Robert Fisk - rodelu.net |
20 de enero de 2008
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La
Jornada de México - 20 de enero de 2008
La sangrienta realidad y las alucinaciones de Bush
Entre sábanas de seda, en una alcoba cuyas paredes estaban también
tapizadas de seda, dentro del palacio del rey Abdullah, de Arabia Saudita,
el presidente George W. Bush se despierta una mañana para confrontar un
Medio Oriente que no tiene relación alguna con las políticas de su
administración, ni con las advertencias que hace constantemente a los
reyes, emires y oligarcas del Golfo: que es Irán, y no Israel, su
verdadero enemigo.
Robert
Fisk
El presidente se sentó junto al monarca como si éste fuera su amigo de
la infancia; el rey también se mostró demasiado cariñoso. Bush,
sospechosamente, vestía un suéter abierto, azul y casual, que seguramente
usa cuando está en su rancho tejano. Incluso, recibió una “medalla al
mérito” de oro semejante a esos enormes medallones que usaban en la
antigüedad quienes tenían el título de lord, si bien no se
especificó qué acto particular había hecho a Bush merecedor de una
recompensa tan majestuosa.
¿Podría ser el mérito hipócrita de proveer aún más miles de millones de
dólares en armas al reino para que el régimen saudita pueda usarlas contra
sus enemigos imaginarios?
Todo es ilusorio, desde luego, como todas las palabras que los árabes
han escuchado de los estadunidenses recientemente, y desde que este
desdibujado presidente inició su ruta turística por Medio Oriente.
Uno no lo pensaría, viendo a este hombre absurdo pavoneándose del brazo
del rey, en lo que al parecer era una especie de danza, blandiendo una
pesada y refulgente espada curva saudita como un Saladino moderno, que
habría dejado sin habla al líder kurdo que alguna vez destruyó a los
cruzados en la zona que ahora Bush llama “el disputado territorio de
Cisjordania”.
¿Es así como se supone deben comportarse los presidentes estadunidenses
cuando ya son políticamente irrelevantes? Seguramente los ciudadanos de
Medio Oriente se hicieron esta pregunta luego de ver tan penosa
representación.
Desde la revolución de 1979 en Irán, la guerra fría musulmana
ha sido muy intensa en Medio Oriente, ¿pero es así como Bush cree que debe
luchar por el alma del Islam?
Un día más tarde, al anochecer, el sueño de Bush estallaba cuando un
gran coche bomba explotó junto a un vehículo sedán en el que viajaban
empleados de la embajada estadunidense en Beirut, matando a cuatro
libaneses e hiriendo de gravedad al conductor.
Mientras Bush se relajaba en el rancho real saudita, en Al Janadriyah,
los israelíes mataron a 19 palestinos en la franja de Gaza, la mayoría de
ellos miembros de Hamas, y uno de ellos era el hijo de Mahmoud Zahar, un
líder del movimiento.
El mandatario estadunidense aseguró más tarde que Israel no habría
lanzado el ataque si el mismo día un israelí no hubiera muerto por un
cohete palestino. La diferencia entre la realidad y el mundo de sueños del
gobierno de Estados Unidos no puede ilustrase de manera más salvaje.
Después de promer a los palestinos un “Estado soberano y unificado”
antes del final de este año, jurando “seguridad” para los israelíes (que
no para los palestinos, hicieron notar muchos árabes)”, Bush llegó al
Golfo para espantar a los reyes y oligarcas de estos reinos empapados de
petróleo con la amenaza de una agresión iraní.
Como de costumbre, llegó armado con las ya típicas ofertas
estadunidenses de vastas ventas de armas para proteger a estos regímenes
antidemocráticos y policiales de la nación que él considera,
potencialmente, la más poderosa de su “eje del mal”.
Fue un potente, e incluso extraño ejemplo, el que Bush aprovechara su
rondín policiaco por el Medio Oriente árabe para retomar la “política del
miedo” que Washington con regularidad imparte a los líderes del Golfo.
Acordó proveer a los sauditas con al menos 80 millones de dólares en
armamento, cifra que se pretende incrementar a más de 19 mil millones de
dólares para toda la región, según un acuerdo anunciado el año pasado.
Esas armas, se supone, defenderán la zona de las presuntas ambiciones
territoriales del desquiciado presidente iraní, Mahmud Ajmadinejad.
Como de costumbre, Washington prometió a los israelíes que su “ventaja
cualitativa” en armas de vanguardia se mantendrá, por si acaso los
sauditas, quienes jamás han estado en una guerra después de la invasión a
Kuwait, en 1990, decidieran lanzar un ataque suicida contra el único
aliado verdadero que tiene Estados Unidos en Medio Oriente.
No fue así, por supuesto, como se presentó el panorama a los árabes.
Bush pudo ser visto besando ostensiblemente las mejillas del rey Abdullah
y estrechando las manos de autocrático monarca cuyo Estado musulmán
wahabita ha mostrado, apenas recientemente, su “clemencia” hacia mujeres
que antes eran acusadas de adulterio después de ser violadas siete veces
en el desierto afuera de Riad.
Los sauditas, huelga decir, están conscientes de que el reinado de Bush
está llegando a su fin en medio del caos en Pakistán, una desastrosa
guerra de guerrillas contra las fuerzas occidentales en Afganistán,
feroces combates en Gaza, una muy probable guerra civil en Líbano y un
desastre infernal en Irak.
