Robert Fisk - rodelu.net |
16 de junio de 2007
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La
Jornada de México - 16 de Junio de 2007
Waldheim: el rufián ha muerto
Es todo lo que pude decir cuando me enteré, este jueves, de que Kart
Waldheim, un mentiroso tan consumado como Tony Blair, había llegado por
fin al término de sus días. Pasé meses, años investigando su oscuro pasado
en lo que hoy llamamos Bosnia, cuando él -digámoslo sin rodeos- formaba
parte del Bosnien-Kampfrgruppen del grupo E del ejército de la
Wehrmacht, a cargo del general Loehr, el cual combatía a los
terroristen (sí, de veras, los nazis los llamaban terroristas,
así como hablaban de los Terroristenfliegen de la Real Fuerza
Aérea) en los Balcanes. Waldheim había sido secretario general de Naciones
Unidas, había dado conferencias a funcionarios de la ONU en Líbano sobre
las "lecciones" del terrorismo y, bueno, sabía de lo que hablaba, ¿no?
Robert
Fisk
Recuerdo que, cuando era presidente de Austria, Waldheim se apareció en
Jordania, donde el reyezuelo valiente Mark I (el rey Hussein, quien
gustaba de gobernar una Jordania británica) lo recibió en el aeropuerto de
Ammán. Yo estaba ahí cuando este repulsivo hombrecillo se colocó en
posición de firmes frente a la guardia de honor jordana, chocando los
tacones con demasiada rapidez, de la misma forma, me pareció, en que
saludaba a sus amos en Yugoslavia durante la Segunda Guerra Mundial.
Waldheim -a sus amigos no les gustará leer esto- estaba asignado a una
ciudad mercado llamada Banja Luka, donde serbios, judíos y croatas
comunistas fueron asesinados en masa, colgados como tordos de las horcas o
violados una y otra vez en el cercano campo de exterminio de Jasenovac,
hasta que morían. El quiso hacernos creer que nada supo de eso, que no era
más que un oficial de inteligencia del grupo E del ejército de la
Wehrmacht, cuyo comandante, Loehr, quién sabe por qué habrá sido juzgado
por crímenes de guerra.
Fue un periodista austriaco quien me alertó sobre Waldheim: un
reportero cuyo padre combatió en la Wehrmacht y sobrevivió a la evacuación
de Noráfrica. "Busque la 'W'", me dijo el periodista, la letra que se
ponía después de cada interrogatorio, cada comando aliado capturado por la
Gestapo, cada prisionero que había que extinguir por nacht und
nebel: noche y niebla. No, Waldheim no ordenó esas muertes. Ni
siquiera entrevistó a los comandos británicos capturados -o eso dijo-;
sólo "ordenó" los registros. Sus oficiales menores hicieron las
entrevistas (mejor no pensemos qué significaba eso). Luego los prisioneros
británicos desaparecieron en la noche y la niebla.
Recuerdo haber encontrado los documentos alemanes del interrogatorio de
un británico muy joven a quien se capturó cuando trataba de huir de
Yugoslavia durante la guerra. Estaban en los archivos de la Oficina del
Registro Público de Kew (o "Archivos Nacionales", ahora que lord
Blair de Kut al-Amara los ha reclamado) y eran una dolorosa prueba de lo
que los nazis eran capaces de hacer. Sí, reconoció ser agente británico,
llevaba uniforme británico y sí -allí estaba la "W" en toda su simetría-
fue interrogado por Waldheim. Luego se lo llevaron, lo ejecutaron, y a
Waldheim -cuyos colegas (que desde luego no fueron secretarios generales)
salvaron la vida de prisioneros británicos- no le importó un bledo su
destino.
