| LA
JORNADA de México - 18 de Febrero de 2003
¿Sabrá
Tony cómo son las moscas
cuando
devoran cadáveres?
Robert
Fisk*
En el camino
a Basora, la televisora ITV filmaba perros salvajes que destrozaban cadáveres
de iraquíes. A cada rato, una de estas bestias hambrientas arrancaba
delante de nosotros un brazo en estado de descomposición y se echaba
a correr con él por el desierto: los dedos muertos dejaban surcos
en la arena, los restos de una manga quemada ondeaban al aire.
"Sólo para documentarlo",
me dijo el camarógrafo. Claro. Porque ITV jamás mostraría
tales imágenes. Las cosas que veíamos -la inmundicia y obscenidad
de los cadáveres- no puede mostrarse. En primer lugar porque no
sería "apropiado" enseñar esta realidad por televisión
a la hora del desayuno. En segundo lugar, porque si la televisión
la mostrara nadie volvería jamás a respaldar la guerra.
Esto ocurrió en 1991. La "carretera
de la muerte", llamaban entonces a ese camino. Pero había otra vía
paralela que era una "carretera de la muerte" mucho peor, unos kilómetros
al este, y que fue cortesía de la fuerza aérea estadunidense,
pero nadie la filmó. La única imagen que hubo de estos horrores
fue la fotografía de un iraquí carbonizado dentro de su camión.
Cuando finalmente se publicó esa fotografía, se volvió
una especie de icono, pues representaba exactamente lo que habíamos
visto.
Para que las bajas iraquíes
aparecieran en televisión durante esa guerra del Golfo -ya que hubo
otro conflicto entre 1980 y 1988, y un tercero está en preparación-
era necesario que hubieran muerto cuidando caer románticamente de
espaldas, con una mano cubriendo el rostro destruido. Como en esas pinturas
de la Primera Guerra Mundial de los británicos muertos en el campo
de batalla, los iraquíes debían morir de forma benigna y
sin heridas evidentes, sin ningún tipo de miseria, sin rastro de
mierda, moco o sangre coagulada, si querían aparecer en los noticiarios
matutinos.
Siento rabia hacia esta artimaña.
En Qaa, en 1996, cuando los israelíes bombardearon durante 17 minutos
a refugiados que estaban dentro de un complejo de la Organización
de Naciones Unidas, y mataron a 106 personas, más de la mitad niños,
me topé con una joven que abrazaba a un hombre de mediana edad.
Estaba muerto. "Mi padre, mi padre", lloraba abrazando su cara. No tenía
uno de los brazos ni una pierna. Los israelíes habían usado
bombas de proximidad que producen amputaciones.
Pero cuando esta escena llegó
a las pantallas de televisión europeas y estadunidenses la cámara
hizo un acercamiento sobre la cara de la muchacha y del muerto. Las amputaciones
no fueron mostradas. La causa de la muerte fue borrada en aras del buen
gusto. Era como si el hombre hubiera muerto de cansancio; con la cabeza
apoyada sobre el hombro de su hija para morir en paz.
Hoy, cuando escucho las amenazas
de George W. Bush contra Irak y las estridentes advertencias moralistas
de Tony Blair me pregunto: ¿qué saben de esta terrible realidad?
¿Acaso George, quien declinó servir a su país en Vietnam,
tiene alguna idea de cómo huelen los cadáveres? ¿Tiene
Tony alguna pálida noción de cómo son las moscas,
esos insectos grandes y azules que se alimentan de los muertos en Medio
Oriente, y que se te paran en la cara o en la libreta?
Los soldados sí lo saben.
Recuerdo a un militar británico que pidió prestado el teléfono
satelital de la BBC tras la liberación de Kuwait, en 1991. Le habló
a su familia en Inglaterra mientras yo lo observaba detenidamente. "He
visto cosas horribles", dijo, y después tuvo un colapso nervioso;
lloraba y temblaba, soltó el teléfono, que se quedó
colgando de su mano. ¿Tendría su familia idea de lo que decía?
No lo habrían entendido viendo la televisión.
Esto es lo que cabe esperar ante
el prospecto de la guerra. Nuestra gloriosa y patriótica población
-aunque sólo cerca de 20 por ciento respalde la actual locura iraquí-
ha estado siempre protegida de la realidad de las muertes violentas. Pero
yo estoy muy sorprendido por el número de cartas que recibo de veteranos
de la Segunda Guerra Mundial, hombres y mujeres, todos opuestos a esta
nueva guerra iraquí, y que comparten conmigo sus inalienables recuerdos
de miembros destrozados y sufrimientos.
Recuerdo a un iraní herido,
con un trozo de hierro incrustado en la frente, que aullaba como animal
-que desde luego, eso es lo que todos somos- antes de morir; a un niño
palestino que simplemente se derrumbó delante de mí cuando
un soldado israelí le disparó a matar -deliberada y fríamente,
con intención asesina- porque arrojó una piedra.
Y recuerdo a una israelí con
la pata de una mesa clavada en el abdomen afuera de la pizzería
Sbarro de Jerusalén, después de que un atacante palestino
decidió ejecutar a las familias que allí comían. También
están los montones de iraquíes muertos en la batalla de Dezful,
en la guerra Irán-Irak. La pestilencia de esos cadáveres
invadió nuestro helicóptero hasta que vomitamos. Y también
recuerdo, en Argelia, al joven que me mostró el rastro negro y grueso
que dejó la sangre de su hija cuando "islamitas" armados la degollaron.
Pero George W. Bush, Tony Blair,
Dick Cheney, Jack Straw y todos los demás guerreritos que nos están
empujando torpemente hacia la guerra no tienen que pensar en estas viles
imágenes. Para ellos todo es "bombardeos quirúrgicos", "daños
colaterales" y todos los demás ejemplos de la mendacidad lingüística
propia de la guerra.
Vamos a tener una guerra justa, vamos
a liberar al pueblo de Irak -obviamente también mataremos a parte
de él- y vamos a darle democracia y a proteger su riqueza petrolera.
Fingiremos que hay juicios por crímenes de guerra y vamos a ser
siempre muy morales; veremos por televisión a nuestros "expertos"
en defensa en sus trincheras sin sangre y escucharemos sus asombrosos conocimientos
sobre armas que arrancan cabezas.
Ahora que lo pienso, recuerdo también
la cabeza de un refugiado albano, rebanada limpiamente por los estadunidenses
cuando bombardearon -por accidente, claro está- un convoy de refugiados
en Kosovo, en 1999. Pensaron que se trataba de una unidad militar serbia.
La cabeza barbada yacía en el pasto crecido, conlos ojos abiertos;
parecía haber sido cortada por un verdugo de los Tudor.
Meses más tarde me enteré
de su nombre y hablé con una muchacha que había sido golpeada
por la cabeza cercenada durante el bombardeo estadunidense. Fue ella quien
respetuosamente dejó la cabeza sobre el pasto, donde la encontré.
La Organización del Tratado del Atlántico Norte, por supuesto,
no le pidió perdón a la familia del hombre ni tampoco a la
muchacha. Nadie pide perdón después de una guerra. Nadie
admite la verdad. Nadie muestra lo que nosotros vemos. Por eso nuestros
líderes y superiores pueden todavía convencernos de que vayamos
a la guerra.
* Periodista irlandés
del diario The Independent, especialista en Medio Oriente
©The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca
|