Robert Fisk - rodelu.net
16 de Marzo de 2004
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La Vanguardia de España - 15 y 16 de Marzo de 2004

Iraq, una guerra sin fin (I)

POR RADIO, PAUL Bremer dice que las cosas mejoran; nos miramos... y soltamos unas risas ahogadas

Robert Fisk
Los empleados iraquíes de la ONU supervivientes cambiaron atemorizados las matrículas de sus coches blancos e inmaculados la semana pasada. A partir de ahora, no aparecerán las siglas UN al lado del número. Cuando visité el cuartel general de la Media Luna Roja musulmana para hablar con el único representante de la Cruz Roja, el hombre sentado ante el escritorio toqueteó mi tarjeta de visita y me miró a los ojos con un miedo palpable, como si un inglés fuese un terrorista suicida en potencia. 

De noche, en mi mugriento hotel, escucho con atención por si se producen disparos y temo el ataque que tantos huéspedes han predicho desde hace semanas. ¿Llegarán los terroristas a la hora de cenar, cuando los mercenarios sudafricanos y británicos regresan armando escándalo de sus “tareas de seguridad”, pertrechados con automáticas Heckler & Koch, pistolas plateadas y chalecos antibalas negros, listos para beber cerveza y vino tinto? ¿O a las seis de la mañana, después de las plegarias del alba, con sus almas islámicas limpias para la inmolación entre los infieles y cruzados? Cuento los minutos entre las seis y las ocho, las horas en que acostumbran a atentar. He perdido la cuenta del número de veces que las ventanas de mi dormitorio han vibrado a la hora del desayuno. 

Cuando Haidar y Mohamed llegan para llevarme a Mosul, Basora o Najaf, me siento aliviado. Tomamos la carretera hacia el sur. Todos llevamos unos pañuelos (“kufia”) alrededor de la cabeza; dos iraquíes y un inglés que fingen ser unos matones tribales para evitar a los asesinos de la autopista 8. La semana pasada circulábamos por esa carretera al despuntar el alba cuando el enviado presidencial de Estados Unidos a Iraq, Paul Bremer, salió por la radio del coche. Nos estábamos acercando al lugar donde dos civiles estadounidenses que trabajaban para las autoridades de ocupación habían sido asesinados a tiros por hombres que vestían el uniforme de la policía iraquí. La radio del coche se oía fatal debido a las interferencias. Las cosas están mejorando en Iraq, nos dijo Bremer. Haidar, Mohamed y yo nos miramos y fruncimos la frente bajo los pañuelos. Luego el coche se inundó de risas ahogadas. 

Hace un año no había ningún problema en la autopista 8. El tirano viejo y monstruoso de Saddam se había ocupado de ello. Si los ladrones se dedicaban a saquear y violar al norte de Basora desde la guerra del Golfo de 1991, Bagdad era una zona donde imperaba el orden público. Ahí los saqueos y violaciones los cometía el Gobierno, no el pueblo. Ahora es al revés. Aún conservo un recuerdo de mi último vuelo a Bagdad antes de la guerra: la etiqueta del equipaje del último avión de la Royal Jordanian a Iraq antes de la invasión, la última compañía aérea que aterrizó durante la dictadura. “Saddam Hussein International Airport”, dice. Los pasajeros fuimos desplumados, como siempre, al llegar a la terminal. Diez dólares para los de inmigración, veinte para el hombre que le echó un vistazo a mi ordenador, cuarenta para el tipo que aceptó el papel del hombre al que le había dado veinte y otros veinte para los soldados de la puerta. 

Fuera llovía y los neumáticos del coche silbaban en la autopista, pero Bagdad estaba iluminado como un árbol de Navidad. Las mezquitas estaban inundadas de luz, los coches de la policía iraquí dormitaban bajo las palmeras, el follaje era denso y desprendía un olor dulce bajo las farolas de la calle. ¿Acaso no lo sabían?, me preguntaba una y otra vez. ¿No se daban cuenta de lo que les venía encima? 

Recuerdo la última noche antes de la guerra. Había salido a comprar papel higiénico y vendas, y me fijé en un soldado de uniforme que llevaba a su joven hijo sobre los hombros. El último permiso, pensé. ¿Escribían poemas los soldados iraquíes, como Sassoon y Owen? ¿O tan sólo leían las infantiles novelas de Saddam de camino al frente? En la farmacia bromeé con el farmacéutico por ser tan amable de venderme vendas cuando la RAF podía estar bombardeándole al cabo de unas horas. “Sí –dijo–, creo que lo harán.” 

