Gustavo Espinoza M. Gustavo Espinoza M. - rodelu.net
20 de noviembre de 2007

Perú

La verdad, y el Perú de hoy

Aquello de que "sólo la verdad os hará libres", es un precepto bíblico que fue convertido en bandera por Carlos Marx y también por José Martí, el autor intelectual de El Moncada y prócer epónimo de la independencia de su pueblo. A partir de allí, la verdad se tornó en herramienta inseparable de los revolucionarios y adquirió nuevas dimensiones en la lucha de los pueblos. Y es que, en efecto, la reacción de todos los países nunca la miró con buenos ojos. Y usó más bien en su provecho y beneficio a su antípoda más definida: la mentira.

Gustavo Espinoza M.
Srio. General de la Asociación Amigos de Mariátegui (Casa Mariátegui)
y miembro del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera

Así es, efecto. Una sociedad que se yergue sobre la explotación humana no puede estar basada en la verdad. Será construida inexorablemente sobre los cimientos de la mentira porque alienta la desigualdad. La discriminación, el caos, el desorden, la opresión social, la represión y la muerte.

A partir de esta constatación se ha deducido, no sin razón, que la verdad es revolucionaria. Y que la mentira sirve más bien los finos oprobiosos de los explotadores en todos los confines del planeta. Y eso, se ha convertido hoy en una suerte de verdad de Perogrullo.

Decimos esto porque es bueno que se diga finalmente la verdad en torno al supuesto “renacimiento del terrorismo" en el Perú, que se alumbra a la luz de dos escuálidos candiles.

Los sucesos de Occobamba en los primeros días de noviembre, y los hechos ocurridos en la quebrada de Querques, en el distrito de Tintaypunco en la provincia de Tayacaja a mediados de noviembre han servido para una nueva carga de la reacción, empeñada en reeditar en el Perú, a como de lugar, los años de violencia que sirvieron de caldo de cultivo a la guerra sucia y al fujimorismo en todas sus expresiones de horror y desvergüenza.

Otra vez la opinión publica ha sido acosada por la misma monserga: “volvió el terrorismo", “sendero al ataque", “la subversión acecha" dicen a grandes voces Keiko Fujimori y Rafael Rey, Carlos Raffo y Aldo Mariátegui. Y demandan -cómo no- el inmediato “uso de las armas" para defender lo que consideran en "inminente peligro": la estabilidad política del país.

¿A quién le conviene realmente que se hable del resurgimiento del terrorismo en el Perú? Sin duda, en primer lugar al gobierno, que podrá hacer uso de los recursos de la Ley y del aparato represivo del Estado para "ajustar cuentas" con sus críticos. Pero también a la derecha más reaccionaria, que tendrá la libertad de adjudicar el descontento social a la acción subversiva y culpar a los trabajadores de todas sus desdichas, a la par que les niega salarios y condiciones de trabajo elementalmente decentes. Y además, a la administración norteamericana que, de paso, podrá vender la idea de que la subversión no es un asunto peruano, sino continental, y que - ellos dicen- viene de Cuba, se alimenta con el verbo inflamado de Hugo Chávez, las ideas extraviadas de Evo Morales, la demagogia de Rafael Correa, y el mal ejemplo Sandinista. Un deber de la democracia será entonces hacerle frente. Y con las armas en la mano, sin duda.

¿Qué se busca con esta patraña? Simplemente polarizar la sociedad. Dividirla en dos de manera nítida y clara, para que a un lado se sitúen "los defensores de la democracia" y al otro "los terroristas". Si hipotéticamente lo lograran, podrían, de paso, borrar también de un solo plumazo a las capas intermedias, a las que detestan por su indefinición y porque ella las lleva a no ponerse de furgón de cola de los designios de la reafición. Esa polarización ya se impuso en América Latina en las últimas décadas del siglo pasado. Y a la sombra de ella se convirtió a la región en una gigantesca cámara de tortura cuando no en la tumba clandestina de centenares de miles de personas. No hay que olvidare, en efecto que incluso las dictaduras más perversas de la región -Pinochet, Videla, Alvarez, Stroessner, García Meza, Fujimori o los militares brasileños- se presentaron como defensoras del modelo occidental y cristiano, y protectoras de los sagrados valores de la patria, la democracia, la familia y el hogar. Y en nombre de ellos fomentaron el odio, mataron a mansalva y robaron a manos llenas en todos los países. Las más grandes fortunas actualmente existentes en la región, surgieron -podría decirse parafraseando a Marx- envueltas en lodo y sangre de los latinoamericanos.

