Eduardo Galeano - rodelu.net
4 de diciembre de 2005

La Nación de Chile - 30 de noviembre de 2005

Envenado:

La ejecución

Eduardo Galeano
La silla eléctrica se ensayó por primera vez el 30 de julio de 1888.

Ese día, la ciudad de Nueva York, vanguardia del progreso universal, dejó atrás la bárbara costumbre de la horca y el verdugo encapuchado. La civilización inauguró la muerte científica, súbita, segura y sin dolor.

Numerosos invitados presenciaron el acontecimiento.

El prisionero, amordazado y atado con gruesas correas, recibió una descarga de trescientos voltios. Se sacudió y gimió, pero no murió.

El dínamo le lanzó cuatrocientos setecientos voltios, el bozal estalló, en un chorro de sangre espumosa, y se escuchó un aullido ronco y lejano.

El cuarto bombardeo lo aniquiló.

El ejecutado era un perro llamado Dash.

Había sido condenado, sin pruebas, por morder a dos personas en la calle.


CIVILIZACIÓN Y BARBARIE

Mientras los dioses duermen, o se hacen los dormidos, la gente camina. Es día de mercado en este pueblo perdido en las afuera de Totonicapán, y hay mucho vaivén.

Desde otras aldeas, llegan las mujeres, cargando bultos, por los senderos verdes. Ellas se encuentran en el mercado, hoy aquí o mañana allá, en este pueblo o en otro, como dientes que van hacia la boca, y charlando se van poniendo al día, lentamente, mientras venden, poquito a poco, alguna que otra cosa.

Una vieja señora despliega su paño en el suelo, y allí acuesta lo suyo: sahumerios de copal, tintes de añil y de cochinilla, algunos chiles bien picantes, hierbas de olor, un tarro de miel silvestre; una muñeca de trapo y un muñeco de barro pintado; fajas, cordones, cintas; collares de semillas, peines de huesos, espejitos...

Un turista recién llegado de Guatemala, quiere comprarle todo.

Como ella no entiende, le dice con las manos: todo. Ella niega con la cabeza. Él insiste: Tú me dices cuánto pides, yo te digo cuánto pago. Y repite: te compro todo. Habla cada vez más fuerte. Grita. Ella, estatua sentada, calla.

El turista, harto, se va. Piensa: Este país nunca va a llegar a nada.

Ella lo mira alejarse. Piensa: Mis cosas no quieren irse contigo.


LA SENTENCIA

Estábamos en rueda de vinos, empanadas y cantarolas, con el Perro Santillán, el Diablero Arias y otros amigos, cuando alguien invitó al Petete, que era finado, y el Petete vino a echarse unos tragos con nosotros.

Yo no lo conocía, pero ese mediodía, bebiendo y cantando con este petizo panzón, nos hicimos amigos. Y él me contó que había muerto porque siendo pobre tuvo la pésima idea de enfermarse. La diabetes lo atacó en plena noche y el hospital de Jujuy no tenía insulina.

Estos textos se publican con la autorización del autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del Chanchito, año 2004)

 
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