| La
Vanguardia de España - 10 de Julio de 2004
Historias
de las riberas del Tigris
Robert
Fisk
| “NO NOS DEJEN SOLOS
con los norteamericanos. Hagan negocios con nosotros –dice Saleh–, así
compartirán nuestros beneficios” |
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Surcábamos las aguas del Tigris,
de lozanos tonos verde lechuga mientras dejábamos atrás la
vieja escuela donde estudió Saddam Hussein, el edificio de la universidad
de Mustansariya del siglo XIII, las ruinas del Ministerio de Defensa, reducido
a escombros por una bomba. Saleh Mohamed Fawzi había parado el motor
de la embarcación mientras nos deslizábamos bajo los arcos
del antiguo puente británico del ferrocarril. “Le puedo contar lo
que quiera sobre Saddam porque él creció justo ahí
arriba”, me dijo Saleh a la par que me indicaba con su largo y moreno brazo
extendido las caliginosas calles de Al Kurk. La parte trasera del patio
de recreo de la escuela a la que asistió Saddam daba sobre el río,
del que le separaba un amarillento muro de hormigón recubierto de
redes baratas de portería de fútbol.
Saleh se pasa los días trasbordando
pasajeros entre las riberas del Tigris por un puñado de dinares
–ahorrando así a los pasajeros la larga caminata sobre el puente
o la frenética bíusqueda de algún taxi bajo un sol
de justicia por las calles de Bagdad. Ayer fue una jornada especial porque
este corresponsal de The Independent le pidió que le diera un paseo
por el río a través de la ciudad. Lo único que había
de hacer para cobrar un buen billete era contar el relato de su vida.
“El paseo se lo cobraré –me
espetó– pero mi relato será gratis”. No era un mal trato.
Saleh no pasa de los 35 años, pero su relato de guerra, deserción
bélica y miedo fue –a decir verdad– la historia de Iraq en un puño.
Saleh es chií, y quería contarme sobre todo sus experiencias
y recuerdos relacionados con la guerra y la violencia, y también
sobre Estados Unidos. Saleh militó asimismo en las filas del supuesto
cuerpo de elite de la Guardia Republicana de Saddam Hussein.
“Estudié –comienza su relato–
en el Politécnico de Bagdad. Nuestra obsesión era evitar
por todos los medios tener que ingresar en filas para combatir contra Irán.
Cuando estalló la guerra, clausuraron el paso del río entre
el palacio presidencial y el Ministerio de Defensa, pero nosotros no parábamos
de oír relatos procedentes del frente. ¡Sabíamos que
tantos hombres nuestros morían luchando contra los iraníes!
Nos esforzábamos al máximo en los estudios para eludir el
llamamiento a filas. ¡Y lo logramos! Ir al frente equivalía
a morir. A mí nunca me enviaron al frente. Pero vivíamos
atemorizados”.
Saleh eleva su tono de voz para hacerse
oír al tiempo que enciende el viejo motor de su embarcación
para evitar chocar contra un árbol cuyo ramaje se balancea suavemente
sobre la superficie del río. “Fue un regalo –me confiesa al señalarlo
con el dedo– de Estados Unidos a Saddam a principios de la guerra entre
Iraq e Irán. Es un motor norteamericano Johnson y aún funciona”.
Me permito indicarle que eso es un cumplido a la tecnología norteamericana:
“Todo el mundo conoce la excelencia de su tecnología –concede Saleh–.
Pero permítame que les diga una cosa a ustedes, extranjeros: no
nos dejen a solas con los norteamericanos, por favor. Si nos hacen eso
nos dominarán, nos convertiremos en su propiedad. Creo que hay algo
mejor: hagan negocios con nosotros, así compartirán nuestros
beneficios”.
Era patente que éste iba a
ser un tema recurrente en las confidencias de Saleh, que quienes eliminaron
al líder que él odiaba no tenían derecho a beneficiarse
de su caída...
Los testimonios de la caída
de este régimen se alinean a lo largo de las riberas del Tigris.
