labemos
a los hombres famosos. Me refiero a los que están muertos, desde
luego, porque sospecho que como pueblo, la forma en que honramos a los muertos
nos define tanto como la forma en que tratamos a los vivos. Mi papá, el viejo
Bill Fisk, solía obligarme a caminar por entre los pasillos de la Iglesia de
Todos los Santos para leer las inscripciones y los honores, comidos por la
polilla, del Regimiento Real de West Kent, que colgaban sobre nuestras cabezas.
Me gustaba la forma en que nosotros los ingleses hacíamos las cosas, como al
descuido. Winston Churchill yace bajo una sencilla lápida en Blaydon,
Oxfordshire. Nuestros poetas están amontonados en la abadía de Westminster. Bajo
esa nave están también los restos de Isaac Newton. "Los mortales se regocijan
por el hecho de que haya existido tal ornamento para la raza humana", dice en
latín en su lápida. A unos kilómetros, el Duque de Hierro comanda el
Paraíso, solo, en su catafalco de hierro negro en San Pablo.
Mi epitafio favorito sigue siendo el del decano Jonathan Swift; él mismo lo
escribió, también en latín, en la catedral de San Patricio, en Dublín. La
traducción se la debo al lector Stephen Williams. "Aquí yace el cuerpo de
Jonathan Swift, en esta catedral. El decano, cuya salvaje indignación ya no
puede lacerar su corazón. Viajero, ve e imita, si puedes, su agotadora
reivindicación de la libertad del hombre".
Recientemente me encontré deambulando por el Pantheon de París, y me
sorprendió la siniestra y blanca conformidad de la semirrevolucionaria casa de
los muertos de la Francia católica. "Aux grands hommes, la patrie
reconnoissante", dice a lo largo del friso. "A los grande hombres de una
nación agradecida". Los franceses a veces traducen patria como "tierra del
padre", lo cual, por todas las razones acostumbradas, encuentro un tanto
perturbador. Desde que la patria se mezcló con la familia y las tribulaciones
durante la ocupación -en lugar de mezclarse con la libertad, la igualdad y la
fraternidad- me sorprende que hasta la patria haya conservado su integridad.
Pero es dentro del Pantheon donde encuentro cosas muy extrañas. Cierto, ese
par que tanto se peleaba, Rousseau y Voltaire, se miran cara a cara en sus
féretros originales. Voltaire llegó a Londres a tiempo para ver el funeral de
Newton, a quien comparaba con Descartes. Escribió: "En París se ve la tierra con
forma de melón; en Londres está achatada por dos lados. Para un cartesiano, la
luz existe en el aire, para un newtoniano ésta llega del sol en seis minutos y
medio".
Pero no hay luz natural dentro de la cripta del Pantheon porque, por Dios, lo
que hay es conformidad. Todos los grands hommes -y algunas pocas mujeres-
están sellados dentro de sarcófagos de piedra idénticos. La tumba de Alejandro
Dumas es igual a la del héroe de la resistencia, Jean Moulin. Lo mismo los de
Marie y Pierre Curie, y las de Zolá y André Malraux. También las de Víctor Hugo
y Jean Jaures (que como Moulin, es uno de mis héroes), y la tumba de Jean
Monnet.
La igualdad aquí en verdad lo es. Como los muertos de Verdum, a la elite de
Francia no se le hacen favores adicionales; ni flores ni poemas extras, no hay
concesiones especiales. Sólo esas largas tumbas blancas que me recuerdan los
gabinetes de hibernación en la nave espacial de la película 2001: Odisea del
espacio, en las que la tripulación es asesinada por Hal para luego anunciar:
"Funciones vitales: terminadas". En el Pantheon, sus funciones vitales también
terminaron, la mayoría, por causa de Dios, excepto en el caso de Jean Moulin;
eso fue obra de Klaus Barbie.
Y por supuesto, la semana pasada, averigüé la forma en que el pequeño Líbano,
hijo de Francia, honra a sus muertos, los musulmanes y cristianos ahorcados por
los turcos entre 1915 y 1916 por exigir independencia del Imperio Otomano.
Fueron a la horca en lo que hoy se conoce como Plaza de los Mártires, a poco más
de un kilómetro de donde está mi casa. Ahí gritaron sus desafíos contra la
ocupación turca mientras los verdugos preparaban su labor. Los turcos
descubrieron cartas de esos hombres en el abandonado consulado francés y todos
fueron torturados, al estilo de Barbie, en la ciudad de Aley, antes de ser
condenados a muerte.
Abdul Karim al Khalil, un musulmán, gritó desde el cadalso palabras que más
tarde quedarían escritas en el corazón de todo escolar libanés: "Mis queridos
compatriotas, los turcos quieren sofocar la voz de nuestros pulmones... Pero
nosotros pediremos a las naciones civilizadas del mundo nuestra independencia y
nuestra libertad. ¡Mi amada tierra, recuerda siempre a estos mártires¡ Oh,
paraíso de mi país, lleva nuestros sentimientos de fraternidad a cada libanés,
cada sirio, cada árabe. Háblales de nuestro trágico final y diles: 'Por su
libertad hemos vivido y por su independencia hemos muerto'". Al Khalil pateó la
escalera bajo sus pies y se ahorcó a sí mismo.
Dos hermanos fueron ejecutados el mismo día. Mohamed y Mahmoud Mahmessani.
Mohamed abrazó a su hermano durante 15 minutos, tratando de consolarlo antes de
ser ahorcados juntos. Joseph Bechara Hani, un cristiano, sólo pudo pronunciar
unas palabras antes de que el verdugo lo ajusticiara: "Soy inocente,
completamente inocente. Lo juro ante Dios... muero sin miedo".
El día después de que el último patriota libanés fuera ejecutado, el
diplomático francés Francois Picot firmó su acuerdo secreto con Mark Sykes para
diseñar el Medio Oriente de la posguerra, y quitarle Líbano a Francia,
Los turcos arrojaron los cadáveres de los hombres ahorcados a una fosa común
en una playa de Beirut. Pero cuando los franceses liberaron Beirut, en 1918, los
desenterraron. Claro, para volver a sepultarlos con honores. Ah, sí, pero
resultó que la Iglesia cristiana no permitió que los mártires musulmanes
yacieran en sus cementerios. Y el clero musulmán ni siquiera consideró dejar que
los mártires cristianos fueron sepultados en los suyos. Así que los místicos
drusos permitieron que encontraran su último lugar de descanso en tierras de su
propiedad, en el centro de Beirut.
Y ahí fue donde los encontré la semana pasada, al lado de un paso a desnivel,
encerrados detrás de una reja metálica, sus tumbas cubiertas con ramas y
rodeadas de ortigas. Un gallo cantaba entre ellos. Los hermanos Mahmessani están
juntos en una sola tumba de concreto. Los otros -son 19 en total- tienen tumbas
en las que están grabados sus nombres y sus lugares de nacimiento. Omar Mustafá
Hamad, nacido en Beirut en 1892; Prince Said al Chehabi, nacido en Hasbaya en
1889.
"El Cementerio de los Mártires Libaneses", dice en una placa sobre la reja
oxidada, "fue renovado bajo los auspicios del primer ministro Rafiq Hariri, el 6
de marzo de 1996". Pero el 14 de febrero de 2004 es asesinado Hariri y se
convirtió también en un mártir. A unos 10 metros del cementerio está el lugar
donde el presidente René Mouawad fue vaporizado por una bomba masiva en 1989.
Indignación salvaje, ciertamente.
© The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca