Robert Fisk - rodelu.net |
22 de marzo de 2006
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La
Vanguardia de España - 26 de marzo de 2006
El avispero iraquí / Tercer aniversario del conflicto
La marcha de la locura
"LOS COMUNICADOS DE Bagdad son tardíos,
falsos, incompletos. Las cosas han sido mucho peores", dijo en
1920 Lawrence de Arabia
Robert
Fisk
Es
la marcha de la locura. En 1914 los británicos, los franceses y los alemanes
pensaban que estarían en casa por Navidad. El 9 de abril del 2003,
el cabo David Breeze del tercer batallón del 4.º regimiento de los
Marines de Estados Unidos -el primer estadounidense que entró en
Bagdad- me pidió prestado el teléfono móvil para llamar a su casa en
Michigan. "Hola, estoy en Bagdad", dijo a su madre. "Llamo para
decirte que te quiero, que estoy bien, que os quiero a todos. La
guerra se acabará en unos días. Os veré pronto".
Eran tipos
duros esos marines, hombres de huesos grandes con la cara llena de
barro y ojos feroces -llevaban varios días luchando sin dormir-,
pero también ellos realizaban el solitario viaje de desesperación
emprendido casi un siglo antes por los old contemptibles
británicos, los poilus franceses o la infantería bávara.
¿Ocurría porque ya no tenemos dirigentes que hayan
experimentado la guerra? Durante mi infancia, eran primeros
ministros Churchill y MacMillan, unos hombres que habían luchado en
la Primera Guerra Mundial y que nos habían conducido a través de la
Segunda. Eden había sido ministro durante la guerra con Churchill.
Tito resultó herido por un proyectil alemán en Yugoslavia, Jack
Kennedy había mandado un torpedero en el Pacífico, De Gaulle luchó
en la Gran Guerra y luego ayudó a liberar Francia de los nazis, pero
Blair, por mucho que diga ser amigo de Dios, carece de esa
distinción; como tampoco la tienen Bush, que se escabulló de
combatir en Vietnam, ni Cheney, que hizo lo mismo, ni Gordon Brown,
ni Condoleezza Rice, ni el australiano John Howard. Colin Powell
estuvo en Vietnam; pero ha desaparecido de la escena, arrastrando su
vergonzosa actuación sobre armas de destrucción masiva ante las
Naciones Unidas en febrero del 2003.
A pesar de todo,
nuestros hombrecitos se han vestido con las ropas de los titanes
muertos. Bush y Blair creyeron que eran Churchills o Roosevelts. Se
exhibieron, junto con Aznar, como los tres grandes: Churchill,
Roosevelt y Stalin; aunque nunca descubrí cuál de los tres se
suponía que interpretaba el papel del asesino de masas soviético
mientras tramaban su conjura bélica en las Azores. Afirmaron que
Saddam era el Hitler de Bagdad. Mi viejo y mesiánico amigo Tom
Friedman, columnista de The New York Times, acertó al
describir a Saddam como mitad Pato Donald y mitad don Corleone, pero
no era ésa la clase de realidad que les interesaba a Bush o Blair.
Eran los especialistas del arreglo rápido, los estadistas
instantáneos, los tipos sabían cómo lidiar con la guerra. ¿Control y
reconstrucción posbélicos? Paparruchas, los iraquíes harán lo que
les digamos después de recibirnos con rosas y canciones. Winston
Churchill creó en 1941 un comité ministerial para organizar la
administración de la Alemania ocupada de posguerra: cuatro años
antes del final de la Segunda Guerra Mundial, y eso en una época en
que aún esperábamos que la Wehrmacht invadiera Gran Bretaña.
Nuestros Churchills de pacotilla no se preocuparon de crear un
comité de pacotilla ni siquiera unos días antes de su invasión de
Iraq.
Yes que ésta iba a ser una guerra ideológica. Desde su
concepción por los chiflados de la derecha estadounidense -como la
política proisraelí para ayudar a Beniamin Netanyahu- y luego
endilgada a Bush hasta el desastre que es hoy Iraq, la guerra de
verdad tenía que convertirse en mito, las pesadillas en sueños, la
destrucción en esperanza, las verdades terribles en profunda
mendacidad.
Incluso hoy en día las potencias ocupantes
cuentan formidables mentiras. Que la democracia está arraigando,
cuando el gobierno iraquí sólo controla unas pocas hectáreas
en Bagdad. Que se está aplastando a la insurgencia, cuando 40.000
iraquíes armados causan estragos en el mayor ejército del planeta.
Que la libertad se afianza cuando todos los meses mueren miles de
iraquíes. Se supone que la actual operación Enjambre se dirige
contra quienes desean una guerra civil en Iraq. Sin embargo, algunos
de los personajes que buscan el estallido de semejante contienda
trabajan para el Ministerio del Interior iraquí y son pagados, al
final, por nosotros.