Proseguimos sosegadamente nuestra navegación dejando atrás
el antiguo complejo del Ministerio de Defensa. Luciendo sus puertas destrozadas
y abiertas, los cascotes de hormigón de sus numerosas construcciones
motean aquí y allá la que fue plaza de armas. Las ventanas
de los cuarteles principales, en mejores condiciones, nos indican el emplazamiento
de las viviendas de centenares de refugiados iraquíes que viven
ahora donde los generales de Saddam planearon la invasión de Kuwait
en 1990. Pobre Saleh, no pudo escapar de las garras de esta guerra: “Mi
familia –cuenta– se encontraba aquí en Bagdad y a mí me destinaron
al desierto en el sur del país –a nuestro lado de la frontera, a
la altura de Hafr El Batn– donde los norteamericanos y los británicos
nos bombardearon innumerables veces. Mi familia vivía cerca del
búnker Ameriyah, donde cientos de otras familias resultaron muertas
a consecuencia de los bombardeos norteamericanos. Acto seguido pudo comprobarse
cómo enfermaba la población. Mi hija Hoda desarrolló
un tipo de cáncer. Se le agrietaba toda la piel y tenía un
aspecto enormemente avejentado. Sigo llevándola a los médicos,
pero me dicen que no pueden curarla. Dicen que no es cáncer, pero
el caso es que ella no deja de padecer dolores internos”.
A casi seiscientos kilómetros
más al sur, Saleh trata ahora de poner a salvo su propia existencia.
“Recuerdo –dice– que nos hallábamos en un sector muy aislado del
desierto sin que pudiéramos ver una sola brizna de hierba. El ejército
había guardado allí miles de proyectiles y munición
diversa porque creía que sería una guerra larga. Recuerdo
que en un emplazamiento guardaban toneladas de azúcar y galletas
robadas a Kuwait. Pero en realidad no teníamos alimento y no nos
reabastecían. Estábamos hambrientos y abandonados. Así
que opté por desertar”.
La embarcación de Saleh navegaba
bajo los lóbregos arcos de un puente de la época de Saddam:
una obra de hormigón prefabricado destinada en su día a reemplazar
un puente destruido en la guerra, en 1991. Saleh alzó los ojos en
la penumbra ambiente en el preciso instante en que el incandescente globo
solar se había ocultado. Fue como si la sombra de Saddam gobernara
aún el rumbo de su vida.
Saleh llegó de regreso a su
casa en Bagdad mientras las fuerzas armadas iraquíes sucumbían
frente a los ataques aéreos anglo-norteamericanos para, a continuación
–esquivando las importantes revueltas que estallaban en el sur de mayoría
chií– ocultarse a salvo en unión de su familia. “La misericordia
divina –relata– determinó la brevedad de la contienda y la humillación
de Saddam y de sus hombres fuertes. Saddam concedió un indulto a
los desertores y yo me entregué”.
Sin embargo, Saleh fue devuelto a
las filas del ejército iraquí y destinado en esta ocasión
a la ciudad norteña de Irbil. “Lo odiaba –dice–. Ya estaba harto
de combatir. Así que volví a escaparme. Como sabe el castigo
de la deserción es la muerte, pero personalmente me niego a combatir.
Para un musulmán, matar es pecado. Así que me encaminé
nuevamente a casa y pude sobornar por fin a algunos mandos para que borraran
mi nombre de la lista de reclutamiento. No tuve siquiera que ver a los
funcionarios. Un intermediario se encargaba de sobornar a los mandos en
favor de los soldados desertores. La operación me costó unos
12.000 dinares (unos 600 euros) pero mi esposa vendió todo el oro
y joyas de la familia para obtener el dinero”.
El sol cegó nuevamente con
sus rayos el pequeño habitáculo de nuestra embarcación
mientras Saleh ponía nuevamente en marcha el motor de color verde
caqui. El relato de Saleh era tan preciso y escueto que resultaba fácil
olvidarse de las dosis de valentía que le habían demandado
los avatares de su existencia. Y de su talante profundamente piadoso.
