Robert Fisk - rodelu.net |
15 de septiembre de 2006
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La
Jornada de México - 6 de septiembre de 2006
Nacieron en Nueva Jersey o San Diego, pero se sienten sitiados e incluso odiados
Seis millones de musulmanes residentes en EEUU, en búsqueda de su identidad
Robert
Fisk The Independent
Chicago,
5 de septiembre. Un hombre de ojos castaños y piel oscura, con
fuerte acento estadunidense, se acerca a hablar conmigo. Supongo que es iraní o
tal vez paquistaní. Le pregunto de dónde viene. "De Austin, Texas", responde.
Otro chasco para Fisk. Pero, ¿de dónde es originario?, le pregunto. "Nací en
Newark, Nueva Jersey." Fisk carraspea. Y su familia, ¿de dónde viene? Comienzo a
sentirme como un agente de Seguridad Interna trazando el perfil racial de mi
nuevo amigo. "Lahore", responde lacónicamente mientras trato de hacer
correcciones. La única ciudad hermosa de Pakistán, le digo, y me sonríe con
sarcasmo.
Y allá voy cometiendo el mismo error en la sala de conferencias donde se
reúne la mayor convención de musulmanes estadunidenses -unos 32 mil- para una
semana de discursos y debates que van de la drogadicción a la "nueva" y
sanguinaria política de Condi Rice en Medio Oriente; de la banca sin
interés al uso de la tortura por el gobierno de Bush y, claro, a los efectos que
los crímenes internacionales contra la humanidad del 11 de septiembre de 2001
han tenido sobre los musulmanes.
¿Usted es jordana?, pregunto. "De Denver, Colorado", me contesta la joven.
Nacida en San Diego. Su familia sí, de Jordania. ¿De Líbano?, pregunto a otra.
"Búfalo, Nueva York." La familia es de Siria.
Me lleva un rato darme cuenta de que estoy jugando a lo mismo que tantos
estadunidenses no musulmanes después de los secuestros de aviones. Husmeo a los
enemigos del mundo apenas poco después de que el presidente George W. Bush entró
en fase paranoica al pronunciar un discurso ante la Legión Estadunidense en Salt
Lake City. Dijo allí que el país libra "la lucha ideológica decisiva del siglo
XXI" y luego machacó con el tema de Hitler recitando los argumentos que se
usaron antes de la Segunda Guerra Mundial contra la política de distensión.
Resulta extraño que sean los conversos musulmanes, y no los que nacieron en
esa religión, los más severos con Bush. "Quiere una guerra eterna", expresa un
joven de barba castaña pero de ojos muy azules: sí, viene de Vermont. "Dice
pendejadas y tenemos que escucharlo y prometer que no seremos violentos, porque
si no alguien nos señalará con el dedo." Todos coinciden en que el elemento más
pernicioso de la última filípica de Bush es el obsequio que hizo a Israel al
poner a Ehud Olmert en las filas de su "guerra al terror", con lo cual en forma
más que específica liga la masacre de civiles libaneses en julio y agosto con su
propio proyecto maniaco, al sostener que los combatientes de Irak y Líbano
"forman los contornos de un solo movimiento, una red mundial de radicales que
usan el terror para matar a quienes se atraviesan en el camino de su ideología
totalitaria".
Busco la ira entre estos miles de hombres de negocios de Seattle, estudiantes
de Harvard y amas de casa de Miami. Está allí, lo sé, pero, como hace notar un
amigo armenio, parecen felices. Y es cierto. Hay más sonrisas que expresiones de
desprecio, más bebés a la espalda de sus padres y en carritos que carteles con
escenas de dolor. De hecho no hay carteles.