Para hallar la verdad, debemos acudir a
un conocido analista que nos advirtió de que en Iraq los británicos
han sido "llevados a un trampa de donde les costará salir con
dignidad y honor. Han sido embaucados hasta ella por una constante
retención de la información. Los comunicados de Bagdad son tardíos,
falsos, incompletos. Las cosas han sido mucho peores de lo que nos
han dicho. Nuestro gobierno, más sanguinario e ineficaz de lo que
sabe la opinión pública... No estamos lejos hoy del desastre". Es el
relato más breve y preciso que he leído hasta la fecha de nuestra
actual locura.
Fue escrito a propósito de la ocupación
británica de Iraq en 1920 por Lawrence de Arabia. En las largas
noches del 2003, cuando los peligros cotidianos bajo los bombardeos
estadounidenses eran sustituidos por el insomnio de las explosiones
de bombas en la oscuridad bagdadí exterior, me enroscaba como un
animal en mi cama y hojeaba las predicciones de esta actual locura.
Leí una terrible profecía del predicador evangelista Pat
Buchanan escrita cinco meses antes de que entráramos ilegalmente en
Iraq. "Esta invasión no será el desfile que predicen los
neoconservadores", decía. "Los ataques terroristas se producirán en
el Iraq liberado con tanta seguridad como en el Afganistán liberado.
Porque un islam militante (...) no aceptará nunca que George Bush
dicte el destino del mundo islámico (...) La pax americana llegará a
su apogeo, pero luego la marea baja; pues un empeño en el que los
pueblos islámicos sobresalen es en la expulsión de potencias
imperiales por medio del terror y la guerra de guerrillas". Existían
sombríos precedentes. Los musulmanes expulsaron a los británicos de
Palestina y Adén; a los franceses de Argelia; a los estadounidenses
de Somalia, y Beirut, a los israelíes de Líbano. Como escribió
Buchanan, "nos hemos lanzado a la ruta del imperio, y en la próxima
colina nos encontraremos a quienes partieron antes que nosotros".
Eso sí, no contaremos bajas.
¿Qué fue lo que nos dijo Bush
hace unas semanas? Que habían muerto 30.000 iraquíes desde la
invasión, con unas palabras que eran en sí mismas una admisión
racista, porque en realidad lo que dijo fue: "30.000 más o menos".
Unos pocos cientos arriba o abajo. ¿Se habría atrevido a decir que
las bajas estadounidenses eran "2.000 más o menos"? Claro que no.
Nuestros muertos son preciosos; son personas con viudas e hijos. ¿Y
los iraquíes? Son simples mortales cuyas bajas no nos puede revelar
el Ministerio de Sanidad iraquí, siguiendo órdenes de los
estadounidenses y los británicos; criaturas cuyo sufrimiento, mucho
más grande que el nuestro, debe sumergirse en la democracia y la
libertad en que los estamos ahogando; cuyos "más o menos" muertos
rondan probablemente los 150.000. En el fondo, si sólo en Bagdad
murieron de forma violenta 1.000 iraquíes el pasado mes de julio y
si son asesinados a un ritmo de 60 o 70 al día, entonces lo que
tenemos en las manos es un baño de sangre casi genocida. Sin
embargo, los iraquíes son ahora nuestros Untermenschen;y, a
decir verdad, no nos preocupan mucho.
¿Guerra civil? ¿Acaso
es la primera? Es una sociedad tribal, no confesional. Alguna
organización desea el estallido de una guerra civil; curiosamente,
fue un portavoz de la fuerza ocupante, cierto Dan Senor, el primero
en advertir de una guerra civil en Iraq durante una rueda de prensa
anglo-estadounidense en el 2003. ¿Por qué? Hablamos mucho más
nosotros de guerra civil que los iraquíes. ¿Por qué? Una y otra vez
nos informan de iraquíes y occidentales secuestrados por "hombres
con uniformes de la policía" o por "hombres con uniformes del
ejército".
¿Qué son estas sandeces? ¿Vamos a creernos de
verdad que hay un enorme almacén en Falluja con 8.000 uniformes de
la policía hechos a medida para los posibles insurgentes? ¡Qué va!
Lo cierto es que muchos policías y soldados de Iraq -de cuya lealtad
y valor depende, según Bush, nuestra retirada- son en realidad
insurgentes. Las fuerzas nacionalistas e islamistas se han
infiltrado tanto entre esos hombres que las promesas de retirada que
hacen Bush-Blair se encuentran en las antípodas de la verdad.
Estamos solos. Podemos convencer a nuestros ex espías, como el ex
primer ministro interino Iyad Alaui, que obedientemente afirmó la
semana pasada que había una guerra civil en curso, para intentar
asustar a los iraquíes. La realidad es que nuestra presencia armada
en Iraq está destruyendo a todo un pueblo.
Y seguimos
bajando por una escalera que se desmorona. Olvidemos las armas de
destrucción masiva, los lazos entre Saddam y el 11-S; los informes,
las mentiras y nuestra tortura, sí, tortura, en Abu Ghraib y
Guantánamo; olvidemos también el creciente abismo entre las
payasadas de Blair y la verdad. Acaba de decirlo Bush: "Serán
necesarios más sacrificios". Pueden estar convencidos si proseguimos
esta marcha de la locura.
© The Independent Traducción: Juan Gabriel
López Guix
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