Robert Fisk - rodelu.net |
29 de octubre de 2007
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La
Jornada de México - 29 de octubre de 2007
La verdad acerca de Lockerbie
Luego de escribir sobre los “delirantes” que con regularidad se
aparecen en conferencias para afirmar que el presidente Bush/la CIA/el
Mossad/etc perpetraron los crímenes de lesa humanidad del 11 de septiembre
de 2001, recibí una carta esta semana: de Marion Irving, quien teme que
miembros de su familia pudieran estar en riesgo de convertirse en
“delirantes” y en “voces que claman en el desierto”. Pero ni de lejos lo
son.
Robert
Fisk
La carta de la señora Irvine se refería al ataque terrorista a un avión
en Lockerbie, Escocia, en el que perecieron 270 personas, y yo, al igual
que ella, creo que hay muchos ángulos oscuros y siniestros en esa
atrocidad. No estoy tan seguro de que la CIA no haya escenificado un falso
robo de drogas a bordo y tampoco de que el diminuto agente libio Megrahi
–finalmente condenado con la memoria de un sastre maltés como prueba– haya
en verdad arreglado que se plantara la bomba a bordo del vuelo 103 de Pan
Am en diciembre de 1988.
Pero tomo doblemente en serio la carta de la señora Irvine porque su
hermano, Bill Cadman, estaba a bordo del 103 y murió esa noche en
Lockerbie, hace 19 años. Era ingeniero de sonido en Londres y París y
viajaba con su novia Sophie –quien, desde luego, también pereció– para
pasar la Navidad con la tía de ella en Estados Unidos. Nada, por tanto,
podría ser más elocuente que la carta de la señora Irving, de la cual debo
tomar unas citas. Ella tiene serias dudas, dice, de que Libia haya
participado en el ataque.
“Desde los primeros días de diciembre de 1988 –escribe–, hemos sentido
que nos han ocultado algo... la llamada de advertencia de (la embajada de
Estados Unidos en) Helsinki a la que no se le hizo caso, la presencia de
la CIA en suelo escocés antes de que propiamente empezara el trabajo de
identificar cadáveres, la conducta de Teflón de ministros y del gobierno:
todo contribuyó a una profunda sensación de inquietud.
“Esta sensación llegó a un punto culminante cuando un miembro de la
Comisión Presidencial Estadunidense sobre Terrorismo y Seguridad de la
Aviación le dijo a mi padre que nuestro gobierno sabía lo que ocurrió,
pero que la verdad no se sabría. En ausencia de la verdad, el peor
escenario –que se sacrificaron vidas en expiación por las vidas iraníes
perdidas en junio de 1988– cobra cierto grado de credibilidad. El avión
fue derribado en los peligrosos momentos finales de la presidencia de
Ronald Reagan.”
Debo explicar aquí que las vidas iraníes a las que se refiere la señora
Irvine son las de pasajeros de esa nación en un vuelo civil de Airbus que
fue derribado sobre el golfo Pérsico por un buque de guerra estadunidense
pocos meses antes de Lockerbie, y antes de que la guerra de ocho años
entre Irán e Irak llegara a su fin.
El barco estadunidense Vincennes –apodado Robocrucero
por los tripulantes de otros navíos de ese país– lanzó sus misiles al
Airbus porque lo tomó por un jet de la fuerza aérea iraní que venía en
picada. No lo era, y además iba remontando el vuelo, pero Reagan, después
de unas cuantas disculpas de trámite, culpó a Irán de la matanza por haber
rechazado un cese del fuego solicitado por la ONU en la guerra contra
Irak, en la cual nosotros apoyábamos a nuestro viejo amigo Saddan Hussein
(¡sí, el mismo!)
La Armada estadunidense condecoró –el cielo nos asista– al capitán del
Vincennes y a sus artilleros. Semanas más tarde, el jefe del
comando general del Frente Popular para la Liberación de Palestina
–agrupación palestina pro iraní radicada en Líbano– convocó a una
repentina conferencia de prensa en Beirut para negar ante los asombrados
reporteros que tuviera alguna relación con el atentado en Lockerbie.
¿Por qué? ¿Alguien lo había delatado? ¿Fue Irán? Fue tiempo después de
eso cuando las conocidas “fuentes oficiales” que en un principio habían
apuntado a Irán comenzaron a culpar a Libia. Por entonces necesitábamos el
apoyo de Siria, aliada de Irán, y de la aquiescencia iraní para liberar a
Kuwait después de la invasión ordenada por Saddam Hussein en 1990. En lo
personal, siempre creí que Lockerbie fue la venganza por la destrucción
del Airbus –la extraña conferencia del FPLP avalaba esa creencia–, lo cual
da sentido a la valerosa carta de la señora Irvine.
En la misiva relata que sus padres, Martin y Rita Cadman, tuvieron
incontables reuniones con miembros del Parlamento británico, como Tam
Dalyell y Henry Bellingham, Cecil Parkinson, Robin Cook y Tony Blair, y
con Nelson Mandela (cuya petición de que Megrahi fuese transferido a una
prisión en Libia fue apoyada por los Cadman).
En una contundente oración, la señora Irvine añade que sus padres
“están envejeciendo y, en su ansiedad de que vayan a morir sin que nadie
haya asumido verdadera responsabilidad por la muerte de su hijo, tienen
miedo de perder la perspectiva y sentir que se están volviendo
‘delirantes’. La guerra (de 1980-88) en Irak significó que no se aprendió
ninguna lección y, como mi hermano estaba en ese avión, ahora todos
tenemos un mayor sentido de responsabilidad ante la situación
mundial”.
Y entonces llega al meollo del asunto. “¿Qué podemos hacer? Ahora que
mi padre es mayor nos corresponde a nosotros, la siguiente generación,
atenazar al gobierno, pero, ¿hay esperanza? Le escribo para preguntarle si
cree que haya alguna acción razonable que podamos realizar con alguna
probabilidad de éxito... Negarse a entender y a aceptar el pasado es
peligroso para el futuro”. Yo no lo habría
expresado mejor, y sí tengo una idea muy directa. Si se dijeron mentiras
oficiales sobre Lockerbie –si hubo una jugada sucia encubierta por los
gobiernos británico y estadunidense y si los encargados de nuestra
seguridad dijeron mentiras–, entonces muchas personas con autoridad saben
de ello.
Llamo a todos los que sepan de alguna mentira semejante a que me
escriban (por correo ordinario o mensajería personal) a The
Independent. Pueden dirigir sus cartas a la señora Irvine en un sobre
que venga a mi nombre. En otras palabras, es un llamado a servidores
públicos honestos a que revelen la verdad. Ya escucho los murmullos de los
chicos de azul. ¿Acaso estamos alentando a servidores civiles a que violen
la Ley de Secretos Oficiales? Desde luego que no. Si se dijeron mentiras,
los funcionarios deben hacérnoslo saber, pues en tal caso dicha ley se
habría utilizado en forma vergonzosa para imponerles silencio. Si lo que
aflora es la verdad, nadie habrá violado ley alguna.
Así pues, espero noticias. Los delirantes pueden abstenerse. Pero los
que saben verdades que no pueden decirse pueden tener el honor de
revelarlas. Es lo menos que merecen Martin y Rita Cadman y la señora
Irvine... así como Bill y Sophie. Y si algunos alguaciles se ve tentados a
amenazarme a mí o a la señora Irvine en esta demanda de la verdad, pues
que se vayan al diablo.
© The Independent
Traducción: Jorge Anaya
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