Rescate vip en el Líbano
Qué valientes parecían nuestros barcos de guerra al amanecer.
Esparcidos sobre el Mediterráneo azul pálido, repletos de cañones y
ametralladoras y misiles, era una armada conducida por el destructor
“Gloucester” y el “USS Nashville” y el “York” y la elegante fragata
antisubmarina francesa “Jeande-Vienne”. Nos representaban esos barcos que los
libaneses miraban con tanta intensidad ayer. Representaban nuestro poder
occidental, la fuerza militar de nuestras economías de miles de millones de
dólares. ¿Quién se animaría a desafiar este poderío naval?
Robert
Fisk*
Nuestros periodistas nos dijeron que sería la mayor evacuación desde
Dunkerque. Ahí estaba nuevamente, la Segunda Guerra Mundial. Y era otra mentira
cruel que los libaneses descubrieron enseguida. Porque esas embarcaciones
poderosas no llegaron para salvar al Líbano, para salvar una nación que estaba
siendo destruida por el aliado de Estados Unidos, Israel. El Líbano, cuya
floreciente democracia fue aclamada por nuestros líderes el año pasado como una
rosa en medio de las dictaduras del mundo árabe. No, los barcos aparecieron
sigilosamente durante el amanecer después de pedirle permiso a Israel para
ayudar a escapar a sus ciudadanos. Estos grandes barcos de guerra habían sido
enviados por los líderes occidentales (con excepción de Chirac), demasiado
cobardes, faltos de agallas, demasiado inmorales, como para decir una simple
palabra de conmiseración por el sufrimiento del Líbano.
Hasta Lord Blair de Kut al-Amara sólo podía condenar a Hezbolá por atacar a
los israelíes la semana pasada –sí, por supuesto Lord Blair, ellos “comenzaron
esto”, como no cesa de decir nuestro canciller– sin mencionar la salvaje matanza
por parte de Israel de más de 300 civiles libaneses. No, esos barcos que yo vi
entrando en el puerto de Beirut ayer no representaban a Dunkerque. Representaban
a Munich.
Hasta las historias de los diarios y la televisión consiguieron eludir la
realidad. Mientras nuestros alegres piratas ayudaban a subir a bordo a los
ancianos, y marines de Estados Unidos desembarcaron –o, para citar al informe
inolvidable de Associated Press “tomaron la playa por asalto”– para proteger su
embarcación, los equipos de televisión buscaban a través de la multitud a
refugiados que fueran adecuados para la imagen. Su problema, por supuesto, era
que casi toda la evacuación es de libaneses que tienen doble ciudadanía. Las
cámaras se movían inexorablemente hacia los pocos hombres de ojos azules y
mujeres rubias del tipo familia, cualquiera que no se pareciera ni remotamente a
la mayoría del resto de los refugiados. Era patético. Aunque estábamos
traicionando a los libaneses, tratamos de no filmar a los pocos dichosos que
podían escapar en nuestros barcos.
Por supuesto, hay varios tipos de escape y uno de los más adeptos de los
Houdini políticos es Su Excelencia, Jeffrey Feldman, el embajador de Estados
Unidos en el Líbano. Durante las últimas horas había tenido que escuchar
personalmente cómo el primer ministro libanés, Fouad Siniora, pedía
desesperadamente un cese de fuego, para terminar con la destrucción del Líbano
por parte de la fuerza aérea israelí. “¿El valor de una vida humana libanesa es
menor que la de los ciudadanos de otros países”?, preguntó Siniora. “¿Puede la
comunidad internacional mantenerse al margen mientras Israel nos inflige un
castigo tan cruel?” Respuesta: sí.
Este era el mismo Feldman, recuerdan, que había llenado de laureles a Siniora
y a su gobierno electo democráticamente el año pasado por su “Revolución del
Cedro”, por sacar al ejército sirio del Líbano. Pero, si alababa el discurso de
Siniora condenando a Israel, Feldman, sin duda, sería llamado de vuelta al
Departamento de Estado en Washington y despachado a la embajada de Estados
Unidos en Ulan Bator. De manera que, ¿qué debía decir cuando se le pidiera un
comentario sobre el discurso de Siniora? Fue, dijo Feldman, “articulado y
enternecedor”. Articulado como “él-sabe-cómo-unir-las-palabras” y enternecedor,
como “triste”. Ahora al Departamento Interior de la Verdad. Siniora no mencionó
a Hezbolá. No dijo que no había podido detener su insensato ataque a Israel la
semana pasada. No quiso criticar a este poderoso ejército guerrillero en un
momento que probó que Siria todavía controla los hechos en este hermoso y dañado
país. Y no se animó a criticar a Sayed Hassan Nasrallá, el líder de Hezbolá, a
quien Israel trató de asesinar unas pocas horas después, lanzando una bomba
masiva en lo que dijo que era un “bunker” en los suburbios al sur de Beirut, una
explosión de sacudió físicamente a toda la ciudad. Falso, gritó Hezbolá. Era el
edificio para una nueva mezquita. Umm. Uno tiene que decir que en realidad era
un edificio el que había sido impactado y unas pocas de las paredes sin terminar
parecían ser de diseño islámico. Pero mirando más de cerca, también tenía un
gran sótano. Un inmenso sótano. “Bueno –como me dijo un colega–. Supongo que
hasta las mezquitas tienen sótanos, pero...”.
Es verdad. Nadie cree nada en estos días. Y esto se aplica a la promesa del
presidente Bush de pedirle a Israel que deje de destruir más infraestructura del
Líbano. Era un gesto elocuente. Y sin duda enternecedor. Pero no queda mucha
infraestructura en el Líbano para destruir.
* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Celita Doyhambéhère.