Robert Fisk - rodelu.net |
20 de febrero de 2008
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La
Jornada de México - 17 de febrero de 2008
La tortura no funciona, como demuestra la historia
“La tortura funciona”, alardeó un miembro de las fuerzas especiales
estadunidenses, coronel obviamente, a un colega mío hace un par de años.
Parece que la CIA y sus matones a sueldo en Afganistán e Irak todavía
están convencidos de esto. No existe evidencia de que se haya dejado de
entregar a prisioneros a quienes los golpean, los someten a ahogamientos
simulados y les insertan tubos de metal, o que el caso de que un
prisionero muera a consecuencia de la tortura haya terminado. ¿Por qué
otra razón habría de admitir la CIA, en enero, que había destruido videos
de prisioneros a los que casi habían ahogado con la técnica de
waterboarding, antes de que éstas pudieran ser vistas por
investigadores estadunidenses?
Robert
Fisk
Con todo, hace unos días, me encontré un grabado medieval en que un
prisionero está atado a una silla de madera, con una manguera de cuero
metida hasta la garganta cuyo otro extremo salía de una primitiva máquina
de bombeo, que es operada por un torturador de horrenda y escasa
vestimenta. Los ojos del prisionero están desorbitados por el terror
mientras siente que se ahoga ante la vista de los inquisidores españoles
que no muestran la más mínima compasión por él. ¿Quién dijo que el
waterboarding es nuevo? Los estadunidenses sólo imitan a sus
predecesores de la Inquisición.
Encontré otra imagen medieval en un periódico canadiense que muestra a
un prisionero bajo interrogatorio, en lo que sospecho era la Alemania
medieval. Estaba amarrado de espaldas al borde externo de una rueda. Dos
encapuchados le administraban el tormento. Uno utiliza un fuelle para
avivar el fuego que está bajo la rueda mientras el otro le da vueltas. La
rueda gira de manera que los pies del prisionero pasan por entre las
llamas regularmente.
Los ojos del pobre hombre, desnudo salvo por una tela que cubre la
parte inferior de su cuerpo, tiene los ojos transidos de dolor. Dos curas
están junto a él, uno de ellos cubierto con la capucha de su hábito, en
tanto que el otro utiliza una túnica sobre su suplicio y usa papel y pluma
para escribir las palabras del prisionero.
Anthony Grafton, que trabaja en un libro sobre la magia durante el
Renacimiento en Europa, dice que durante los siglos XVI y XVII se usaba
sistemáticamente la tortura con todo sospechoso de brujería y que sus
palabras eran anotadas por notarios calificados, el equivalente, supongo,
de funcionarios y testigos de la CIA, que en esa época no se engañaban
diciendo que no era tortura y hablaban abiertamente del “aliciente” que
provenía de los muchachos encargados de darle vuelta a la rueda sobre el
fuego.
Como recuerda Grafton, “el pionero en estudio de las usanzas
medievales, Henry Charles Lea, escribió largamente sobre las formas en que
los inquisidores usaron la tortura para conseguir que los prisioneros
confesaran que practicaban la herejía , tanto en opinión como en acción.
Él, que era un hombre iluminado que escribía sobre lo que veía en una
época iluminada, veía con horror estas prácticas bárbaras con una claridad
que le envidiaría cualquiera que hoy lee comunicados públicos”.
En la Edad Media había personas entrenadas para usar el dolor como
método de interrogatorio, así como último castigo antes de la muerte. A
los hombres que iban a ser “colgados, desangrados y descuartizados” en la
Londres medieval, por ejemplo, primero se les mostraba los “instrumentos”
antes de que su sufrimiento comenzara, normalmente cuando eran eviscerados
delante de una multitud de mirones.
La mayoría de los torturados por información en el medioevo, de todos
modos eran ejecutados una vez que se obtenía de ellos la información que
exigían sus interrogadores. Estas inquisiciones, con detalles sobre la
tortura que las acompañó, eran hechas públicas y ampliamente diseminadas
para que el público entendiera la amenaza que los prisioneros
representaron y el poder que detentaban quienes los sometieron al
tormento. No había destrucción de videos. Según Grafton, los hechos se
promocionaban mediante panfletos ilustrados y canciones, entre otras
cosas.
Ronnie Po-chia Hsia y los académicos italianos Diego Quaglioni y Anna
Esposito han estudiado la Inquisición de Trento, Italia, en el siglo XV,
cuyas víctimas fueron sobre todo judíos. En 1475, tres hogares judíos
fueron acusados de asesinar a un niño cristiano (de dos años, N. De la T)
llamado Simón con el supuesto fin de llevar a cabo un “ritual” en que se
utilizaba sangre para hacer “matzo”, o pan. Esta “calumnia de
sangre” era, desde luego, una total falsedad, pero en partes de Medio
Oriente se cree aún que este ritual existe, lo cual es aterrador si se
piensa que era una creencia arraigada en la Europa del siglo XV.
Como era usual, el podestá, alto funcionario de la ciudad, era el
interrogador que aceptaba evidencia externa como pruebas de culpabilidad.
Aún así, la ley de Roma exigía confesiones para dictar condena.
Grafton narra que cuando las respuestas de un prisionero no satisfacían
al podestá, el torturador ataba sus manos detrás de la espalda y de ahí lo
levantaba hacia el techo con una polea. “Luego, según las órdenes del
podestá, el verdugo lo hacía “saltar” o “bailar” soltándolo y volviéndolo
a jalar repetidamente, dislocándole los hombros y provocándole un dolor
inimaginable”.
Cuando uno de los miembros de las familias judías de Trento, Samuel,
preguntó al podestá dónde había escuchado que los judíos usaban sangre de
cristianos, el funcionario respondió, mientras Samuel colgaba de la
cuerda, que lo escuchó de otros judíos. Samuel dijo que estaba siendo
torturado injustamente. “La verdad, la verdad” gritó el podestá, y Samuel
fue hecho “saltar” unos dos metros y medio y dijo a su interrogador: “Dios
me socorra y la verdad me ayude”. Después de 40 minutos, el prisionero fue
devuelto a prisión.
Una vez destrozados, por supuesto, los prisioneros judíos confesaron.
Después de otra sesión de tortura, Samuel denunció a otro judío.
Subsecuentes tormentos finalmente lo quebrantaron al grado de que
describió el ritual asesino y la forma en que supuestamente lo llevaron a
cabo, y culpó a otros dos de este crimen inexistente.
Dos mujeres torturadas lograron exonerar a los niños, pero de todas
formas, según Grafton, “acusaron a sus seres queridos, amigos y miembros
de otras comunidades judías”. Así, la tortura obligó a civiles inocentes a
confesar crímenes fantásticos.
El historiador de Oxford, Lyndal Roper, encontró que los torturados
llegaron a reconocer su culpabilidad.
La conclusión de Grafton no tiene respuesta. La tortura no sirve para
obtener la verdad. Consigue que la gente más ordinaria diga lo que sea que
el torturador le ordena. Los hombres que padecieron el
waterboarding de la CIA bien pudieron haber confesado que podían
volar y que eran cómplices del diablo. Y quién sabe si la CIA no acabaría
creyéndoles.
© The Independent
Traducción: Gabriela Fonseca
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