Pero creo saber la verdad. En su entorno, como pequeñas minorías en los
pueblos y ciudades del país, los musulmanes estadunidenses -tal vez unos seis
millones- se sienten sitiados, objeto de recelo e incluso de odio. En cambio, en
el centro de convenciones son una confiada mayoría, sobre todo sunita -los
chiítas del país, que tal vez sean los más numerosos, carecen por el momento de
las mismas capacidades de organización-, que alegremente hace caso omiso de la
policía del estado de Illinois y del escuadrón antibombas de Chicago. Observo a
esos agentes que, pistola al cinto, van de puesto en puesto y de cuando en
cuando inspeccionan las cajas de libros apiladas contra las paredes. ¿Quién
creen que vaya a lanzar una bomba a los musulmanes en Chicago?, me pregunto.
Salam Marati -uno de los pocos que encontré que en verdad nacieron en el
mundo árabe, en su caso en el suburbio de Qadamiyeh, en Bagdad- es director del
Consejo Musulmán de Asuntos Públicos (CMAP), grupo activista de Los Angeles que
con frecuencia llama a los musulmanes del país a colaborar con las autoridades
contra la violencia, pero que ve otros peligros y otros blancos de la ira
política musulmana: los cabilderos pro israelíes, quienes insisten con
ostentación en que la vasta mayoría de musulmanes estadunidenses son pacíficos y
respetuosos de la ley, pero que existe "una red de terror islámico" en el país.
Daniel Pipes es persona non grata, al igual que Steven Emerson,
periodista independiente que pergeña un artículo tras otro sobre la
"jihad estadunidense" para periódicos tan augustos como The Wall
Street Journal, que por cierto se parece cada vez más al Jerusalem
Post. Emerson y su trabajo son hechos trizas por Marati y sus colegas en un
folleto que circula con profusión, titulado Terrorismo contraproducente: cómo
la retórica antislámica obstruye la seguridad interna en Estados Unidos.
"Los que representan a grupos pro israelíes continúan intimidando y
marginando a quienes critican las políticas israelíes, acusándolos de ser pro
terroristas", comenta Marati con una mezcla de rabia y fastidio. "Eso va en
detrimento del país y del combate al terrorismo."
Maher Hathout, consejero del CMAP y originario del suburbio de Qasr Aimi, en
El Cairo, está, si cabe, aún más indignado. "Somos un grupo de estadunidenses
que no se dejan intimidar", manifiesta. "Va uno a las universidades y los
estudiantes musulmanes son los más vehementes. Preguntan -preguntamos- cómo
podemos hacer que el estadunidense promedio, que sabe la verdad sobre Medio
Oriente, tenga los redaños para decirla. Nuestra tarea es decir: 'Qué pena de
ti. Criticas a tu presidente, pero cuando hablas de Israel, susurras'. ¿Qué ha
pasado con el hogar de los valientes?"*
El CMAP, que opera en Chicago bajo los auspicios de la Sociedad Islámica de
Norteamérica, claramente pro saudita, ha producido un manual llamado Campaña
del ciudadano común para combatir el terrorismo, que contiene citas del
Corán ("El que mata a un ser humano... es como si matara a toda la humanidad") y
aconseja a sus favorecedores: "Es nuestro deber como musulmanes estadunidenses
proteger a nuestro país y contribuir a su mejoramiento".
"Pero, ¿qué es la identidad musulmana estadunidense?", pregunta Marati.
"Nuestros valores religiosos y nuestros valores estadunidenses no son
incompatibles. No hay disonancia entre los principios fundacionales de Estados
Unidos y los valores musulmanes. Si no tenemos esa identidad, seremos atrapados.
Acabaremos creando guetos musulmanes en Estados Unidos."
A veces, sin embargo, estos hombres y mujeres me recuerdan un tanto a los
miembros más ardientes del cabildo israelí -o armenio-: elocuentes, quizás un
poco más de la cuenta, apasionados... y me pregunto si algún día podrían llegar
a perder algo de contacto con los hechos.
* Alusión a la línea final del himno de Estados Unidos, que exalta a esa
nación como "la tierra de los libres, el hogar de los valientes". (N. del T.)
© The Independent
Traducción: Jorge Anaya
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