uatro años cumplía Diego López y aquella mañana le brincaba en
el pecho la alegría en el pecho de la alegría, la alegría era una
pulga saltando sobre una rana saltando sobre un canguro saltando
sobre un resorte, mientras las calles volaban al viento y el viento
batía las ventanas. Y Diego abrazó a su abuela Gloria y en secreto,
al oído, le ordenó:
-Vamos a entrar en el viento
Y la arrancó de la casa.
POBLACIÓN DE LA LUZ
Catalina tenía muchos amigos visibles, pero no eran portátiles.
En cambio, los invisibles la acompañaban a todas partes. Ella
decía que eran veinte. Mas no sabía contar.
Fuera donde fuera, iba con ellos. Los sacaba del bolsillo, los
ponía en la palma de la mano y con ellos conversaba.
Después les decía chau, hasta mañana, y los soplaba hacia el sol.
Los invisibles dormían en la luz.
COLORES
Los dioses y los diablos se mezclan con el gentío, y van y vienen
metidos en el abigarrado subibaja de la muchedumbre. Aquí nadie
tiene trabajo, pero todos están muy ocupados.
La luz grita, el aire baila. Cada persona es un color que camina.
De los cuerpos, negros, bajan sombras verdes y camina. De los
cuerpos, negros, bajan sombras verdes y azules, y tantos tonos
tienen los fulgores del aire que el arcoiris prefiere no salir, para
evitar el papelón.
De cara a la mar, derramada sobre las laderas de las montañas
desolladas, Port-au-Prince se ofrece a los ojos como una estridencia
de colores, donde la vida se aturde y olvida lo poco que dura y lo
mucho que duele.
¿Será que la ciudad copia a los pintores que pintan la ciudad? ¿O
es ella quien convierte, sin ayuda, su basura en hermosura?
DICCIONARIO DE LOS COLORES
Según los indios que sobreviven a orillas del río Paraguay, el
plumaje da colores y poderes.
Las plumas verdes del loro no sólo regalan señorío al cuerpo que
las luce: además, transmiten vida a las plantas moribundas.
Si no fuera por las plumas rosadas de un ave llamada espátula, la
tuna no daría frutos.
Las plumas negras del pato son buenas contra el mal humor.
Las plumas blancas de la cigüeñas ahuyentan las plagas.
El guacamayo ofrece plumas rojas para llamar a la lluvia, y
plumas amarillas para atraer las buenas noticias.
Y las plumas grises del avestruz, que tan tristes parecen, dan
brío al canto humano.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del
Chanchito, año 2004)