Robert Fisk - rodelu.net |
25 de julio de 2006
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La
Jornada de México - 10 de diciembre de 2001
El reportero de The Independent
narra el ataque del que fue víctima cerca de Pakistán
Siempre sostendré que la furia de los afganos en mi contra estuvo justificada
La brutalidad de los agresores, culpa de quienes los armaron en su lucha contra los rusos
Robert
Fisk The Independent
Ellos
comenzaron a estrechar manos. Dijimos: salaam aleikmun
(paz para ti). De repente, las primeras piedritas pasaron
frente a mi cara. Un niño pequeño trató de agarrar mi morral.
Más adelante, alguien me golpeó por la espalda y hombres
jóvenes rompieron mis lentes y comenzaron a aventarme piedras
hacia cara y cabeza.
No pude
ver porque la sangre comenzó a escurrir por mi frente y a
nublar mi vista. En ese momento entendí. No podía culparlos
por lo que estaban haciendo, de hecho, si yo fuera un
refugiado afgano en el campamento de Kila Abdullah, cerca de
la frontera con Pakistán, le hubiera hecho lo mismo a Robert
Fisk, o a cualquier otro occidental que hubiera
encontrado.
Entonces,
¿por qué escribir sobre mis minutos de terror y mi repugnancia
cerca de la frontera afgana, sangrando y llorando como un
animal, cuando cientos -seamos francos, yo diría miles- de
inocentes mueren bajo los bombardeos en Afganistán, y cuando
la guerra de las civilizaciones se acrecienta y mutila
a los pashtunes de Kandahar y destruye sus hogares porque
"Dios debe trinfar sobre el mal"?
Algunos
de los afganos de este pequeño campamento han estado aquí por
más de cuatro años, otros han llegado (en las últimas dos
semanas). De seguro fue un mal lugar para que un automóvil se
descompusiera, un mal momento, sólo antes de que terminara el
Iftar, el final del ayuno diario en el mes sagrado del
Ramadán.
Pero lo
que nos pasó fue la muestra del odio y la furia e hipocresía
de esta asquerosa guerra, un creciente grupo de hombres,
jóvenes y viejos afganos indigentes, que vieron extranjeros
-enemigos- en medio de ellos, y que trataron de destruirlos,
al menos a uno de ellos.
Muchos de
estos afganos, como sabemos, estaban indignados por lo que
vieron en televisión sobre la masacre en la prisión-fortaleza
de Mazar-e-Sharif, cuando los reos fueron asesinados con sus
manos atadas a la espalda.
Un
refugiado después le dijo a uno de nuestros conductores que
ellos habían visto el video donde aparecen los oficiales de la
CIA, "Mike" y "Dave", amenazando de muerte a un
prisionero que se encontraba de rodillas frente a ellos. Estas
personas son alnalfabetas -dudo que muchos sepan leer-, pero
no es necesario que lo sean para responder por la muerte de
sus seres queridos por las bombas del los B-52.
En ese
instante, un adolescente volteó gritando hacia mi conductor y
le preguntó con toda sinceridad: "¿Ese es el señor Bush?".
Debieron ser como las 4:30 de la tarde cuando llegamos a Kila
Abdulla, una carretera entre la ciudad paquistaní de Quetta y
la fronteriza ciudad de Chamman; Amanullah, nuestro conductor;
Fayyaz Ahmed, nuestro traductor; Justin Huggler, del periódico
The Independent, quien recién cubrió la masacre en
Mazar-e-Shariff y yo.
Lo
primero que supimos fue que algo malo estaba pasando cuando el
auto se detuvo en medio de la estrecha y poblada calle. El
vapor salía desde el cofre de nuestro jeep, y se
escuchaba el ruido de las bocinas, mientras desde autobuses y
carretillas protestaban porque obstaculizábamos el
camino.
Salimos
del coche y lo colocamos al lado del camino. Le murmuré a
Justin que este era "un mal lugar para que el auto se
descompusiera". Kila Abdulla era el hogar de miles de
refugiados afganos, las pobres y hacinadas masas que la guerra
ha producido en Pakistán.