¿Y por qué se recurre a esta mentira, por lo menos en el Perú de hoy? No nos engañemos. No es por miedo a la inestabilidad política ni a los riesgos que corre la democracia. Es por el miedo que les genera la convulsión social que asoma cada día en nuestro suelo.

La derecha teme como Satanás al agua bendita, que finalmente la Izquierda en el Perú -a la que llama "senderista", o " pro senderista"- se una, porque sabe perfectamente que dividida no vale una piltrafa; que el humanismo se convierta en la fuerza alternativa de la sociedad peruana, porque ya no tendría ante ella un "mal menor" al que pudiese recurrir; que Ollanta -o cualquier otro, en definitiva- asomen como única carta real del movimiento popular y puedan amagar con fuerza en la perspectiva; que esa victoria permita surgir en nuestro país un esquema en alguna medida similar al que ocurre hoy en otros pueblos de la región en los que se afirma un espíritu solidario de corte antiimperialista. La reacción se espanta ante la sola posibilidad de que retorne al escenario social la imagen de Velasco Alvarado llevada en hombros por las poblaciones marginadas y discriminadas que sienten el peso agobiante de la explotación y la miseria.

Les urge, entonces, satanizar la lucha popular, aterrorizar a las capas medias de la sociedad, y crear las condiciones para golpear con fuerza a sus adversarios de siempre, los que cuestionan el dominio del capital. Se valen, para este efecto, de los medios de comunicación que, básicamente y a una sola voz, repiten las sandeces que prepara la derecha en este terreno. Para esos medios -como dice El Eclesiastés- "si el rico habla, todos le aplauden, aunque diga necedades la dan la razón. Pero si el pobre habla, le insultarán; hablará con discreción y nadie lo reconocerá".

Es tiempo, entonces, que se ponga cada cosa en su lugar. Las "acciones terroristas" ocurridas recientemente no pueden achacarse al renacimiento de Sendero Luminoso ni nada que se le parezca. En el pasado, Sendero Luminoso fue apenas un membrete que sirvió para que se le adjudicaran todos los crímenes cometidos por el estado Terrorista. Hoy, incuso es menos que eso porque ese estado ha perdido consistencia y credibilidad.

Las autoridades saben perfectamente que los sucesos de Occobamba o Tayacaja no pueden atribuirse a ninguna "organización subversiva". Por su naturaleza, preparación, modalidad, armas de uso y mecanismos de ejecución- fueron obra de soldados -o ex soldados", como púdicamente se les suele llamar, o "ex policías", encargados de nutrir las fauces del terror que se alimenta.; o de bandas de narco traficantes que operan en la región no precisamente en contacto con "organizaciones subversivas", sino con enlaces directos con la cúpula del Poder. No hay que olvidar, por ejemplo, que recientemente un parlamentario del Parido Popular Cristiano -el PPC- aseguró que elementos del narco tráfico asesoran a ministros y altos dignatarios del estado. Y eso, no ocurre sólo en el Perú. También en Colombia y en otros países en los que las gentes empeñadas en hacer fortuna saben que para tal efecto, deben fundir en un sòlo haz la actividad delictiva con los resortes del Poder.

Ahí radica el secreto de los Carteles de la droga, de los nuevos ricos, de los Pablo escobar sin emoción social, o de los Fernando Cevallos transitoriamente caído en desgracia después de haber gozado de la protección del Estado durante décadas.

Por eso resulta indispensable que cada uno de os hechos que se denuncian como "actividad terrorista", sean realmente investigados. A la menos indagación saltará la liebre. Y se sabrá, en efecto, que, detrás de cada uno de ellos están uniformados de uno u otro signo y servicios ligados a la estructura del Poder.

Porque lo sabe la reacción, no ha investigado nunca nada. Ha dejado pasar el tiempo, para asegurar que la gente se olvide. Pero se ha cuidado -eso si- de proclamar hasta la saciedad la frase consabida: el "renacimiento del terrorismo" para doblegar a tímidos y asustar a incautos. Y es que, en el fondo, esa es la mejor manera de polarizar la sociedad.

No caer en el juego, no admitir como válidas las premisas de la derecha, ni situar el debate en los términos que ellos quieren, hé ahí la mejor manera de enfrentar esa patraña.

17 de noviembre de 2007


Gustavo Espinoza M.
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