Robert Fisk - rodelu.net |
15 de junio de 2007
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Página12
de Argentina - 14 de Junio de 2007
La pesadilla continúa
Una señal de estos tiempos. Llegué a casa en Beirut desde
París, apenas estuve veinte minutos en mi departamento cuando las ventanas de mi
oficina se abrieron de golpe y una tremenda explosión se sintió en toda la
capital del Líbano. A unos 500 metros, por la cornisa se veían nubes de humo que
subían del Staff Sporting Club. Soldados que gritaban, los policías que trataban
de mantener alejados a los primeros periodistas, pero me escabullí por las
ruinas al lado del mar con un viejo amigo fotógrafo libanés y nos encontramos
entre los restos de un tren fantasma para turistas, las vías y los vagones
destrozados. “Entre bajo su propia responsabilidad”, se lee sobre el túnel y del
otro lado hay un automóvil incendiándose con el cadáver de la última víctima de
los asesinatos en el Líbano.
Robert
Fisk* desde Beirut
Y no “cualquier” víctima. El hombre en el vehículo incendiado es Walid Eido,
un miembro del Parlamento de Beirut, un ex juez, muy venerado –antisirio, por
supuesto, de lo contrario no estaría muerto– y un partidario de Saad Hariri, el
hijo del asesinado ex primer ministro Rafik que fue muerto en una explosión aún
mayor el 14 de febrero de 2005, a mil metros del otro lado de mi departamento.
¿Qué sucede en Beirut que convierte esta hermosa ciudad bendecida por el sol tan
rápidamente en un crematorio? Eido fue muerto con su hijo Khaled y vi sus
cadáveres, quemados, cubiertos con bolsas de plástico baratas para que los
fotógrafos codiciosos no pudieran usar los últimos restos mortales en la primera
plana. Dos guardaespaldas de Walid Eido murieron con ellos. El Sporting era un
lugar frecuentado por los hombres de Hariri, pero, como de costumbre, este
asesinato debe haber estado bien planeado, bien coordinado, pagado con mucha
anticipación.
Y qué golpe para el cuerpo político de campo de Hariri. El partido
mayoritario de Hariri es el motivo por el cual sobrevive el gobierno de Fouad
Siniora, apoyado –que Dios los ayude– por los estadounidenses, abandonado por
Hezbolá que convenció a seis ministros chiítas de que renunciaran al gabinete el
año pasado. ¿Podría haber habido un objetivo más devastador para los enemigos
del gobierno libanés? Walid Eido, un ex juez que representaba a un distrito en
la dura zona Basta musulmana sunnita de Beirut, un político populista que
constantemente había condenado la “interferencia” de Siria en el Líbano y que
más recientemente había volcado la acción política de Hezbolá contra el
gobierno. Cuando el grupo de la milicia prosiria, que resistió los devastadores
bombardeos de Israel al Líbano el verano pasado, armó sus carpas en el centro de
Beirut como un intento de derrocar al gobierno de Siniora, fue Eido quien se
refirió a eso como “ocupación”.
¿Y cuál será la reacción a este último y más indignante de los asesinatos? En
el momento inmediato después de la bomba, en medio de los escombros del tren
fantasma y los autitos chocadores volcados y las piletas cubiertas con cenizas
al lado del Mediterráneo, sólo había estupor. Pero en el Líbano cada crisis es
peor que la anterior. Cada asesinato –de un político comunista, de un prominente
periodista, de un miembro del Parlamento cristiano, cada estallido de la
violencia de la guerrilla (61 soldados libaneses han muerto luchando contra
Fatah al Islam en el norte del Líbano)– impulsa más y más al Líbano hacia el
abismo. En los últimos meses las bombas han explotado cerca de la medianoche, un
complejo industrial aquí, centro comercial cristiano o musulmán allá, siempre
demasiado tarde para causar muertes masivas. Y éste es el punto, por supuesto,
amenazar más que matar. ¿Pero qué pasa si la próxima bomba estalla a mediodía y
no a medianoche? ¿Cuántas muertes entonces? Esta es la pesadilla con la que
viven ahora los libaneses. En las áreas de la clase trabajadora de Basta, esta
noche la multitud se pudo contener (por un ejército en su mayoría chiíta
musulmán), ¿pero qué pasará mañana? Habla del enorme valor de los libaneses el
haberse negado a embarcarse en otra guerra civil a pesar de cada provocación.
Pero las provocaciones no han terminado. La situación puede empeorar y mucho.
Anoche, al lado de los autitos chocadores había una patente quemada: 101437. Los
detectives libaneses tomaron nota del número. Pero –y me canso de decir esto en
mis informes– ni un solo asesinato ha sido resuelto desde 1976.
* De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12
Traducción: Celita Doyhambéhère
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