Amanullah
salió a buscar otro automóvil -hay sólo una cosa peor que una
multitud de hombres irritados después del anochecer- y Justin
y yo sonreímos a la, en primera instancia, amigable multitud
que ya se había reunido alrededor de nuestro automóvil
humeante.
Estreché
varias manos -es más, debí haber pensado en el Sr. Bush-, y en
muchos "Salam Aleikums". Sabía qué podía pasar si la multitud
dejaba de sonreir. La multitud comenzó a crecer y le sugerí a
Justin que nos alejáramos del jeep, y camináramos en el
campo abierto. Un niño apretó su dedo duramente contra mi
muñeca y me dije a mí mismo que eso era un accidente, un
momento infantil de desprecio.
En ese
momento varias piedritas golpearon mi cabeza y rebotaron en el
hombro de Justin,
quien se volteó y sus ojos hablaron por sí mismos. Por favor,
pensé, es sólo una broma, entonces otro niño intentó de nuevo
arrebatarme mi morral, que contenía mi pasaporte, tarjetas de
crédito, dinero, mi diario, mi libro de contactos y mi
teléfono celular.
Yo jalé
el morral y puse el cordón alrededor de mi hombro. Justin y yo
cruzamos el camino y alguien me golpeó por la espalda.
¿Cómo
caminar fuera de un sueño, cuando los personajes de repente se
vuelven hostiles? Vi que uno de los hombres a quien le
sonreímos y estrechamos la mano, no sonreía más.
Varios de
los niños continuaban riendo, pero sus sonrisas se
transformaron en algo más. El respetado extranjero -el hombre
que había sido todo salam aleikum hacía unos minutos-
estaba perturbado, asustado en ese camino.
Occidente
estaba siendo minimizado. Justin era golpeado por todos lados
y en medio del camino vimos a un camionero que nos invitaba a
ir con él. Fayyaz, estaba aún en el carro, incapaz de entender
por qué nos habíamos alejado, no nos podía ver más. Justin
alcanzó el autobús y se subió. Mientras ponía el pie en el
tercer escalón, tres hombres sujetaron la cuerda de mi morral
y yo la jalé. La mano de Justin salió. "Sujétame", me gritó, y
lo hice.
En ese
instante fue cuando la primera piedra se estrelló en mi
cabeza. Casi me sentí caer por el golpe, mis oídos retumbaban
por el impacto. Esperaba esto, aunque no tan doloroso o
fuerte. No tan inmediato. Este mensaje fue terrible. Alguien
me odiaba lo suficiente para herirme. Entonces hubo más
golpes, uno en la parte trasera de mi hombro, un poderoso
puñetazo que me hizo estrellarme contra el lado del autobús
mientras sujetaba la mano de Justin. Los pasajeros nos
observaban, pero no hicieron nada. Ninguno quiso
ayudarnos.
Lloré:
"ayúdame Justin", y él, que hacía más de lo que pudo hacer
cualquiera para no dejarme caer, dándome un apretón de mano,
me dijo -en medio de los gritos de la multitud- qué quieres
que haga. Entonces comprendí. Sólo pude escucharlo. Sí, ellos
estaban gritando. ¿Escuché la palabra kaffir-infiel?
Tal vez yo estaba equivocado. Fue entonces cuando fui separado
de Justin.
Había dos
heridas más en mi cabeza, una en cada lado y por alguna
extraña razón, parte de mis recuerdos -alguna herida en mi
cerebro- registrado en un momento en la escuela, en la
primaria llamada Cedars en Maidstone hace más de 50 años,
cuando un niño alto construía castillos de arena en el patio y
me pegó en la cabeza. Tuve el recuerdo de cuando me sonaba
como si tuviera afectada la nariz. El siguiente golpe vino de
un hombre al que vi cargando una gran piedra en su mano
derecha. La aventó contra mi frente con tremenda fuerza, y un
líquido caliente comenzó a brotar y a descender por mi cara,
labios y barbilla. Fui pateado en la espalda, en las
espinillas y en mi muslo derecho.
Otro
adolescente tratataba de arrebatarme mi morral aún, y yo me
aferraba a la correa. Observando, de repente entendí que
deberieron haber estado frente a mí 60 hombres gritándome.
