Robert Fisk - rodelu.net |
15 de septiembre de 2006
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La
Jornada de México - 11 de septiembre de 2006
La columna vertebral del Estados Unidos de en medio
Robert
Fisk
Siempre
que llego a Estados Unidos me pregunto qué sorpresa me tienen
preparada los muchachos de Seguridad Nacinoal. Pero la semana pasada fue una
verdadera pera en dulce. Llegué de Líbano y le dije al joven de control de
aeropuertos, sentado en su escritorio, que venía a dar una conferencia ante
musulmanes. "Huy, usted sí que debe pasarla mal allá en Líbano", me dijo con
conmiseración al tiempo que me selló el pasaporte y en menos de 30 segundos me
lo devolvía con una dedicatoria escrita a mano: "Que le vaya bien, compañero". Y
así atravesé la barrera, ensillé un caballo palomino en el estacionamiento y me
dirigí hacia la luna creciente islámica que colgaba sobre el horizonte de
Chicago. ¡Hi Ho, Fisk, cabalga!
Ya había olvidado que muchos musulmanes estadunidenses son originarios del
sureste asiático, más que de Medio Oriente, sus familias son con más frecuencia
indias o paquistaníes, que sirias, egipcias, libanesas o saudíes. Pero la
asistencia mayoritariamente sunita de las 32 mil personas reunidas en el
encuentro anual de la Sociedad Islámica de Norte América no estaba conformada
por los vendedores de hot dogs, botones y taxistas de Nueva York. Son lo
que se está convirtiendo en la columna vertebral del Estados Unidos central, o
de en medio, que es como llaman a la zona del país comprendida entre las
costas este y oeste. Eran abogados corporativos, desarrolladores de bienes
raíces, ingenieros de la construcción y propietarios de franquicias.
Tampoco se trataba de esos dóciles musulmanes que dan la mano cuando uno se
los pide, de los que nos hemos acostumbrado a escribir después de los crímenes
internacionales contra la humanidad del 11 de septiembre de 2001. Ante cerca de
12 mil musulmanes reunidos en un auditorio, dije que el Medio Oriente nunca
había sido tan peligroso. Critiqué al líder de Hezbollah, Sayed Hassan
Nasrallah, por decir que él no tenía idea de que los israelíes iban a reaccionar
de manera tan salvaje por la captura de dos de sus soldados y el asesinato de
otros tres el pasado 12 de julio. Más tarde, un imán muy apreciado me dijo:
"Creo que lo que usted dijo del jeque Hassan fue casi un insulto". Pero era
claro que esa no era la opinión de mi público.
Cuando les dije que como estadunidenses musulmanes, pueden exigir el derecho
a responderle a los cabildos que maliciosamente aseguraron que dentro de su
comunidad, perfectamente respetuosa de la ley, había una red de atacantes
suicidas, rugieron entusiasmados.
Les advertí que escucharía con mucho cuidado su respuesta a mi siguiente
propuesta, y entonces dije que deben sentirse libres de condenar, y que deberían
condenar, a los regímenes musulmanes que usan la tortura y la opresión, aun si
sus dictadores viven en la tierra de la que vinieron sus familias.
Miles de musulmanes se pusieron de pie para manifestar su aceptación con
aplausos y gritos; con mucha más emoción y fervor que cualquier alarmista no
musulmán gritando "terrorismo árabe". Esto no fue lo que yo esperaba.
Horas más tarde, cuando firmaba ejemplares de la edición estadunidense de mi
libro sobre Medio Oriente, y que era la verdadera razón para ir a Chicago, estas
mismas personas se me acercaron para explicarme que no son estadunidenses
musulmanes, sino musulmanes estadunidenses; y que el Islam no es incompatible
con la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.
Algunos tenían historias trágicas. Un joven quiso que firmara su ejemplar de
mi libro con una inscripción que él llevaba escrita en un papelito rosa: "A mis
padres y hermanos, que perecieron a manos del Jmer Rojo de Pol Pot en Camboya.
Yousos Adam".
Miré la cara del joven y me di cuenta que lloraba. "Estoy en contra de la
guerra ¿sabe?", me dijo antes de desaparecer entre la multitud. Había otros
personajes más zalameros. Por ejemplo, el presentador paquistaní de noticias que
quería que yo hablara de los principios pacíficos de su país. Empecé a describir
la continua y sercreta relación entre los servicios de inteligencia de Pakistán
y el talibán, lo cual hizo que la entrevista terminara rápidamente.
También estaba el joven de rasgos asiáticos quien me dijo en voz baja que él
era "el señor Yee, el imán de Guantánamo". Resultó ser el mismo señor Yee al que
las autoridades estadunidenses acusaron de manera vil y falsa de pasar mensajes
de Al Qaeda a los prisioneros cuando él desempeñaba sus labores clericales en el
más lujoso campo penitenciario de Estados Unidos.
Pero no había amargura en estas personas. Sólo esa especie de dolor creciente
por la forma en que la televisión y la prensa de este país continuamente los
representa a ellos, y a los otros musulmanes del mundo, como una raza extraña,
cruel y sádica.
Una mujer me mostró un artículo publicado en junio de este año por el diario
Toronto Star sobre el poblado israelí de Sderot, el blanco de cientos de
misiles palestinos disparados desde Gaza. "Bajo fuego, en la Zona Cero de
Israel", era el encabezado. "¿Puede usted creer que exista este tipo de
periodismo, señor Fisk?". Exigía saber mi opinión. Ya iba yo a darle la vieja
cantaleta de que hay dos lados en cada historia cuando noté que, según el
artículo, sólo cinco israelíes habían muerto por los cohetes en Sderot durante
cinco años. Sí, cada vida vale lo mismo. ¿Pero quién en el Star decidió
que un muerto al año en un poblado israelí equivale a la Zona Cero de Manhattan,
con sus 3 mil muertos en dos horas? Todos los muertos son iguales en la prensa,
pero al parecer algunos son más iguales que otros.
Y no pude evitar notar hasta qué grado le gusta atizar este fuego a Thomas
Friedman, del New York Times. Este es el mismo hombre, un viejo amigo,
que hace unos años escribió que los palestinos creen en " el sacrificio de
niños" porque permitían que sus hijos arrojaran piedras contra los soldados
israelíes.
Pero lo más ofensivo para los musulmanes con quienes hablé, es que Friedman
ahora está "animalizando", como lo calificó muy propiamente una muchacha, a los
iraquíes. Fue esa chica la que me dio el recorte de un artículo de Friedman que
concluía con estas palabras: "Será una tragedia global si ellos (los enemigos,
es decir, los insurgentes iraquíes) triunfan, pero el gobierno estadunidense no
puede seguir pidiéndole a sus ciudadanos que sacrifiquen a sus hijos por
personas que se odian más entre ellas de lo que aman a sus propios hijos".
Aquí vamos de nuevo, pensé. Los musulmanes sacrifican a sus hijos. Los
musulmanes odian más de lo que aman a sus hijos. No me extraña, supongo, que sus
niños sigan recibiendo balas israelíes en el corazón en Gaza, y balas
estadunidenses en Irak y que las bombas israelíes los destrocen en Líbano. Pero
todo es culpa de los árabes.
Y sin embargo aquí en Chicago había 32 mil musulmanes denunciando todas las
calumnias, los sofismas y mentiras; y diciendo que están orgullosos de ser
estadunidenses.
Creo que, para un hombre que se despierta cada mañana en su departamento en
Beirut preguntándose dónde caerá la siguiente bomba, eso hace que uno se sienta
un poquito más seguro en el mundo.
© The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca
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