Robert Fisk - rodelu.net |
4 de marzo de 2007
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La
Jornada de México - 22 de enero de 2007
Banalidad y mentiras descaradas
Robert
Fisk*
Yo
lo llamo el efecto Alicia en el País de las Maravillas. Cada vez que
estoy de gira por Estados Unidos, miro a través del espejo a una región
lejana en la que vivo y trabajo para The Independent el
Medio Oriente y veo un paisaje que no reconozco; una tragedia
distante que, aquí en Estados Unidos, se convierte en una farsa de
hipocresía, banalidad y mentiras descaradas. ¿Soy el gato de Cheshire? ¿O
el sombrero loco?
Compré el nuevo libro de Jimmy Carter titulado Palestina: Paz, no
Apartheid, en el aeropuerto de San Francisco y lo leí en un día. Es
una obra satisfactoria y sólida elaborada por el único presidente
estadunidense cercano a la santidad. Carter describe el atroz trato que se
ha dado palestinos, la ocupación israelí, la apropiación de las tierras
palestinas por parte de los israelíes, la brutalidad con que se trata a
esta población sometida y despojada, y habla de lo que él llama "un
sistema de apartheid, con dos pueblos ocupando la misma tierra
pero completamente separadas una de otra, donde los israelíes imponen su
dominación y violencia mientras niegan a los palestinos los derechos
humanos básicos".
Carter cita a un israelí que le dijo: "Temo que nos estemos trasladando
hacia un gobierno como el de Sudáfrica, con una sociedad dual de
gobernantes judíos y súbditos árabes con escasos derechos de
ciudadanía...". Una modificación a esta fórmula que se ha propuesto, pero
que Carter considera inaceptable es que "amplias partes del territorio
ocupado, y los palestinos, sean completamente rodeados de muros, rejas y
puestos de control, viviendo como prisioneros en las pequeñas áreas que se
les dejaron".
Huelga decir que la prensa y televisión estadunidenses ignoraron la
aparición de este libro eminentemente razonable, hasta que los ya
conocidos cabildos israelíes comenzaron a gritar insultos contra el pobre
y viejo Jimmy Carter, a pesar de que él es el arquitecto del más duradero
tratado de paz entre Israel y un vecino árabe Egipto y que se
logró gracias a los famosos acuerdos de Campo David de 1978.
El diario The New York Times ("Todas las noticias que caben"
jo, jo) se sintió en la libertad de decir a sus lectores que Carter
despertó "furor entre los judíos" por usar la palabra apartheid.
El ex mandatario respondió de manera mesurada (y correcta), que el lobby
israelí ha producido, en todas las redacciones de medios de Estados
Unidos, una "reticencia a criticar al gobierno de Israel".
Un ejemplo del lodo que se arrojó contra Carter fue el comentario de
Michael Kinsley, del New York Times (desde luego), quien señaló
que el ex presidente "está comparando a Israel con antiguo gobierno blanco
racista de Sudáfrica". Esto fue seguido por un malintencionado comentario
de Abe Foxman, de la Liga Antidifamación, quien afirmó que la razón que
por la que Carter escribió este libro "es esa cínica y vergonzosa mentira
de que los judíos controlan el debate en este país, principalmente en los
medios. Lo que hace que esto sea tan serio es que no lo escribió cualquier
experto o un analista más. El es un ex presidente de Estados Unidos".
Bueno, es claro, precisamente ese es el punto ¿no? Esto no es un
estudio hecho por profesor de Harvard sobre el poder de un lobby. Es la
apreciación de un hombre honesto y honorable que ha sido amigo tanto de
Israel como de los árabes y que además resulta ser un muy buen estadista.
Por esto el libro de Carter es ahora un best seller y aquí quiero
aplaudir, de paso, al gran público estadunidese que compró el libro en vez
de creerle a Foxman.
Y en este contexto, me pregunto por qué el New York Times y
los otros cobardes periódicos del mainstream en Estados Unidos
olvidaron mencionar la cálida relación que tenía Israel con el muy racista
régimen del apartheid en Sudáfrica y que se supone que Carter no
debe mencionar en el libro. ¿No tenía Israel un lucrativo comercio de
diamantes con la sancionada y racista Sudáfrica? ¿No tenía Israel una
fructífera y profunda relación militar con el régimen racista? ¿Acaso
estoy soñando, como si estuviera ante el espejo de Alicia, cuando recuerdo
que en abril de 1976, el primer ministro John Vorster de Sudáfrica, uno de
lo arquitectos de este vil y nazista sistema de apartheid, visitó
Israel y fue honrado con una recepción oficial por el primer ministro
israelí Menachem Begin, el héroe de guerra, Moshe Dayan, y el futuro
premio Nobel de la Paz, Yitzhak Rabin?
Todo esto, desde luego, no fue parte del Gran Debate Americano
en torno al libro de Carter.
En el aeropuerto de Detroit adquirí un libro aún más breve, El
Reporte del Grupo de Estudios Baker Hamilton sobre Irak, que en
realidad no estudia para nada la situación en la nación árabe, sino que
ofrece varias formas desalentadoras para que George W. Bush pueda huir del
desastre manchándose la camisa de sangre lo menos posible. Tras conversar
con los iraquíes de la zona verde de Bagdad la zona de
los sueños sería un nombre más adecuado se obtuvieron algunas
sugerencias valiosas (que, como era de esperar, fueron rechazadas por los
israelíes): la reanudación de conversaciones de paz serias entre israelíes
y palestinos, una retirada israelí de la meseta del Golan, etcétera. Pero
todo está escrito en la misma tesitura fastidiada de los
think-tanks de derecha. De hecho, se usa en el mismo lenguaje de
la desacreditada Institución Brookings y de mi viejo amigo, el mesiánico
columnista del New York Times, Tom Friedman: todo el discurso
está lleno de agujeros y profecías de que "el tiempo se está acabando".
Descubrí que la clave de toda esta tontería viene al final del reporte
donde hay una lista de "expertos" consultados por Baker y Hamilton. Muchos
de ellos son pilares de la Institución Brookings y figura también Thomas
Friedman, del New York Times.
Pero para absurdos, nada supera al debate posterior a la difusión del
informe Baker que se suscitó entre los personajes grandiosos y magnánimos
que arrastraron a Estados Unidos a esta catástrofe. El general Peter Pace,
el muy peculiar presidente de los jefes de staff, aseguró que en
la guerra de Estados Unidos en Irak, "no estamos ganando pero no estamos
perdiendo". El nuevo secretario de Defensa de Bush, Robert Gates, dijo
coincidir con Pace en el sentido de que "no estamos ganando pero no
estamos perdiendo". El mismo Baker saltó a la piscina del sin sentido al
aseverar: "No creo que pueda decirse que estamos perdiendo. Pero por la
misma razón (sic) no estoy seguro de que estemos ganando". Llegado a este
punto, Bush proclamó sí "no estamos ganando, no estamos
perdiendo". Qué pena por los iraquíes.
Sopesé esta locura mientras mi avión atravesaba turbulencias cuando
volaba por encima de Colorado. Entonces repentinamente comprendí que el
marcador final de este round único de la guerra en Irak entre
Estados Unidos y las fuerzas del mal ¡es un empate!
© the Independent
Traducción: Gabriela Fonseca
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