Extrañamente no fue miedo lo que sentí, fue un tipo de
asombro. Entonces sucedió. Supe cómo responder. O yo entendí
en mi estado aturdido, tengo que morir.
Lo único
que me sorprendió no fue mi propio sentido físico del colapso,
fue mi creciente conciencia de aquel líquido que me cubría.
Nunca pensé haber visto tanta sangre antes. Por un segundo
tuve una visión de lago terrible. Una cara de pesadilla -la
mía- reflejada en la ventana del autobús, llena de sangre, mis
manos empapadas en el hartazgo como Lady Mcbeth, salpicada mi
chaqueta y el cuello de mi camiseta hasta mi espalda. Estaba
húmedo y mi morral goteaba, unas vagas gotas enrojecidas de
pronto aparecieron en mis pantalones. Mientras más sangraba,
la multitud se reunía para golpearme a puñetazos. Pequeñas
piedras comenzaron a rebotarme en cabeza y hombros. Cuánto
tiempo podría seguir esto, comencé a preguntarme. Mi cabeza
fue golpeada por piedras en ambos lados al mismo tiempo -no
eran lanzadas, sino que con piedras en ambas manos un hombre
corpulento intentaba golpearme el cráneo. Entonces un puño me
golpeó en la cara destrozando mis lentes sobre la nariz, y
otra mano agarró mis lentes de repuesto y puso la cuerda de
los mismos alrededor de mi cuello.
Supuse en
ese punto que tenía que agradecer a Líbano. Durante 25 años,
cubrí las guerra de Líbano y los libaneses me ensañaron una y
y otra vez, cómo permanecer vivo: tomar una decisión
-cualquier decisión- pero no hacer nada.
Entonces
le arrebaté al joven el morral de las manos. El se fue para
atrás. Me volví hacia el hombre a mi derecha, el que estaba
sosteniendo la piedra ensagrentada, y lo golpee en la boca con
mi puño. No pude ver mucho sin mis lentes, como con una bruma
roja veía al hombre que tenía cierto tipo de tos y a quien le
colgaba un diente de los labios, y entonces él cayó en el
camino. Por un segundo la multitud paró. Entonces fui hacia el
otro hombre que imtetabana arrebatarme el morral y le di un
golpe en la nariz. El gimió enojado y de pronto se puso rojo.
Golpee a otro hombre en la cara, y él corrió.
Retrocedía a mitad del camino pero no pude ver. Me
llevé las manos hacia los ojos que estaban cubiertos de
sangre, y con mis dedos trataba de quitarme ese líquido
pegajoso. Hice una especie de succión y comencé a ver de
nuevo, ahí me di cuenta que estaba llorando, y que las
lágrimas limpiaban la sangre de mis ojos. Qué he hecho, me
pregunté a mí mismo. He estado atacando y golpeando a
refugiados afganos, la gente por la que he escrito mucho
tiempo, los desposeídos, la gente mutilada que mi propio país
-entre otros- estuvo matando, junto con los talibanes, sólo al
cruzar la frontera. Dios libérame, pensé. Creo que realmente
lo dije. Los hombres cuyas familias mataron nuestras bombas
eran ahora mis enemigos.
Luego
algo realmente notalble sucedió. Un hombre caminó hacia mí,
muy calmado, y me tomó por el brazo. No pude verlo muy bien
por toda la sangre que corría por mis ojos otra vez, pero iba
vestido con un tipo de manto, usaba un turbante y tenía barba
encanecida. Y él me alejó de la multitud. Miré sobre mi
hombro. Había ahora un centenar de hombres detrás de mí y unas
piedras alrededor del camino, pero ellos no intentaron
-presumiblemente- golpear al extraño. El era como una figura
del Viejo Testamento, el Buen Samaritano, un musulmán,
tal vez el mullah de un pueblo- que estaba intentado
salvarme la vida. El me llevó a la parte trasera de un camión
de la policía, pero los policías no se movieron. Estaban
aterrados. "Ayúdame", seguí gritando a través de la pequeña
ventana en la parte trasera de su taxi, mis manos chorreaban
sangre en las ventanas. Ellos manejaron unos metros y pararon
hasta que un hombre alto les habló. Entonces manejaron otros
300 metros.
