Robert Fisk - rodelu.net |
1 de marzo de 2006
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Página12
de Argentina - 28 de febrero de 2006
Una tonta y costosa empresa que termina en desastre
Robert
Fisk*
El
mar revela los secretos de la locura humana.
Y los periodistas
somos estudiosos de la locura humana. Palestina, Irak, el golfo, Persia. Durante
más de 100 años, el hecho de que Occidente se haya inmiscuido en Medio Oriente
cae en la definición de la palabra inglesa folly que, según el diccionario,
significa “una tonta y costosa empresa que termina en desastre”. Sospecho que el
término contiene también una mezcla poco sana de vanidad y orgullo
desmedido.
Hace unos días, parado sobre las rocas golpeadas por las olas
que se encuentran en el viejo puerto libanés de Enfeh –sí, el mismo donde
Ricardo Corazón de León (quien hablaba francés, no inglés) pasó una noche para
escapar de las tormentas– me di cuenta de que las más sublimes y también las más
ridículas aventuras siempre parecen ocurrir en el mar. De la misma forma en que
el capitán Smith insistió en conducir al “Titanic” a toda velocidad hacia el
hielo del Atlántico norte, en 1912, porque quería impresionar a los
estadounidenses, 19 años antes el vicealmirante George Tryon, del “HMS
Victoria”, no lejos de donde yo estaba parado, decidió obligar a la flota de la
Marina Real del Mediterráneo a ejecutar las más rápidas y peligrosas maniobras
navales conocidas por el hombre para impresionar a los turcos
otomanos.
En Enfeh, este día, el viento ruge desde el mar. He notado que
las traicioneras mareas hacen que el oleaje se levante en pequeñas montañas a lo
largo de la costa. Pero Christian Francis, un buzo libanés-austríaco aún parte
todos los días de un hotel semiabandonado para ver el hundimiento que descubrió
a 480 pies de profundidad. Su entusiasmo por la historia y por el buceo es
contagioso y él, con mucho gusto, me proporcionó lo que cada vez amo más del
periodismo: archivos, papeles y reportes oficiales que los “centros de poder”
producen para justificar sus insensateces, o pedir presupuesto. En este caso,
toda la penosa historia está contenida en un procedimiento de corte marcial de
la Marina Real, de 1893, para “investigar la pérdida del navío de Su Majestad
Victoria”. Tryon, al parecer, era un futuro Smith.
Un estricto creyente
en la disciplina –entre los términos menos amables con que lo describen sus
subordinados–, era “taciturno” y “difícil, y también tenía, como Smith, la fama
de ser excelente marino. De hecho, era la pesadilla de cualquier niño en la
escuela, un hombre autoritario que prefería la obediencia a la
iniciativa.
Así, el 22 de junio de 1893, cuando los otomanos lo
observaban desde la antigua ciudad de Trípoli, Tryon ordenó a sus dos flotas de
11 barcos girar 16 grados y navegar a toda velocidad unos hacia otros. Ninguno
de sus subordinados dijo una palabra. En el último momento, se suponía que los
barcos debían dar la vuelta y seguir navegando uno junto a otro, en dirección
contraria. Los hombres de Tryon tenían demasiado miedo como para cuestionar esta
locura.
El único que titubeó fue su segundo de a bordo, el almirante
Albert Markham, a bordo del “HMS Camperdown”, quien en respuesta recibió un
irritado mensaje con señales de banderas: “¿Qué está usted esperando?”. Con
fatalidad digna de Esquilo, los 14 mil caballos de fuerza y las 11 mil toneladas
del “Victoria” –que fue uno de los primeros barcos británicos con recubrimiento
metálico y el primer navío construido con una turbina de vapor– chocó contra el
“Camperdown”, que se incrustó en el barco de Tryon abriendo una herida de seis
metros en su casco.
Las últimas palabras son el arma favorita de un
periodista en contra de los muertos. El almirante nos da un par de clásicos que
están a la altura de lo que dijo Smith al dueño del “Titanic” después de chocar
contra el iceberg: “Bueno, ahora sí va a tener los títulos de tapa, señor
Ismay”.
