Eduardo Galeano - rodelu.net
28 de octubre de 2005

La Nación de Chile - 26 de octubre de 2005

Envenado:

El sastre

Eduardo Galeano
Juró que iba a volar. Lo juró por todos los ojales que había abierto y los botones que había colocado y por los incontables y trajes y vestidos y abrigos que había medido, recortado, hilvanado y cosido. Puntada tras puntada, a lo largo de los días de su vida.

Y desde entonces, el sastre Reichelt consagró todo su tiempo a la confección de unas enormes alas de murciélago. Las alas eran plegables, para que pudieran entrar en la covacha donde él tenía taller y vivienda.

Por fin, al cabo de mucho trabajo, quedó lista esa complicada armazón de tubos y varillas de metal, toda recubierta de tela.

El sastre pasó la noche sin dormir, rogando a Dios que le regalara un día de viento. Y a la mañana siguiente, una mañana de aire fuerte del año 1912, subió a lo más alto de la torre Eiffel, desplegó sus alas y voló su muerte.


SIRENAS

Don Julián viví solo, en la más sola de las islas de Xochimilico, en una choza de ramajes vigilada por las muñecas y los perros.

Las muñecas rotas, recogidas de los basurales, colgaban de los árboles. Ellas lo protegían contra los malos espíritus; y cuatro perros flacos lo defendían contra la mala gente. Pero ni las muñecas ni los perros sabían espantar a las sirenas.

Desde el fondo de las aguas, lo llamaban.

Don Julián tenía sus conjuros. Cada vez que las sirenas venían a llevárselo y cantaban las letanías que repetían su nombre, él las echaba contracantando:

Lo digo yo, lo digo yo,

que me lleve el diablo, que me lleve Dios,

pero tú no, pero tú no.

Y también

Vete de aquí, vete de aquí,

Dale a otra boca tu beso fatal,

pero no a mí pero no a mí.

Una tarde, después de preparar la tierra para sembrar calabazas, don Julián se puso a pescar en la orilla. Atrapó un pez enorme, que él conocía porque ya se le había escapado dos veces, y cuando le estaba arrancando el anzuelo, escuchó voces que también conocía.

Julián, Julián, Julián, cantaban las voces, como siempre.

Y como siempre don Julián se inclinó ante las aguas, donde ondulaban los reflejos rojizos de las intrusas, y abrió la boca para entonar sus infalibles contracantos.

Pero no pudo. Esta vez, no pudo.

Su cuerpo, abandonado por la música, apareció flotando a la deriva entre las islas.

Estos textos se publican con la autorización del autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del Chanchito, año 2004)

 
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