Y ahí,
junto al camino estaba un convoy de la Cruz Roja-Media Luna
Roja. La multitud aún estaba detrás de nosotros. Pero dos
asistentes médicos me colocaron detrás de uno de sus
vehículos, virtieron agua sobre mis manos y cara, y comenzaron
a vendarme la cabeza y el rostro. "Recuéstate y te cubriremos
con una manta para que no te puedan ver", dijo uno de ellos.
Ambos eran musulmanes y sus nombres deben ser mencionados
porque fueron buenos conmigo, ellos son verdaderos hombres
buenos: Mohamed Abdul Hamil y Sikder Mokaddes Ahmed. Yacía en
el piso, gimiendo, consciente de lo que pude haber
vivido.
En pocos
minutos Justin llegó. El fue protegido por un soldado de
Baluchistan Levies -un verdadero fantasma del Imperio
Británico que con un simple rifle mantuvo a las multitudes
lejos del carro en el que Justin ahora estaba sentado. Cojeaba
con mi morral, que nunca me arrebataron. Me decía a mí mismo,
como si mi pasaporte y mis tarjetas de crédito fueran como una
especie de Santo Grial.
Pero
ellos se quedaron con mi par de anteojos, estaba ciego sin
ellos y mi teléfono celular estaba extraviado, así como mi
libro de contactos con cubierta de piel, que contiene 25 años
de números telefónicos a través de Medio Oriente. ¿Qué se
supone que tengo que hacer? ¿Preguntarle a cada uno que conocí
que me vuelva a enviar sus números telefónicos? Cielos, dije,
tratando de golpearme con los puños, hasta que me di cuenta
que sangraba por una cortada en la muñeca, la marca del hombre
al que le pegué en la mandíbula, un hombre en verdad inocente
de cualquier crimen, excepto de ser víctima del mundo.
He pasado
más de dos y media décadas reportando la humillación y miseria
del mundo musulmán, y ahora su furia me ha cobijado también.
¿O ha sido así? Ahí estaban Mohamed y Skider de la Media Luna
Roja y Fayyaz, y Amanullah, quien nos invitó a su casa
curarnos. Y ahí estaba el santo musulmán que me tomó del
brazo. Y entendí que hubo hombres y niños afganos que me
atacaron a mí, a quien nunca debieron hacerlo. Pero su
brutalidad fue enteramente producto de otros, de nosostros, o
de aquellos quienes armaron su lucha contra los rusos e
ignoraron su dolor y se rieron de su guerra civil, y los
armaron y les pagaron nuevamente por la "guerra de las
civilizaciones", a sólo unas millas de donde bombardearon sus
hogares y desgarraron a sus familias, en lo que ellos llamaron
"daño colateral".
Pensé que
debería escribir lo que nos ocurrió en este temeroso, tonto,
sangriento y pequeño incidente. Le temí a otras versiones que
pudieran producir una narrativa diferente como: un periodista
británico "fue golpeado por una multitud de refugiados
afganos". The Mail of Sunday ganó el premio por una
distorsión. Fisk, reportó -aparentemente de 63 años, no 55
años- fue, sí, "golpeado por una multitud de refugiados
afganos". Y yo debía decir, pero no lo dije, que "estoy
dispuesto a sorportar las cicatrices el resto de mi
vida".
Toda
referencia a mis repetidas aseveraciones de que la furia de
los afganos estuvo justificada, que no los culpo por lo que
hicieron, ha desaparecido.
Y, por
supuesto, ese es el punto. La gente que soporta las cicatrices
son los afganos, las cicatrices hechas por nosotros -por los
B52, no por ellos. Y lo diré nuevamente. Si yo fuera un
refugiado afgano en Kila Abdullah, hubiera hecho lo que ellos
hicieron. Yo hubiera atacado a Robert Fisk. O a algún otro
occidental si lo encontrara.
© Copyright The Independent
Traducción Erik Vilchis
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