Gustavo Espinoza M. - rodelu.net |
28 de febrero de 2008
|
El mito de la “guerra interna” y el juicio a Fujimori
Los medios de prensa al servicio del capital y los políticos de la
clase dominante, que se ocupan ahora del juicio a Fujimori y
de los temas de la violencia, suelen hablar acerca de la "Guerra
Interna" cuando aluden a fenómenos que ocurren en el interior
de un país, o a hechos a los que buscan atribuirles una
connotación especial, como el ascenso de la protesta social o el
incremento de la resistencia de los trabajadores y el pueblo a la
política oficial.
Gustavo Espinoza M.
Srio. General de la Asociación Amigos de Mariátegui (Casa Mariátegui) y miembro
del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera
Se refieren en el fondo a la lucha por preservar un determinado
"orden social", o enfrentar asuntos que algunas veces escapan
a su control, o van más allá de sus reales posibilidades
operativas, como "el terrorismo", o el narcotráfico.
Pero hablar de este modo es desvirtuar la definición misma de
la Guerra Interna, considerada por el Derecho Internacional
como un acontecimiento excepcional en el que surgen dos
frentes regulares, a veces -incluso- dos gobiernos
contrapuestos que luchan entre sí en el territorio de un mismo
país. Formalmente, entonces, la Guerra Interna admite la
existencia de frentes formales y hasta de ejércitos -o facciones
de los mismos- que se disputan un control territorial en el
marco de una contienda por la conducción del Estado.
Ocurre en algunos casos que asoman en el escenario político
dos caudillos, que se proclaman mandatarios de un país, y
que libran entre ellos una confrontación incluso armada por
ejercer su dominio sobre el territorio.
En estos casos, estamos ante el sentido verdadero de la
expresión "Guerra Interna".
En algunas etapas casi remotas de nuestra historia, tuvimos en
el Perú esa experiencia, cuando los años del Primer Militarismo
después de la Independencia, o en los años de la
Confederación Perú-Boliviana, o cuando Ramón Castilla y el
General José Ignacio de Vivanco se disputaban el Poder
central. Incluso en los años posteriores a la Guerra del Pacífico,
cuando los enfrentamientos entre Cáceres y Piérola. Pero fue
ésa, una etapa superada en nuestra historia.
Sin embargo, en los últimos años en el escenario
latinoamericano han existido en determinados países
acontecimientos que podrían ser clásicamente considerados
como expresiones de "guerra interna". Sucedió, por ejemplo, en
El Salvador, cuando diversos grupos armados crearon un
movimiento de alcance nacional -El Farabundo Martí para la
Liberación Nacional- y enfrentaron con las arnas al gobierno
nacional. También puede hablarse de "guerra interna"
aludiendo a un fenómeno anterior -el colombiano- donde un
ejército regular -que responde al poder del Estado- se enfrenta
a un ejército popular organizado, que son las FARC, y al que
no puede vencer no obstante una guerra que lleva más de
cinco décadas.
Pero ocurre de una manera muy frecuente que, desvirtuando el
sentido del fenómeno, se atribuye este concepto a la
agudización de las contradicciones de clase que se presentan
en la sociedad de nuestro tiempo. En esa circunstancia, para
aplastar la resistencia obrera y popular, el Poder del Estado
suele levantar la monserga aquella de "la guerra interna". Con
tal propósito, atribuye al pueblo comportamientos que no tiene,
y eleva sus luchas a nivel de una contradicción armada,
solamente con la idea de aplastarla con mayor prontitud y
violencia. Recurre, entonces a teorizar en torno a esta majadera
versión, dándole el carácter de una lucha "anti subversiva".
Gracias a tal procedimiento, la "guerra interna" queda
convertida en el método de la clase dominante orientado a
perpetuar su dominio y favorecer, por esa vía, los designios del
Gran Capital.
En otras palabras, la "guerra interna" asoma como el
procedimiento del que se valen los poderosos para evitar el
hundimiento del sistema de dominación vigente, como ocurre
en diversos países en el mundo contemporáneo.
Es gracias a este mecanismo que la mal llamada "guerra
interna" se libra en el interior de cada país no entre dos fuerzas
equivalentes que disputan el Poder, sino entre el capital
financiero, que pugna por perpetuar su dominio, y los pueblos
que luchan por liberarse, o incluso sólo por mejorar sus
condiciones de vida y de trabajo aún dentro del sistema de
dominación capitalista. Parte de esa "guerra" vienen a ser así
las huelgas obreras, las protestas regionales y las
movilizaciones sociales a las que se reprime brutalmente con
una dolorosa secuela de destrucción y muerte.
Los gobierno que asi proceden, se justifican aludiendo que
"luchan contra la subversión", es decir, que hacen una "guerra
interna" contra los que quieren cambiar las cosas en provecho
de las grandes mayorías.
Si damos una mirada a la historia, recordamos que la distorsión
a la que aludimos, no es nueva. El búlgaro Stambolov que
gobernara su país en la última década del siglo XIX fue el
precursor de los diversos métodos de exterminio, típico de la
así llamada guerra interna. Continuadores en esa política
fueron Alexander Tzhankov, Primer Ministro de Bulgaria en los
años del fascismo y luego del golpe de estado que derrocara al
gobierno de la Unión Agraria Búlgara, y su ministro de Guerra,
el siniestro general Valkov, gestor de las "operaciones
secretas", que hoy los peruanos conocemos "en vivo y en
directo" trasmitidas por la televisión en el marco del juicio a
Fujimori y su escuadrón de muerte.
