Beirut, 23 de julio. Están en escuelas, en hospitales vacíos, en corredores y
mezquitas, y en las calles. Refugiados musulmanes chiítas del sur de Líbano,
obligados a salir de sus casas por los israelíes, llegan a Sidón por millares,
son atendidos por musulmanes sunitas y luego enviados al norte para unirse a los
600 mil desplazados libaneses en Beirut. Más de 34 mil han pasado por aquí en
estos cuatro días, una oleada de miseria y furia. Llevará años restañar sus
heridas, y se necesitarán millones de dólares para reparar los daños a sus
propiedades.
¿Y a quién pueden culpar de su éxodo? Este domingo, por segunda vez en ocho
días, los israelíes cometieron un crimen de guerra. Ordenaron a los aldeanos de
Taire, cerca de la frontera, salir de sus casas y luego -cuando el convoy de
autos y minibuses avanzaba obedientemente hacia el norte- la fuerza aérea
israelí lanzó un misil hacia el minibús que iba a la zaga; perecieron tres
refugiados y 13 sufrieron heridas graves. Se cree que el cohete que les dio
muerte era un Hellfire, fabricado por Lockheed Martin en Florida.
Hace nueve días, el ejército israelí ordenó salir de sus casas a los
habitantes de un pueblo vecino, Marwaheen, y luego disparó cohetes hacia uno de
los camiones que los transportaban; perecieron las mujeres y los niños que iban
dentro. Y ésta es la misma fuerza aérea israelí que fue elogiada la semana
pasada por uno de los más ardientes defensores de Israel, el profesor de
Harvard, Alan Dershowitz, porque "se necesitan medidas extraordinarias para
minimizar las bajas civiles".
Tampoco a Sidón la han perdonado los atacantes. En lo que queda de la
mezquita Fátima Zahra, institución de Hezbollah en el centro de la ciudad, se ve
una pila de escombros y muros aplastados; el alminar y el domo yacen en el
suelo, todavía con una bandera negra ondeando en la punta. Cuando los aviones
israelíes llegaron allí esta mañana, el velador, un anciano de 75 años, no tuvo
tiempo de salir corriendo; horas después murió de las lesiones. Su silla de
plástico blanco, volteada de lado, aún se ve junto a la puerta. Es improbable
que esa mezquita tuviera uso militar: a un lado hay una escuela perteneciente a
los Hariris, la poderosa familia sunita; jamás habrían permitido armas en el
edificio.
No es que Hezbollah -que mató a dos civiles israelíes más este domingo con
sus cohetes en Haifa- haya respetado a Sidón, cuya población es 95 por ciento
sunita. La semana pasada trató de lanzar misiles de fabricación iraní hacia
Israel desde el malecón y desde el rastro de la ciudad. En ambas ocasiones los
pobladores lo impidieron por la fuerza.
La multimillonaria Fundación Hariri -creada por el ex primer ministro Rafiq
Hariri, asesinado el año pasado- ha ayudado a 24 mil refugiados chiítas a salir
del sur y trasladarse a Beirut, pero no siempre su generosidad ha sido recibida
con agrado. Unos refugiados en una escuela técnica de Meheniyeh insultaron y
dieron de puñetazos a trabajadores de la fundación. En otras partes las familias
que huyen han maldecido a los empleados.
"Nos dicen que trabajamos para los estadunidenses y que por eso los sacamos
de su tierra", señala Ghena Hariri, sobrina de Rafiq y egresada de Georgetown.
"Es algo que seca nuestra energía. Trabajamos 24 horas y al final del día nos
maldicen. Pero me dan mucha pena; ahora los israelíes les dicen que salgan de
sus pueblos a pie y tienen que caminar docenas de kilómetros con este calor."
No es difícil ver cómo dañará esta guerra el delicado tejido sectario que
existe en Líbano. Un grupo de familias chiítas -albergadas en una escuela de las
montañas drusas del Chouf- trató de poner banderas amarillas de Hezbollah en el
techo y miembros del Partido Popular Socialista Druzo de Salid Jumblatt tuvieron
que rasgarlas en jirones. Ese acto tal vez salvó la vida de los refugiados.
Con todo, muchos de los chiítas de este bello puerto de la época de las
cruzadas han descubierto lo gentiles que pueden ser sus vecinos sunitas. "Aquí
estamos, ¿adónde más podríamos ir?", pregunta Nazek Kadnah, sentada en un rincón
de una mezquita que Rafiq Hariri construyó en honor a su padre, Haj Baha'udin
Hariri. "Pero nos cuidaron aquí como si fuéramos sus hermanos y hermanas y ahora
estamos seguros."
Estos sentimientos provocan algunas preguntas sombrías. ¿Por qué, por
ejemplo, estas infortunadas personas no pueden recibir de Tony Blair la misma
compasión que supuestamente sintió por los musulmanes de Kosovo cuando los
serbios los expulsaron de sus hogares? Estos miles de libaneses están tan
aterrorizados y privados de un hogar como los albaneses de Kosovo, por quienes
Blair decía estar librando una guerra moral. Pero para los musulmanes chiítas
que se refugian en Sidón no hay tal postura moral ni sugerencia alguna de cese
del fuego por parte de Blair, quien se ha alineado con los israelíes y los
estadunidenses.
¿Y cuál es exactamente el propósito de sacar a más de medio millón de
personas de sus hogares? Muchos de estos infelices están sentados apretando en
la mano las llaves de su casa, como hacían los palestinos de Galilea cuando
llegaron a Líbano hace 58 años para pasar como refugiados el resto de su vida.
Sí, es probable que los musulmanes chiítas de Líbano vuelvan a su casa. Pero,
¿qué encontrarán? ¿Una guerra entre Hezbollah y alguna fuerza occidental de
intervención? ¿O más bombardeos israelíes?
Inocentes siguen muriendo
Los refugiados de Sidón disponen ahora de 36 escuelas para albergarse... pero
ellos son los afortunados. En todo el sur de Líbano continúan muriendo
inocentes. Uno fue un niño de ocho años que pereció en un ataque aéreo israelí
en una aldea cercana a Tiro. En esta última ciudad, otros ocho civiles
resultaron heridos cuando un misil israelí impactó un vehículo afuera del
hospital Najem. Y por la mañana de este domingo, una periodista libanesa, Layal
Nejib, reportera gráfica de la revista Al-Jaras, cuyas imágenes eran
difundidas también por la Agencia France Press, murió en un taxi durante un
ataque aéreo israelí cerca de Qana, el mismo poblado donde 106 civiles fueron
masacrados en una base de la ONU por proyectiles de artillería israelíes en
1996. Tenía apenas 23 años.
En su casa de muros de mármol, en la parte alta de Sidón, Bahia Hariri
-parlamentaria local, madre de Ghena y hermana del primer ministro asesinado- se
sienta con rostro severo; apenas si puede controlar la rabia. "Estamos en esta
situación terrible, pero no tenemos ninguna salida -comenta-. Rafiq Hariri ya no
está con nosotros. La comunidad internacional no está con nosotros. ¿Quién está
con nosotros? Dios. Y los libaneses viejos. Y el mundo árabe; esperamos que nos
ayude. La única resistencia que podemos mostrar es ser un país unido. Pero
tenemos escaso margen para soñar."
© The Independent
Traducción: Jorge Anaya