na larga mesa de amigos, en el restorán “Plataforma”, era el
refugio de Tom Jobim contra el sol del mediodía y el tumulto de las
calles de Río de Janeiro.
Aquél mediodía, Tom se sentó aparte. En un rincón, se quedó
tomando cerveza con Zé Fernando Balbi. Con él compartía el sombrero
de paja, que lo usaban salteado, un día, al día siguiente el otro, y
también compartían algunas cosas más.
-No- dijo Tom, cuando alguien se arrimó-. Estoy en una conversa
muy importante.
Y cuando se acercó otro amigo:
-Me vas a disculpar, pero nosotros tenemos mucho que hablar.
Y a otro:
-Perdón, pero aquí estamos discutiendo un asunto grave.
En ese rincón aparte, Tom y Zé Fernando no se dijeron ni una sola
palabra. Zé Fernando estaba en un día muy jodido, uno de esos días
que habría que arrancar del almanaque y expulsar de la memoria, y
Tom lo acompañaba callando cervezas. Así tuvieron, música del
silencio, desde el mediodía hasta el fin de la tarde.
Ya no quedaba nadie cuando se marcharon los dos, caminando
despacito.
LA PALABRA
En la selva del Alto Panamá, un camionero me advirtió que tuviera
cuidado:
-Ojo con los salvajes- me dijo-. Todavía andan algunos sueltos
por aquí. Por suerte, quedan pocos. Ya los están encerrando en el
Zoológico.
Él me lo dijo en idioma castellano. Pero no era ésa su lengua de
cada día. El camionero hablaba en guanarí, en la lengua de esos
salvajes que él temía y despreciaba.
Cosa rara: el Paraguay habla el idioma de los vencidos. Y cosa
más rara, todavía: los vencidos creen, siguen creyendo, que la
palabra es sagrada. La palabra mentida insulta lo que nombra, pero
la palabra verdadera revela el alma de cada cosa. Creen los vencidos
que el alma vive en las palabras que la dicen. Si te doy mi palabra,
me doy. La lengua no es un basurero.
LA TINTA
Los cronistas de la conquista de América se deshicieron en
elogios a esa fruta rara, jamás vista ni saboreada, que los indios
mexicanos llamaban ahuacátl y los peruanos palta.
Escribieron los cronistas que su forma semejaba a las peras, pero
más se parecían a los pechos de moza doncella. Que crecía en los
montes sin trabajo alguno, con Dios por hortalero. Que su delicada
manteca, ni dulce ni amarga, regalaba suavidad a la boca, salud a
los enfermos y fuerza a los flojos. Y que no había nada mejor para
dar ardor al amor.
Ella, la fruta, opinó que muy merecidos eran esos homenajes, y
para que el tiempo no los borrara ofreció a los cronistas la tinta
indeleble de sus semillas. Con tinta de aguacate, con tinta de
palta, fueron escritas las alabanzas.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del
Chanchito, año 2004)