La bomba en Beirut, que estalló a las 5 de la tarde, debió haber sido
un rudo sobresalto para el presidente, mientras gozaba de los lujos que le
obsequiaba el régimen saudita, pese al hecho de que la mayoría de los
autores de los crímenes contra la humanidad del 11 de septiembre de 2001
provenían de ese reino, y que él permitió que estos acólitos regresaran a
su casa inmediatamente después de los atentados.
Dos visitas al rancho de Bush, en Texas, aparentemente fueron
suficientes para que el presidente estadunidense se ganara una noche en el
palacio del rey saudita, rodeado de prados y verdes colinas.
El estallido en la capital libanesa se escuchó a muchos kilómetros de
distancia. La bomba devastó edificios de una estrecha calle en el este de
la ciudad, por la que transitaba el coche-bomba mientras el embajador
estadunidense viajaba por una ruta distinta en dirección a una recepción
que se celebraba en un hotel de Beirut, antes de partir hacia
Washington.
Sin embargo, un vocero del departamento de Estado insistió en que
ningún ciudadano de Estados Unidos resultó herido. La camioneta
estadunidense había tomado un oscuro callejón hacia el puente Karantina
para llegar al norte de Beirut por la ruta paralela a la rivera del único
río de la ciudad cuando se cometió el atentado. Esto llevó a los
funcionarios militares libaneses a preguntarse si los atacantes tenían
conocimiento de primera mano sobre la ruta que se adoptaría.
También se dijo que se envió un convoy “señuelo” para distraer a
potenciales atacantes y alejarlos de la ruta que tomaría el embajador,
Jeffrey Feltman, hacia el hotel.
Quedó destruida una fábrica de alfombras por la explosión, que también
arrancó tejados y destrozó ventanas que estaban a más de un kilómetro de
distancia.
“Para los líderes árabes, el mensaje de Bush era aburridamente
conocido. En los 80, cuando la administración de Reagan apoyaba la
invasión de Saddam Hussein a Irán, Washington se dedicó a advertir a los
líderes del Golfo sobre una posible agresión de Teherán.
Una vez que Saddam invadió Kuwait, cambió el énfasis estadunidense:
ahora Irak era el mayor peligro para sus reinos. Pero una vez que el
emirato fue liberado, se dijo a los monarcas ricos de petróleo que el
enemigo volvía a ser Irán. A los árabes ya no les convence esta caótica
narrativa de “el bien contra el mal”, de la misma forma en que ya no creen
las promesas de Washington de construir un Estado palestino hacia fines de
2008. Apenas un día antes de que Bush hiciera dicha declaración, Israel
admitió públicamente sus planes de ampliar sus asentamientos en tierras
árabes, en medio de colonias judías construidas ilegalmente en territorio
palestino.
Para entender la naturaleza de esta extraordinaria relación con los
monarcas del Golfo, es necesario recordar que desde que Bush padre
prometió un “oasis de paz” libre de armas en la región, Washington, junto
con Inglaterra, Francia y Rusia, no ha dejado de enviar arsenal a la
zona.
Durante la pasada década, los árabes del Golfo derrocharon miles de
millones de dólares de petróleo en armas provenientes de Estados
Unidos.
Las estadísticas cuentan su propia historia. Sólo entre 1998 y 1999, el
gasto del ejército árabe del Golfo fue de casi 80 mil millones de
dólares.
Entre 1997 y 2005, los jeques de los Emiratos Árabes, a quienes Bush
visitó antes de ir a Riad, firmaron un contrato de armas por 17 mil
millones de dólares con naciones occidentales.
Entre 1991 y 1993, cuando Irak era el “enemigo”, la Misión de
Entrenamiento Militar estadunidense aportaba a los sauditas 27 mil
millones en aprovisionamiento armamentístico y 23 millones en armamento de
vanguardia.
Para entonces, los sauditas ya tenían 72 cazabombarderos F-15 y 114
naves Tornado británicos.
Muy poco ha cambiado en los últimos 17 años. El 17 de mayo de 1991, por
ejemplo, Bush padre dijo que había “razones reales para ser optimistas” en
cuanto a la paz en Medio Oriente. “Vamos a continuar este proceso de paz,
no lo abandonaremos”, dijo entonces.
James Baker, quien fue su secretario de Estado, advirtió el 23 de mayo
de 1991 que continuar construyendo asentamientos judíos en tierra
palestina “obstaculizaba” una futura paz en Medio Oriente, que es
exactamente lo que dijo la actual secretaria de Estado, hace unos días. En
ese momento, el vicepresidente Dick Cheney reiteró a los israelíes que
Estados Unidos defendería su “seguridad”.
Occidente puede tener una memoria muy corta, no así los árabes, que por
casualidad viven en ese despropósito al que llamamos Medio Oriente, y que
no son estúpidos. Entienden perfectamente lo que representa George W.
Bush.
Después de abogar por la “democracia” en la región, con una política
que logró victorias electorales para los chiítas en Irak, para Hamas en
Gaza y la ganancia de un poder político sustancial para la Hermandad
Musulmana en Egipto, parece que Washington se ha percatado de que algo
podría estar un poco errado en las prioridades de Bush.
En vez de abogar por un “Nuevo Medio Oriente”, el señor Bush, arropado
en sus sábanas de seda dentro del palacio del rey saudita, ahora busca el
retorno del “Viejo Medio Oriente”, un lugar lleno de policía secreta,
cámaras de tortura, al cual Estados Unidos pueda entregar a sus
prisioneros para sacarles provecho, y que esté gobernado por presidentes
dictatoriales (moderados) y monarcas.
¿Quién, de entre todos los déspotas del Golfo se opondría a algo
así?
© The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca
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