Por entonces todos teníamos nuestros “guardaespaldas”, los chicos de Saddam del viejo y corrupto Ministerio de Información, cuyo trabajo consistía en apartarnos de los caminos de la inmoralidad política y llevarnos hacia las manifestaciones callejeras antiestadounidenses y escleróticas y a las interminables ruedas de prensa de subsecretarios. Pero al cabo de un tiempo, cuando sus propios jefes habían sido sobornados, también untábamos a los “guardaespaldas” para que olvidasen su lealtad al Gobierno y nos llevaran a donde queríamos ir, incluso a los lugares donde estallaban los proyectiles estadounidenses y los cuerpos sin vida de soldados iraquíes rebotaban en la parte trasera de las camionetas.

Las primeras bombas estallaron a poco más de treinta kilómetros de Bagdad, unos resplandores naranja que refulgieron a lo largo del horizonte. Al día siguiente se aproximaron a Bagdad y los misiles de crucero pasaron zumbando por encima de nuestras cabezas para explotar junto al palacio presidencial, la misma mole donde Bremer, el supuesto experto de Estados Unidos en terrorismo, trabaja ahora y se esconde como procónsul del imperio anglo-americano. 

Las falsas ilusiones con las que estadounidenses y británicos fueron a la guerra parecen más imponentes ahora que entonces. Saddam, el hombre al que británicos y estadounidenses amaron cuando invadió Irán y odiaron cuando invadió Kuwait (los dictadores marioneta tienen que aprender que sólo se puede atacar a nuestros enemigos), ya había degenerado hasta la senilidad y escribía novelas épicas en muchos de sus palacios, mientras su hijo tullido Uday bebía, se iba de putas y torturaba a todo aquel que quería en Bagdad; un cuento típico de Oriente, pero no un objetivo para la única superpotencia del mundo. 

Cuando la infantería estadounidense se aproximó a Bagdad, una de las últimas ediciones de los periódicos baasistas publicó una reveladora fotografía en la contraportada: un Saddam gordo, cansado y vestido de uniforme aparecía en el centro, a la izquierda, su hijo Qusay, elegante, y a la derecha, Uday, con los ojos dilatados, la camisa por encima de los pantalones, la culata de una pistola que asomaba por encima del cinturón: el amado hijo en un estado deplorable y drogado. ¿Quién iba a luchar hasta la muerte por estos tres pilares del mundo árabe? 

Sin embargo, Saddam creía que podía ganar: el destino abatiría de algún modo a los americanos. Siempre resultaba fascinante escuchar a Mohamed Al Sahaf, el ministro de Información, prediciendo el destino funesto de Estados Unidos. No eran sólo los patriotas iraquíes los que destruirían a los ejércitos invasores; el calor los abrasaría; el desierto los consumiría; serpientes y perros rabiosos devorarían sus cuerpos. Desde el califato no se habían lanzado semejantes maldiciones contra un invasor. ¿No fue Tareq Aziz quien advirtió a Washington en 1990 de que 18 millones de iraquíes no podían ser derrotados por un ordenador? Y luego el ordenador ganó. 

El presidente Bush y el primer ministro Blair compartían una serie de pesadillas y sueños sorprendentemente paralelos, alimentados por los Vulcanos estadounidenses proisraelíes, neoconservadores y de derechas, que hicieron tanto para causar esta catástrofe y que, ahora que todo se viene abajo, se están esforzando para minimizar su importancia ideológica antes de la guerra. Para ellos, Saddam era el terrorista de Estado malvado y todopoderoso, cuyas armas de destrucción masiva inexistentes y sus vínculos también inexistentes con los autores de los atentados del 2001 contra Nueva York y Washington debían ser neutralizados. 

Liberación, democracia, un nuevo Oriente Medio. Las ambiciones de los conquistadores no tenían fin. Recuerdo que todo aquel que intentaba desacreditar esta peligrosa estupidez era atacado. Intentabas explicar los crímenes contra la humanidad del 11 de septiembre del 2001 y eras antiestadounidense. Advertías a los lectores sobre la demencial alianza de derechistas que se escondía tras el presidente Bush y eras antisemita. Informabas sobre el salvajismo contra civiles iraquíes durante los bombardeos aéreos y eras antibritánico, pro-Saddam, dormías con el enemigo.

© The Independent 2004
Traducción: Robert Falcó Miramontes 

 
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