Robert Fisk - rodelu.net |
23 de noviembre de 2006
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Página12 de Argentina - 22 de noviembre de 2006
El muerto que faltaba
Robert
Fisk* Desde Beirut
Drante
días habíamos estado debatiendo si no era tiempo de otro asesinato
político para inflamar las tensiones sectarias, ahora que el gobierno
democráticamente elegido del primer ministro Fouad Siniora estaba por caer.
Durante días el lenguaje político del Líbano había sido incendiario. Las
amenazas y las intimidaciones de los líderes políticos eran cada vez más
temibles. Sayed Hassan Nasrallá, el líder chiíta de Hezbolá, había llamado
ilegítimo al gabinete de Siniora. “El gobierno de Feltman”, así lo llamaba
–Jeffrey Feltman es el embajador de Estados Unidos en el Líbano–, mientras que
el líder druso Walid Jumblatt clamaba que Irán quería tomar las riendas.
El asesinato de Pierre Gemayel ayer fue una advertencia. Podría haber sido
Jumblatt, que me dijo muchas veces que constantemente espera su propia muerte, o
podría haber sido Siniora mismo, el pequeño economista y amigo del también
asesinado ex primer ministro Rafik Hariri. Pero no. Gemayel, hijo del ex
presidente Amin Gemayel y sobrino del presidente electo asesinado, Bashir
Gemayel –el asesinato es una tradición familiar– no era una figura carismática,
sino un ministro cristiano maronita soltero y muy trabajador, cuya tarea poco
gratificante era llamar a los emigrados libaneses de regreso para reconstruir su
país después de los sangrientos bombardeos de Israel.
Las hogueras ardían en las calles del Este cristiano de Beirut anoche y había
cientos de jóvenes, algunos armados, en el vecindario de Jdeideh, donde Gemayel
fue asesinado. “No quiero venganza”, pedía su padre Amin frente al hospital
donde yacía su cuerpo. Pero la violencia crepita en el aire en una ciudad donde
cuatro políticos y periodistas antisirios han sido asesinados en veintiún meses.
Gemayel, también, era un duro crítico de Siria. Por eso el hijo de Hariri, Saad
–líder del movimiento 14 de marzo que controla el Parlamento–, culpa a Damasco
por su muerte.
Pero nada pasa por casualidad en el Líbano y los detectives políticos –al
revés de los policías que seguramente no encontrarán a los asesinos de Gemayer–
tienen que mirar más allá de las fronteras del país
para comprender por qué los fantasmas pronto podrán salir de las tumbas
masivas de la guerra civil. ¿Por qué murió Gemayel horas después de que Siria
anunciara la restauración de las relaciones diplomáticas con Irak después de un
cuarto de siglo? ¿Por qué amenazó Nasralá con manifestaciones callejeras en
Beirut para derrocar al gobierno cuando el gabinete de Siniora acababa de
aceptar que un tribunal de la ONU juzgara a los asesinos de Hariri? ¿Y por qué
el embajador estadounidense en la ONU, John Bolton, llora lágrimas de cocodrilo
por la democracia del Líbano –que le importaba tan poco cuando Israel lo invadió
este verano– sin mencionar a Siria? Todo esto, por supuesto, ocurre mientras
miles de tropas occidentales entran al Líbano para apuntalar a la fuerza de la
ONU en el sur del país: tropas de la ONU que supuestamente debieran proteger a
Israel (lo que no pueden hacer) y desarmar a Hezbolá (que no quieren hacer) y
que ya están recibiendo amenazadas de Al Qaida.
Con razón los europeos, cuyas fuerzas blindadas de la OTAN están ahora
atrapadas en el sur del país, están tan temerosos. Con razón el Foreign Office
les ha estado diciendo a los británicos que no se acerquen. Con razón Tony Blair
–tan desacreditado en Medio Oriente como lo está en Gran Bretaña– ha estado
pidiendo que se investigue el asesinato de Gemayel, algo que no conseguirá.
Hipocresía no es la palabra para todo esto, aunque la historia reciente brinda
todas las claves. Cuando Hezbolá capturó a dos soldados israelíes y asesinó a
tres el 12 de julio, Israel bombardeó al Líbano durante 34 días, masacró a más
de mil civiles y causó miles de millones de dólares en daños. Culpó al gobierno
de Siniora y Bolton y sus compañeros diplomáticos estadounidenses no hicieron
nada para ayudar al desafortunado primer ministro. El presidente George Bush
quería que Israel destruyera a Hezbolá –en lo que fracasó totalmente– como una
advertencia para su último blanco en Medio Oriente, que justamente es el
principal partidario de Hezbolá, Irán. La democracia libanesa, bien gracias.
Hasta Blair, que tanto se preocupaba por el Líbano, no vio motivo alguno para
pedir un cese de fuego inmediato.
En los momentos posteriores a la guerra, ante el fracaso de Israel, Nasralá
comenzó a alardear que había ganado una “victoria divina” y que el gobierno de
Siniora había fracasado. Hezbolá, por supuesto, es también amigo de Siria y
nadie se sorprendió cuando el gobierno antisirio cayó bajo el azote del prelado
chiíta, cuyos carteles en todo el Líbano sugieren que promueve el culto a su
personalidad.
Hace doce días los seis ministros chiítas abandonaron el gabinete, dejando a
la mayor secta religiosa en el Líbano sin representación en el gobierno. El
lunes pasado, el gobierno de Siniora –Gemayel incluido– aprobó los planes para
que un tribunal juzgue a los asesinos de Hariri. La mayoría de los libaneses
sospecha que los asesinos cumplían un encargo de los sirios. Sin la presencia de
los chiítas, la decisión del gobierno carece de legitimidad. Nasralá reaccionó
convocando a protestas callejeras. Si él es una criatura de Siria e Irán –y los
libaneses debaten esto mientras Nasralá lo niega–, las protestas representan la
mejor manera de golpear al gobierno antisirio que gobierna el Líbano.
* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12
Traducción: Celita Doyhambéhère.
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