En su peor día, el ejército israeli
sufrió 14 muertes en el bastión de Hezbolá
Una emboscada mortal en Bint Jbeil
El intento de copamiento del principal nido de resistencia de la guerrilla
chiíta en la frontera libanesa terminó con un tendal de soldados muertos y con
tanques y blindados incendiados. El ataque al puesto de la ONU no parece casual.
Siguen los bombardeos.
Robert
Fisk*
Desde Qlaya, sur del Líbano
¿Es posible –es concebible– que Israel esté perdiendo su guerra en el
Líbano? Desde este pueblo en el sur del país, veo las nubes marrones y negras de
humo del último ataque en la ciudad de Bint Jbeil: hasta 14 soldados israelíes
muertos y otros rodeados, después de una devastadora emboscada de la guerrilla
de Hezbolá en lo que se suponía que era un exitoso avance israelí contra un
“centro terrorista”.
El humo se ve también a mi izquierda, sobre la ciudad de Khiam, donde un
puesto de observación aplastado queda como el único recordatorio de los cuatro
soldados de la ONU –la mayoría de ellos decapitados el martes por un misil
fabricado en Estados Unidos– muertos por la fuerza aérea israelí. Soldados
indios del ejército de la ONU en el sur del Líbano, visiblemente conmovidos por
el horror de traer a sus camaradas canadienses, fijianos, chinos y austríacos de
vuelta en por lo menos 20 pedazos, desde el puesto de la ONU, al lado de la
prisión de Khian, dejaron sus restos en el hospital de Marjayoun ayer a la
mañana.
En años anteriores pasé horas con sus camaradas en este puesto de la ONU que
está claramente marcado con pintura blanca y azul, con la bandera celeste de la
ONU frente a la frontera israelí. Su deber era reportar todo lo que vieran: el
cruel fuego de misiles de Hezbolá desde Khian y la brutal respuesta israelí
contra los civiles del Líbano. ¿Era por esto que debían morir, después de haber
sido blanco de los israelíes durante ocho horas, mientras sus oficiales le
rogaban a la Fuerza de Defensa israelí que cesara el fuego? Un helicóptero
israelí hecho en Estados Unidos se ocupó de eso.
Mientras tanto, en Bint Jbeil, otro baño de sangre tenía lugar. Declarando
que “controlaban” esta ciudad libanesa del sur, los israelíes eligieron meterse
en una trampa de Hezbolá. Cuando llegaron al mercado desierto, fueron emboscados
por tres lados, y sus soldados cayeron al suelo bajo el fuego sostenido. El
resto de las tropas israelíes –rodeadas por los “terroristas” a los que
supuestamente debían liquidar– pidieron ayuda desesperadamente, pero cuando un
tanque israelí Merkava y otros vehículos se acercaron para ayudarlos, también
fueron atacados e incendiados.
Diecisiete soldados israelíes murieron hasta ahora en esta operación
desastrosa. Durante su ocupación del Líbano en 1983 más de 50 soldados israelíes
murieron en un solo ataque suicida. A esta altura de la guerra, aniquilar a
Hezbolá parece una meta ya olvidada. Los soldados israelíes intentan matar a
Hasán Nasralá, líder de Hezbolá. Sin acabar con su vida, difícilmente podrán
cantar victoria. En Kiryat Shmona y en Metula, en el extremo norte del Estado
hebreo, a pocos kilómetros del campo de batalla, la artillería se empleaba a
fondo. Dispararon cientos de proyectiles sobre el sur de Líbano, prácticamente
desierto de civiles. Y la aviación también atacó la sede central en Beirut de
Amal, el partido chiíta cuyo líder, Nabih Berri, a su vez presidente del
Parlamento libanés, se entrevistó con la secretaria de Estado norteamericana,
Condoleeza Rice, el lunes. Todo apunta, a tenor del fracaso de los diplomáticos,
a que la situación va a empantanarse. Así lo afirmó un general israelí: “La
ofensiva durará varias semanas”.
Pero Israel es el que se está quedando sin tiempo en el sur del Líbano. Por
quinta vez en treinta años sus ataques lo han colocado en el banquillo de los
acusados por crímenes de guerra en el Líbano. El número de muertes civiles ya
llegó a 400. Y todavía Estados Unidos no quiere intervenir para evitar la
masacre, ni aun para pedir un cese de fuego de 24 horas para permitir que los
3000 civiles todavía atrapados entre Qlaya y Bint Jbeil, que incluyen a un
número de habitantes con doble nacionalidad (dos canadienses entre ellos) puedan
huir.
* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Celita Doyhambéhère.