hí, en la pantalla, se ve a Jibran Tueni gritando "para siempre, para
siempre". Habla de la libertad de Líbano. La cámara de Katia Jahjoura lo capta
palpitante de vida. Sólo nueve meses más tarde estaría muerto. No fue para
siempre, para siempre. Tueni era editor del periódico An Nahar, un hombre
verdaderamente valiente que fue asesinado la mañana del lunes con un coche bomba
en las afueras de Beirut.
La película de Katia es sobre un hombre que se hace llamar Terminator,
un ser estúpido, idiota y bravucón, aunque valiente, que alguna vez fue soldado
en el ejército libanés. Pero tengo mucho tiempo para Katia. Un soldado israelí
le disparó en la frontera sur de Líbano por filmar el repliegue en 2000, y
recibió otro disparo cuando documentaba la mala conducta de esas tropas en
Ramallah. "Primero, no sentí nada", me contó, "y luego fui presa del peor dolor
que he sufrido en mi vida".
Pobre Katia, creo que sentirá el dolor por siempre. La primera vez que la
hirieron en la frontera, un amigo me mostró una fotografía de ella publicada en
un periódico, retorciéndose en su cama de hospital en Nabatea. "¿No has ido a
verla?", me preguntó mi amigo. No, no había ido a verla. Cuántas veces no he ido
a ver a mis amigos heridos.
Así que me siento a ver los primeros 26 minutos de la película de Katia sobre
el Terminator. ¡Ah, qué película!, el Terminator. El
Terminator se llama a sí mismo Mahar. Es uno de esos hombres sin futuro
que viven en Líbano. El recuerda a una joven que murió en su auto. Chocó. El
quería vivir. El vive. Ella muere. Es uno de esos hombres que quiere que se
hagan películas sobre ellos, y que tratan de llenar el vacío que existe en la
vida de Líbano. Pero fracasará en su intento.
Encuentro cada vez más difícil de entender esta justificación de la vida y la
muerte. Hace cuántos meses fue, sólo 10, creo, cuando caminaba por el malecón de
Beirut frente a mi restaurante favorito, La Spaghetteria, hablando por mi
teléfono celular con mi viejo amigo Patrick Cockburn, que estaba en Bagdad,
cuando una banda de luz blanca se acercó a velocidad aterradora como una enorme
venda a lo largo de la costera de Beirut.
Las palmeras se doblaron hacia mí como si las hubiera golpeado un huracán y
vi a personas cayendo al suelo. Una ventana del restaurante se quebró y desplomó
dentro del local y frente a mí, quizá a sólo 400 metros oscuras columnas de humo
café se elevaron hacia el cielo. El ruido y la onda fueron seguidas de una
explosión tan atronadora que me dejó parcialmente sordo. Sólo pude oír a
Patrick. "¿Eso fue allá o acá?, me preguntó. "Me temo que fue aquí, Patrick", le
respondí. Casi hubiera podido llorar. Beirut es mi hogar.
Estoy otra vez en el video con la película de Katia. El general Michel Aoun
vuelve a Beirut; el mesiánico general cristiano maronita está de regreso.
¿Cómo hacen los occidentales para tratar con los "occidentales" de Medio
Oriente, con los Aouns y los Terminators, cuyo pasado de guerra civil ha
destruido al país tanto como a ellos mismos? Queremos, nosotros los amistosos y
liberales occidentales, escribir fácilmente de estas personas, y cuando Rafiq
Hariri murió en febrero pasado yo corrí hacia la calle al lugar del atentado.
Aún no había policías ni soldados, sólo un mar de llamas frente al hotel Saint
George. Había hombres y mujeres a mi alrededor, cubiertos de sangre, llorando y
temblando de miedo. Una mano de mujer, una mano de uñas pintadas yacía a un lado
del camino.
El calor me hizo tambalearme, las flamas se extendían por la calle
encendiendo los tanques de combustible de los vehículos estacionados que
explotaban y me salpicaban en intervalos de segundos. En el suelo estaba un
hombre muy grande, acostado de espaldas, sus calcetines ardían, estaba
irreconocible. Por alguna razón, pensé que podía ser un vendedor de kaak,
un miembro de ese ejército que vende ese pan árabe tostado que le encanta a los
transeúntes del barrio. Llegaron los primeros paramédicos y sacaron a otra
figura ennegrecida de un auto convertido en antorcha.
¿Debemos ver estas imágenes? Sí, yo pienso que sí. Conozco el viejo cuento de
que uno puede ver la "realidad" en películas, que los filmes de Hollywood son
así de realistas. Pero, ¡ay!, esto no es verdad. Los periodistas vemos la verdad
de toda la maldita guerra y que representa el absoluto fracaso del espíritu
humano. He dicho esto una y otra vez, en Australia, Estados Unidos, Canadá,
Suiza, Dubai durante los últimos dos meses. Y con todo, no logro que mi mensaje
sea comprendido.
A principios de 1991 vi a perros llegar del desierto para festinarse con los
cuerpos de hombres, mujeres y niños que quedaron atrapados entre las bombas
estadunidenses que estallaron al norte de ciudad Kuwait, al sur de Basora.
Tenían hambre, era hora de almuerzo. Aun así, nosotros no mostramos esto. No
dejamos que ustedes lo vean.
Gente como Katia Jahjoura quiere que ustedes vean la realidad de la guerra,
pero esto no sucederá.
¿Qué podemos decir de Jibran Tueni? Que probablemente no quedó suficiente de
él para meter dentro de su ataúd por lo devastador que fue el coche bomba que lo
mató. Y tengo que decir algo: no me agradaba Jibran Tueni. A veces era muy
cascarrabias. Cuando defendía a su ex mentor, el general Aoun, podía ser un
hombre muy difícil de tragar. Aoun mismo alguna vez ordenó a sus soldados "darme
una lección" si me atrevía a ir al este de Beirut. Pero Tueni fue un hombre
valiente y hubiera sido mi amigo, si se hubiera dado la oportunidad de ser
amigos.
Desafortunadamente, Katia Jahjoura no tendrá una nueva película sobre la vida
de Tueni. Y su cinta, la que trata sobre ese triste y roto cristiano al que ella
inmortalizó, será en parte sobre la destrucción de la vida cristiana en Líbano.
Tal vez es el mundo árabe que cambia a la gente después de muerta. Quizá los
muertos cambian.
© The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca