Robert Fisk - rodelu.net |
14 de febrero de 2008
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Página12
de Argentina - 14 de febrero de 2008
Líbano
Una aterradora autoconfianza
No eran los ojos que miraban fijos, ni la forma en que tomó una
manzana delante de mí y la cortó cuidadosamente. Era el sacudón de manos
vicioso, el apretón de acero que hicieron doler mis dedos. “Imad Mughnieh”,
dijo, como para demostrar que no estaba huyendo, no tenía miedo de usar su
nombre real. Sí, dijo, era un “miembro de la Jihad Islámica –yo sabía muy bien
que era el líder de la organización que había organizado el secuestro de tantos
rehenes occidentales en Beirut–, pero estaba en Teherán, en el piso alto de un
hotel de lujo. A salvo de sus enemigos una vez más, eso es lo que pensó cuando
se trepó a su auto en Damasco el martes por la noche.
Robert
Fisk
Mughnieh era un enemigo de Estados Unidos, un enemigo de Israel: la negación
de responsabilidad de este último por la bomba que lo mató será vista por sus
partidarios como un mero juego lingüístico y él conocía los riesgos. Su hermano
había sido asesinado en Beirut con una bomba destinada a él y su odio por el
jefe de la CIA en Beirut, muerto por la Jihad Islámica después de su secuestro
en 1984, era suficiente prueba de la guerra de Mougnieh con Estados Unidos.
William Buckley de la CIA fue secuestrado, me dijo Mougnieh, porque estaba
controlando el gobierno libanés proestadounidense del presidente Amin Gemayel,
cuyo ejército había capturado a miles de musulmanes, civiles y hombres de la
milicia, algunos de los cuales fueron torturados a muerte.
Yo había ido a ver a Mougnieh para pedir la libertad de mi gran amigo y
colega Terry Anderson, el jefe de la oficina de Associated Press en Beirut,
secuestrado en 1985 y mantenido durante casi siete años en habitaciones selladas
y celdas subterráneas. Mougnieh trató de tranquilizarme. “Créame, Robert, lo
tratamos mejor de lo que se trata usted mismo.” Tuve escalofríos. No lo creí.
Había escuchado ese lenguaje antes. Como respetaban a los inocentes a los que
tan cruelmente habían privado de su libertad, la misma libertad que exigían para
sus propios amigos y partidarios.
Quizá Mougnieh presintió esto. Cuando le pregunté por Terry –esto fue en
octubre de 1991, un mes antes de que fuera liberado–, Mougnieh me miró
fijamente. Sus ojos nunca se apartaron de mi rostro salvo cuando quería discutir
una frase con sus amigos en la misma habitación. Iniciaba sus comentarios con
las primeras palabras del Corán, de la misma forma en que lo hacían los mensajes
y videos de los rehenes de la Jihad Islámica. Este era el hombre que había
capturado a Terry y que me hubiera capturado a mí si los ocupantes de los autos
como tiburones que deambulaban por la Corniche de Beirut me hubieran agarrado.
Era totalmente inflexible.
“Tomar a gente inocente como rehenes está mal”, admitió ante mi asombro. “Es
una maldad. Pero es una elección y no queda otra. Es una reacción a una
situación que se nos ha impuesto –si quiere preguntar sobre la existencia de
gente inocente entre los rehenes, entonces esta pregunta no debería hacerse a
nosotros solamente, cuanto Israel secuestró y encarceló a 5000 civiles libaneses
en el sur del Líbano en el campo Ansar.” Israel en realidad había encarcelado a
estos hombres en Ansar después de su invasión en 1982. Amnesty International
había condenado las condiciones bajo las cuales fueron capturados. “La mayoría
de la gente en Ansar era inocente”, añadió Mougnieh –no definió inocente– “y
esto sin mencionar a la invasión misma y la matanza de tanta gente”.
Mougnieh, libanés de nacimiento, era un hombre de una aterradora
autoconfianza, de absoluta fe en sí mismo, algo que compartía con Osama bin
Laden y –hablemos francamente– con el presidente George W. Bush. Se decía que la
Jihad Islámica torturaba a sus enemigos. También lo hace Al Qaida. Y también,
como todos sabemos, lo hace el ejército de Bush. Mougnieh –y nuevamente
deberíamos hablar abiertamente sobre esto– era una importante figura valorada y
respetada en el aparto de seguridad de Irán. La “Jihad Islámica” era un satélite
del Hezbolá libanés, un antiguo Hezbolá no reformado cuyo liderazgo querría
ahora olvidar –y aun negar–- su asociación con secuestros. En ese sentido,
Mougnieh era un hombre del pasado, jubilado en Damasco, más a salvo ahí para los
iraníes que encerrado en una habitación de hotel de Teherán.
Pero allá en sus días como un oficial de inteligencia era un hombre poderoso.
Por el sufrimiento que le había causado a Terry yo debería odiarlo. Pero no lo
odiaba. Durante nuestra conversación, de pronto se enojaba, golpeando su puño
derecho furioso mientras condenaba a Estados Unidos por su apoyo a Israel y por
derribar a tiros a un avión civil Airbus iraní sobre el golfo en 1988. Yo había
visto este tipo de furia antes, en los cementerios y en las tumbas masivas. Si
se había aliado con Irán, su pasión era genuina.
Rogué por Terry nuevamente. ¿No podía sentir compasión por mi amigo? Otra vez
sus ojos estaban fijos en mí. “Por supuesto, sería muy fácil encontrar la
respuesta a esta pregunta si usted hubiera sido la madre o la mujer de uno de
los rehenes en Khian (la prisión de tortura de Israel en el sur del Líbano) o la
madre o la mujer de Terry Anderson. Mis sentimientos hacia el dolor mental de
Terry Anderson son los mismos que mis sentimientos hacia la madre o la mujer de
Terry Anderson.” Amnesty también había condenado las torturas en Khian.
Ahora Mougnieh estaba haciendo el rol más famoso de todas las novelas
estadounidenses: el “enemigo número uno” de Estados Unidos. Este país no estaría
llorando si Israel hubiera matado a Mougnieh ayer. Estados Unidos quería a
Mougnieh muerto o vivo –y por las razones de siempre–. No menor fue su actuación
en el secuestro del vuelo de TWA 847 de Atenas a Roma en junio de 1985. Mougnieh
era uno de los hombres armados a bordo y exigió la liberación de 17 miembros de
la Jihad islámica encarcelados en Kuwait y de 753 prisioneros chiítas libaneses
presos en Israel.
Después de volar sobre el Mediterráneo, el avión –casi todos los pasajeros
eran estadounidenses– eventualmente aterrizó en Beirut donde un estadounidense,
Robert Stetham, fue cruelmente golpeado en la cara y en el cuerpo antes de que
le dispararan en la cabeza y luego tirado desde el avión frente a las cámaras
del mundo. Vi su cuerpo en el hospital American University, el rostro gris,
tirado al lado de una gorda mujer palestina que había muerto en una batalla
entre los milicianos chiítas y la OLP.
Los hombres armados chiítas musulmanes leales a Nabih Berri –hoy vocero del
Parlamento prosirio del Líbano– atacaron el avión, metieron a la mayoría de los
secuestradores y de los pasajeros en vehículos y partieron rápidamente hacia los
suburbios del sur de Beirut. Todos los pasajeros fueron liberados, pero Mougnieh
y sus camaradas fueron llevados secretamente a Damasco –sólo para reaparecer al
comando de un avión kuwaití secuestrado con exigencias similares y con un
asesinato igualmente brutal: el de un oficial de la brigada de bomberos de
Kuwait en el aeropuerto de Nicosia–.
Quien a hierro mata, dicen, a hierro muere.
De ahí el ataque con bomba en Damasco, no lejos de una escuela iraní, cerca
de un local de la oficina de inteligencia siria, explosivos bajo el propio auto
de Mougnieh y un cuerpo arrastrado del vehículo por policías.
*©De The Independent de Gran Bretaña. Especial para Página/12.
Traducción: Celita Doyhambéhère.
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