Fueron ellos los impulsores de una idea que luego se extendió
por diversos países. En el país balcánico se decía: "no es
posible matar a la mitad de Bulgaria. No se podría hacerlo
sin dejar huella. Hay que acabar con los que piensan, con
los inteligentes, con los audaces, con los que se
atreven...". Y así fueron 30 mil búlgaros asesinados
estableciéndose por primera vez en el mundo el concepto de
"detenido-desaparecido" que se hizo tan común en nuestro
continente en los años de la Operación Cóndor, y que conoció
la variante peruana en el periodo de la violencia, que dejara
una secuela de 70,000 personas, entre muertas y
desaparecidas.
Si se tratara de ubicar antecedentes de este proceso de
violencia que remece las bases mismas de la sociedad
peruana, podríamos encontrarlos fácilmente en el escenario
internacional: el asesinato de Matteotti, por parte de los grupos
fascistas italianos en 1924; pero también en el caso de Antonio
Gramsci, encarcelado y condenado según los requerimientos
del régimen italiano de Mussolini que, con absoluto descaro,
sostuvo: "hay que impedir que este cerebro piense, por lo
menos veinte años".
¿Cuáles son los rasgos de esta "guerra interna" en nuestro
tiempo? Básicamente cinco: se trata de una guerra no oficial,
no declarada; de una guerra no convencional; de una guerra en
la que nos se pueden dejar ni huellas, ni rastros; de una guerra
contra el pueblo; y de una guerra que no conoce fronteras.
Realmente la organiza el Estado, porque no puede librarse a
sus espaldas, o sin su participación. Pero lo hace de manera de
no dejar huellas visibles de su accionar. Sólo la investigación
minuciosa de los hechos podría, después, hacer luz acerca de
la autoría de determinados crímenes y dejar pistas que
conducirán a los responsables verdaderos de la acción.
Es sabido que para llevar a la práctica una "guerra" de esta
naturaleza, se requieren diversos elementos: presupuestos
especiales, información, vitualla, armamento, vehículos, centros
clandestinos de reclusión e incluso aparatos especiales de
tortura. Pero, sobre todo, Impunidad.
En su libro "Muerte en el Pentagonito", el periodista Rcardo
Uceda describe de manera detallada los mecanismos de
impunidad que puso en marcha el estado Terrorista en los años
de Fujimori para aseg8rar la impunidad de los integrantes del
Grupo Colina y otros destacamentos operativos entonces
vigentes: Doble documentación personal, presupuestos
especiales, falsas identidades, nombramientos en el exterior,
procesos amañados y hasta una ley de "amnistía" o "indultos"
fueron manejados en la coyuntura por los artífices de la
violencia en el periodo.
Y es que, en efecto, los Estados deben asegurarles absoluta
discreción y protección a los actores de una guerra de este
tipo, para que sus crímenes no se conozcan. Y, si ello ocurriera,
garantizarles que no caerá sobre ellos sanción ni
responsabilidad alguna. Y que, en el extremo, ellos serán
beneficiados por procedimientos formales porque el Estado "no
puede castigar a los suyos"
Para que la población no haga finalmente resistencia a esos
procedimientos, los medios de prensa se encargarán, en su
momento, de atribuir a los grupos operativos que cumplen tales
funciones, un fin altruista: "defendieron la democracia",
"combatieron al terrorismo", "nos salvaron de la barbarie", dirán
como un modo de justificar acciones punibles.
Los teóricos de esta guerra ya se tomaron la libertad de
fundamentarla arguyendo que su propósito era "la
destrucción física de las organizaciones mediante la
eliminación individual de sus miembros", tal como lo
disponía la "orden de batalla" dictada por la Junta Militar
argentina al tomar el control del país el 24 de marzo de 1976.
En esa línea el general Iberico Saint Jean buscó que despejar
dudas respecto a la orientación final de la masacre: "primero
mataremos a todos los subversivos; luego mataremos a
todos sus colaboradores; luego a sus simpatizantes; luego
a quienes permanezcan indiferentes y, por último,
mataremos a los indecisos". Pero dirán, por cierto que
actuaron por "salvar el orden" y "librar a la sociedad, del caos"
Las versiones que casi cotidianamente nos brindan ahora los
integrantes del Grupo Colina, que operaron aquí en la última
década del siglo pasado, se inscriben en esa orientación
macabra.
Fueron la expresión escrupulosa, fría y peruana de "la guerra
interna". Pero no fue "Colina", el único Grupo Operativo
encargado de aplicar esa modalidad operativa. Antes funcionó
el Comando "Rodrigo Franco", y después varios otros, como el
Grupo Escorpio, o el Grupo Júpiter. Todos ellos estuvieron
digitados por una misma mano y tuvieron como tarea un mismo
propósito: aniquilar -es decir, destruir físicamente- todo vestigio
de resistencia a sus políticas.
La expresión "Guerra Interna", en ese marco, no resulta sino
una frase que encubre una política de crimen y exterminio
Lima, 23 de febrero del 2008
Gustavo Espinoza M.
gustavoe@terra.com.pe
http://nuestra-bandera.com
|