Robert Fisk - rodelu.net |
27 de noviembre de 2006
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Página12 de Argentina - 26 de noviembre de 2006
Claves para entender la crisis en Líbano tras la muerte de Gemayel
Diario de un país que se desangra
La presión de Hezbolá para destituir a Siniora, el tribunal que juzgará a
los asesinos de Hariri, el rol de los franceses, la inutilidad de los detectives
que investigan la muerte de Gemayel, postales del funeral y el fantasma
omnipresente de otra guerra civil.
Robert
Fisk*
Domingo 19 de noviembre. Me dirijo a Khiam, en el sur
del Líbano, a fotografiar los cráteres de las bombas israelíes en las que un
equipo de científicos británicos dicen haber encontrado rastros de uranio
enriquecido. Tropas españolas –junto a soldados indios– patrullan este peligroso
rincón del Líbano, y sus vehículos de la ONU pasan junto a nosotros mientras
conducimos. Todo esto parece irrelevante mientras la peligrosa guerra política
entre partidarios del gobierno libanés –musulmanes sunnitas y cristianos– y las
fuerzas pro sirias opositoras, especialmente chiítas, emplean un lenguaje cada
vez más incendiario. Los líderes del movimiento chiíta Hezbolá reclaman terminar
con el gabinete elegido democráticamente de Fouad Siniora, conformado después
del asesinato del ex primer ministro Rafik Hariri el año pasado. Los cristianos
dicen que los miembros de Hezbolá son fascistas. Se supone que mañana el
gabinete aprobará el nuevo tribunal de la ONU para juzgar a los sospechosos del
asesinato de Hariri, a pesar de la renuncia de los seis ministros chiítas (pro
sirios, por supuesto).
Lunes 20 de noviembre. El presidente libanés, Emile
Lahud, fiel a Siria, declara que el gabinete no tiene capacidades
constitucionales para aprobar el tribunal de la ONU, lo que puede apuntar con un
dedo al propio Lahud. Mi conductor, Abed, se lamenta por el fin del mandato
francés sobre el Líbano, bajo el cual nació. Los franceses, según Abed,
aportaron un respiro entre la brutalidad del Imperio Otomano y la corrupción
post independentista. No estoy seguro de coincidir con Abed. Los franceses
reprimieron cruelmente protestas en Sidón con tropas de Senegal y se resistieron
a la independencia. Pero en estos días, sectarios y de miedo, es fácil ver cómo
los grandes bulevares construidos por los franceses, los cafés parisinos y las
boutiques –todas exquisitamente restauradas por Hariri después de la guerra
civil libanesa de 1975-1990 (por lo menos 150.000 muertos)– se han convertido en
un mito útil, un oasis colonial de paz entre las masacres orientales.
Visito la oficina de la BBC en el centro de la ciudad para grabar una
entrevista y hablar con la corresponsal de Beirut, Kim Ghattas. Charlamos sobre
el reclamo del líder de Hezbolá, Hassan Nasralá, de realizar manifestaciones
callejeras chiítas, y le digo que temo que haya otro asesinato político pronto.
Le nombro a dos líderes cristianos que pueden ser asesinados y cuyas muertes
podrían desatar el fantasma de la guerra civil.
Martes 21 de noviembre. Pierre Gemayel es
asesinado. Ministro de Industria. Cristiano maronita. Recuerdo mi conversación
con Ghattas –los dos prominentes cristianos de los que le había hablado a ella
no incluían al joven parlamentario de la Falange–. Debería haber escrito sobre
mis sospechas en el Independent de esta mañana. Pierre Gemayel, hijo del ex
presidente Amin Gemayel, sobrino del asesinado ex presidente Bashir Gemayel, tío
de Maya, la hija de dos años de Bashir que fue asesinada. Soltero. Iba en el
auto prácticamente solo. Tres hombres armados. La sexta figura política
prominente que es masacrada en los últimos 20 meses. ¿Cuántos más antes de que
escuchemos los disparos?
Miércoles 22 de noviembre. Los diarios de Beirut
están inundados de imágenes de la llorosa madre de Gemayel, Joyce (“esas balas
le destrozaron la cara”) y su esposa Patricia –estaba casado, recibo cuatro
llamados hoy para indicarme el error–. Conduzco a la escena del crimen. Allí
está el Kia de Gemayel en la calle, todavía bañado de sangre. Una periodista
australiana, Sophie McNeill de la SBS Television, está contando el número de
agujeros de bala del lado del conductor (alrededor de 12), como un agente de
policía –y probablemente esté haciendo un mejor trabajo que los verdaderos
policías libaneses, que se pasean alrededor nuestro, dando versiones del
asesinato totalmente diferentes–. Cinco asesinos en total, parece. Ni siquiera
usaban máscaras. McNeill sugiere que llamemos a un número de teléfono que se
encuentra en uno de los lados de la camioneta dañada –el conductor debe haber
visto al hombre armado cuando el auto de Gemayel lo chocó–. “Nuestra oficina
está cerrada”, dice una grabación. “Abriremos mañana”. Como el Líbano.
Me dirijo a Bikfaya, donde yace el cuerpo del hombre muerto en un cajón
cerrado (sí, de hecho le destrozaron la cara). Miles de cristianos –y musulmanes
sunnitas y drusos– vestidos de negro. No hay gritos. No hay declaraciones de
venganza. Todavía.
Jueves 23 de noviembre. ¿Medio millón? ¿250.000
personas? Hay pocos chiítas en el funeral. Más tarde escucharé con horror al ex
miliciano cristiano (y asesino convicto) Samir Geagea, mientras la muchedumbre
aplaude a lo que suena sospechosamente como un llamado a la represalia. Amir
Gemayel, el padre de Pierre, quien tan honorablemente urgió a la prudencia antes
que a la venganza justo después del asesinato de su hijo, le dijo a un reportero
que los asesinatos pueden ahora “pasar al otro lado...”. ¿Significa eso, tal
vez, el “lado” chiíta?
Viernes 24 de noviembre. Hezbolá pospone sus
manifestaciones hasta la semana próxima. Pero los chiítas bloquean el aeropuerto
para expresar su enojo ante los discursos del funeral que insultan a
Nasralá.
Sábado 25 de noviembre. Vuelo a Beirut para un
breve viaje al exterior. Los vehículos del ejército libanés están estacionados
en la oscuridad al lado de la ruta del aeropuerto, los cigarrillos de los
ocupantes resplandecen en la noche. La mayoría en el ejército son chiítas. ¿Qué
estarán pensando mientras fuman sus cigarrillos? Mi vuelo pasa sobre el
atardecer del Mediterráneo y allí, debajo de mí, se encuentran dos buques de
guerra alemanes en su misión de impedir el tráfico marítimo de armas a Hezbolá.
Pero creo que Nasralá tiene suficientes armas para otra guerra.
* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Virginia Scardamaglia.
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