En el caso de Tryon, rodeado por sus sorprendidos y silenciosos
subalternos al tiempo que el “Camperdown” se le incrustaba, un vicealmirante
gritó: “Hacia popa, hacia popa”. Y luego, cuando el gigante se estremeció por el
impacto y empezó a voltearse, sus caldereros, sabiéndose perdidos, trataron en
vano de guiar al “Victoria” hacia la costa. Mientras su tripulación se ahogaba
al tiempo que el navío colapsaba, Tryon anunció –y uno sólo puede imaginarse el
alivio, al estilo de Tony Blair, que esto produjo en los almirantes– “todo fue
mi culpa”. De esta forma se condenó a ser para siempre el hombre que hundió a su
barco. Viendo todo esto desde la playa, los otomanos ciertamente quedaron
impresionados. Un total de 358 marinos británicos murieron, incluido Tryon,
quien se considera el único responsable del mayor desastre en tiempos de paz en
la historia de la Marina Real.
Las desgracias en una batalla terrestre o
en el aire son de alguna forma mitigadas por el tiempo. El pasto, como dijo el
poeta estadounidense Carl Sandberg, siempre acaba por cubrir las tumbas. Los
fragmentos de avión se desintegran en el aire. Pero en el fondo del mar, como el
“Titanic”, nuestra insensatez permanece sacrosanta y eterna. El joven Christian
Francis, inspirado por las viejas historias de pescadores y las bitácoras que
leyó en el Museo Nacional Marítimo de Greenwich, encontró el viejo barco de
Tryon a 480 pies de profundidad, prácticamente intacto, y lo que es aún más
extraordinario, está en posición vertical, con un extremo firmemente enterrado
en el fondo del Mar Mediterráneo, sus enormes propulsores gemelos apuntando
hacia arriba, iluminados por la tenue luz del sol. Francis trabaja con otros dos
buzos británicos y tres polacos que me copiaron sus videos. Bancos de peces
atraviesan las hélices. Puede leerse el nombre “Victoria” en la
proa.
También está el camarote de Tryon, y la claraboya desde la que vio
al “Camperdown” avanzar hacia él. Un revólver de casi 50 centímetros está aún en
su lugar, con sus 12 cañones todavía montados para repeler a los alemanes que
nunca combatiría en la Primera Guerra Mundial. Porque el “Victoria” –cómo
adoramos los “hubiera” de la historia– seguramente hubiera participado en las
mayores batallas del conflicto.
Francis trata el hundimiento como una
tumba británica marina y se limita a ver por las ventanas de los camarotes –a
través de una de ellas puede verse una bandeja de plata–, pero cree que adentro
todavía hay esqueletos, incluido el de Tryon, en la parte sepultada del
“Victoria”. Pobre Tryon, su barco se yergue como lápida y es el único
hundimiento vertical del mundo, con la nariz en la tierra y la parte trasera
suspendida para siempre. Pero, ¿podemos aprender de esto? Claro que sí, ¿no es
cierto? Estuve hablando con los polacos que analizaron el “Victoria” durante una
hora antes de caer en cuenta de que son los mismos hombres que han recorrido las
ruinas bálticas de las más grandes tragedias marítimas del mundo. El “Goya”, el
“Wilhelm Gustloff” y el “General von Steuben”.
Cerca de 18 mil alemanes,
la mayoría de ellos civiles, se hundieron en esos barcos, comparados con los mil
500 del “Titanic”, en el invierno helado de 1945, cuando los nazis trataron de
evacuar a su gente de Danzig antes que los soviéticos entraran a Alemania. Los
rusos los hundieron a todos.
Uno de los polacos tecleaba en su laptop y
ahí, delante de mí, había cráneos y huesos de verdad, un casco alemán, un
cinturón, los restos de una camisa. “Las autoridades polacas querían analizar un
cráneo y trajimos uno”, me dijo uno de los polacos. “Lo identificaron como el de
una mujer de entre 30 y 40 años.”
Otra vez, orgullo desmedido. El casco
comprueba que elementos de la Wehrmacht estaban a bordo de estos barcos. Pero la
mayoría eran civiles y los rusos aún idolatran a los tripulantes de los
submarinos que mataron a tantos civiles entre el 30 de enero y el 16 de abril de
1945. También pone al almirante Tryon bajo otra luz. Una “tonta y costosa
empresa que terminaen desastre” bien puede definir la práctica humana de la
guerra. El mar ya no puede esconder sus secretos. Nuestra aventura tiene un
sepulcro perpetuo ahí, si es que queremos examinar lo que
significa.
* Periodista británico. El mayor especialista occidental
en los países árabes. De The Independent, especial para
Página/12.
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