Visité Bosnia en 1990 para investigar el pasado de Waldheim. Contó al
mundo que escribió una tesis de doctorado en los años finales de la guerra
y que nada sabía de la subyugación nazi de los Balcanes. Que fue herido en
el frente ruso. Pero había allí cierta manipulación de la verdad. Se le
envió a Yugoslavia, donde fue oficial de inteligencia del grupo "E" del
ejército, con base en Banja Luka. Años antes de que esa ciudad se volviera
la capital de los serbios bosnios en la escandalosa guerra entre
musulmanes y cristianos, yo visité su antiguo cuartel, donde los serbios
me mostraron sus archivos, que aún tenían la envoltura transparente de la
Wehrmacht. Hasta estuve en la oficina de interrogatorios, ubicada a un
lado del paredón en el que a diario se masacraban serbios y judíos. ¿Será
que los disparos de rifle no perturbaban la concentración de Kart
Waldheim? ¡Ah, qué magnífico debió de ser tener la paz y silencio de la
sede de Naciones Unidas en el East River de Nueva York!
Monty Woodhouse, quien fue jefe de Operaciones Especiales
Ejecutivas del Reino Unido durante la guerra, persiguió a Waldheim durante
años, junto con un académico judío de inmenso valor. Waldheim publicó un
"libro blanco" en el que decía probar su inocencia de crímenes de guerra
(más tarde se radicó en el hotel Angleterre de Atenas). No sabía, dijo. Y
sus amigos hicieron notar con discreción que fue su esposa la que era
miembro del partido nazi en Austria en los treintas; él era sólo un
funcionario civil que -en las palabras condenatorias del académico judío-
"ayudó a dar un empujón a la rueda".
¿Qué recuerdos se llevó Waldheim a la tumba? Durante la guerra,
partisanos griegos de Woodhouse capturaron a un gitano que espiaba a sus
colegas por cuenta de los italianos. Woodhouse decidió que se le colgara.
Le pregunté qué sintió al hacer tal cosa; al cometer lo que, supongo,
podría llamarse un crimen de guerra. Woodhouse respondió -y tengo enfrente
sus palabras escritas con mi propia mano-: "Fue terrible. Sentí horrible.
Todavía hoy recuerdo la escena. Era un joven infortunado. No dijo mucho en
realidad. Yo estuve en la ejecución; lo colgaron de un árbol. Eramos como
cien hombres o más, en los primeros días de la ocupación. Si lo hubiéramos
dejado ir les habría dicho a los italianos".
Cuando salí de Bosnia en 1988, terminadas mis investigaciones sobre
Waldheim, llamé a mi editor de noticias extranjeras, Ivan Barnes, de
The Times, para decirle que veía muchos paralelos entre la
Yugoslavia moderna y Líbano en vísperas del conflicto de 1975, y que me
parecía que iba a estallar una guerra civil en Bosnia. Los serbios, por
ejemplo, me insultaron por llegar al antiguo cuartel de Waldheim con un
chofer croata. "Ya lo informaremos si sucede", rugió Barnes en el
teléfono. Y sí, en 1992 informé sobre la guerra en Bosnia... para The
Independent.
¿Y Waldheim? El Estado austriaco lo defendió. Apareció en estampillas.
Fue a la ópera. Se le prohibió la entrada a Estados Unidos, cuando ya no
necesitaba ir allá. Publicó su libro blanco. Sus ex colegas de la ONU
cacarearon mucho sobre su hipocresía. Y recuerdo que quien fue su número
dos en la ONU me dijo que siempre supo que "KW" era un "desgraciado",
apenas tres días antes de que encontrara yo un ejemplar de segunda mano de
las memorias de Waldheim en la librería Waterstones de Piccadilly, en cuyo
frontispicio ese mismo hombre elogiaba a Waldheim como un "hombre de
principios".
En 1987, el rey Hussein llevó a Waldheim a las alturas de Um Queiss,
desde donde se domina Cisjordania, ocupada por Israel, y le concedió la
medalla Hussein bin Ali, nombre del abuelo de Hussein. El reyezuelo
valiente encomió el patriotismo, la integridad, la sabiduría y los "nobles
valores humanos" del austriaco. Debo añadir que el general Loehr, el
superior de Waldheim en Yugoslavia, fue colgado por crímenes de guerra.
© The Independent
Traducción: Jorge Anaya
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