y la juventud" (según Meri Franco-Lao).

Estudiante de derecho, profesor de lengua española y literatura, entusiasta militante de la Unión Cívica Radical y partidario del presidente Hipólito Yrigoyen, resistió el golpe de Estado de setiembre de 1930 y encabezó la ocupación de la Facultad de Derecho. Fue uno de los fundadores de la Fuerza de Orientación Radical de la Joven Argentina (forja), y en una conferencia para explicarla dijo: "(…) Soñamos al radicalismo no como un partido más (…) sino como un levantamiento total de la conciencia histórica argentina. (…) Se es radical hoy como se pudo haber sido reconquistador en 1807, libertador en 1810, (…) montonero en 1830, confederacionista en 1855, revolucionario en 1890, yrigoyenista en 1916".

Horacio Arturo Ferrer caracteriza a Manzi dentro de una corriente -de las tres que, hacia 1935, identifica entre los letristas de tango- en la que incluye a José González Castillo, Francisco García Jiménez, Fernán Silva Valdés, Enrique Cadícamo, Alfredo Le Pera y algunos más. Eran los suyos, dice, textos en los que se advertía "una cierta influencia de la poesía 'culta'". Y los de Manzi tuvieron tres vertientes: elementos de Federico García Lorca en la estructura del verso; la modalidad nostálgica y afectiva con que Evaristo Carriego vio y sintió a la ciudad, su paisaje y sus gentes, así como "el linaje tanguero de González Castillo".

A partir de esos tres creadores, "con gran talento, Manzi -hombre de poesía sencilla, accesible y de calidad- renovó la letra del tango por lo más hondo, promoviendo un repertorio que conmovió a la vez que capacitó al público". Más de sesenta tangos -entre ellos los inolvidables "Sur", "Malena", "Mañana zarpa un barco", "Barrio de tango", "Una lágrima tuya", "El último organito", "Ninguna", "Che bandoneón"- en los que tuvo la colaboración de grandes músicos, entre otros Sebastián Piana, Aníbal Troilo, Lucio Demare, Alfredo Malerba, Pedro Maffia, Hugo Gutiérrez, Charlo, Osvaldo Fresedo, Arturo de Bassi, Raúl Fernández Siro, Pedro Laurenz y Cátulo Castillo. Tangos, milongas, valses y canciones de real valía con los que obtuvo una fama merecida y cuya permanencia corrobora la influencia de Manzi en la historia de esta música de dos orillas. n

* Tango de 1926; letra y música son de Discépolo. Entre otras cosas dice: "Lo que hace falta es empacar mucha moneda,/ vender el alma, rifar el corazón,/ tirar la poca decencia que te queda…/ Plata, plata, plata… plata otra vez…/ Así es posible que morfés todos los días,/ tendrás amigos, casa, nombre y lo que quieras vos./ El verdadero amor se ahogó en la sopa:/ la panza es reina, el dinero Dios". Con "Cambalache", de 1935, deben considerarse epítomes de la visión de la vida de este músico.


 
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