Gustavo Espinoza M. Gustavo Espinoza M.
4 de mayo de 2008

Javier Heraud, el, poeta guerrillero

Perú

Javier Heraud
de nuevo en Lima

Javier Heraud, el, poeta guerrillero muerto el 15 de mayo de 1963 en las aguas del río Madre de Dios, volvió, a reposar en un cementerio capitalino luego de 45 años de yacer en la selva, “entre pájaros y árboles”, como premonitoriamente lo advirtiera en su obra literaria.

Gustavo Espinoza M.
Srio. General de la Asociación Amigos de Mariátegui (Casa Mariátegui) y miembro del Colectivo de Dirección de Nuestra Bandera

Javier Heraud Pérez, que naciera en Lima el 19 de enero de 1942, retornó por expresa voluntad de su madre y hermanas después de un largo periodo de ausencia en el que su cuerpo permaneció en una simbólica y humilde tumba, que muchos visitamos, en las selvas de uno de los departamentos más deprimidos de la selva peruana, en Puerto Maldonado.

Estudiante de un colegio religioso -el Markham- y luego de la Universidad Católica, fue una figura excepcional en la vida peruana. A los 18 años ya era profesor de inglés en un colegio del Estado, y escribía versos con una facilidad asombrosa, y una dulzura contagiante.

Influido por la Revolución Cubana, se orientó muy pronto, y resueltamente, a la lucha por el socialismo. Eso, lo hizo participar entusiasta en diversas tareas de solidaridad internacionalista y viajar al Festival Mundial de la Juventud Democrática celebrado en Moscú en 1961. Una foto suya en la Plaza Roja, ante la tumba de Lenin, fue uno de los testimonios vivos de su identificación con la causa de los pueblos.

En abril de 1962, con casi un centenar de estudiantes peruanos, enrumbó a Cuba con la idea de estudiar cinematografía, pero en la capital de la Revolución Latinoamericana optó por cambiar el rumbo de su vida. Se preparó para acciones de otro orden y se incorporó a las filas del Ejército de Liberación Nacional -ELN- que en ese entonces había resuelto iniciar la lucha armada en esta parte del continente.

La experiencia guerrillera de Javier, fue breve. Y concluyó trágicamente el 15 de mayo de 1963, cuando fue abatido mientras se desplazaba en una canoa por las pacíficas aguas del río que atravesaba la ciudad. En esa circunstancia, como pudo demostrarse, se consumó un crimen que no tuvo justificación alguna.

Javier y un pequeño contingente de sus compañeros había llegado a la zona con ingenua inocencia y buscaba un lugar donde tomar sus alimentos, cuando fue detectado y denunciado como “guerrillero”, y acosado y perseguido. Procuró refugio en la selva y, tratando de eludir a sus perseguidores, subió a un pequeño bote con el propósito de llegar a la orilla opuesta y ponerse a salvo.

Azuzados por elementos ligados a la policía, hubo quienes buscaron capturarlo a cualquier precio y, para ese efecto, hicieron uso de armas de fuego, muy comunes en la zona. El cuerpo de Javier, registró 29 orificios de bala, varios de ellos de necesidad mortal. Ellos, acabaron con su vida, pero abrieron paso a una leyenda.

Estábamos en la Ciudad Universitaria de San Marcos cuando supimos de la muerte de Javier. La noticia corrió como un reguero de pólvora por las diversas aulas de la Facultad de Letras. Un centenar de jóvenes conmovidos, nos desplazamos a la avenida Venezuela -la más cercana- para expresar nuestra dolida protesta por este crimen alevoso.

El Perú vivía en ese entonces, una etapa difícil. Como lo dijera Martin Adan cuando en octubre de 1948 el general Odría derrocara violentamente al régimen constitucional de Bustamante y Rivero, el país “había vuelto a la normalidad”. Nos gobernaba, en efecto, una Junta Militar que cuatro meses antes había desatado una gigantesca “redada” que puso tras las rejas a casi dos mil peruanos.

Entre los detenidos entonces, estaban los dos más importantes dirigentes estudiantiles de la época, Walter Palacios - Presidente de la Federación de Estudiantes del Perú- y Juan Alberto Campos Lama, Presidente de a Federación Universitaria de San Marcos.

La detención de los dirigentes estudiantiles y el clima de intimidación impuesto en ese entonces contra todo el país, paralizó otras expresiones de repudio a este crimen, pero no nos arredró: un acto simbólico de gran trascendencia tuvo lugar poco después en un abarrotado Salón General de la Casona de San Marcos, en el Parque Universitario, en el que las sentidas palabras del destacado poeta y profesor universitario Washington Delgado, conmovieron a todos.

Muchos homenajes se rindieron en años sucesivos a Javier Heraud. En su memoria, surgieron Asentamientos Humanos y Pueblos Jóvenes; con su nombre, asomaron promociones escolares y universitarias; fueron denominadas para perennizar su recuerdo, instituciones de cultura y círculos literarios que cogieron la misma identidad.

Con el tiempo, Javier Heraud se convirtió en el símbolo de la pureza revolucionaria, de la dignidad convertida en entrega, del coraje envuelto en bandera.

Nunca, sin embargo, pudo realmente hacer un homenaje como el que mereciera el poeta y que tendrá lugar, sin duda, cuando se levante una patria nueva en nuestro suelo.

La obra literaria de Javier Heraud fue reconocida en su tiempo. En 1960 ganó el premio de “Poeta Joven del Perú”, entonces vigente. Y es que, como lo dijeran los críticos “no obstante su melancólica dulzura y su tono a veces elegiaco y premonitorio, su palabra destila vitalidad, optimismo y fe en la vida”.

En su memoria, podemos recordar sus versos:

“en el dulce
clamor de la luz pura
abro mis ojos entre la
noche muerta
entre la tierna
esperanza de
quedar vivo un
día más
un nuevo día
para
abrir los
ojos ante la
luz eterna…”
.

Y sí, claro, la luz eterna alumbrará el derrotero que trazara con su sangre este valeroso poeta guerrillero que vive siempre entre nosotros.

Lima, 3 de mayo del 2008


Gustavo Espinoza M.
gustavoe@terra.com.pe
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