Robert Fisk - rodelu.net |
16 de abril de 2006
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Página12
de Argentina - 15 de abril de 2006
¿Traidores, mártires o valientes?
Robert
Fisk
Hace
más de quince años fui a la ciudad belga de Ypres con una amiga
irlandesa. Ella es de una familia seguidora del partido Fine Gael y tiene un
sano escepticismo sobre la gloria romántica que cuelga del cuello de Padraig
Pearse por la militarmente inútil pero políticamente explosiva rebelión de
Pascua de 1916 en Dublín. Mi amiga tiene el mismo escepticismo sobre las
intenciones inglesas hacia Irlanda, norte o sur. Su madre una vez me contó su
recuerdo infantil sobre un allanamiento de militares ingleses en su casa de
Carlow. “Yo era una nena y uno de los soldados me acarició la cabeza. Yo le
dije: ‘A mí no me toque’.”
Una noche en Ypres, ante la inmensa Puerta de
Menin, en la que están grabados los nombres de 54.896 soldados británicos de la
Primera Guerra Mundial cuyos cuerpos jamás fueron encontrados, mi amiga se
enfrentó con un verdadero desafío político. Entre esos miles, vio cientos de
nombres irlandeses que murieron vistiendo el uniforme inglés mientras sus
compatriotas combatían en Dublín contra el mismo uniforme inglés. Leyendo un
nombre en particular, dijo: “¿Por qué, en nombre de Dios, este chico de Tralee
murió en las trincheras de Flandes?”. Fue entonces que un anciano se nos acercó
y nos invitó a firmar el libro de visitas.
Mi amiga miró el libro y vio,
con disgusto, la insignia militar británica. Ahí estaba, brillando dorada, la
corona británica. Mi amiga pensó en ese chico de Tralee muerto en Bélgica. Pensó
en su pequeño país católico y sus siglos de opresión, y se dio cuenta de que ese
chico de Tralee había ido a pelear –o creía haber ido a pelear– por la pequeña y
católica Bélgica. Entonces, mi amiga decidió escribir algo en el libro, pero en
irlandés. “Do thiortha beaga”, “por los países pequeños”.
Todo esto pasó
años antes de que una República Irlandesa próspera y confiada tuviera que pensar
cómo tratar el sacrificio que sus soldados hicieron, antes de la independencia,
bajo bandera británica. Los 35.000 irlandeses que murieron en la guerra de
1914-1918 abruman a los pocos cientos de muertos en la rebelión de Pascua. Mi
propio padre terminó luchando junto a los irlandeses en el Somme en 1918 aunque,
y esto es algo que me callaba muy bien cuando era el corresponsal de The Times
en Belfast en los años duros de la década del 70, había llegado a Irlanda como
parte de las tropas que ocuparon el país después de la rebelión. Sólo lo confesé
cuando me invitaron a hablar en Derry, Irlanda del Norte, en la conmemoración
del Domingo Sangriento –fui el primer inglés en ser invitado a hablar en memoria
de los católicos baleados en 1972 por los Paracaidistas–. Si Padraig Pearse no
hubiera izado la tricolor en el Correo Central de Dublín en abril de 1916, le
dije a mi audiencia, mi padre hubiera muerto en la primera batalla del Somme
tres meses después, y yo no existiría. ¿Le debo mi existencia al Sinn
Fein?
Todavía no sé cómo hay que ver a los hombres de 1916. Los mejores
libros sobre el alzamiento prueban que “los rebeldes”, como siempre los llamaba
mi padre, eran muy valientes y no les importaba sus vidas ni las de sus hombres.
Nunca sabrían la manera tortuosa en que su “sacrificio de sangre” –que no era ni
remotamente el primero en la historia irlandesa– sería reivindicado luego por
otros grupos armados que encontraban un mandato en la sangre derramada por los
escuadrones de fusilamiento ingleses de 1916.
Si no hubieran sido
fusilados cruelmente por su desafío armado al poder británico, ¿hubieran sido
honrados tanto en la Irlanda pobre, oscura y estancada de los años veinte y
treinta? ¿O mucho después en el interminable conflicto del Norte? ¿Hay que ser
un mártir para ser honrado?
Hace cinco años pensaba mucho en esto
mientras buscaba en los Archivos Nacionales británicos en Kew los detalles de la
ejecución de un joven soldado australiano. A mi padre le habían ordenado
fusilarlo hacia el fin de la Primera Guerra, pero Bill Fisk se negó y otro
oficial se hizo cargode esa tarea sucia. Entre los documentos de ejecuciones
militares correspondientes a 1916, encontré los nombres de Pearse, Connolly y
McBride. El castigo extremo que recibieron junto a sus colegas rebeldes de
Dublín transformó el rechazo de los irlandeses a la rebelión en simpatía y
admiración. Pero para los ingleses había sido simplemente otra aplicación
rutinaria de la ley marcial, un grupo de traidores a la Corona fusilado del
mismo modo que los desertores, asesinos y cobardes que eran baleados al amanecer
en la retaguardia de las trincheras de Francia.
El ministro irlandés de
Defensa dice ahora que las ceremonias militares de este fin de semana son un
símbolo del fin del conflicto en el Ulster. Puede ser. Pero, ¿quién va a
homenajear a ese pibe de Tralee?
* De The Independent de Gran
Bretaña. Especial para Página/12.
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