a silla eléctrica se ensayó por primera vez el 30 de julio de
1888.
Ese día, la ciudad de Nueva York, vanguardia del progreso
universal, dejó atrás la bárbara costumbre de la horca y el verdugo
encapuchado. La civilización inauguró la muerte científica, súbita,
segura y sin dolor.
Numerosos invitados presenciaron el acontecimiento.
El prisionero, amordazado y atado con gruesas correas, recibió
una descarga de trescientos voltios. Se sacudió y gimió, pero no
murió.
El dínamo le lanzó cuatrocientos setecientos voltios, el bozal
estalló, en un chorro de sangre espumosa, y se escuchó un aullido
ronco y lejano.
El cuarto bombardeo lo aniquiló.
El ejecutado era un perro llamado Dash.
Había sido condenado, sin pruebas, por morder a dos personas en
la calle.
CIVILIZACIÓN Y BARBARIE
Mientras los dioses duermen, o se hacen los dormidos, la gente
camina. Es día de mercado en este pueblo perdido en las afuera de
Totonicapán, y hay mucho vaivén.
Desde otras aldeas, llegan las mujeres, cargando bultos, por los
senderos verdes. Ellas se encuentran en el mercado, hoy aquí o
mañana allá, en este pueblo o en otro, como dientes que van hacia la
boca, y charlando se van poniendo al día, lentamente, mientras
venden, poquito a poco, alguna que otra cosa.
Una vieja señora despliega su paño en el suelo, y allí acuesta lo
suyo: sahumerios de copal, tintes de añil y de cochinilla, algunos
chiles bien picantes, hierbas de olor, un tarro de miel silvestre;
una muñeca de trapo y un muñeco de barro pintado; fajas, cordones,
cintas; collares de semillas, peines de huesos, espejitos...
Un turista recién llegado de Guatemala, quiere comprarle todo.
Como ella no entiende, le dice con las manos: todo. Ella niega
con la cabeza. Él insiste: Tú me dices cuánto pides, yo te digo
cuánto pago. Y repite: te compro todo. Habla cada vez más fuerte.
Grita. Ella, estatua sentada, calla.
El turista, harto, se va. Piensa: Este país nunca va a llegar a
nada.
Ella lo mira alejarse. Piensa: Mis cosas no quieren irse contigo.
LA SENTENCIA
Estábamos en rueda de vinos, empanadas y cantarolas, con el Perro
Santillán, el Diablero Arias y otros amigos, cuando alguien invitó
al Petete, que era finado, y el Petete vino a echarse unos tragos
con nosotros.
Yo no lo conocía, pero ese mediodía, bebiendo y cantando con este
petizo panzón, nos hicimos amigos. Y él me contó que había muerto
porque siendo pobre tuvo la pésima idea de enfermarse. La diabetes
lo atacó en plena noche y el hospital de Jujuy no tenía insulina.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del
Chanchito, año 2004)