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un año, vi a un viejo amigo mío a mi lado, quemándose sobre el
pavimento. Seamos sinceros; muchos millones de libaneses consideraban un viejo
amigo a Rafiq Hariri. Pero era mi amigo. Me llamó cuando sufrí una golpiza en la
frontera afgana, en 2001, y ofreció llevarme a mi hogar en Beirut a bordo de su
jet privado. "Musharraf es mi amigo", me gritó correctamente, y con algo de
malicia, en la línea telefónica a Quetta.
Desde luego, rechacé su ofrecimiento; los periodistas no deben aceptar
obsequios de primeros ministros. Y así, otra vez, este 14 de febrero, en el
aniversario de la fecha en que fue asesinado junto con otras 21 personas en el
barrio Corniche, no lejos de mi casa, recuerdo a este hombre y todas las
solemnes promesas que hemos hecho de averiguar la verdad sobre su asesinato.
Primero vino un enviado de la comisión Garda, de Dublín. Luego un pomposo
fiscal alemán. El mes pasado llegó un humilde abogado de Bélgica. Todos ellos
tuvieron el encargo, nada menos que de la ONU, de encontrar la verdad.
¿Estuvieron involucrados los sirios? Esta era la pregunta.
Cuatro altos funcionarios libaneses de seguridad, todos ellos "cercanos"
(como dicen) a Siria, fueron arrestados. El ministro sirio de Interior, el ex
jefe de la policía secreta del ejército Ghazi Kenaan, se suicidó de un disparo
en su propia oficina en Damasco. Oh deus ex machina. Yo también conocía a
Ghazi, viejo compañero de sparring desde los 80, quien solía hacer
chistes de mal gusto sobre el secuestro de Terry Waite*. Aplaudan, mis damas y
caballeros. "El sabía lo que se sentía ser ejecutado", comentó más tarde uno de
los amigos menos agradables de Kenaan. Sin duda.
Yo ni siquiera me enteré de que se trataba del jeque Rafiq sino hasta que vi
las imágenes en el periódico al día siguiente. Creí que el cadáver en el barrio
Corniche era de un vendedor de zaatar, uno de esos hombres grandes que venden
pan duro como roca en el malecón. Debí notar el pequeño rizo de cabello sobre el
cuello de su camisa, que era el signo de que el hombre que se quemaba era el ex
primer ministro de Líbano; el mismo que me había llamado para ofrecerme ayuda en
2001.
Sólo cuando vi el pie de foto -"El mártir Rafiq Hairir" - me di cuenta. Lo vi
quemarse, como si hubiese yo sido el espectador en una contienda. Estuve a sólo
400 metros del lugar de su inmolación. Todos los que estaban ante mí estaban
muertos o heridos. Otra vez me salvé.
Luego los libaneses vieron el poderoso paso de la justicia avanzar
inexorablemente. La ONU encontraría la verdad. Uno de los funcionarios de la
comisión Garda me habló de su profunda preocupación por los libaneses. "Ellos
vinieron, en verdad vinieron a buscarnos, y nos pidieron que halláramos la
verdad", me dijo. Sí, claro, así fue.
Los asesinatos sin resolver en Líbano: el de Kemal Jumblatt, el de Renee
Mouawad, el del gran mufti Hassan Khaled y el de Rashid Karami y todos
los demás (no hablemos de Elie Hobeika, quien encabezó a la milicia falangista
hacia Sabra y Chatila, en 1982). Todos esos asesinatos cuelgan como cortina
negra en la historia libanesa.
Cuatro hombres fueron encarcelados, incluido el general que solía
intervenirme el teléfono en Líbano. De hecho, hice publicar mi teléfono en
The Independent -Beirut 370615- en caso de que tuviera un número
equivocado. ¡Fiu! Eso fue suficiente para poder platicar con mis amigos en mis
restaurantes favoritos sin tener que estar mirando constantemente sobre mi
hombro. Pero, ¿en verdad fue así?
Y es que la otra mañana un pajarito entró por la ventana de mi recámara. Mi
mamá, Peggy, hablaba del "pajarito"; el pequeño gorrión que llegaba a darle
trocitos de información que ella hubiera preferido no escuchar. Como
corresponsal es mi lúgubre deber, supongo, decirle a los lectores lo que yo
preferiría no escuchar. Así que esto es lo me contó el pajarito.
Los estadunidenses, hundidos en la aflicción de su ocupación en Irak, han
ideado un trato con los sirios. En respuesta a la petición de que insten al
líder chiíta iraquí, Moqtada Sadr, a que conserve su distancia de los
insurgentes sunitas, y también que exhorten a éstos a jugar respetando las
reglas durante las elecciones, Siria ha prometido usar su "influencia".
Atendiendo a la petición estadunidense, Siria ha arrestado a cerca de 8 mil
insurgentes iraquíes dentro de sus fronteras. En atención a la solicitud de
Washington, Siria está recortando la asistencia que los rebeldes iraquíes
reciben del país vecino.
Conscientes de que los más altos mandos del aparato de seguridad sirio pueden
ser sometidos a juicio, en el contexto de la investigación de la ONU por el
asesinato de Hariri, los sirios están actuando "responsablemente". El nuevo y
muy humilde investigador belga no da conferencias de prensa, ¿lo han notado?, y
no hace declaraciones.
Silencio, caballeros, por favor.
Claro, Condi Rice se la pasa diciendo que la verdad será descubierta. ¿No
estuvo Hariri detrás de la resolución 1559 del Consejo de Seguridad de la ONU
que ordenó a los sirios salir de Líbano? ¿No fue por esto que fue asesinado? No
creo que haya estado detrás de la resolución 1559, si bien esto hubiera sido
suficiente para que la policía secreta del Baaz sirio lo asesinara.
Pero todas las grandes promesas de justicia, libertad y la "revolución de
cedro" -invento del Departamento de Estado que el New York Times adoptó
obedientemente- parecen estar desapareciendo. George W. Bush, quien esta semana
estrechó la mano de Saad, el hijo de Rafiq, en la Casa Blanca, se está apartando
de la verdad.
Hacer que los muchachos estadunidenses salgan de Irak es más importante,
sospecho, que averiguar quién mató a Hariri. Aún siento una profunda pena por el
hombre que vi quemándose frente a mí hace un año. Y creo que va a ser
traicionado.
* Enviado de la iglesia anglicana británica que viajó a Líbano en 1987 para
negociar con Jihad Islámica la liberación de varios rehenes ingleses. Durante
las negociaciones, el grupo lo secuestró también y fue liberado hasta 1991.
© The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca