Robert Fisk - rodelu.net |
5 de noviembre de 2006
|
La
Jornada de México - 5 de noviembre de 2006
Ecos del imperio romano
Robert
Fisk
El
profesor Malcolm Willcock era el más gentil y talentoso de los académicos
que enseñaron al terrible Fisk historia latina y romana en la Universidad de
Lancaster, allá por 1965. Hacía que el imperio romano cobrara vida, y esta
mañana -en el año de su muerte- pienso en él al caminar por las calles de la
antigua Roma y ponderar las lecciones de un imperio posterior, mucho más
peligroso.
Debo añadir que el profesor Willcock era por sobre todo especialista en
Grecia -me dio a conocer a Aquiles, el que avanzaba "sobre el mar negro como el
vino"- y mostraba, según leí en uno de sus obituarios, "cómo los personajes
homéricos encarnaban con inventiva mitos comunes para servir de convincentes
paradigmas de la forma en la que deben comportarse los héroes".
¿A quién nos recuerda eso? De hecho, ¿qué me recuerda el imperio romano? Me
viene a la mente que en 1997 llevé pedazos de un misil de procedencia
estadunidense a Washington con la intención de ponerlos frente a sus
fabricantes. Anoté en mi diario que la ciudad lucía "hermosa ese día de fines de
primavera... la capital y los grandes edificios gubernamentales semejaban la
antigua Roma..." Y es cierto que los constructores de Washington querían que su
ciudad tuviera la apariencia de la más famosa capital de Malcolm Willcock.
Varios soldados estadunidenses en Irak -entre ellos un joven que murió el año
pasado- comparaban su vida con la de los centuriones romanos. Y no es difícil,
al ver a los estadunidenses en su atuendo de combate -los cascos germanizados,
la pesada armadura corporal de Kevlar, las mullidas botas cafés- evocar a los
centuriones con sus pectorales de cuero y sus cascos de plumas.
Podemos ir a Irak, proclaman sus uniformes; podemos marchar por las tierras
de Sumeria, donde se supone que comenzó la civilización; podemos montarnos a
horcajadas sobre Bagdad, somos uno de los "pilares triples del mundo" (esto lo
dijo Marco Antonio cuando ya era triunviro). Para el equivalente a una pisada
romana, sientan la vibración de un tanque M1A1.
Pero, ¿es así como existen los imperios? Yo creía que contenían su propio
sistema integrado de temor, que se lanzaban contra quienes tenían que entender
que Cartago delenda est. Cartago (léase aquí Al Qaeda) tiene que ser
destruida, pero no estoy seguro. Me parece que los imperios -el romano, el
británico, el estadunidense- se extienden porque está en su naturaleza
proyectar, en forma constante y fatal, la fuerza militar. Puesto que podemos ir
a Bagdad, vayamos a Bagdad.
Recuerdo que el profesor Willcock me llamaba la atención hacia Craso, el
multimillonario romano que ganaba sus sestercios con el alquiler de ruinosas
vecindades romanas y cuya personalidad captó en forma tan convincente Laurence
Olivier en el filme Espartaco. Craso llevaba sus legiones a lo que hoy
llamaríamos el desierto sirio-iraquí, donde los jinetes partianos (aquí pongamos
hoy día los terroristas sirio-iraquíes) las hacían pedazos. Al propio magnate lo
invitaron a negociar la rendición en una tienda, donde le cortaron la cabeza, le
llenaron el cráneo de oro y lo enviaron al estilo iraquí de vuelta a Roma, en
tributo a su riqueza.
Cuando Scullard compuso su monumental De los Gracos a Nerón, dejaba
clara su percepción -escribía en la década de 1930- de que César Augusto era un
Mussolini de la antigüedad. Muchas versiones cinematográficas de la historia
romana -Gladiador sería el esfuerzo más reciente de Hollywood- presentan
el poder imperial como fascista en esencia, aunque eso es un poco injusto hacia
Roma. La república -la Roma de los triunviros- fue un intento de dividir el
poder, y no es culpa de Cicerón que Pompeyo, César Augusto y Marco Antonio
-quien rescató las insignias de Craso del desierto de los partianos- no pudiesen
salvar la democracia.
Lo que Roma sí proyectaba era la idea de "pertenencia". Cada pueblo
conquistado adquiría la ciudadanía romana. Pensemos por un momento qué habría
pasado en Bagdad si a cada iraquí se le hubiera ofrecido en 2003 un pasaporte
estadunidense: ¡nada de insurgencia ni de guerra, ninguna baja estadunidense,
puro amor y deseo de todo ser humano en el sureste de Asia de ser invadido por
George W. Bush! Una vez hice este planteamiento a un oficial de la CIA en Amara
-sí, esa misma Amara que se salió del dominio británico el mes pasado y que será
la herencia de Tony Blair cuando deje el cargo-, y se mofó de mí. "No vinimos
aquí a beneficiarlos", me dijo. ¡Ah!, ¿pero qué no era a eso?
El profesor Willcock tenía un notable adjunto en el departamento de clásicos
de la Universidad de Lancaster, de nombre David Shotter, a quien llamé por
teléfono este día. Shotter solía comparar el surgimiento de las legiones romanas
con la Wehrmacht alemana en la Rusia de la Segunda Guerra Mundial, paralelo que
hoy prefiere callar. Hoy habla de un "lugar romanizado en el tiempo", de la
creación de "un pueblo dotado de energía maniática" y de -contuve el aliento
cuando dijo esto al teléfono, porque me encontraba a 100 metros del Foro Romano-
"cómo la conquista puede ser feroz cuando necesita serlo". Virgilio entendía la
necesidad de aprovechar los beneficios de la paz. Si los comandantes del
ejército romano hubieran visto Irak hoy, añadió Shotter poco a poco, "habrían
encontrado una situación bastante inaceptable".
Los romanos, por supuesto, nunca retrocedían. Jamás "cortaban y corrían", y
aquella vez en que fueron visitados por una plaga tipo Al Qaeda en Bitinia (en
la Turquía actual), en la que cada hombre, mujer y niño romanos fueron
aniquilados, crucificaron a sus enemigos hasta extinguirlos. Los derechos
humanos no tenían dimensiones en la Roma antigua. La cámara de tortura era parte
de su civilización. La cruz era el símbolo del poder.
Pero entonces, ¿qué derrumbó su imperio? La corrupción, claro. Y bueno, al
final llegaron a Roma los godos, los ostrogodos y los visigodos. No muy lejos de
donde escribo este texto se pueden encontrar aún monedas verdes y quemadas
-sestercios- incrustadas en piedras en el mercado cuando los comerciantes las
arrojaban al fuego en el momento en que el "otro" -el ejército "extraño", el que
no aceptaba los "valores" romanos- llegaba al foro tan aprisa que no les daba
tiempo de recoger las tiendas.
Esta mañana volveré a echar una ojeada a esas monedas quemadas. Pero debo
preguntarme si los "terroristas" -los godos, ostrogodos y visigodos- serán
detenidos en Irak. O tal vez ya viven en Washington y desgajan el imperio desde
adentro. Sospecho que Malcolm Willcock, el más noble de todos los romanos,
estaría de acuerdo.
© The Independent
Traducción: Jorge Anaya
|