“Nuestro imán Ali dijo que
todo hombre es nuestro hermano en religión o nuestro hermano en
la misma humanidad. Y así lo creemos. Hay que vivir en compañía
de todos los hombres en completa paz. No es menester combatir contra ellos
o matarlos. ¿Quiere que le diga una cosa? El islam es una religión
nada difícil de observar, pero algunos extremistas dificultan la
tarea. Somos contrarios a quienquiera que mate o secuestre extranjeros.
No es el estilo musulmán. Así nos lo prescribieron nuestros
maestros religiosos”.
Hundí mi mano en las cálidas
aguas del Tigris. ¿Qué sentimientos debía suscitar
en su corazón el río –el Tigris es el Dichle en árabe–
que había navegado desde los 11 años? “Soy pescador y también
transbordador de pasajeros en el río –me informó– además
de participar en competiciones de natación y remo. El Dichle forma
parte de mí mismo porque es el río que une y conecta todo
el país, recorre los santos lugares y une su caudal al del Éufrates,
que discrurre asimismo junto a los san-tos lugares. Pero las cementeras
y los verti-dos de aguas residuales han ensuciado tanto el río que
hay que depurar su caudal”.
Saleh se hallaba a bordo de su embarcación
cuando dieron comienzo las incursiones aéreas norteamericanas. “Recuerdo
–dice– haber visto un cadáver flotando justo ahí y lo llevé
a la orilla. Flotaba boca abajo, era hombre joven pero no llevaba ningún
documento que permitiera identificarlo. Le enterramos en los jardines de
la embajada británica, cerca de nuestra casa. Cuando llegaron los
británicos tras la invasión, encontraron el cadáver,
lo desenterraron y trasladaron al tanatorio. Nunca supe quién era”.
Surcábamos el paisaje festoneado
de árboles y prados cuya hierba llegaba a lamer las mismas riberas
del río. Jóvenes de ojo avizor, sentados en las orillas,
señalaban nuestra embarcación gritando “¡extranjeros!”,
palabra que no me complace oír precisamente estos días en
Iraq. Yo había pedido a propósito a mi chófer que
nos encontráramos a la entrada de la ciudad, alejados del desvencijado
pontón suburbial donde había subido a bordo de la embarcación
de Saleh. Primera norma para los extranjeros en Bagdad: no vuelva al lugar
desde donde emprendió viaje.
Pero Saleh, impertérrito,
seguía viendo pasar ante sus ojos la pesadilla de Saddam. “En su
juventud había de pedir prestado toda su ropa a su primo, Adnan
Jairallah. Pensamos que no tenía padre porque nunca hemos sabido
dónde se halla enterrado su padre. Saddam tenía problemas
psicológicos. No paraba de decir que quería proteger a las
mujeres iraquíes, pero mató luego a tantos de sus maridos
que las dejó sin un céntimo. Fíjese en lo que pasó
en Halabja”. Le pregunté a Saleh: “¿Cuándo empezó
usted a oír hablar de Halabja?”. “Mi hermano servía también
en la Guardia Republicana. Combatía en Kurdistán. Se enteró
del gaseamiento de la población y nos lo contó. Pero hay
algo que debería usted saber. Estados Unidos y Saddam estaban unidos.
Estados Unidos forjó a Saddam. En esta última guerra su pupilo
ha caído y sus maestros han ocupado su lugar. Por favor, no nos
dejen solos con los norteamericanos”.
Dijimos adiós a un pequeño
malecón bañado en una luz cegadora que había amarilleado
la hierba en derredor. Saleh me advirtió: “Ahora debo decirle que
ande con mucho cuidado. Vaya con cautela, usted es un extranjero. Por mi
parte, confío en que este nuevo gobierno funcione. Prefiero ser
optimista. Pero las cosas no van bien”.
Saleh aceleró el viejo motor,
poniendo nuevamente proa al curso del verde y grasiento Tigris. Es posible
que Saleh desconfíe de los norteamericanos, pero es una verdadera
satisfacción topar en nuestros días con un valiente y honrado
iraquí. Ojalá sobrevivan los Saleh de este mundo.
Traducción:
José María Puig de la Bellacasa
© The Independent 2004
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