Robert Fisk - rodelu.net |
24 de noviembre de 2006
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Página12 de Argentina - 24 de noviembre de 2006
Sobreviviendo
Robert
Fisk*
Amin
Gemayel lloró y se desvaneció frente a nosotros. Las
decenas de miles de cristianos y musulmanes estallaron en aplausos ante el
escenario improvisado. Gemayel –un hombre anticuado y poco carismático cuando
fue presidente del Líbano– levantó su mano derecha y de repente se convirtió en
un símbolo de nobleza, todavía tambaleándose, su brazo izquierdo sostenido por
la figura alta y mucho más joven de Saad Hariri. Sólo dos días antes, el hijo de
Gemayel, el ministro Pierre, fue acribillado por hombres armados en Beirut; su
cuerpo todavía yacía en la Catedral de Saint George a unos metros de donde
estábamos parados. Gemayel tuvo mucho coraje ayer al afirmar a la gran masa de
libaneses en frente suyo que, sí, habría una segunda revolución en este país,
que terminaría sólo cuando el presidente pro-sirio fuera removido de su
cargo.
La valentía de Gemayel fue uno de los pocos momentos de humanidad en este día
soleado, pero políticamente nublado. Porque los dragones que se mueven a través
del oscuro infierno de la política del Líbano todavía están vivos. Uno de ellos,
el demacrado ex líder de la milicia Samir Geagea –-quien pasó 14 años en una
prisión subterránea por hacer estallar una iglesia– habló de los enemigos del
Líbano, tanto internacionales como internos. “Querían una confrontación. Que así
sea”, gritó.
El dolor de los políticos del Líbano era muy evidente en las figuras que se
encontraban al lado de la casilla a prueba de balas desde la que habló Gemayel.
El propio Gemayel perdió a su hijo y, en 1982, a su hermano electo presidente,
Bashir, cuya pequeña hija murió en una explosión durante la guerra civil. Estaba
Marwan Hamade, que casi muere en un atentado con coche bomba en octubre de 2004,
y Saad Hariri, hijo del ex premier Rafik, cuyo asesinato en una gran explosión
en Beirut el año pasado disparó la primera “revolución” que trajo la democracia
al Líbano y el retiro de las tropas sirias. También estaba Walid Jumblatt, el
elocuente y nihilista líder druso, cuyo padre Kemal fue asesinado por hombres
armados en marzo de 1977. Y Nayla Moawad, cuyo esposo y presidente voló en
pedazos por una bomba en noviembre de 1989. Todos se pararon juntos en el triste
y pequeño podio, con el cuerpo de Pierre en la basílica detrás de ellos y el
cadáver quemado de Rafik en una tumba a su lado.
En el funeral había gran cantidad de banderas, y miles y miles de tropas
libanesas, reservistas, gendarmes, policías antidisturbios, matones del
Ministerio del Interior y policías de tránsito. Todos ellos, no es necesario
decirlo, para salvaguardar las vidas de una especie en peligro de extinción, los
políticos sobrevivientes del Líbano, de los asesinos de Damasco. De hecho,
cuando los cuerpos de Gemayel y su guardaespaldas, Samir Chartouni, fueron
sacados de la Catedral para enterrarlos había otros cientos de hombres de
seguridad fuertemente armados parados alrededor de los cajones. No pude evitar
preguntarme si tan solo hubieran sido tan entusiastas como ahora en proteger a
los ocupantes de los cajones cuando estaban vivos...
Geagea estremeció con sus denuncias. “No aceptaremos que este gobierno sea
cambiado por un gobierno de asesinos y criminales”, exclamó. Y ya que es Sayed
Hassan Nasralá del movimiento chiíta Hezbolá el que ha estado insultando al
gabinete de Siniora llamándolo el gobierno del “embajador estadounidense” –y ya
que son los ministros chiítas los que se han retirado del mismo gabinete– uno
podría concluir que los “asesinos y criminales” de Geagea son chiítas.
En efecto, pensando en sus sangrientos pecados de tiempos de guerra, por
muchos de los cuales fue amnistiado, uno tiene que reflexionar por qué los
compañeros de Geagea volaron la congregación de la Iglesia de Nuestra Señora de
la Liberación en 1994. El tribunal dijo que quería persuadir a los cristianos de
que Hezbolá había cometido el crimen. Es gracioso cómo estas cosas vuelven a
nosotros. Curiosamente, el asesinato de Pierre Gemayel esta semana ha tenido el
mismo efecto en los cristianos y los musulmanes sunnitas. Ha persuadido a muchos
de ellos de que Hezbolá, en nombre de Siria, cometió el crimen. Un pensamiento
angustiante.
* De The Independent de Gran Bretaña. Desde Bikfaya, Líbano. Especial
para Página/12
Traducción: Celita Doyhambéhère.
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