Eduardo Galeano - rodelu.net
23 de noviembre de 2005

La Nación de Chile - 23 de noviembre de 2005

Envenado:

El silencio

Eduardo Galeano
Una larga mesa de amigos, en el restorán “Plataforma”, era el refugio de Tom Jobim contra el sol del mediodía y el tumulto de las calles de Río de Janeiro.

Aquél mediodía, Tom se sentó aparte. En un rincón, se quedó tomando cerveza con Zé Fernando Balbi. Con él compartía el sombrero de paja, que lo usaban salteado, un día, al día siguiente el otro, y también compartían algunas cosas más.

-No- dijo Tom, cuando alguien se arrimó-. Estoy en una conversa muy importante.

Y cuando se acercó otro amigo:

-Me vas a disculpar, pero nosotros tenemos mucho que hablar.

Y a otro:

-Perdón, pero aquí estamos discutiendo un asunto grave.

En ese rincón aparte, Tom y Zé Fernando no se dijeron ni una sola palabra. Zé Fernando estaba en un día muy jodido, uno de esos días que habría que arrancar del almanaque y expulsar de la memoria, y Tom lo acompañaba callando cervezas. Así tuvieron, música del silencio, desde el mediodía hasta el fin de la tarde.

Ya no quedaba nadie cuando se marcharon los dos, caminando despacito.


LA PALABRA

En la selva del Alto Panamá, un camionero me advirtió que tuviera cuidado:

-Ojo con los salvajes- me dijo-. Todavía andan algunos sueltos por aquí. Por suerte, quedan pocos. Ya los están encerrando en el Zoológico.

Él me lo dijo en idioma castellano. Pero no era ésa su lengua de cada día. El camionero hablaba en guanarí, en la lengua de esos salvajes que él temía y despreciaba.

Cosa rara: el Paraguay habla el idioma de los vencidos. Y cosa más rara, todavía: los vencidos creen, siguen creyendo, que la palabra es sagrada. La palabra mentida insulta lo que nombra, pero la palabra verdadera revela el alma de cada cosa. Creen los vencidos que el alma vive en las palabras que la dicen. Si te doy mi palabra, me doy. La lengua no es un basurero.


LA TINTA

Los cronistas de la conquista de América se deshicieron en elogios a esa fruta rara, jamás vista ni saboreada, que los indios mexicanos llamaban ahuacátl y los peruanos palta.

Escribieron los cronistas que su forma semejaba a las peras, pero más se parecían a los pechos de moza doncella. Que crecía en los montes sin trabajo alguno, con Dios por hortalero. Que su delicada manteca, ni dulce ni amarga, regalaba suavidad a la boca, salud a los enfermos y fuerza a los flojos. Y que no había nada mejor para dar ardor al amor.

Ella, la fruta, opinó que muy merecidos eran esos homenajes, y para que el tiempo no los borrara ofreció a los cronistas la tinta indeleble de sus semillas. Con tinta de aguacate, con tinta de palta, fueron escritas las alabanzas.

Estos textos se publican con la autorización del autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del Chanchito, año 2004)

 
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