uan Ramón Jiménez abrió el sobre en su cama del sanatorio, en
las afueras de Madrid.
Leyó la carta, admiró la fotografía. Gracias a sus poemas, ya no
estoy sola. ¡Cuánto he pensado en usted!, confesaba Georgina Hübner,
la desconocida admiradora que le escribía, desde lejos, su primera
misiva. Olía a rosas el papel rosado, y estaba pintada de rosáceas
anilinas la foto de la dama que sonreía, hamacándose, en el rosedal
de Lima.
El poeta contestó. Y algún tiempo después, el barco trajo de
España una nueva carta de Georgina. Ella le reprochaba su tono tan
ceremonioso. Y viajó al Perú la disculpa de Juan Ramón, perdone
usted si le he sonado formal y créame si acuso a mi enemiga timidez.
Y así se fueron sucediendo las cartas que lentamente navegaban,
entre el poeta enfermo y su lectora apasionada.
Cuando Juan Ramón fue dado de alta, y regresó a su casa de
Andalucía, lo primero que hizo fue enviar a Georgina el emocionado
testimonio de su gratitud, y ella contestó palabras que le hicieron
temblar la mano.
Las cartas de Georgina eran obra colectiva. Un grupo de amigos
las escribía desde una taberna de Lima. Ellos habían inventado todo:
la foto, el nombre, las cartas, la delicada caligrafía. Cada vez que
llegaba carta de Juan Ramón, los amigos se reunían, discutían la
respuesta y ponían manos a la obra.
Con el paso del tiempo, carta va, carta viene, las cosas fueron
cambiando. Proyectaban una carta y terminaban escribiendo otra,
mucho más libre y volandera, quizá dictada por esa hija de todos
ellos que no se parecía a ninguno y a ninguno obedecía.
En eso, llegó la carta de Juan Ramón anunciando su viaje. El
poeta iba a embarcarse hacía Lima, hacia la mujer que le había
devuelto la salud y la alegría.
Reunión de emergencia. ¿Qué se podía hacer?¿Confesarlo
todo?¿Cometer esa crueldad? Debatieron el asunto durante horas,
hasta que tomaron la decisión.
Al día siguiente, el cónsul del Perú en Andalucía golpeó a la
puerta de Juan Ramón, en los olivares de Moguer. El cónsul había
recibido un telegrama urgente desde Lima:
Georgina Hübner ha muerto.
EL CUCO
Jugando sin parar, todos mezclados con todos, los chiquilines
vivían en alegre revoltijo con los bichos y las plantas.
Pero un mal día, alguien, algún caminante, llegó hasta aquel
resto de estancia en los campos de Paysandú, y trajo el susto:
-¡Cuidado, que viene el Cuco!
-¡Viene el Cuco y te lleva!
-¡Viene el Cuco y te come!
Olga Hughes advirtió los primeros síntomas de la peste. La
enfermedad que no tiene farmacia había atacado a sus hijos
numerosos. Y entonces eligió, entre sus numerosos perros, al más
raquítico, al más inofensivo y querendón, y lo bautizó Cuco.
Estos textos se publican con la autorización del
autor y se encuentran en el libro “Bocas del tiempo” (Ediciones del
Chanchito, año 2004)